Yo tomaba mate con un mártir
Sobre la beatificación de Angelelli

POR Pablo Dabezies Hechos y dichos Un comentario

De esto hace muchos años, ya casi sesenta. Él todavía no era mártir, ni yo me preparaba para ir
a La Rioja en pocos días más a participar en la fiesta de su beatificación. Hablo de Monseñor
Enrique Angelelli, obispo de esa diócesis argentina entre 1968 y 1976, que fue asesinado por el
régimen dictatorial de la Junta que usurpó el poder en el país hermano en marzo de ese año.
Este 27 de abril fue beatificado en la tierra que bebió su sangre, y antes su servicio de
pastor entregado a la gente pobre y humilde y muy querido por ella. Pero explico un poquito
más el título.

Los mates en Roma, con el Concilio de trasfondo
En ese 1962, con veintidós jóvenes años, aterricé en Roma al comenzar octubre para estudiar
teología en la Universidad Gregoriana y vivir en un concentrado de latinoamericanez, el
Colegio Pío Latino. Sin tenerlo en ese entonces muy claro, llegué de hecho, y sobre todo, a ser
envuelto en lo que ha sido una de las gracias más grandes de mi vida: la celebración del
Concilio Vaticano II, que comenzó el 11 de octubre, diez días después de mi arribo a la Ciudad
Eterna.
Nuestro Colegio, es decir, el inmenso y flamante edificio en que vivíamos una cantidad de
latinoamericanos, menos los brasileños que tenían otro contiguo al nuestro, no solo nos
albergaba a nosotros, sino que tenía como huéspedes, en cada sesión conciliar, a muchos
obispos, sobre todo los mexicanos. Pero era relativamente común que obispos de otras
nacionalidades pasaran por allí a visitar a sus seminaristas. Ese era el caso de Monseñor
Angelelli que con frecuencia iba a tomar mate y charlar con un seminarista de Córdoba,
Eugenio Rubiolo, con quien nos habíamos hecho muy amigos y formamos un grupo de estudio,
más un compañero chileno (no se ordenó y ha sido teólogo muy respetado en su tierra) y otro
colombiano (que actualmente es el cardenal arzobispo de Bogotá). Así que desde el comienzo
de las visitas de Angelelli, entonces muy joven obispo auxiliar de La Docta, me sumé a ellas y
allí fue cuando compartí las mateadas, con yerba argentina lamentablemente, aunque yo no
era ni fui después muy adicto a la infusión. Rápidamente me enteré que le decían “Pelado”,
por la calvicie muy pronunciada que ya tenía.
Las conversaciones, de las que participaba algún otro compañero, estaban siempre dominadas
por lo que iba sucediendo en el Concilio. El clima de ese acontecimiento que todavía no
aquilatábamos en toda su trascendencia nos envolvía de forma progresiva y, sumada a la
presencia entrañable del papa Juan XXIII, nos impulsaba a imaginar y desear esa Iglesia que se
iba delineando como renovada, joven, abierta, deseosa de salir de una larga relación
desconfiada y crispada con lo que se llamaba “mundo moderno” para ofrecer una actitud y un
rostro más evangélico.
En realidad no podría decir qué fue lo más propio que me comunicaron esas tertulias a media
tarde con Angelelli y los compañeros, a las que muchas veces se sumaba otro obispo
argentino, Monseñor Primatesta, por entonces obispo de San Rafael, en la provincia de
Mendoza. Sí me queda un recuerdo general de que ambos, y tal vez Angelelli por su juventud
de una manera especial, transmitían de manera muy viva ese espíritu de aggiornamento, de
renovación y compromiso, de confianza en la fuerza del Espíritu de la mayoría conciliar que
buscaba con libertad reencontrada caminos de servicio al Reino de Dios. Lo mismo que
encontraba en Parteli, que no era todavía mi obispo, Baccino, Cáceres, Viola, Mendiharat…
Sí me ha quedado bien grabada la imagen de ese joven obispo sencillo, a la mano, que
derrochaba entusiasmo por la causa de Jesús y por la renovación de la Iglesia, con su infaltable
boina de vasco y el poncho castaño sobre los hombros, como una estola permanente
celebrando la entrega de su vida.

Unos pocos datos de su camino hasta La Rioja
Al comenzar el Vaticano II, Angelelli tenía solo 39 años, nació en 1923 en Córdoba de una
pareja de inmigrantes italianos. Al final de sus estudios como seminarista fue enviado a Roma
para completar los cursos de teología. Allí se ordenó sacerdote en 1949, y siguió hasta lograr la
licenciatura en Derecho Canónico. A su regreso al país, en 1951, fue enviado como vicario a
una parroquia, al mismo tiempo que encargado de la capellanía de un hospital. Pronto agregó
un trabajo pastoral que marcó su vida, la de asesor de la Juventud Obrera Católica (JOC), así
como su presencia en barrios pobres. También ejerció como profesor de Derecho Canónico en
el seminario, de Doctrina Social de la Iglesia y Teología. Todos los testimonios concuerdan en
señalar su compromiso con el pueblo, con obreros y gente carenciada.
Rápidamente fue nombrado obispo por Juan XXIII, en diciembre de 1960, y consagrado en
marzo del 61. Sería entonces de los obispos que se sentaban cerquita de las puertas de San
Pedro, es decir los más nuevos en el Concilio Vaticano II del que participó en tres sesiones, la
primera, tercera y cuarta. Como ya dije, por eso fue que lo conocí. Me he llevado una sorpresa
cuando leí que no fue a la segunda sesión, porque hubiera jurado que las mateadas con él
cubrieron las cuatro sesiones. No sé, sin embargo por qué no concurrió en 1963, cuando el
papa era ya Pablo VI.
Como obispo auxiliar, vicario general y rector del Seminario Mayor, no abandonó su ministerio
entre obreros, estudiantes (también colaboraba con la Parroquia Universitaria de Córdoba) y la
gente de las villas. Al contrario, se puede decir que lo profundizó, haciéndose presente y
tomando partido en algunos grandes conflictos sindicales que por esos tiempos fueron
frecuentes en la Argentina, gobernada por un régimen de democracia tutelada por las Fuerzas
Armadas que mantenían proscrito al peronismo. Apoyó también a algunos sacerdotes que en
esa situación asumieron definiciones y acciones en el campo social, llevados por el espíritu de
renovación conciliar.
Ese compromiso le creó no solo problemas con las autoridades, sino también con su arzobispo
que en 1964 lo apartó de la participación en la conducción pastoral de la arquidiócesis,
quedando confinado a la capellanía de una comunidad religiosa. Sin embargo, a inicios de
1965, el arzobispo Castellanos renunció por enfermedad y fue sustituido en la sede de
Córdoba por Monseñor Raúl Primatesta, ese mismo que se sumaba muchas veces a las
mateadas en Roma. En el último año del Vaticano II, ya eran pues arzobispo y auxiliar de la
misma diócesis, y el primero había devuelto sus responsabilidades al segundo. Claro que en
aquellos años no creo haberme enterado de estas idas y vueltas eclesiásticas. El entusiasmo
que teníamos con el Concilio nos ocultaba cosas menos edificantes… Angelelli fue además de
los primeros firmantes del Pacto de las Catacumbas, aunque no parece haber participado del
grupo para-conciliar Jesús, la Iglesia y los Pobres, que fue el que tuvo la iniciativa del Pacto (el
obispo mártir es el primero de los firmantes cuya santidad es reconocida por toda la Iglesia,
cosa no menor, más allá de que esperamos que otros, como Dom Helder Camara lo
acompañen pronto).

En La Rioja, el martirio
Una vez terminado el Concilio se acabaron las visitas, el mate (lo dejé a causa de una potente
gastritis y porque no tenía esa motivación extra) y las consiguientes charlas, y yo le perdí el rastro a Angelelli. Siempre quedó, sin embargo, integrado al recuerdo constante de los
entrañables años vividos en Roma con ese regalo de Dios que fue estar allí durante el Vaticano
II. No sé si me enteré cuando fue nombrado por Pablo VI obispo residencial de La Rioja y
supongo, con un poco de vergüenza, que de haberme enterado no hubiera sabido ubicar esa
provincia en el mapa argentino. Parece que algunos pensaron que el nuevo destino del obispo
era una especie de destierro de un lugar importante como Córdoba a otro de ninguna
relevancia tanto para el país cuanto para la Iglesia, cosa improbable dada la estima que le
manifestó más de una vez el papa Montini. Además, pasaba de auxiliar a residencial. Es decir
que allí podía volar con todas sus alas.
El 24 de agosto de 1968, dos días antes del comienzo de la Conferencia de Medellín, Angelelli
tomó posesión de la diócesis cuyo patrono es San Nicolás de Bari. No participó en ese otro
gran acontecimiento inspirado por el Espíritu que fue Medellín, pero se puede decir que su
manera de ejercer el ministerio episcopal es una ilustración concreta y fiel de las grandes
intuiciones y compromisos surgidos en aquella asamblea. Por eso me pareció muy justo que al
celebrarse en el 2018 los cincuenta años y publicarse por el CELAM el libro Obispos de la Patria
Grande: pastores, profetas y mártires se haya incluido entre ellos, la mayoría participantes de
la II Conferencia General, al Obispo mártir de La Rioja.
No voy a abundar en lo que fue Angelelli como pastor en su nueva diócesis, marcada en esos
momentos por la pobreza del pueblo junto a la enorme riqueza de algunos latifundistas y
propietarios de minas. Solamente destacar que propulsó un plan de pastoral de conjunto que
tuvo en su corazón la atención a la Palabra de Dios y a la realidad de la gente, tal cual lo
expresa una de sus consignas que ha sido adoptada en toda América Latina: “Con un oído en el
pueblo y el otro en el Evangelio”. Por eso la diócesis, bajo su guía, y él personalmente,
promovieron la constitución de cooperativas agrarias y la organización de peones rurales,
mineros y empleadas domésticas. A esa tarea se sumó, entre otros, un laico oriundo de
Mendoza, Wenceslao Pedernera, que fue también asesinado por su compromiso con la justicia
y la participación de los campesinos.
Afluyeron además a la diócesis sacerdotes de otras partes del país atraídos por el camino
pastoral de la Iglesia riojana, que junto con su pastor los recibía tratando de poner en práctica
las intuiciones del Vaticano II re-trabajadas por Medellín. Ese fue el caso de los mártires de
Chamical, Carlos Murias, jovencísimo sacerdote franciscano cordobés que admiraba a Angelelli
desde su adolescencia, y Gabriel Longueville, cura francés originalmente destinado a
Corrientes. Ambos precedieron al obispo en el martirio y serán también beatificados con él y
Wenceslao. No hay que olvidar, además, que en 1968 nació el Movimiento de Sacerdotes para
el Tercer Mundo del que formó parte Longueville. Otros presbíteros que habían adherido a ese
movimiento, y por su compromiso no eran bien vistos por sus obispos, terminaron también
por pedir su integración a La Rioja.
Los grupos de poder de la provincia no tardaron en reaccionar contra la acción del obispo y la
toma de conciencia y organización del pueblo que ella iba provocando. Así, a los cinco años de
llegado a La Rioja, Angelelli fue agredido a las pedradas por un grupo de terratenientes y
policías en Anillaco, sobre quienes pronunció un entredicho (prohibición de participar de la
misa, sacramentos y entierro cristiano). Ello intensificó las violentas campañas de prensa en su
contra pidiendo su remoción. El obispo puso su persona, cargo y acción pastoral a
consideración de Roma que envió al Superior general de los jesuitas, el P. Pedro Arrupe, y a
Monseñor Zaspe, arzobispo de Santa Fe y una de las figuras principales de la renovación
conciliar en Argentina. La visita se saldó con un apoyo público a Angelelli por parte de Zaspe
manifestado en una concelebración en la catedral de la diócesis.
Con la muerte de Perón en 1974 y durante el gobierno de su viuda Isabel, en el que tuvo total
libertad para actuar la Triple A, que el año antes había condenado a muerte al obispo de La
Rioja, la situación se volvió imposible para él y sus colaboradores, cosa que se agravó aún más
con el golpe de Estado de marzo de 1976, que daría comienzo a la más cruel dictadura en
Argentina. A Angelelli se le aconsejó vivamente, aun de parte de algunos de sus sacerdotes,
dejar por un tiempo la diócesis, cosa a la que se negó a pesar de ser consciente de que en
cualquier momento lo podían matar.
El 18 de julio de ese año, dos de sus sacerdotes, Longueville y Murias, que atendían la
parroquia de Chamical, fueron secuestrados, torturados y asesinados. Sus cuerpos aparecieron
tirados en una ruta dos días después. Angelelli se preocupó por documentar lo más posible los
hechos, yendo a buscar testimonios a Chamical. Con la información recogida, el 4 de agosto
salió manejando su camioneta de regreso a la capital provincial, junto con el P. Arturo Pinto, su
vicario pastoral, que lo había acompañado. En el paraje Punta de los Llanos fueron encerrados
por otro auto hasta hacerlos volcar. Cuando Pinto, que sobrevivió, se despertó vio a Angelelli
muerto.
La policía archivó el hecho como “accidente de tránsito” y fueron muy pocos quienes dentro y
fuera de la Iglesia cuestionaron esa versión. Solo una vez pasada la dictadura y en 1986  el juez
de La Rioja Aldo Morales sentenció que había sido “un homicidio fríamente premeditado y
esperado por la víctima”. Luego de un camino muy sinuoso, solo en 2014 se hizo la luz
completa sobre los hechos y fueron condenados los responsables del asesinato (quien desee
más información sobre estos años del obispo y su muerte, además de muchos sitios, encuentra
en http://www.elortiba.org/old/angelelli.html ).
A eso contribuyó desde Roma Francisco que proveyó documentos fundamentales. Bergoglio,
en ese entonces presidente de la Conferencia episcopal, había reivindicado a Angelelli a los
treinta años de su muerte, en 2006, y con varias alusiones se refirió a él como a un mártir del
Evangelio. Pero antes de ello solo unos pocos obispos habían denunciado su asesinato, junto a
muchos laicos y sacerdotes. Pero las autoridades de la Iglesia argentina aceptaron en general
la tesis del accidente. Ese fue el caso de Primatesta, para mí siempre unido a Angelelli, pero de
una forma bien diferente a aquella de Roma, por lo menos exteriormente. ¿Qué había hecho
que estos dos hombres de Iglesia, tan asociados en mi memoria al gran impulso renovador del
Vaticano II hubieran evolucionado de modo tan diferente?

El parteaguas latinoamericano
Muchos factores habrá habido que no conozco, pero apunto solo uno, que se ha verificado en
otros casos. Sabemos que la Iglesia latinoamericana no se quedó en el Vaticano II solo. La
historia que vivimos en estos poco más de cincuenta años nos enseña que Medellín es como el
último documento del Concilio, como la quinta sesión, diríamos. Para nuestra Iglesia, para
todo el continente, la asamblea de 1968 es inseparable de la de la primera mitad de los
sesenta. Y muchas historias personales y grupales nos mostraron, y nos siguen mostrando, que
esa gran apertura que significó el Vaticano II se topó entre nosotros con el pueblo pobre,
explotado y en gran parte creyente, y por eso se hizo evidente la necesidad de un tipo de
conversión que poco a poco se fue llamando opción preferencial por los pobres. La respuesta a
ese llamado fue generando, a mi juicio, distintos grados de distanciamiento entre gente como
Angelelli por un lado y como Primatesta por el otro. Dicho esto sin ningún tipo de
enjuiciamiento.
Por el momento me preparo a visitar yo al Pelado obispo de La Rioja. Sumándome a la
peregrinación convocada por la comunidad de Santa Gema, no para tomar unos mates, sino
para beber de su testimonio de cristiano fiel y de pastor evangélico, mártir de la fe.
Ese mismo que para nuestra gran alegría la Iglesia universal reconoce, siendo él tan intransferiblemente
de aquí.
Como decía a menudo: “Hay que seguir andando, nomás”.

 

 

 

 

 

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