De burocracias y sueños. Hacia un modelo de gestión popular y latinoamericano

POR Juan Ignacio Fuentes Centrales Sin comentarios

Hace un par de años se gestó, en una diócesis del Gran Buenos Aires, en Argentina, una diplomatura muy
particular. Se trató de un esfuerzo conjunto entre la Universidad de San Isidro y Cáritas San Isidro. El objetivo
era ofrecer un espacio cualificado de formación para los coordinadores de centros sociales y comunitarios:
comedores, apoyos escolares, centros de día, centros de formación profesional, casas de jóvenes… En fin,
todo ese diverso y creativo conjunto de iniciativas tendientes a la promoción, educación popular,
evangelización, en barrios populares.
Para quienes vivimos esa experiencia fue un espacio rico de intercambio de vivencias, de preguntas
profundas, de búsquedas a veces apasionadas y conflictivas. Quienes tuvimos el privilegio de coordinar el
espacio aprendimos mucho también. Y como siempre, en estos casos, fueron más las interrogantes que las
respuestas al final del camino.
En el momento de la “graduación”, los coordinadores compartimos una reflexión con el grupo participante,
que ahora extiendo a los lectores de Carta Obsur, porque creo que nos dice algo en el presente, y nos alerta
sobre cómo a veces las pequeñas burocracias pueden matar los grandes sueños.

El puchero de piedra
Seguramente la mayoría de nosotros recuerda el cuento aquel del puchero de piedra, ¿verdad? Ese que
cuenta que un viajero muy pobre, sencillamente vestido, llegó a un barrio y se sentó en un terreno baldío. Y
como tenía mucha hambre golpeó las manos y pidió a una vecina algo para comer. La pobre señora, casi tan
necesitada como él, le dijo que no podía ofrecerle nada. Y así sucedió con dos o tres vecinos más. Hasta que
el viajero tuvo una idea.
Volvió a golpear las manos frente a la primera casa, y le dijo a la señora, mientras tomaba una piedra del
suelo: Señora, con su permiso, si usted me diera una olla grande y un poco de agua, yo con esta piedra creo
que me puedo hacer un puchero. Un poco por temor y un poco por diversión la mujer le dio la olla, y el buen
hombre hizo un fuego en el medio del terrenito baldío, y puso el agua a hervir. Los vecinos, con una mezcla
de bondad e ironía, comenzaron a acercarse: ¿Y, don? ¿Cómo va el puchero? Entonces el buen hombre pidió
una cuchara para probar el agua, y dijo que bien, pero le faltaba un poco de sal. Y entonces, un vecino dijo:
Yo le traigo la sal, y además un poco de acelga de mi huerta. Y otro agregó: sí, yo tengo unas papas que me
sobraron de ayer. Y otro dijo: yo traigo unos huesos con algo de carne…
Así se fue haciendo, entre todos, un gran puchero rico y festivo, que llenó de alegría a toda la cuadra, que se
juntó alegremente en el baldío. Uno de los vecinos, en medio de la guitarreada y la fiesta, quiso agradecer al
viajero. Pero este ya se había ido. Eso sí: había dejado, al lado de la olla, una piedrita, como señal de que con
una piedra es posible realizar un puchero para todo un barrio.
Conocíamos la historia, ¿verdad? Pero lo que tal vez ustedes no conocen es la segunda parte. Podríamos
decir, si fuera una saga: El retorno del viajero.
Resulta que unos cuarenta años después, el mismo viajero, ya un anciano de alrededor de ochenta años, que
seguía vagabundeando por el mundo, casualmente, casi sin darse cuenta, volvió a aquel barrio. A medida
que ingresaba fue recordando las calles, las casas. Y una cierta emoción por aquella experiencia antigua le
latía en el corazón. Pero cuando llegó al antiguo baldío, lo que encontró lo llenó de asombro y emoción.
Donde antes sólo había pasto mal cortado, algunas ramas y basura, se había construido un enorme edificio,
blanco, con grandes vidrios, de al menos tres pisos. Cuando leyó el cartel de la entrada no pudo menos que
conmoverse. Decía Centro Socio cultural, alimenticio y deportivo El puchero de piedra.
¡Guau!, se dijo el viajero a sí mismo. Esta buena gente sí que entendió el mensaje, y no se demoró en poner
manos a la obra. Feliz y ansioso se lanzó hacia adentro, buscando alguna mirada que tal vez, a pesar de los
años, pudiera reconocer. Pero cuando atravesó la puerta no vio a nadie. Avanzó un poco más y escuchó un
grito seco y fuerte: ¡Alto! ¿Cómo se atreve a entrar de esa manera?
El anciano se dio vuelta y vio un guardia de seguridad, vestido con un uniforme que tenía, en la parte
superior izquierda, un logo de una cacerola y una piedrita. El guardia lo miró fijamente y le dijo:
-¿No sabe que debe presentarse en recepción?
-Disculpe -dijo el anciano viajero-, realmente no sabía. ¿Dónde es?
– Segunda puerta de vidrio a la izquierda- contestó con desgano el guardia.
Hacia allí fue nuestro viajero, y se encontró con una joven mujer que tenía una hermosa remera blanca, con
una gran olla y una piedra de color estampada en el frente. La mujer le dijo:
– ¿Qué desea?
– Bueno, yo… -dijo el viajero un poco confundido-. Yo sólo deseo un vaso de agua, y tal vez, si fuera posible,
un poco de comida.
– Bien. Deme su carnet de asociado, por favor.
– ¿Mi carnet?
-Sí, señor. Su carnet de identificación, donde dice que usted está autorizado a recibir los servicios de este
lugar.
– Pero… es que yo no soy socio- dijo el anciano.
-Lo lamento, pero si no es socio, tendrá que asociarse. Si no, no puedo hacer nada por usted.
-Bueno -dijo resignado el viajero-. Dígame, por favor, qué debo hacer para asociarme.
-Cómo no. Tiene que traer fotocopia de documento de identidad, certificado de cuit, un certificado de buena
conducta de la policía local, además de una constancia de que usted no recibe ayuda alguna de otra
institución. Todo eso lo puede presentar los lunes, miércoles y viernes, de 10 a 15 horas, en la oficina gris,
sector azul.
-Pero hoy es martes. O sea que mi vaso de agua…
-Señor, ya le dije lo que debe hacer. ¿Desea algo más? Preguntó la mujer un poco molesta.
– En realidad, mire… me gustaría quejarme.
-¿Quejarse? ¿El señor desea dejar sentada una sugerencia a nuestro departamento de marketing?
El anciano miró con los ojos grandes y apenas pudo balbucear algunas palabras, pero la mujer le respondió
en seguida:
-Mire, para las sugerencias al departamento de marketing, debe ingresar en nuestra página web, al sector
violeta oscuro, sub departamento de sugerencias y reclamos. Lo que usted exprese allí será leído por
nuestro equipo de recepción de ideas, y en 45 días tendrá una respuesta, si es que cabe.
-Pero para dentro de 45 días estaré muerto de sed, y de hambre- dijo el viejo un poco fastidioso.
En eso apareció un hombre muy bien vestido, que tenía un pin con una pequeña olla y una piedra sobre la
solapa de su saco. La mujer le comentó algo al oído, y este hombre se abalanzó sobre nuestro pobre viajero,
diciéndole:
-Señor, esto funciona así. Me presento: soy el gerente de gestión de visitantes. Hay años de eficiencia y
trabajo organizacional de comprobada eficacia en este lugar. Hemos logrado reducir al mínimo los errores
en la entrega de alimentos, hemos cualificado en eficientes sectores toda la gestión de esta organización, y
estamos orgullosos de poder decir que, próximamente, seremos evaluados con las normas Isso para las
organizaciones sociales.
-Ah… -dijo el viejo, un tanto pensativo- ¿Y les costó mucho organizar todo esto?
-Bueno, fueron muchas reuniones y papeles. Hubo que hacer que se fueran algunas personas que, aferradas
al pasado, no dejaban que la organización avanzara al ritmo de los tiempos. Finalmente logramos funcionar
con eficiencia, con un modelo claro de gestión y una gran calidad en los procedimientos. Vencimos la
improvisación y la desorganización que impedían nuestro progreso.
-Ya veo -dijo el viejito, en un suspiro casi de depresión-. De modo que no hay manera de que yo pueda tomar
un vasito de agua y comer un poco de pan…
-Mire, tenemos una vianda especial para no socios, pero para retirarla tendría que venir el próximo sábado,
de 8.30 a 9.45. De momento, es todo lo que podemos hacer por usted. Y disculpe, pero me están llamando
del sector naranja claro por una urgencia.
El viejo viajero, entonces, tuvo una especie de intuición. Y con mucha energía, y los ojos iluminados, sacó
una piedra de su bolsillo, y dijo al gerente, al guardia y a la señora de recepción: “Miren, sin embargo, si
ustedes me dieran un recipiente con agua, yo con esta piedra podría…” No alcanzó a decir más nada. Porque
inmediatamente el guardia se abalanzó sobre él, y al sonido de una alarma llegaron dos guardias más, con
bastones. Cada uno de los guardias tenía el uniforme con la olla y la piedra.
Lo llevaron a la comisaría, donde pasó 48 horas de maltrato e interrogatorios, acusado de haber querido
arrojar una piedra asesina en el Centro Socio Deportivo Alimenticio. Finalmente lo dejaron ir, advirtiéndole
que era persona no grata en ese barrio, y que si lo volvían a ver, quedaría detenido y sería llevado a juicio.

La trampa en la que caen los sueños
¿A qué venía este cuento, justamente en una celebración que graduaba “expertos” en coordinación de
centros sociales? Tal vez era una reflexión algo incómoda, pero sentimos oportuna. Nuestras organizaciones
son “hijas” de sueños y de milagros. Sueños y milagros de solidaridad, de amor, de respuesta a necesidades.
Gente corajuda y creativa que se animó a mirar más allá de su piel, y puso el amor en obras.
Pasaron los años, y esos sueños iniciales, esos proyectos heroicos, esas inspiraciones profundas que dieron
origen a muchos emprendimientos, ganaron en organización, en institucionalidad. La organización, la
institucionalidad son necesarias para dar forma a los sueños, para sostenerlos en el tiempo, para favorecer
que las intuiciones iniciales crezcan y tengan cauces creativos para multiplicarse.
Pero también la institucionalidad puede ser, si no estamos atentos, la trampa en la que caen los sueños, la
burocracia que aplasta la creatividad, y la maquinaria que quita aliento de vida a las mejores intenciones.
¿De qué depende? De cada generación, de cada grupo, que se hace cargo del inmenso desafío de liderar una
institución.
En muchos centros sociales, espacios educativos, redes, hoy aparece con fuerza la pregunta respecto de los
modelos de gestión. En efecto, sentimos la necesidad de ser eficientes, previsibles, organizados. En esta
búsqueda, muchas organizaciones eclesiales se orientaron al mundo de la empresa. Al fin y al cabo, allí es
donde se ha estudiado y sistematizado el asunto, ¿verdad? De modo casi expansivo, la “fiebre” de la gestión
se expandió por congregaciones religiosas, diócesis, instituciones educativas… Aparecen soluciones cargadas
de promesas de eficacia, planificaciones estratégicas que promueven el liderazgo gerencial y un efectivo
“efecto cascada”, manuales de roles y funciones, gestiones centralizadas.
A muchas personas intuitivas algo no les cierra en ese sistema. Y sienten, en muchos casos sin encontrar
palabras o definiciones claras, que hay algo en ese modo de planificar, gestionar y animar que puede
amenazar lo más genuino y profundo de nuestros emprendimientos. Y si lo miramos bien, es bastante
probable que así sea. La lógica que anima esos modelos de gestión suele tener como valores principales la
producción, el control y la eficiencia. Suele desconocer los saberes intuitivos y populares, y no siempre
respeta los ritmos naturales de la vida y el crecimiento. No toda modernización nos lleva a ser más fieles.
Algunos supuestos modelos de gestión innovadores pueden llevarnos al lugar exacto donde nuestros sueños
mueren contra las piedras.
Creo, sinceramente, que necesitamos crear un modelo de gestión popular y latinoamericano.
Descentralizado, capaz de empoderar los procesos colectivos locales, que crezca “de abajo hacia arriba”;
incluso en las organizaciones más complejas, escuchando el susurro de los márgenes, incluyendo miradas
diversas, asumiendo la conflictividad y la contradicción del crecimiento. Un modelo de gestión que tenga
más de discernimiento que de objetivos claros y distintos. Que priorice la escucha y la humanización. Que
ponga el dinero en su lugar, como medio y no como fin. Que acepte incluso la “lógica” de la derrota como
parte del proceso de crecimiento.
En fin, hay mucho por explorar, una vez que nos atrevemos a abrir esta puerta. Pero ciertamente, a la hora
de pensar nuestras organizaciones, hay pequeñas cosas a las cuales, quizá, debiéramos estar muy atentos.

Escribe un comentario