De muchas partes vienen

POR Pablo Dabezies Editorial Sin comentarios

Hace poco más de un año, en abril del 2017, las centrales de nuestro número 50 estuvieron dedicadas al fenómeno nuevo, para todas las generaciones que hoy convivimos en el Uruguay, de un flujo migratorio que otra vez ha comenzado a llegar a nuestras fronteras, pero esta vez con una característica diferente, la de estar constituido por gente latinoamericana en su mayoría. Ahora es común, y no solo en aquellos que uno ubica fácilmente como turista, escuchar en la calle, en el ómnibus, en los negocios, acentos que empezamos a individualizar mejor, de venezolanos, cubanos, dominicanos, salvadoreños, por no hablar de peruanos y otros. Y, dato no menor para nosotros, empezamos a sentirlos a nuestro lado en las celebraciones de la eucaristía.

Si hace poco más de un año dedicamos nuestra atención principal a esta realidad removedora para nuestra convivencia es porque le atribuimos mucha importancia. Y sentimos la necesidad de reflexionarla para vivirla con mayor riqueza y sabiduría. Como siempre, les entregamos lo mejor que logramos conseguir y producir sobre este fenómeno, que seguramente no responda a todo lo necesario. De a poco, con la participación y contribución de todos, podemos ir creciendo en algo para lo que no estábamos preparados en lo concreto.

Ante todo, volvemos a citar una frase del Director regional de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) de las Naciones Unidas, sobre la legislación revisada y adoptada por el Uruguay (Ley 18.250, de 2008) sobre el tema, considerándola ejemplar, y felicitando a nuestro gobierno “por la consideración positiva que el Estado uruguayo hace de la migración como un factor histórico de desarrollo de los países de recepción y por la contribución que sus políticas hacen al combate de la discriminación, la xenofobia y el racismo”. De esa felicitación para aquí, casi dos años, la situación de los migrantes en América Latina ha empeorado, en el sentido que siguió creciendo y simultáneamente ha comenzado a ser resistida por muchos países de la región que están endureciendo los controles y condiciones para aceptar nuevas llegadas. El Uruguay, al decir de autoridades en la materia, está quedando cada vez más solo con su política de fronteras abiertas.

En este sentido, desde Carta Obsur, nos sentimos orgullosos por esa actitud que no es solo del gobierno sino de todo el país, por más que sabemos que no hay unanimidad al respecto. Quienes se dedican a estudiar estos fenómenos, en este caso tan antiguo como la misma humanidad, nos dicen que los actuales flujos migratorios, por más que en muchos casos están desgraciadamente causados por la guerra, diversas formas de violencia, el hambre y condiciones de vida muy precarias, las violaciones de los derechos humanos, la inseguridad, son algo que tiende a establecerse como algo normal, diríamos. Con todo lo que conlleva de dolor, desarraigos, rupturas, pero también de nuevas oportunidades, enriquecimientos mutuos, posibilidad de diálogo y nuevas perspectivas, mayor comprensión entre los seres humanos. Se dice rápido, como se ve, se vive con mayor dificultad. Como afirma la frase citada: “la migración como un factor histórico de desarrollo de los países de recepción y por la contribución que sus políticas hacen al combate de la discriminación, la xenofobia y el racismo”. Estamos, pues, ante una oportunidad histórica.

Con el tiempo transcurrido entre nuestro número 50 y este 57, en Carta Obsur también sabemos más de lo que hace no solo nuestro Estado, sino también lo que hacemos como sociedad civil (ojo, los párrafos anteriores no quieren afirmar que todo está bien. Como sucede con los ciudadanos uruguayos, tenemos leyes muy lindas, pero en muchos casos es necesario caminar mucho para que sean cumplidas para todos y por todos, en todos los casos). Que es también bastante. Desde el trato cordial y acogedor de la uruguaya y uruguayo de a pie hasta las organizaciones o grupos que ya están o que quieren comenzar a hacer algo en este campo. Ahora bien, es mucho más lo que tenemos por delante, mucho mayor el desafío y las necesidades de todo tipo: buena acogida ciudadana en el día a día, comprensión, atención correcta de los diversos organismos públicos, agilidad en los trámites, y sobre todo lo que tiene que ver con el techo, el trabajo, la comida. Aunque no todos los que llegan lo hacen en condiciones de total precariedad, muchos sí, y necesitan de nuestra solidaridad.

En ese sentido, hay un porcentaje elevado de conciudadanos que no miran con buenos ojos la llegada de estos hermanos latinoamericanos que eligen de una u otra manera pedirnos hospitalidad en nuestra tierra, con la esperanza de encontrar aquí lo que no estaban encontrando en la que los vio nacer. También somos conscientes de que en todos los pueblos que viven situaciones como las que estamos viviendo nosotros surgen inquietudes, temores, muchas veces corren fantasmas, sobre todo cuando coincide la llegada de los inmigrantes con un aumento del desempleo, y entonces se tiende a ponerse a la defensiva con esas frases universales: “nos vienen a sacar el trabajo”; “los tratan mejor a ellos que a nosotros”; “el gobierno tiene que darle preferencia a los uruguayos”, etc. En general, como lo ha mostrado y lo muestra la historia en otros pueblos, antes y ahora, y también en nuestro país, no solo no es así, sino que muchas veces es al revés, la inmigración estimula el mercado del trabajo, suscita emulación.

Pero no es el editorial lugar para analizar estas cosas, sino solo de compartir en pocas líneas lo que sentimos y pensamos sobre esta realidad donde queremos enfocar nuestra atención.

Todavía deseamos decir una palabra más, sobre nuestra Iglesia. Por un lado, desde el punto de vista de la organización y la responsabilidad es el Departamento de Acción Social (Depas) de la Conferencia episcopal quien está llamado a guiar, estimular y articular todos los esfuerzos e iniciativas para que como comunidad desarrollemos una verdadera pastoral de migraciones. Con el Depas está íntimamente ligada Caritas, que también tiene una vocación especial en ello, como la congregación de los Scalabrinianos (que atienden la parroquia llamada de la Misión Católica Italiana) y que además se dedican a la atención de los migrantes allí donde están. Ellos tienen también en nuestra Iglesia una misión especial en ese sentido. Como decíamos, están surgiendo algunas iniciativas que buscan integrar e integrarse a una pastoral de migrantes mejor articulada, y que pueda atender más desafíos y contar con más voluntarios y voluntarias para ello. No podemos olvidar el trabajo que ya desde años realiza el Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana (SEDUH), y que es quien seguramente aporta mayor experiencia en nuestra Iglesia. Y como siempre, la misma realidad nos obliga a responderle. Veamos, por ejemplo, el caso de la parroquia del Cordón, en donde por iniciativa de inmigrantes mismos se han ido integrando a la comunidad y con la colaboración del párroco, otros sacerdotes y laicos, se organizaron para prestar determinados servicios y ocuparse de que todos los que van llegando y buscan un lugar donde celebrar su fe, puedan hacerlo allí. Y así en otras parroquias.

Pero hay mucho por hacer. Ante todo, lo que cada uno puede realizar sin ningún tipo de articulación u organización, estando atentos, practicando una acogida respetuosa, abierta, fraternal. Estando dispuestos a dar una mano, eventual o más continuada, en esas situaciones en que hermanos y hermanas necesitan un contacto u otra ayuda para ir asentando su nueva vida. Muy importante es que esas personas que llegan, sin conocer a nadie y sin contar en principio con nadie, encuentren personas que se ofrezcan a servirles de referencia, en quien puedan confiar en esas primeras etapas. Y, también fundamental, contribuyendo en el día a día a combatir los prejuicios y toda forma de xenofobia.

Confiamos en que como Iglesia podamos organizarnos mejor, de a poco, pero también con la rapidez que requiere la situación, para que estas hermanas y hermanos latinoamericanos encuentren en Uruguay aquello que buscan, sobre todo calor humano… y cristiano. Buena lectura.

La Redacción

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