Día de la Mujer en el barrio Plácido Ellauri y la inmensidad de lo pequeño

POR Mercedes Clara Centrales Un comentario

 

 


 

 

 

 

 

 

Hace dos años que celebro el Día de la Mujer con las vecinas del barrio Plácido Ellauri. El año pasado quise escribir sobre lo vivido, pero fue imposible. No encontré palabras para acercarme a la experiencia. Este 8 de marzo, cuando recibí la invitación, no dudé que era el lugar de mi cita. Tampoco tengo palabras, asumo que lo vivido no se deja nombrar. Pero quiero compartir algo de lo que sucede en el pasaje donde vive Angélica. Quiero hablar de Angélica, y la inmensidad de lo pequeño.

La proclama del cuerpo

Sí, esa fue la experiencia del primer año: escuchar a los cuerpos hablar. Los cuerpos solos, sin proclamas, ni consignas. Con la historia escrita en la piel. Con la memoria de una lucha común impresa en los rostros, apretada en los labios, en la curva de los hombros, en el movimiento de las caderas, en el fuego de la mirada. Los cuerpos escritos con corazones, flechas y nombres. Los cuerpos presentes. Constelación de mujeres en movimiento, bajo el cielo de marzo.

Se acercan de a poco. La presencia de Angélica convoca. Mientras saca sillas de su casa y pide el parlante a una vecina, invita a todas las que pasan cerca: “Venite, estamos festejando el día de la mujer”. Me cuenta que antes celebraban el Día de la Madre, pero ahora la fiesta es el 8 de marzo, “porque ser mujer está antes, y es algo de todas, ¿me entendés?”. Valeria, pincel en mano, dibuja un árbol con raíces en la pared de la casa de Angélica y escribe la frase: “Mujer, si alguien no te valora como madre, como amiga, como pareja, aprende a valorarte tú. Porque tú, mujer, eres la creación más bella que ha hecho Dios en este mundo”. Y pegadito, en una chapa verde, queda escrito: “El amor tiene un límite se llama dignidad”.

Y se fue armando el ruedo. Más de veinte mujeres del barrio, de todas las edades, reunidas, convocadas por una vecina que creó ese espacio de comunidad viva. Yo, en mi ignorancia, esperaba que en algún momento Angélica dijera algún discurso alusivo, una reivindicación o una palabra de apertura, pero cuando arrancó el baile me di cuenta que aquello ya había empezado hacía rato. La comunidad viva vivía, no necesitaba palabras ni razones. Qué discurso más potente que el de los cuerpos auto convocados, sumándose uno a uno a ese círculo, donde el movimiento y la alegría, a pesar de tantas heridas, estaban en el centro, erguidos en esa fortaleza muda. Todo diciéndose.

Mientras mis pies torpes perseguían el ritmo, sentí la fuerza de la presencia de Cacho. Fue inevitable recordar que este es el primer lugar al que llegó el Padre Cacho, cuarenta años atrás, de la mano de Dora, una mujer que, como Angélica, leía con sabiduría las necesidades del barrio e impulsada por el latido gestaba caminos nuevos. Y así me vienen los rostros de tantas otras maestras que escribieron la historia junto a Cacho: Elsa, Elida, Esther, Pocha…

La música a todo trapo. El sudor envuelve los rostros, la sonrisa suaviza los gestos. Los cuerpos aflojan. Sueltan lo que pesa. Bailan y sueltan. Los ojos brillan. Recuperan algo perdido en un instante. Los cuerpos se acercan, se descubren, se enlazan en una suerte común que los vuelve grito. Los brazos dibujan círculos en el aire. Las manos abiertas. Las carnes desbordan la piel. Cómo el árbol, dibujado en la pared, todas echando raíces en esa tierra.

Intento sacar una foto, pero ellas se van del cuadro. Cuando aprieto el botón, ya están en el paso siguiente. No se dejan atrapar. Como una bandada de pájaros al atardecer, que no se sabe de dónde viene ni a donde va, vuelan juntas, en el vientre del tiempo. Se alumbran unas a otras en esa rebeldía muda, patrimonio de los pobres: la pura alegría de existir.

Cuando el naranja del cielo se mezcla con la noche, comienza la despedida. Angélica se acerca a las rosas que están en el centro de la mesa. “Estas rosas las trajo un varón, Leo, de la comunidad de Possolo”, aclara, mientras entrega una flor a cada una y sella, con la delicadeza de ese gesto, el encuentro que entibia el corazón.

Y vienen otras…

Este año se sumaron a la celebración otras mujeres: las trabajadoras sociales del Socat, del Plan Juntos, del MEC, pero no en representación de ninguna institución ni desde ningún rol, el denominador común del estar allí eran las ganas de celebrar este día con las mujeres del barrio.

El clima de este 8 de marzo era otro: “Murió Eli, una vecina muy querida, y estamos todas tristes”, contó Angélica, “no sé si vendrán más”. Las muchachas del Socat habían preparado una línea del tiempo con la historia de tantas mujeres que, con sus luchas y conquistas, alientan el presente. Las rosas rojas estaban allí, como el año anterior, en el centro de la mesa. Todo listo: el agua, el sol y el barro, pero faltaban ellas para el milagro.

Las dos vecinas presentes conversaban de Eli y compartían la preocupación por su hijo más chico. Angélica fue a buscar a otra mujer, pero nadie abrió la puerta. Así recorrimos algunas casas: “Gracias, pero no tengo ganas de nada”; “La próxima me sumo”; “Maldita enfermedad esa”; “Es injusta la vida, se lleva a una de las vecinas más buenas”; “Al hijo todavía no le avisaron, no llegó del liceo”. “Estoy complicada, Angélica sabe todos los problemas que tengo”… Y así, en ese tejido de voces que compartían la pena se hizo lugar la vida. “Vení, ¿qué te vas a quedar haciendo? Ya no podemos hacer nada”. “Por lo menos nos acompañamos”. “A Eli le gustaría que estuviéramos juntas”.

Y aconteció el milagro. Algunas se quedaron en sus casas, pero otras salieron. Una a una se fueron sumando. La historia de lucha de tantas mujeres que nos antecedieron fue el telón de fondo para que las protagonistas del hoy tomaran la escena, con sus luchas y desafíos cotidianos. En grupitos más chicos compartimos luces y sombras, historias de violencia, de dolor, de aprendizaje, y ante la pregunta ¿qué nos hace felices? todas teníamos algo para decir y agradecer.

A la voz de los cuerpos, esta vez, se le sumó la palabra. La palabra viva. Y su posibilidad de crear sentido, de despertar verdades, de iluminarnos unas a otras. Tanta sabiduría. Tantos caminos distintos la vida de cada una; y a su vez la misma historia: Allí las niñas, las adolescentes, las adultas, que conviven dentro nuestro. Las que caen y se levantan. Las que, paso a paso, aprenden a caminar la propia historia. Las que fuimos, las que somos, las que queremos ser. Sí, el anhelo de plenitud ahí, respirando en cada una.

La inmensidad de lo pequeño

Tengo que cerrar este artículo, y no dije lo que quiero decir. Lo rodeo, pero no lo alcanzo. Asumo mi incapacidad para nombrar ese universo que toco cuando llego al pasaje de Angélica, y me recibe, en su casa de puertas abiertas, con esos ojos azules que ríen, trasparentes, y desbordan cualquier límite. Una fuente. ¿Cómo se cuenta el agua que riega la tierra? ¿La vida que late en el corazón de la semilla? ¿La humedad de las raíces que crecen, en el silencio de su tiempo propio? Difícil poner en palabras la sabiduría de Angélica, la fuerza que contagia, la contundencia de su compromiso y entrega cotidiana.

Me resuena la canción de Silvio Rodríguez, Mujeres: “me han estremecido un montón de mujeres, mujeres de fuego…” Habla en particular de “esas desconocidas gigantes que no hay libro que las aguante”. Y cuando tenemos el privilegio de estar ante ellas, de tocar ese misterio que es la vida multiplicando su poder creador, reconocemos al Espíritu encarnado en medio de un barrio, en medio de un grupo de mujeres que, como en tiempos de Cacho, se animan a soñar, a juntarse, porque sienten que unidas pueden transitan caminos nuevos y mejorar la vida de sus familias y vecinos.

Entonces, la inmensidad de lo pequeño. La esperanza tejiendo redes de sostén e impulso a diferentes iniciativas para niños, adolescentes, adultos, adultos mayores… Pequeños espacios nacidos de este soplo de vida. Pequeños gestos que acunan la potencia de todo lo que nace hoy, allí, en el corazón del barrio Plácido Ellauri.

Le pedí a Angélica que escribiera algo sobre el Día de la Mujer para compartir, y llega justito ahora, para salvar este intento de decir de la mejor manera: con su voz, con su poesía, con ese poema que escribe cada día en su casa de puertas abiertas.

 

Las que sufren

las que lloran

las que ríen

y se valoran

las mujeres de mi barrio

que quieren salir del barro.

Se juntan en varios grupos,

al igual que pajaritos

y hacen un nido grande

para todos los hijitos.

Viven en un barrio pobre,

quizás con muchas carencias,

pero libres como el viento,

no las ata la violencia.

Por eso el 8 de marzo

bailan, cantan, se divierten

y con el amor que sienten

contagian a otras personas,

y les enseñan de verdad

a vivir con dignidad.

 

Angélica Ferreira

 

 

 

 

 

Un comentario

  • Fer dice:

    Gracias Mercedes por tu sensibilidad, la que nos acerca el mirar de Cacho…y esa vida que palpita en las semillas de mostaza entre las manos de mujeres sabias.

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