Documental Marea humana. Silencios que hablan

POR Nicolás Dorronsoro Hechos y dichos Sin comentarios

En fechas recientes, la Universidad Católica del Uruguay estrenó el documental Marea Humana, del artista chino Ai Weiwei, en dos sesiones destinadas a estudiantes y al público en general. El objetivo de la proyección era sensibilizar acerca de la realidad que padecen millones de personas refugiadas, y para ello se seleccionó el que tal vez sea el documental con más capacidad de informar y conmover sobre esta realidad que existe en la actualidad.

 

Weiwei es un artista que no necesita presentación. Bien conocido por los defensores de los derechos de las personas refugiadas, sus lúcidas instalaciones han denunciado la crisis humanitaria de refugiados en el mediterráneo de muy diversas maneras: cubrió la Konzerthaus de Berlín con 5.000 chalecos salvavidas de personas refugiadas; dibujó una flecha en el palacio Belvedere de Austria con otros 1005 chalecos; llenó las salas de exposiciones más grandes con sus enormes obras, algunas de setenta metros de longitud, que han recorrido museos de medio mundo sin dejar a nadie indiferente. Sus obras se han exhibido en museos y centros de poder como la corporeización de una llamada de atención, una propuesta que interpela a los visitantes y a aquellas personas que toman las decisiones que afectan a la vida y la muerte de estas personas.

 

En tanto que espectador, y como persona que vivió muchos años en países en conflicto, el documental me parece un proyecto titánico. No conozco otro sobre esta temática que se atreva a tanto. Pero plasmar en una obra audiovisual LA realidad de LAS personas refugiadas en el mundo, que es lo que parece pretender, se me antoja imposible. No sólo porque sea enormemente complejo dada la extraordinaria diversidad de contextos (conflictos muy distintos unos de otros) sino por el carácter coyuntural de muchos de ellos (la actualidad fluye: hay situaciones que ya son muy distintas, como la realidad de los refugiados en Turquía, lo que hace envejecer precozmente a la película).

 

Abordar un reto de estas características como lo hizo, con un equipo de doscientas personas, un avanzado equipo de filmación y un presupuesto que le permitió viajar por veinte países y grabar en veintitrés campos de refugiados, parece una declaración de intenciones de realizar LA obra sobre los refugiados. Pero dicho esto, Weiwei informa y conmueve, y lo hace con escenas capaces de conmover al espectador más insensible. Sentimos que el tiempo se ralentiza al escuchar el testimonio del familiar de cuatro desaparecidos en el mediterráneo. No obstante, si pretende mostrarnos el alma de ser refugiado, el despliegue técnico en muchas ocasiones apabulla, hace ruido; nos dificulta escuchar la verdad profunda y dolorosa del alma en diáspora, esa que tan bien reflejan algunos de los poemas que Weiwei cita.

 

Son los momentos de silencio, los que sólo nos ofrecen imágenes de esta catástrofe diaria, los que más fidedignos nos parecen de la realidad insondable de un campo de refugiados. Un campo de refugiados tiene algo de terreno sagrado. Son los sótanos de la dignidad humana. Hablar sobre ellos es un ejercicio parecido al de hablar sobre lo inefable, por eso valoro tanto esas secuencias de silencio

 

En cualquier caso, en un mundo tan indiferente, Weiwei se esfuerza en recordarnos que nada humano nos es ajeno. Eso, en estos tiempos que corren, ya hace que ver este documental merezca la pena.

 

 

 

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