EDUCACIÓN SÍ, PERO TAMBIÉN CULTURA

POR Rosario Peyrou Centrales Sin comentarios

La cuestión de las políticas públicas en el terreno de la cultura ha tropezado durante mucho tiempo con un problema básico: la creencia de quienes toman decisiones de que la cultura no es una prioridad; puede ser algo valioso, pero en cierta forma ornamental, que interesa sobre todo a las élites. Por tanto, durante décadas y hasta hace poco tiempo se le asignaron muy menguados recursos y los cargos en la cultura eran una suerte de “premio consuelo” para los que no habían tenido suerte en la lotería electoral. Eso se sustentaba en una visión pretendidamente “democrática”: si es para unas minorías, no debería ser una prioridad. Así se deterioró la infraestructura edilicia, se perdieron bienes artísticos valiosos, se abandonó a su suerte a los hacedores de arte. Sin embargo era esa una postura anacrónica, basada en una visión conservadora del mundo cimentada en siglos durante los cuales los bienes culturales eran patrimonio exclusivo de las clases altas.

Se sabe, pero con frecuencia se olvida, que la cultura ha sido desde los albores de la humanidad una actividad inseparable de la vida social. No hubo ningún grupo humano que no hubiera creado arte (independientemente de que existiera o no el concepto, separado de lo religioso). La cultura –y le estoy dando en este caso el acotado sentido de creación artística–  es tan consustancial a lo humano como el razonamiento y el instinto social. Somos seres humanos porque somos capaces de representación simbólica, empezando por la lengua, que nos separa del resto de los primates superiores. El arte es una forma de conocimiento, diferente del conocimiento científico; indaga la relación del ser humano con el mundo y se plantea los grandes temas que definen a la especie, empezando por el sentido de la vida y de la muerte. Desligado de la mera supervivencia, nos pone en relación con cierta forma de lo trascendente. E.M. Cioran decía –y aunque parezca una boutade la afirmación hace pensar– que le llamaba la atención cómo habían perdido el tiempo quienes intentaban encontrar argumentos para probar la existencia de Dios, cuando en su opinión había uno solo que le parecía convincente: la música de Mozart.

No voy a detenerme aquí en las formas en que las clases dirigentes impusieron su visión de la cultura, sus gustos y sus valores a las clases subalternas, en procesos que estudiaron Gramsci y Bourdieu, pero no puede obviarse que una visión democrática implica tanto el más amplio acceso en lo social y en lo territorial a los bienes de cultura como al estímulo para la creación, en el entendido de que todos deben tener oportunidad no solo de consumir cultura sino de producirla.

Pensando en las políticas públicas, no caben dudas de que la creación artística plantea esas dos dimensiones a atender: la de mejorar las condiciones para su producción y la del acceso para su disfrute por parte de los más amplios sectores. Por eso está íntimamente ligada con la educación. Educar para la vida implica educar para la convivencia y el trabajo, pero también para ser capaz de acceder a esa otra forma de conocimiento que nos define como humanos y como personas de un determinado tiempo y lugar. Por eso sorprende que alguna plataforma electoral planteara que la enseñanza de asignaturas relacionadas con el arte fueran solo accesibles a los alumnos que no tuvieran dificultades en matemáticas y lengua. Como si constituyeran un privilegio prescindible, y no una oportunidad de acceder a una de las más altas formas de humanización. Está largamente probado que participar en actividades artísticas cumple un papel fundamental para integrar a los alumnos con dificultades de diverso tipo. Es más: llevadas de una manera creativa, las actividades literarias, musicales y plásticas, así como el teatro, son un antídoto contra la deserción, en edades en que se es particularmente sensible a las expresiones artísticas.

 La cultura está estrechamente ligada con la conformación de identidad y la integración social. En un mundo globalizado, promover tanto la diversidad cultural como el desarrollo de la propia cultura es clave, en tanto la diversidad amplía las visiones del mundo y la conciencia de los propios valores nos salva de lo puramente imitativo. Vivimos en un mundo cada vez más homogéneo, donde se repiten acríticamente actitudes y gustos venidos de los centros hegemónicos. Las nuevas tecnologías nos acercan el fantástico privilegio de estar “al día” con lo que se produce en los países desarrollados, pero si no promovemos lo propio, se corre el riesgo de perder lo que nos caracteriza como comunidad. Pierre Bourdieu ha dicho que uno de los riesgos de la globalización es hacer desaparecer el gusto por lo distinto, desde la cultura a la comida. Es posible que este país,  en cierta manera inventado por la diplomacia inglesa, y con apenas tres millones y medio de habitantes, solo exista en realidad porque ha generado una cultura propia –ahora entendida en un sentido amplio, que incluye costumbres y valores– una manera de ser que lo distingue.

Claro que preservar la identidad no quiere decir nacionalismo sino sentido de pertenencia. La aparición en las últimas décadas de un cine uruguayo, por ejemplo, es un rasgo de salud: el cine, aún incipiente es, como la literatura, la música y el arte del país, un espejo donde reconocernos.

Las políticas públicas

Por cierto en las últimas décadas ha habido importantes avances que no convendría perder y que creo que apuntan en una dirección correcta, tanto en la promoción de la actividad artística como en la facilitación del acceso a la cultura. Reconozcamos que el importante aumento en la asignación de recursos ha sido un factor clave (la Dirección Nacional de Cultura pasó de 10 mil dólares en 2005 a 10 millones de dólares en 2014), pero también lo han sido las políticas llevadas a cabo por las últimas administraciones.

La ampliación del acceso ha buscado atender la histórica inequidad uruguaya en lo territorial. La situación del interior era de una verdadera orfandad en materia de cultura y muchas ciudades no tenían ni siquiera una sala de cine. En ese sentido se han creado fondos para el fortalecimiento de instituciones con finalidad artística y para el desarrollo de infraestructuras culturales, buscando mejorar las condiciones de los espacios públicos y privados (salas, museos, bibliotecas, teatros, salas de cine). Entre otras iniciativas para descentralizar el acceso a la cultura, una particularmente exitosa es la creación de 125 centros MEC diseminados en diferentes localidades, que promueven espectáculos, talleres, cursos, exposiciones y se convierten en un lugar de encuentro donde canalizar inquietudes, coordinando con las intendencias y alcaldías. Los centros MEC han sido fundamentales para el Plan Nacional de Alfabetización Digital que ha llegado a 60.000 personas y alcanzado a comunidades rurales donde todavía no se había instalado el centro. Según la memoria del Ministerio de Cultura 1.313.264 personas participaron de actividades de los centros MEC.

A su vez, al Programa de Fortalecimiento de las Artes de la IM, que asegura localidades gratuitas a sectores de pocos recursos,  a las giras por el interior de elencos de teatro, música y danza, se agregaron programas como “Un pueblo al Solís”, y otros que acercan a niños de escuelas rurales a espectáculos del renovado Auditorio del Sodre.

La otra dimensión de la política pública en materia de cultura artística es el estímulo a la creación. A los Premios anuales nacionales y departamentales, se sumó el Premio Nacional de Música,  los Fondos concursables y un Sistema de becas (FEFCA) para formación y apoyo a la creación de artistas jóvenes y figuras con una trayectoria valiosa. También aquí se ha tenido en cuenta la descentralización, y parte de ese despliegue en lo territorial llevado adelante por el Ministerio de Cultura incluyó las llamadas Usinas Culturales (que ofrecen salas de grabación o filmación para ser usadas por la gente de las localidades), las Fábricas de Cultura (que buscan preservar oficios y técnicas tradicionales apoyando iniciativas que crean fuentes de trabajo), los Centros de Capacitación y Producción, la regionalización de los Fondos concursables.

Por primera vez se ha puesto el acento en la idea de que la cultura es un factor fundamental de integración social, de rescate de la marginación, para lo que se han creado talleres y actividades culturales en centros de reclusión o grupos de pacientes psiquiátricos.

En un país donde el tema de la seguridad y la desintegración social están a la orden del día, son la educación y la cultura los principales instrumentos de rescate de sectores marginados. El sentido de pertenencia, la posibilidad de expresarse, el desarrollo de la creatividad son factores esenciales para impedir que los jóvenes deserten del sistema formal y se marginen. Un ejemplo a tener en cuenta es la exitosísima Movida Joven llevada adelante por la Intendencia Municipal de Montevideo, con Teatro Joven y sobre todo Murga Joven, que ha movilizado a miles de muchachos y muchachas en todo el país, quienes además han renovado con ingenio y creatividad el Carnaval uruguayo, revitalizando una expresión tradicional que nos caracteriza como comunidad. A su vez el programa Tarjeta Montevideo Libre de la IM asegura el acceso de estudiantes de UTU y segundo ciclo de Secundaria a espectáculos teatrales, cinematográficos y musicales.

Los fondos, las becas y programas de apoyo a la creación están permitiendo una transformación en la diversidad de la oferta cultural, y tal vez en ningún otro rubro sea tan claro el avance producido como en el cine, con los Fondos de Fomento Cinematográfico del ICAU y los de la Intendencia de Montevideo (FONA y Socio Audiovisual) que han dado un impulso inédito al cine nacional.

Por cierto han existido otras medidas para hacer conocer el arte uruguayo en el exterior y para impulsar el desarrollo de las industrias culturales que, como suele repetirse, son fuente importante de puestos de trabajo. Pero me interesaba insistir, en esta oportunidad, en lo que tiene que ver con el acceso a la creación y al disfrute de la cultura como parte de una política de derechos.

Esperemos que  la próxima administración incentive aún más estos aspectos y los amplíe, con políticas que combatan la trivialización de la cultura, la confusión de la industria del entretenimiento con la actividad artística, logrando competir con la chatarra con la que nos bombardean los medios de comunicación. La Televisión Nacional (Canal 5) ha tenido un importantísimo avance en estos últimos años, con productos uruguayos y extranjeros de calidad, y sería necesario promover en la televisión privada la inversión en programas nacionales de buen nivel.

Aunque puedan haber llamado la atención la ausencia de mención a la cultura en el discurso inaugural del Presidente de la República y la remoción de algunos responsables de llevar a cabo políticas exitosas, confiemos en que el gobierno del Dr. Vázquez no olvide que la cultura es un factor de primerísimo orden en el cambio social. Así lo entendió en su primera administración, que sentó las bases para una nueva manera de encarar los problemas de la cultura. Las políticas culturales deberían ser políticas de Estado, como lo son en países desarrollados. Confiemos en que aun en una situación económica menos holgada que la de la última década, no se sacrifique a la cultura y se encuentre la forma de seguir ampliando el cumplimiento de uno de los derechos fundamentales de los ciudadanos de este país, sea cual sea su ubicación territorial y su situación económica y social.