El COVID 19 en el lugar de “la locura” Una interpelación a los DDHH y a nuestra fe

POR Fernando Leguizamón Centrales Un comentario

Al momento de escribir estas líneas estamos en plena celebración de la Semana Santa en la cual recordamos, como tantas veces lo hemos hecho, la pascua de Jesús. La particularidad esta vez es que se da en medio de una situación inédita a causa de la pandemia mundial por el Coronavirus (COVID-19).

Este virus, que en muchos casos es vivido como una crisis, desnuda nuestra fragilidad. De acuerdo a las recomendaciones de las autoridades sanitarias, la mejor forma de combatirlo es recluirnos voluntariamente en nuestras casas, para evitar que el contagio llegue a ser masivo, y el sistema de salud no pueda dar respuestas adecuadas. No obstante, hay un grupo de compatriotas cuya reclusión es obligatoria, porque se encuentran en calidad de privados de libertad. Con ello nos referimos, en el sentido más amplio del concepto a aquellas personas que están detenidas o en custodia o que no estén habilitadas a salir libremente del lugar donde se encuentran”1. De acuerdo a esta definición, hablamos de personas que están presas, internadas en instituciones psiquiátricas, hogares de amparo, residenciales de ancianos, entre otras.

En este breve artículo quiero compartir con ustedes algunas reflexiones que intentarán expresar lo que en mí se vive naturalmente, desde mi experiencia de fe y mi formación profesional, allí donde hoy me toca trabajar: el Mecanismo Nacional de Prevención de la Institución Nacional de Derechos (MNP).

El MNP tiene la misión de prevenir la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, en los lugares en que se encuentran personas privadas de su libertad. La prevención se hace a través de un monitoreo constante, control activo y sistemático en dichos lugares, donde se realizan entrevistas a todos los actores involucrados, se leen documentaciones, se registran a través de fotos y, finalmente, se realiza un informe que se publica en la página institucional para que sea de conocimiento público. El objetivo es que las personas privadas de libertad tengan el respeto y garantía de sus derechos.

El COVID y la privación de libertad

La irrupción en formato de pandemia del COVID-19 ha afectado significativamente la vida de todos, especialmente en lo laboral, y el MNP no es la excepción. Fue necesario adaptarse a las circunstancias y exigencias necesarias, innovando nuestra metodología de trabajo. En ese sentido, se han priorizado los contactos telefónicos, fundamentalmente las videos-llamadas, y se realizan oficios entre otras formas. En esta situación de virtualidad, se mantiene vigente el objetivo de encontrarnos con la persona privada de libertad y es muy probable que en algún momento se nos plantee la posibilidad real de realizar visitas “in situ”.

Justamente, por tratarse de momentos de crisis y/o emergencias para las instituciones que tienen personas privadas de libertad, es clave tener como punto de referencia la perspectiva de los derechos humanos en todos sus procedimientos, de manera de evitar abusos, malos tratos, ya que quienes están en estos centros son personas especialmente vulnerables a la violencia. Ciertamente, al interior de estas instituciones disminuyen, o peor aún se interrumpen, las actividades educativas, recreativas y las visitas. Esto ocasiona mayor cantidad de horas de encierro, activación de protocolos que profundizan el aislamiento y otras medidas en general en línea restrictiva 2.

La adopción de tales medidas en lugares de encierro compulsivo son suceptibles de  atentar contra derechos por resultado de una sinergia negativa que conecta la pérdida de la libertad con otros derechos violentados, tal como señalábamos líneas arriba. Es probable que muchos efectos no sólo se constituyan en indeseados, sino en riesgosos para los pacientes (por ej, descompensaciones) en un contexto de confinación prolongada y muchas veces en condiciones inhumanas, como puede ser el hacinamiento. La recomendación de distanciamiento de personas como una medida para evitar y/o disminuir la propagación del COVID-19 en el encierro es casi imposible de cumplir en celdas acotadas, en pabellones repletos iluminados artificialmente y con poca entrada de luz natural, entre otras dificultades.

En los primeros días de abril se anunció el ingreso del COVID-19 al Hospital Vilardebó, luego de que se diera a conocer el primer caso comprobado. Enseguida se estableció el régimen de cuarentena por tiempo indeterminado. Este hecho por demás previsible, por las características de este tipo de virus, significa nada más y nada menos que el coronavirus ya ingresó a la privación de libertad.

Desde una mirada de fe

¿Qué significa lo expresado hasta aquí desde una mirada de fe? Siempre creo vigente aquella pregunta: “¿Dónde está tu hermano?” (Gen.4,9). Es una interrogante cargada de responsabilidad y exigencia por el cuidado del otro.

Lo detallado líneas arriba intenta alinearse a un pensamiento orientado hacia el enfoque de derechos humanos con especial énfasis en quienes están en situación de vulnerabilidad. Ahora bien, llama la atención el acontecimiento Vilardebó”, en la cual un virus entra con su corona por la puerta principal, acompañado por una pompa mediática que acapara casi con exclusividad la atención de los medios de comunicación.

Los derechos humanos son un camino certero, necesario e imprescindible, porque todos somos sujetos de derecho y estos nos hace iguales ante la ley. Es fundamental garantizar que se respeten derechos fundamentales para prevenir violaciones a los mismos.

Para quienes nos decimos seguidores de Jesús sabemos que cada persona tiene la dignidad de ser hija/o de Dios. Nuestra fe, a la luz de la enseñanza de Jesús, nos lleva a mirar la realidad desde la “puerta del fondo”, lejos de las luminarias, y tratar de descubrir desde allí la presencia de Dios en los más pequeños (cfr. Mt. 25,40). Los más pequeños que, en el caso que nos ocupa, son personas con sufrimiento mental3.

Hoy el Hospital Vilardebó es la “zarza ardiendo” (Ex. 3,1) desde donde el Padre llama, pide que nos acerquemos, nos saquemos las sandalias y caminemos descalzos por allí porque, paradójicamente, se ha transformado en un lugar sagrado. Se escuchan gritos silenciados por el encierro compulsivo. Y para nosotros no son pacientes, son hermanos marginados, excluidos que pasan gran parte de su vida allí, en un lugar que no tiene buena fama porque del Vilardebó ¿qué cosa buena puede salir? (cfr. Jn. 1, 46).

Las personas privadas en libertad, en general, y las de las instituciones psiquiátricas en particular, son víctimas de prácticas y acciones discriminatorias, y uno de los efectos más duros que tienen que soportar es la estigmatización por “la locura”. Aquí es donde nos sentimos empáticos con ellos, después de todo, acabamos de celebrar la locura del Amor que pasó por la crucifixión de un “privado de libertad”4.

La “locura” es parte constitutiva en la historia de nuestro caminar eclesial. En efecto, ya desde los primeros discípulos se explicita cuando se embarcaron en la locura de anunciar la Buena Noticia (2 Cor. 11,1), que no es del todo entendida por los cuerdos de su tiempo.

En definitiva

Los derechos humanos son una construcción de orden jurídico, que cristalizan una concreción histórica social cuya carga axiológica está en sintonía con los fundamentos de nuestra fe que cree en un Dios Vida. Ahora bien, mientras los derechos reconocen a la persona como un “lugar axiológico”, como un “lugar ético”, para nosotros también son un “lugar teológico”.

La consigna ya establecida desde el preámbulo de la “Declaración universal de los derechos humanos” que manifiesta en sus consideraciones que “por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”, con el gran desafío de protegerlos, es para los cristianos un llamado divino por la dignidad del hombre como imagen de Dios.

Para finalizar, me gustaría proponer un listado breve y sencillo de algunas propuestas que toman como fuente de inspiración la irrupción del COVID 19 en el Hospital Vilardebó5, pero que intentan trascender y aportar hacia otras experiencias vinculadas o no a la privación de libertad:

  • En un marco de salud cualquier emergencia reclama respuestas inmediatas, asistenciales, las cuales deben tender a la integralidad y hacia la promoción.
  • La centralidad de la acción debe ser la integralidad y dignidad de la persona, y debe primar ante criterios económicos, políticos, de seguridad u otros.
  • Articular, coordinar distintos saberes. Esto es reconocer los distintos aportes profesionales, disciplinares, también a nivel institucional.
  • En relación con el punto anterior, es importante tomar en cuenta los aportes de las organizaciones sociales, populares, que también son portadoras de un saber.
  • Tender a respuestas inclusivas, no discriminatorias, con bienes y servicios disponibles y garantizados para todas/os. Además, creemos que implica tomar en cuenta a las/os destinatarias/os cualquiera sea su singularidad, pues una vez informada/o es imperativo su consentimiento.

Queda abierta la posibilidad de ampliar y/o criticar estos puntos, con la esperanza de que, en el acuerdo o no, estemos en comunión para trabajar en la transformación desde el interior de nuestra historia y “desde el reverso”, tal cual lo hizo Jesús.

 

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1 Asumimos aquí la definición que establece el Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes” (OPCAT) de Naciones Unidas. Este protocolo fue ratificado por Uruguay el 25 de octubre de 2005 (Ley 17.914).

2 Una situación paradigmática es el cierre de las instituciones al extremo que si bien no hay ingresos, tampoco hay egresos por causa de la cuarentena.

3 Sería lo mismo si para el caso de presos, niños internados en hogares por amparo, ancianos en residenciales, u otras formas internación.

4 Más allá de su entrega a la voluntad del Padre, acá nos referimos en sentido meramente histórico descriptivo, pues Jesús fue encarcelado, juzgado y crucificado

5 Esto significa que se incluyen y dan por aceptado de nuestra parte todas las medidas preventivas sugeridas por las autoridades de la salud.

 

 

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