EL MARTIRIO CERCANO

POR La Redacción Editorial Sin comentarios

Este mes de mayo de 2015 quedará en la historia de la Iglesia de América Latina como el del reconocimiento oficial de la santidad de quien llamamos hace tiempo “monseñor Romero”. Gran alegría la que viviremos este 23 con todos los cristianos y cristianas de nuestras tierras. Ocasión para celebrar, dar gracias y reflexionar.

Sabemos que el pueblo, y en particular el salvadoreño, no esperó este momento para reconocer y atesorar esa santidad cercana a sus vidas, por más extraordinaria que la consideremos. Gracias a Dios, a quienes trabajaron incansablemente por ese reconocimiento y últimamente al papa Francisco, ahora es algo patente para toda la Iglesia. El año pasado su evidente condición de mártir cristiano fue aceptada por el mismo obispo de Roma y propuesta a la admiración de todos los seguidores de Cristo. Como ya era el caso de otras iglesias cristianas, como por ejemplo la anglicana, que había incorporado de manera explícita a Romero como ejemplo de santidad contemporánea. En la alegría que vivimos hay también lugar para la satisfacción por este reconocimiento que repara la tergiversación y maniobras de tantos años para ocultar ese testimonio bajo argumentos de hecho políticos.

En las primeras lecturas que hacemos de la antigüedad cristiana, junto con las figuras del martirio llegan a nosotros las palabras de Tertuliano sobre la sangre de los mártires como “semilla” de nuevos discípulos de Jesús. Palabras que se nos vuelven otra vez significativas para quienes vivimos en tiempos de nuevas pero a veces no evidentes persecuciones.

Desde hace algunos años, y en concreto con ocasión del jubileo del año 2000, ha crecido la conciencia de esta realidad entre los cristianos en general, incluidos los católicos. Se han empezado a desarrollar los estudios sobre el siglo XX y el naciente XXI, con resultados que generan mucha impresión. Entre esos estudiosos tiene mucha relevancia el historiador italiano Andrea Riccardi. Su análisis ha tomado a los cristianos como un todo, y los números que establece para la pasada centuria y los comienzos de esta llegan a varias decenas de millones. Pero tal vez más que la cantidad importa también la calidad. No para decir “estos mártires son mejores que aquellos”, sino en otro sentido que podemos resumir en una expresión del mismo Riccardi: el martirio del siglo XX y lo que va del XXI es el “martirio de la caridad”. Podemos también explicitar más esta afirmación diciendo que es el “martirio por la justicia”, por el “amor a los pobres”. Más, un martirio de muchos y muchas pobres.

No tomamos esta temática, como de hecho lo hacen algunos, para planteos identitarios o apologéticos que destruyen la carga testimonial del martirio. En ese sentido, por lo que podemos percibir desde aquí, es ejemplar y muy cuestionadora la actitud de los cristianos y cristianas de comunidades que hoy se ven sometidos a riesgo de vida por su fe. Queremos, por fidelidad a ellos, vivir esta realidad desde la gratitud y la humildad, porque no se trata de una bandera que agitar sino un cuestionamiento profundo a nuestra vida personal y eclesial. Para que su sangre sea en verdad germen de nuevos cristianos, nuevos sobre todo en su fidelidad al Señor en la entrega a todos.

Tampoco podemos en estas líneas olvidar a todas las víctimas que han ensangrentado y siguen ensangrentando los tiempos de nuestra vida, como esos hermanos y hermanas que día a día mueren por causa de la justicia, por querer hacer realidad su sueño de una vida digna para sí y para sus hijos. Resultaría casi indecente dejar de recordar a quienes últimamente están muriendo en el Mediterráneo ante la mirada pasiva (si no es para rechazarlos) de las potencias. Por eso nos sentimos legítimamente orgullosos de que la voz que sale con valentía y constancia en su defensa sea la de Francisco). Se habla de unos 20.000 muertos en los últimos años y 200.000 emigrantes que han intentado esa travesía trágica.

Riccardi señala que la muerte violenta de los cristianos, “se enmarca en el siglo de las masacres, en el siglo de la muerte en masa, de la industria de la muerte, en el siglo del terror”. Por eso  creemos (o sea, es lo afirmamos por fe) que todos ellos también son mártires de la injusticia, es decir de la crueldad humana que clama a Dios, como la sangre de Abel.

El martirio de Romero, su santidad, nos remite pues a muchas preguntas y exigencias. Entre otras cosas, a hacernos cada vez más conscientes del “misterio de iniquidad”, según Pablo, presente entre nosotros, para poder pelear contra él. Para quitarle o al menos reducirle su poder asesino. Esto también es una especie de “cuidado”, tema central de nuestro número. Cuando escribimos estas líneas escuchamos fresca las palabras de Jesús a sus discípulos, a punto de convertirse en el prototipo de todos los mártires para nosotros: “ámense unos a otros como yo los he amado… porque no hay mayor amor que dar la vida”.