El sueño vivo de la “populorum progressio” (1967-2017)

POR José Ignacio Calleja* Centrales Sin comentarios

Lo que llamamos “desarrollo humano integral” (GS 64, PP 5) emerge incontenible en la doctrina social de la Iglesia (DSI) en torno al Vaticano II y prolonga su larga presencia hasta nosotros, primero con Juan Pablo II y, después, con Benedicto XVI y Francisco entre los Papas, y por otros sujetos eclesiales, con el Pontificio Consejo Justicia y Paz, el CELAM y distintas Conferencias Episcopales por todo el mundo católico. A veces ha parecido que el concepto sufría fatiga en los materiales al alcanzar los años ochenta, pero los excesos de la globalización neoliberal capitalista han puesto de nuevo sobre la mesa el significado moral y social de un desarrollo humano digno de todos los humanos, de todas las criaturas y de la casa común, la Tierra.

Juan XXIII y el Vaticano II, Pablo VI y el primer post-concilio

               * En la doctrina hay acuerdo en que es única la sensibilidad que representaron Juan XXIII y el Vaticano II al expresar que la cuestión del desarrollo desigual de los pueblos era el mayor problema de nuestro tiempo (Mater et magistra, MM 157) y que el desarrollo debe ser integral y solidario para ser humano, o sencillamente no es digno de tal nombre (GS 63-64). Cuando el Concilio se refiere y define el auténtico desarrollo humano como desarrollo integral, quiere que responda a todas las necesidades del ser humano, y cuando lo define como solidario, quiere que alcance a todos los hombres y pueblos; y porque es humano, siempre bajo su responsabilidad y control (GS 65).

               Pues bien, a partir del Concilio, la cuestión del desarrollo de los pueblos, como desarrollo humano integral, pasa a ocupar el centro de la vieja cuestión social de la DSI, por el impulso que recibe en la Populorum progressio de Pablo VI (PP 1967), cuyo cincuentenario motiva esta reflexión: “Hoy, el hecho más importante del que todos deben concienciarse, es el de que la cuestión social ha tomado una dimensión mundial” (PP 3). Concebida la encíclica de Pablo VI como explicación y aplicación de la segunda parte de la GS, ella no es un texto de compromiso, sino un grito moral y político de anuncio, denuncia y urgencia ante la profundidad que alcanza lo que entonces se llamaba el subdesarrollo de los pueblos -su explotación y exclusión- y que la encíclica califica de mundial e interdependiente (PP 3). Así, lo que en MM y GS aparecía como un peligro, en PP es un hecho constatado que la humanidad tiene que reconocer y atajar: la cuestión social como subdesarrollo de los pueblos -como dependencia y exclusión- ya no es sólo el conflicto entre trabajadores y propietarios del capital en cada país, sino una realidad que traslada esa pugna a la relación entre los pueblos, imponiéndose como un dato objetivo para valorar las condiciones históricas de la solidaridad y de su falta (PP 99). La disparidad en los niveles de desarrollo como creación y reparto de riqueza entre los pueblos, además de abismal y creciente (PP 8), supone una gravísima amenaza a la paz, el fruto insuperable de la justicia: “el desarrollo (humano integral) es el nuevo nombre de la paz”, (PP 76).

En América Latina y en los Sínodos de obispos

               * El vuelco en el lenguaje y la intención de la PP fue muy grande como queda dicho. Al año siguiente, en 1968, Medellín, y a su modo, en 1979, Puebla, y en 1992, Santo Domingo, el Episcopado Latinoamericano recogerá el testigo del Vaticano II para extraer sus consecuencias, en el contexto específico de unos pueblos echados al reverso de la historia, y entender sus luchas cotidianas a la luz de la fe cristiana. La teología de la liberación avanzaba, por su parte, en la asunción de la historia de la gente, para vivirla y discernirla desde los pobres como manifestación limitada siempre, pero cierta, del reino de Dios. Y este difícil trenzado, a veces casi imposible, de la DSI y las Teologías de la Liberación, es decir, cómo empastar los procesos populares de liberación con la evangelización integral y cómo ésta puede ser liberadora, siempre estuvo presente, ¡aunque fuera a veces para discutirlo! Pero donde hay discusión, hay oportunidad de reconocimiento.

               * También los Sínodos Mundiales de 1971 (La justicia en el mundo) y de 1974 (La evangelización en el mundo actual), con el reflejo de este último en la extraordinaria Evangelii nuntiandi de Pablo VI (EN, 1975), representan que la Iglesia tomaba conciencia histórica de las nuevas condiciones de la evangelización en relación con la justicia. En adelante, la tarea evangelizadora de la Iglesia habrá de entenderse como síntesis inexcusable de la liberación humana en la salvación cristiana; o como irá ganando fuerza por mucho tiempo, para perderla en años y recuperarla hoy, la evangelización siempre es integralmente liberadora en todas las dimensiones que se considere, porque así es el mesianismo de Jesús y su anuncio del Reino (EN 38). Las dimensiones de la única historia universal de salvación son inconfundibles, pero inseparables y con mezcla real y efectiva en el crecimiento del desarrollo humano integral. En Cristo y por Cristo, la única historia universal de salvación camina y crece en los signos históricos de una liberación humana integral, ya sí, con la certeza que la promesa de Dios le confiere, todavía no, con la parcialidad que nuestra condición limitada le asigna. Si la liberación cristiana, en todos sus significados y dimensiones (salvación integral), relaciona intrínsecamente “progreso humano y consumación escatológica”, la lucha por la justicia se presenta como una dimensión constitutiva o esencial de la evangelización, es decir, de la misión propia de la Iglesia en el mundo (EN 4, 12, 30, 38). Así se confirmó en el habla eclesial de los primeros 70, hasta que la DSI siguió otro camino y la dimensión social de la evangelización, como justicia, comenzó a pensarse más como consecuencia moral necesaria de la fe y menos como condición interna del anuncio del Evangelio.

Juan Pablo II y Benedicto VI

               * El penúltimo eslabón de esta pequeña historia del desarrollo humano integral que en la DSI impulsa la PP, lo representa Juan Pablo II en sus encíclicas sociales, Sollicitudo rei socialis (SRS, 1987), a los veinte años de PP, y Centesimus annus (CA, 1991), en el centenario de la RN de León XIII (Rerum novarum, 1891). El espíritu de la época dirá el Papa es pesimista; el abismo entre el Norte y el Sur es cada día más radical y creciente (SRS 14-15); el conflicto entre los bloques viene a sumarse a la fractura en el desigual desarrollo de los pueblos, y los más débiles entre ellos sufren el imperialismo de los intereses económicos, políticos e ideológicos de las grandes potencias mundiales (SRS 20-21). Los pueblos más ricos y sus ciudadanos particulares, conduciéndose por actitudes morales perversas (SRS 36), han provocado la aparición de una estructuras materiales y culturales (“estructuras de pecado”) (SRS 36), cuyo fruto es la corrupción del desarrollo humano y un nuevo neocolonialismo (SRS 21-22). El resultado político e ideológico de la nueva situación es una solidaridad imposible (SRS 38), obstáculo casi insalvable para la fraternidad entre los pueblos. Este panorama mundial nos exige volver sobre nuestro concepto de desarrollo, en todas sus condiciones, para que sea integral y de todos (SRS 8 y 33), y en su centro, el ser humano, los pueblos, los seres vivos y la entera creación (SRS 34). En Centesimus annus, la cuestión social como cuestión del desarrollo de todos, bajo la clave del bien común universal (n 58), de la entera y única familia humana (n 51), en una economía planetaria que exige órganos de control y guía (n 58) que la pongan a su servicio, es ya un hecho.

               * Cuando en 2009, Benedicto XVI vuelva en Caritas in veritate (CV) sobre el desarrollo integral del ser humano, para acoger la PP de Pablo VI (1967) como carta magna de la DSI contemporánea, las claves son ya la caridad y solidaridad, la naturaleza moral del desarrollo, la convicción de que la causa primera de los males sociales anida en el pecado de la inteligencia y la voluntad, en el egoísmo contra la fraternidad (n 199); en suma, la antropología teológica y la fe en Dios habrán adquirido un peso más decisivo si cabe que la justicia social en la explicación de las necesidades y posibilidades del desarrollo humano con dignidad para todos. El desarrollo humano integral es “en la caridad y en la verdad”, pues “la caridad es la vía maestra de la DSI” (n 2), y en esa relación construye el cristianismo su concepto de desarrollo, que sólo referido y abierto a Dios es posible lograrlo; sólo ahí se sustentan la justicia y el bien común (n 69). El desarrollo humano es ante todo una vocación de humanismo absoluto, y no sólo de buenas instituciones políticas, y exige una visión trascendente de la persona como un ser que necesita a Dios (n 11); esta visión del progreso es el corazón de la PP, proclama Benedicto XVI, y el motivo de su continua actualidad (n 16). Vocación y responsabilidad personal, éste es el secreto final ante la caridad y la verdad, la verdad que promueve a todo el hombre y a todos los hombres (n 18), y por ende, abierta a Jesucristo (n 18). Si no es así, fracasa (n 52). El desarrollo humano es ante todo moral y espiritual (nn 77-79).

               * Este acento peculiar que fue cobrando el desarrollo humano integral, significó durante años un mayor subrayado del referente ético y teológico de la DSI. Y así, si Justicia fue la categoría más destacada por Pablo VI en PP, porque el desarrollo humano exige que “se restablezca entre las partes al menos una cierta igualdad de oportunidades” (PP 61), cuyo fruto más preciado es la paz (PP 76), Solidaridad es el concepto que se fue imponiendo después de Pablo VI en la DSI de Juan Pablo II, siempre relativamente, abrumado quizá por la dimensión que la desigualdad adquiría en nuestro tiempo y por la extendida convicción de que el desarrollo, en última instancia, tiene una entraña moral donde reside la raíz última de su ser o no ser (SRS 36). El optimismo desarrollista que en la Iglesia y en el mundo se había respirado en los setenta, tan confiado en la ayuda externa y en las estructuras justas, merma a favor de la importancia de las personas, de sus iniciativas y de su mejora moral, para hacer bueno el desarrollo integral del ser humano. El resultado, cierta despolitización de la solidaridad como alma de la justicia.

               En CV, por tanto, Benedicto XVI prosigue con el desarrollo humano en nuestro tiempo (nn 21-33), como actualización de PP, pero menos lograda por el presupuesto excesivamente idealista sobre sus causas: la cuestión social no sólo es mundial, como en Pablo VI, sino ante todo, antropológica, moral y religiosa (n 75). Ello no obsta para que le demos todo el valor a su análisis del moderno capitalista neoliberal, manteniendo siempre una crítica más moral (sus insuficiencias) que estructural (su injusticia insuperable), y abierto ya a la ecología de la vida humana -donde más amenazada esté, sobre todo, la no nacida-, a la ley moral natural y a la libertad religiosa (nn 28-29). La globalización economicista, sin la guía de la caridad en la verdad, dirá el Papa, nos desorienta como comunidad humana y fraternidad universal, y muestra la necesitad de una autoridad política a la medida de esa dimensión del problema (n 41).

Nuestros días con Francisco

               * Y por fin, nuestros días en 2017. La cuestión del desarrollo humano integral sigue viva y vuelve con Francisco más claramente a la senda de la Populorum progressio. Fue primero la EG (Evangelii gaudium) y ha sido después la LS (Laudato Si). En cuanto a ese desarrollo, y bajo la impronta de Populorum progressio, Francisco recupera la centralidad de la justicia en la EG, porque la caridad y la lucha por la justicia van unidas[1], y esta unidad es dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su esencia (n 179); en ella, los pobres pasan al centro de la Iglesia y de la DSI (n 199) y nos evangelizan, y al darle a su liberación el sentido destacado de justicia social incluyente, y no sólo de justicia redistributiva (n 189), la lucha por justicia es garantía de evangelización liberadora. El giro antropológico, desde el genérico los hombres a los pobres, se consuma. La crítica del sistema social capitalista, exigida desde la inclusión social de lo pobres y los pueblos, se radicaliza, y la paz social justa requiere de esa justicia a la base del diálogo social, con especial servicio de las religiones. La conclusión, que la inequidad ha cristalizado en estructuras sociales injustas, y hasta esa raíz de la injusticia y la violencia tiene que llegar el cambio social y personal (n 59-60 y 202). El orden de responsabilidades entre personas y estructuras es más dialéctico, las insistencias sociales y las morales se equilibran: la vida social buena vendrá del cambio personal y de cambios estructurales (nn 57 y 202); y urge, porque esta economía mata (n 53). La comprensión circular de este dilema viene para quedarse (LS 15).

               Unos años después, en Laudato si’ (2015), la paz social que brota de la justicia y la inclusión social de los pobres (EG) se prolonga en sus consecuencias indeclinables para la vida de todo lo creado: la Tierra y los pobres, la misma causa, porque todo está interconectado con todo (nn 91 y 117), la misma cuestión social. En el análisis, y en continuidad con CV, Francisco destaca el peso decisivo del paradigma cultural tecno-científico y de su omnipresente razón tecnocrática; y la salida, el bien común como ecología integral, es decir, ambiental y social, material, moral y espiritual, para todos y todo, y particularmente, de los bienes comunes de la humanidad. No hay desarrollo justo sin respetar el destino universal de los bienes creados, mediante un uso “digno” y sostenible de ellos por todos los pueblos. Y no hay dignidad de todos sin una adecuada antropología, abierta a los otros y a Dios (n 119), abierta a una ley natural para no descartar todo lo que nos estorbe (n 122). Y con la implicación de todos los sujetos (personas, pueblos, estados, comunidad internacional, sociedad civil, religiones…), y el cambio político concomitante al personal y al comunitario o civil; el cambio moral y social, educativo, cultural, espiritual y místico. La lucha por la justicia, una forma incomparable de la caridad cristiana (n 231).

               El desarrollo integral de las personas y los pueblos que dijera Populorum progressio, cincuenta años después, ha sobrepasado su sueño doctrinal. Perseveremos en el histórico.

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* Sacerdote de la diócesis de VitoriaGasteiz, profesor en la Facultad de Teología de la misma, de la que ha sido decano. Especialista en moral y en filosofía social. Con varios libros publicados y numerosos artículos. Ha escrito esta nota especialmente para Carta Obsur.
[1] Cfr., José Ignacio CALLEJA, Misericordia, caridad y justicia social, Santander, SAL TERRAE, 2016.

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