ESPERADO y ESPERANZADOR ABRAZO EN CUBA

POR Pablo Dabezies Hechos y dichos Sin comentarios

Sin duda, para los cristianos de todo el mundo, y muy en especial para católicos y ortodoxos rusos, el encuentro y abrazo del obispo de Roma, Francisco, con Kiril, el patriarca de Moscú ha sido la mayor buena noticia en mucho tiempo. Todos los observadores y analistas han subrayado el carácter histórico del acontecimiento, por lo esperado y buscado y por las consecuencias que tendrá, por más que todavía los católicos de a pie no las percibamos. Dedicamos por ello esta nota a profundizar en el hecho, de la mano de comentarios autorizados.

Larga espera, fuerte deseo

Las noticias insistieron mucho en que se trataba del primer encuentro de un obispo de Roma y un patriarca de Moscú en mil años. Como fórmula de impacto está bien, pero esconde una historia muy compleja. Aprovechamos esta oportunidad para acercarnos un poco a ella ya que en general no tenemos ocasión de hacerlo y es más lo que ignoramos que lo que sabemos.

La evangelización de Rusia se sitúa en torno al año 988 con el bautismo de Vladimir de Kiev y el pasaje de su pueblo al cristianismo, lo que no significa negar que antes de eso hubiera sido predicada ya la fe en Jesús y existieran comunidades de sus seguidores en esos inmensos territorios. La influencia y misión determinantes correspondieron a bizantinos y búlgaros, por lo que la Iglesia en Rusia estuvo desde el inicio, como se puede constatar en su liturgia, organización y arte, ligada a esas Iglesias del oriente europeo y el Asia Menor.

El cristianismo ruso, pues, nace con una fuerte marca bizantina, y cuando todavía es joven, en 1054, sigue la decisión de su Iglesia madre, Constantinopla-Bizancio, rompiendo con Roma en el llamado Gran Cisma de Oriente. En un proceso que conoce el traslado de la sede a Moscú (1325), su consolidación ante la caída de Constantinopla bajo el poder musulmán (1453; se le empieza a dar el nombre de “Tercera Roma”), se va acentuando la autonomía y en 1589 establece su autocefalía con respecto a la sede constantinopolitana para convertirse a su vez en Patriarcado. Por tanto, habría que decir que ese desencuentro o lejanía de Moscú con respecto a Roma por un lado viene de más lejos y por otro es menos antiguo. Sin olvidar por otra parte que el metropolita de Kiev y Moscú Isidoro, estuvo junto al papa Eugenio IV en el concilio de Florencia, y con él y los otros padres conciliares firmó con entusiasmo la Bula de unión de todas las Iglesias cristianas (1439). Pero esa decisión no fue aceptada por las comunidades de Oriente e Isidoro fue destituido y debió exiliarse.

Algunos antecedentes

Motivos políticos y culturales se fueron sumando a los teológicos y disciplinares para hacer que las relaciones Roma-Moscú no conocieran un verdadero acercamiento hasta los años 60 del siglo pasado. El gran artífice de ello fue Juan XXIII con su preocupación ecuménica, quien había tenido un conocimiento de primera mano de la ortodoxia durante su estadía en Bulgaria, Turquía (con el Patriarcado de Constantinopla) y Grecia, como representante de la Santa Sede (1925-1944). Con ocasión de la convocatoria y preparación del Vaticano II resolvió invitar observadores de las Iglesias ortodoxas. El proceso no fue fácil, más allá del aprecio recíproco que lo ligaba al patriarca Atenágoras, y finalmente fue el Patriarcado de Moscú quien envió desde el día siguiente de la inauguración del Concilio dos observadores. Lo que por otra parte creó malestar en otras Iglesias, como la Griega, que suponían que esa decisión iba a ser tomada por todas las Iglesias ortodoxas de común acuerdo. Un año antes, 1961, la Iglesia rusa había entrado a formar parte del Consejo Mundial de Iglesias.

A partir de estos intercambios cercanos se fue incrementando el deseo de encuentros personales entre las cabezas de las diferentes Iglesias. Así, Pablo VI se reunió con el patriarca Atenágoras durante su viaje a Tierra Santa en 1964, y con ello el deseo de un abrazo entre el patriarca de Moscú y el obispo de Roma fue creciendo. No hay que olvidar además, que siendo una Iglesia muy condicionada por el poder político en casi toda su historia, la rusa vivía todavía en pleno régimen soviético, aunque paradójicamente tal vez esta realidad facilitó su presencia en el concilio por el naciente interés recíproco de Juan XXIII y Kruschev. Poco a poco todos los patriarcas y primados de la ortodoxia se habían ido abrazando con el obispo de Roma, menos el de Rusia. Los tiempos tenían aún que madurar.

Juan Pablo II, por su condición de eslavo, buscó también un mayor acercamiento, pero su misma nacionalidad obstaculizó el encuentro dadas las muy conflictivas relaciones entre rusos y polacos a lo largo de la historia. Pero el elemento que ha condicionado más el camino de estas relaciones ha sido el problema conocido como “uniatismo”, que ha afectado mucho el diálogo con todas las comunidades ortodoxas.

Se trata de una realidad compleja que solo esbozo. El término “Iglesias uniatas” se ha utilizado sobre todo del lado ortodoxo para designar a aquellas comunidades de Oriente que o mantuvieron su unión con Roma cuando el cisma de 1054, o sobre todo se volvieron a unir con Roma en diversos momentos. El caso más polémico fue el de la llamada “Unión de Brest-Litovsk” (1596), por la que un grupo de Iglesias de lo que hoy es Ucrania, en aquel momento bajo dominación polaca, resolvieron volver a la comunión plena con Roma, lo que provocó una reacción muy violenta de parte del recién creado Patriarcado de Moscú, del que dependían. Por otra parte, los métodos usados de modo frecuente por el Vaticano en su relación con el Oriente cristiano se orientaron en esa línea de “recuperación” de Iglesias locales, o de búsqueda de la unión como “vuelta a Roma”. Lo que dejó un sedimento duro y tenaz, todavía no del todo superado, aunque el Vaticano II fue muy claro en el rechazo de esas prácticas.

Este malentendido sigue vivo hasta el presente (por eso las reacciones negativas de católicos ucranianos ante el encuentro Kiril-Francisco, y los temores en los ortodoxos). Esas mismas comunidades católicas sufrieron una represión casi terminal por parte del régimen soviético que quiso forzarlas a reintegrarse a la Iglesia rusa, y liquidó a sus obispos y sacerdotes, requisando sus templos, ante el silencio de los ortodoxos. Por eso, cuando cayó el comunismo y los cristianos recuperaron su libertad, el antiguo problema volvió a la luz. Eso dificultó mucho los intentos de Juan Pablo II para superar ese sedimento complicado, pero en esos mismos años la Comisión Teológica Mixta Internacional (de ortodoxos y católicos romanos), en su reunión de 1993, acordó dejar de lado el “uniatismo” como camino o método hacia la unidad, pero reconocer el derecho a existir de las Iglesias designadas con ese apelativo. Eso también ha permitido que Francisco, con motivo de su encuentro con Kiril, haya afirmado de manera tajante que el término “uniata” pertenece al pasado. Todo lo cual ha sido ratificado en la Declaración Conjunta de Cuba.

Cuba

Sorprendió la elección del lugar. Según parece, ha habido dos razones, una circunstancial, otra más de fondo. La primera es la coincidencia de los viajes de ambos líderes a la zona: Kiril en visita a Cuba y Francisco a México. La segunda la expresa así el vaticanista Luigi Accattoli: “la razón más sustantiva quedó tapada por la circunstancial y fue revelada por el metropolita Hilarión, el negociador de Kiril. Era voluntad de los rusos que el encuentro no fuera en Europa, continente de la división de la Iglesia, ya que la cita buscaba el acercamiento”. Otros observadores señalaron que también ayudó la buena relación de Raúl Castro con Francisco y con Kiril. Sus buenos oficios expliquen tal vez el hecho de que esté presente, con lugar propio, en las fotos más oficiales. Y lo mismo el agradecimiento expreso de Francisco al final, al país y al presidente, agregando además: “Si sigue así, Cuba será la capital de la unidad”.

En definitiva, se ha recordado también que en 2014, al regreso de su viaje a Estambul (la antigua Constantinopla), Francisco reveló que había llamado por teléfono a Kiril y le había dicho: “Iré adonde quieras. Llámame y yo voy”.

También ha sido señalado con distintas valoraciones que el encuentro se realizara en un aeropuerto. Seguramente motivado por el hecho de que fue un agregado de última hora a la ruta del Papa, algunos no dejaron de interpretar simbólicamente la cosa, aludiendo a imágenes que tienen que ver con el viaje, la búsqueda de la unidad como camino y también que no se tratara de un espacio con marcas muy localizadas sino abierto a la universalidad. Ese espacio casi neutro fue finalmente un buen símbolo de una llegada (mucho camino de diálogo paciente), pero al mismo tiempo de un punto de partida. Celebración de un pasaje, una Pascua.

El encuentro y la Declaración Conjunta

El encuentro de Cuba parece haber sido decidido finalmente por un motivo coyuntural que sin embargo abrió esa puerta que estaba solo entreabierta. Así lo manifestó el mismo Hilarión:  “La situación actual en Medio Oriente, África del Norte, África Central y otras regiones en que extremistas llevan a cabo un verdadero genocidio de cristianos requiere medidas urgentes de cooperación entre las Iglesias”. El “ecumenismo de la sangre”, como se le llama desde hace algún tiempo.

No es necesario, creo, hacer la crónica del abrazo y las conversaciones de ambos obispos. Por expreso testimonio de ellos, la nota “fraternal” fue la más vivida y resaltada. Es bueno citar algunas de las palabras que tanto Kiril como Francisco dijeron luego de firmada la Declaración Conjunta y que han sido poco divulgadas: “Nosotros durante dos horas hemos tenido una discusión abierta, con pleno entendimiento de la responsabilidad para nuestras Iglesias, para nuestro pueblo creyente, para futuro del cristianismo y para futuro de la civilización humana. Fue una conversación con mucho contenido, que nos dio la oportunidad de entender y sentir las posiciones de uno y otro” (Kiril). “Hablamos como hermanos, tenemos el mismo Bautismo, somos obispos. Hablamos de nuestras Iglesias, y coincidimos en que la unidad se hace caminando. Hablamos claramente, sin medias palabras, y yo les confieso que he sentido la consolación del Espíritu en este diálogo. Agradezco la humildad de Su Santidad, humildad fraterna, y sus buenos deseos de unidad. Hemos salido con una serie de iniciativas que creo que son viables y se podrán realizar” (Francisco).

La Declaración, preparada con mucho cuidado y largas negociaciones, no tiene tal vez un texto demasiado valioso por lo que dice. Lo realmente histórico es su misma existencia como parte y registro de todo lo vivido ese 12 de febrero. Considerando su contenido y su lenguaje, se puede tocar la común fe de ambas Iglesias y el camino de más de medio siglo ya recorrido. Pero también un estilo para nada profético, más bien contenido y formal, condicionado por la búsqueda del consenso en algunas cuestiones difíciles (la situación en Ucrania y el posicionamiento de las diversas Iglesias allí; el aspecto más político de la crisis en Medio Oriente con la intervención rusa; algunas cuestiones ligadas a la bioética y la familia, que la Iglesia rusa quería que estuvieran presentes, etc.). Pero como decía, la mayoría de los observadores y analistas ponen el acento en lo extraordinario del acontecimiento. Y luego está esa “serie de iniciativas”, de que habló Francisco y que por el momento no se conocen pero se esperan con ansia.

Mucha esperanza

Quienes en la Iglesia católica están desde hace tiempo en el diálogo con las Iglesias ortodoxas y tienen más elementos para aquilatar el encuentro, no dejan de decir que se ha superado un largo impasse y que ese camino hacia la unidad procederá desde ahora de forma más ágil, aunque no se desconozcan las dificultades. Para poder valorar mejor las consecuencias fecundas para el ecumenismo, dejo la palabra al monje Enzo Bianchi, superior del monasterio ecuménico (católico-ortodoxo) de Bose (Italia): “Lo que resulta decisivo es que el encuentro se ha realizado, y ahora nada será como antes entre las dos Iglesias. Muchos reducen este evento a un asunto de política eclesial y no alcanzan a leerlo en profundidad porque son solo expertos en diplomacia eclesiástica. Pero en verdad, y lo digo creyendo conocer bien la situación y las partes, lo que determinó el encuentro y le da su significado decisivo, es la voluntad de restablecer la comunión. Esta pasión y esta santa obsesión ya la apreciamos bien en Francisco, pero quienes conocen a Kiril saben que también él está convencido de tal camino, como auténtico discípulo del metropolita Nikodim muerto en los brazos de Juan Pablo I en el Vaticano, en 1978, mientras le exponía la real situación de los cristianos en la URSS […] Largo camino el que concluyó este 12 de febrero, cuyo valor, importancia y posibilidades de futuro todavía no alcanzamos a valorar […] Es fácil sin embargo imaginar que este encuentro tendrá un peso considerable en los trabajos del próximo Sínodo pan-ortodoxo, no porque vaya a significar algún tipo de injerencia del obispo de Roma en las cuestiones internas del cristianismo de Oriente, sino como capaz de favorecer un clima de diálogo y de recíproca comprensión al interior de la misma ortodoxia. No por casualidad, el primero en alegrarse por el anuncio del encuentro fue el mismo patriarca ecuménico Bartolomeo, el ‘primus inter pares’ de los ortodoxos. La sencilla cordialidad que se instauró desde el primer día entre Francisco y el Patriarca de Constantinopla, podrá ahora caracterizar también sus relaciones con el primado de la Iglesia ortodoxa con mayor número de fieles. Una vez que dos miradas se cruzan y dos corazones se hablan, es difícil que el hielo y la distancia vuelvan a hacer sentir su mordisco”.

Quienes deseen leer el texto completo de la Declaración Conjunta y los breves discursos posteriores, la encuentran en:

https://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2016/february/documents/papa-francesco_20160212_dichiarazione-comune-kirill.html