Esperanza migrante

POR María M. Delgado, madre de dos hijos, co-fundadora del SERPAJ, integrante del grupo Caleidoscopio (teología ecofeminista), voluntaria de la Asociación Idas y Vueltas (trabajo con inmigrantes). Centrales Sin comentarios

Habiendo incursionado hace unos meses en la problemática de las personas migrantes que no cesan de llegar a nuestro país –en cantidad y ritmo que cualquiera que se mueva en la zona de Montevideo correspondiente al municipio B puede percibir fácilmente–, este tiempo de Adviento interpela particularmente mi capacidad y apertura para la acogida.
Son tantas y a menudo tan desesperantes las situaciones nuevas que llegan cada miércoles a nuestro espacio “Bienvenida” de la Ciudad Vieja, que la pregunta sobre las razones de mi esperanza se hace más difícil y al mismo tiempo más necesaria de responder.

Las personas migrantes para nosotros tienen rostros, nombres e historias concretas. La mayoría llegan después de recorrer un largo periplo por tierra a través del continente, o aterrizan en un país del cual saben el nombre y casi nada más. Algunos incluso vienen como polizones en barcos mercantes, después de sufrir mil penurias en la larga travesía, y al llegar ni siquiera entienden la lengua que se habla en estas tierras. Todas llegan endeudadas por el esfuerzo de juntar el dinero para pagarle a las mafias que las traen con engaños y promesas vanas, dejando en su país de origen hijos e hijas, madres o padres, cónyuges, amistades, paisajes, sabores y saberes, referencias y redes humanas que al llegar aquí no están, y deben enfrentarse al penoso aprendizaje de abrirse paso en soledad en un mundo desconocido, cuyos códigos no entienden. Muchos vienen huyendo de la guerra y la persecución o de otras formas de violencia, como la pobreza, el tráfico, la falta de oportunidades y horizontes.

En Uruguay les espanta el alto costo de vida, especialmente a quienes ya no les queda nada después de ser víctimas de las mafias. Se amontonan en cuartos de pensión oscuros y sucios, llenos de chinches o cucarachas, donde a menudo comparten colchones en el suelo, y por los que pagan precios de alquiler. Los primeros tiempos caminan largas distancias en búsqueda de trabajo, o hacen cola entre decenas de compatriotas a la entrada del puerto, esperando tener la suerte de ser conchabados para descargar un contenedor y ganar para la comida del día y una noche de pensión. Las mujeres buscan trabajo en el servicio doméstico y el cuidado de mayores, y las más de las veces sufren la explotación racista de quienes creen que por tener la piel oscura y ser migrantes no tienen derecho a un salario digno, a la seguridad social o al descanso semanal. Y mientras cuidan niños ajenos, sueñan con traer a los suyos que quedaron en su tierra a cargo de abuelas sobrecargadas…

En medio de estas realidades tan duras, sin embargo, afloran siempre los gestos de solidaridad que humanizan y rescatan la fe en el género humano: el veterano jubilado que cada miércoles pasa varias horas ante la computadora, ayudando a migrantes a hacer o mejorar su CV para la búsqueda de trabajo; el joven camerunés que se lleva a su casa a dos de los cuatro polizones nigerianos recién llegados, y el joven cristiano que se lleva a los otros dos, y ambos dedican tiempo y energía a ayudarlos a comunicarse en inglés, buscar trabajo, orientarse en un universo que les es ajeno; la migrante venezolana sin trabajo que prepara comida a sus compatriotas pues es lo único que puede ofrecerles; los y las estudiantes de la UDELAR que destinan varias horas semanales a recibir a migrantes y evacuar sus consultas legales, orientarles en los trámites de residencia, reunificación familiar o revalidación de títulos; el grupo de anarquistas que asumen el apoyo integral a una familia kurda con menores de edad y problemas de salud, y se organizan para darles un techo temporal, ayudarles con los trámites, el aprendizaje del idioma, las consultas médicas, la búsqueda de clientes y lugares para la venta de sus lámparas artesanales; el cura que gestiona y consigue una donación de abrigos en pleno invierno, y la monjita que recorre las pensiones repartiéndolos a migrantes caribeños/as que nunca conocieron el frío; la madre soltera con un niño y una niña a su cargo, que corre diariamente de un trabajo al otro, y que no obstante se entera de un llamado a la solidaridad y ofrece un cuarto libre en su apartamento para que una migrante cubana pueda salir del refugio del MIDES; las dominicanas y dominicanos que, aun en su precariedad económica, organizan un evento para recaudar fondos y poder pagar la costosa repatriación del cuerpo de una adolescente compatriota fallecida a poco de llegar aquí…

Todos estos gestos generosos, especialmente de quienes –como la viuda del Evangelio– ofrecen lo poco que tienen para tender una mano a quien la necesita más, son las razones de mi esperanza en este Adviento. Y también me interpelan para preguntarme qué estoy dando de mí para hacer posible la acogida a las personas forasteras que llegan a nuestra tierra.

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