Francisco y la Populorum Progressio
El desarrollo integral a los 50 años de la Encíclica de Pablo VI

POR Papa Francisco Centrales Sin comentarios

El 17 de agosto de 2016, el papa Francisco instituyó el “Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral”, que comenzó a existir concretamente el 1 de enero de 2017. En él, en el marco de la reforma de la Curia romana que el actual obispo de Roma está llevando adelante, asesorado por el grupo de cardenales llamado G9, confluyen los Pontificios Consejos para la Justicia y la Paz, Cor Unum, para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes y para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, que dejaron de existir como tales.

En su carta apostólica en forma de Motu proprio, el Papa enfatiza: “Con el fin de poner en práctica la solicitud de la Santa Sede en los mencionados ámbitos [“la justicia, la paz y la protección de la creación”], como también en los que se refieren a la salud y a las obras de caridad, instituyo el Dicasterio para el servicio del desarrollo humano integral. En modo particular, este Dicasterio será competente en las cuestiones que se refieren a las migraciones, los necesitados, los enfermos y los excluidos, los marginados y las víctimas de los conflictos armados y de las catástrofes naturales, los encarcelados, los desempleados y las víctimas de cualquier forma de esclavitud y de tortura”.

El organismo vaticano tiene a su frente al cardenal ghaneano Peter Kodwo Appiah Turkson habiendo asumido temporalmente el mismo Francisco la guía directa de la sección dedicada a los migrantes.

El nuevo Dicasterio organizó los días 3 y 4 de abril pasados, un congreso sobre “Perspectivas para el servicio del desarrollo humano integral: 50 años de la Populorum Progressio”. El segundo día, el papa Bergoglio dirigió estas palabras a los participantes (los subtítulos son nuestros).

La Redacción

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por vuestra invitación y acogida. Os doy las gracias por vuestra actividad de promoción humana y del bien común. Doy las gracias al cardenal Turkson por sus palabras de saludo y por haber dado inicio, no sin fatiga, al nuevo dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Ha sido un modelo de camino, en paz, creatividad, consultas, verdaderamente un modelo de construcción eclesial: gracias, eminencia.

Habéis acudido a este Congreso Internacional porque el nacimiento del nuevo dicasterio corresponde significativamente con el 50° aniversario de la Encíclica Populorum progressio del Beato Pablo VI. Fue él quien precisó con detalle en esa Encíclica el significado de “desarrollo integral” (cf n. 21), y fue él quien propuso la sintética y afortunada fórmula: “promover a todos los hombres y a todo el hombre” (n. 14).

¿Qué quiere decir, hoy y en el futuro cercano, desarrollo integral, es decir, promoción a todos los hombres y a todo el hombre? Siguiendo la estela de Pablo VI, precisamente en el verbo integrar —muy querido por mí— podemos individuar una orientación fundamental para el nuevo dicasterio. Veamos juntos algunos aspectos.

Qué quiere decir desarrollo integral

Se trata de integrar los distintos pueblos de la tierra. El deber de solidaridad nos obliga a buscar justas modalidades de compartir, para que no exista esa dramática desigualdad entre quien tiene demasiado y quien no tiene nada, entre quien descarta y quien es descartado. Sólo el camino de la integración entre los pueblos consiente a la humanidad un futuro de paz y de esperanza.

Se trata de ofrecer modelos practicables de integración social. Todos tienen una aportación que ofrecer al conjunto de la sociedad, todos tienen una peculiaridad que puede servir para vivir juntos, nadie está excluido de aportar algo para el bien de todos. Esto es al mismo tiempo un derecho y un deber. Es el principio de la subsidiariedad el que garantiza la necesidad de la aportación de todos, tanto como individuos que como grupos, si queremos crear una convivencia humana abierta a todos.

Se trata además, de integrar en el desarrollo todos los elementos que lo hacen verdaderamente tal. Los diferentes sistemas: la economía, la finanza, el trabajo, la cultura, la vida familiar, la religión son, cada uno en su especificidad, un momento irrenunciable de este crecimiento. Ninguno de ellos puede monopolizar y ninguno de ellos puede ser excluido de una concepción de desarrollo humano integral, es decir, que tenga en cuenta que la vida humana es como una orquesta que suena bien si los diferentes instrumentos se afinan y siguen una partitura compartida por todos.

Se trata todavía de integrar la dimensión individual y la comunitaria. Es innegable que somos hijos de una cultura, por lo menos en el mundo occidental, que ha exaltado al individuo hasta hacer como una isla, casi como si se pudiera ser felices solos. Por otra parte, no faltan visiones ideológicas y poderes políticos que han aplastado a la persona, la han masificado y privado de esa libertad sin la cual el hombre ya no se siente hombre. En tal masificación están interesados también poderes económicos que quieren aprovechar la globalización simplemente para imponer un mercado global del cual son ellos mismos quienes dictan las reglas y obtienen provecho, en lugar de favorecer una mayor repartición entre los hombres. El yo y la comunidad no son competidores entre sí, pero el yo puede madurar solo en presencia de relaciones interpersonales auténticas y la comunidad es fecunda cuando lo son todos y cada uno de sus componentes. Esto vale aún más para la familia, que es la primera célula de la sociedad y en la cual se aprende a vivir juntos.

Por último se trata de integrar entre ellos cuerpo y alma. Ya Pablo VI escribía que el desarrollo no se reduce a un simple crecimiento económico (cf n. 14); el desarrollo no consiste en el tener a disposición cada vez más bienes, para un bienestar solamente material. Integrar cuerpo y alma significa además que ninguna obra de desarrollo podrá llegar verdaderamente a su fin si no respeta ese lugar en el cual Dios está presente para nosotros y habla a nuestro corazón.

Jesucristo, camino para el servicio de la Iglesia

Dios se ha hecho conocer plenamente en Jesucristo: en Él Dios y el hombre no están divididos y separados entre ellos. Dios se ha hecho hombre para hacer de la vida humana, tanto personal como social, una concreta vía de salvación. Así la manifestación de Dios en Cristo —incluidos sus gestos de sanación, de liberación, de reconciliación que hoy estamos llamados a volver a proponer a los muchos heridos a un lado de la carretera— indica el camino y la modalidad del servicio que la Iglesia pretende ofrecer al mundo: desde esta perspectiva se puede comprender qué cosa signifique un desarrollo “integral”, que no perjudica ni a Dios ni al hombre, porque asume toda la consistencia de ambos.

En este sentido, precisamente el concepto de persona, nacido y madurado en el cristianismo, ayuda a perseguir un desarrollo plenamente humano. Porque persona significa siempre relación, no individualismo, afirma la inclusión y no la exclusión, la dignidad única e inviolable y no la explotación, la libertad y no la constricción.

La Iglesia no se cansa de ofrecer esta sabiduría y su obra al mundo, con la conciencia de que el desarrollo integral es el camino del bien que la familia humana está llamada a recorrer. Los invito a llevar adelante esta acción con paciencia y constancia, con la confianza de que el Señor nos acompaña. Que Él los bendiga y la Virgen los proteja. Gracias.

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