HACIA EL SÍNODO DE OCTUBRE

POR Pablo Dabezies Hechos y dichos Sin comentarios

Cuando uno se pone a leer sobre este proceso que desde octubre pasado lleva al sínodo ordinario de obispos que se celebrará el próximo octubre, no puede dejar de advertir que entre nosotros el ambiente aparece demasiado tranquilo. No se ve que nuestra Iglesia, y por lo que se puede saber las de América Latina en general, estén viviendo este camino con mucha atención. Y en esa medida no existe tampoco la sensación de que haya habido un grado más o menos importante de participación, sobre todo en la respuesta al cuestionario publicado a fines de 2014 junto con la relación final de la primera instancia sinodal como “Lineamientos” para el próximo.

En el caso uruguayo, informa la Conferencia Episcopal en el comunicado final de su primera asamblea plenaria del año, “Mons. Jaime Fuentes, presidente de la Comisión Nacional de Pastoral de la Familia y de la Vida, presentó la síntesis de los aportes enviados por diferentes instituciones y grupos eclesiales. Todo ello servirá para la elaboración en Roma del Documento de Trabajo preparatorio de la asamblea del Sínodo”. El obispo de Minas fue elegido el año pasado para representar al episcopado oriental. Como en ocasión de la preparación del sínodo de 2014, dio a conocer su elaboración el grupo “El Alfarero”, que desde hace algunos años trabaja la experiencia de las personas separadas y separadas en nueva unión.

En lo que tiene que ver con Carta OBSUR, nos parece importante mantener número a número la información más completa posible sobre este camino que ya lleva más de un año y que tendrá una culminación, aunque no un final, en octubre próximo. Ese es el objetivo de esta nota que recoge una serie de textos que reflejan la realidad de algunas Iglesias europeas, y en parte del norte de América, donde sí se está dando casi sin interrupción un vivo debate y una fuerte participación.

Crucial sinodalidad

En ediciones anteriores de esta Carta, he insistido sobre la importancia de tomar conciencia de lo que está en juego en este proceso sinodal. No está de más recordar que él comenzó de hecho cuando el papa Francisco, en reuniones más o menos formales en su primer año como obispo de Roma, empezó a plantear la posibilidad de convocar un sínodo para tratar la problemática de la familia en el mundo actual y los desafíos de esa realidad para la Iglesia. Y desde la oficialización de la iniciativa se pudo comprobar que no estábamos ante un sínodo más, no solo por el contenido, sino por el espíritu y la metodología. Porque desde el inicio Francisco dejó claro que invitaba a todo el Pueblo de Dios a una reflexión abierta, franca y muy participada, sobre un tema al que la Iglesia le ha prestado frecuente atención pero tal vez muy condicionada por esquemas bastante rígidos.

Con bastante rapidez se pudo notar que la dinámica propuesta buscaba superar las inercias en que había ido cayendo el sínodo de obispos. Y eso por el tiempo y sobre todo el modo de preparación (cuestionario público dirigido a todos los cristianos). Y el encare global del proceso que no se circunscribía a los días de asamblea, sino que contemplaba dos instancias articuladas por una metodología inductiva. No faltaron analistas que sintieron que el estilo del Vaticano II, su mirada comprensiva y comprometida sobre la realidad tal y como es y la libertad para buscar respuestas con la guía del Espíritu había regresado. Y con él, uno de sus principales aportes, todavía en espera de mayor concreción, la colegialidad episcopal y más ampliamente la sinodalidad de todo el Pueblo de Dios. Total que, aun teniendo en cuenta la importancia de la temática, muchos son los que actualmente valoran el presente camino sinodal como un banco de pruebas clave en la reforma de la Iglesia que impulsa Francisco. Y una de esas iniciativas que de consolidarse estaría instalando vigencias no fáciles de neutralizar hacia el futuro.


El nuevo camino y los obispos

Aquí es donde se ubica uno de los grandes interrogantes del presente eclesial: ¿están los obispos a la altura de las exigencias que les plantea el camino que impulsa Francisco? En verdad no se escuchan respuestas positivas netas. Por el contrario, son muchos los que contestan negativamente. En forma más o menos drástica, viendo el comportamiento de muchos obispos desde el inicio de este proceso sinodal, muy a menudo reticentes a abrir la participación, o a estimular la discusión abierta. Constatando también los temores ante ciertos cuestionamientos de la práctica eclesial más recibida en el terreno de la sexualidad, el matrimonio y la familia, no son pocos quienes señalan en el episcopado un verdadero cuello de botella para el nuevo camino de la Iglesia en tiempos de Francisco. Así, por ejemplo, el jesuita austríaco Andreas Batlogg, director de la prestigiosa “Stimmen der Zeit”: “Ha habido insinuaciones (dictadas por la ‘autorreferencialidad’ y el refugio tras una doctrina que no sirve para la vida) que muestran cuánto dominan hasta ahora entre los obispos el miedo y la sumisión. Y cuán poco sea practicada la colegialidad, y cómo pesa de modo negativo el centralismo romano. El sínodo ha mostrado que hay un problema con los obispos”. A pesar de los estímulos de Francisco para que “discutieran con libertad (‘sin respeto humano, sin timidez’) y no dijeran solo lo que otros (presumiblemente) esperaran de ellos. Lo que significaba un progreso enorme, una Iglesia en búsqueda de una nueva cultura del debate, un camino arduo de construcción colectiva del consenso y del modo de alcanzar una decisión teniendo en cuenta todas las socializaciones tanto culturales como teológicas.” Según Batlogg, es esta una asignatura en gran parte pendiente.

En consecuencia, una de las cuestiones muy presentes en los intercambios de estos meses posteriores a la asamblea de octubre pasado es la de la unidad en la Iglesia en la discrepancia, ante la explosión de una nueva sinceridad y libertad para discutir, con “parresía”, como pidió el Papa al abrir el sínodo.

¿Es posible combinar discusión abierta y unidad?

Hay que decir que sobre todo en Europa, y un poco menos en Norteamérica, esa polémica es viva y en ocasiones dura, frontal. Un ejemplo significativo es la declaración de 500 sacerdotes de ingleses a favor de mantener con firmeza la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el matrimonio y la sexualidad. Y la contraria de 570 presbíteros norteamericanos partidarios de una apertura marcada por la misericordia. Ante casos como este, nace el temor de algunos por la unidad. Inquietud que no parece desvelar a Francisco, si nos atenemos a su evaluación positiva de la asamblea de 2014. Y que en todo caso está favoreciendo la expresión de nuevos estudios, o la salida a la luz de otros no muy conocidos, que abren inusuales pistas en la consideración de temas tales como la significación de la enseñanza de Jesús sobre el matrimonio, las diversas vertientes de la tradición cristiana al respecto, las concepciones eclesiales sobre la sexualidad, etc.

Enzo Bianchi, prior de la abadía ecuménica de Bosè, constata por un lado un clima enrarecido, pero al mismo tiempo pone la cuestión en perspectiva: “El tema de la familia ha encendido los ánimos. Se trata de un asunto candente sobre el que porciones de la Iglesia se acusan recíprocamente sin la voluntad de escuchar al otro, sus búsquedas, sus experiencias, las ‘razones cristianas’ que lo llevan a una lectura diversa de la familia. Es algo que hemos observado con tristeza. A veces nos olvidamos que expresiones usadas a menudo, como ‘comunión plena’, ‘unidad perfecta’, son inadecuadas y presuntuosas, ya que remiten a realidades que conoceremos solo en el Reino de Dios”.

La alarma de algunos crece ante la discusión frontal entre cardenales alemanes sobre la posibilidad de admitir a los sacramentos a los separados en una nueva unión. Por un lado Reinhard Marx, arzobispo de Munich, con el acuerdo del también cardenal Kasper, y por el otro Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF). Cosa por completo impensable hace solo dos años pero común en otros momentos de la Iglesia. Así lo recuerda el mismo Bianchi: “En la Iglesia, en las Iglesias, son muchos los que invocan la tradición como si en ella hubiera existido siempre el mismo sentir, y que olvidan las oposiciones entre Basilio y el obispo de Roma, entre Jerónimo y Agustín… Para estos, la adhesión a la tradición como la conciben exige el rechazo de todo lo que puede provenir del presente, tiempo en que el Espíritu sigue hablando a las Iglesias (cf. Ap. 2, 7.11.17.29; 3, 6.13.22). No se dan cuenta que así adhieren, y pretenden que también otros lo hagan servilmente, a expresiones de fe fosilizadas, a ritos que son fruto de cambios con respecto a una época precedente, de actitudes pastorales a su vez deudoras de la ideología dominante”.

Hay unos cuantos analistas que piensan que el Papa tendrá que relevar a Müller de la CFD, ya que no ha dudado en tratar de “marcarle la cancha” al mismo Francisco. Recientemente, el cardenal alemán ha afirmado que su misión y la de congregación que preside es la de “estructurar teológicamente el pontificado” de Francisco (como pasó con Juan XXIII, opina Müller) ya que no es un papa teólogo, a diferencia de Benedicto… Cosa que ha provocado indignación en teólogos y asombro en analistas ante esta inédita invención de un cometido nuevo de la CFD. Pero el Papa no parece compartir una imagen de unidad como uniformidad o pensamiento único y apuesta al enriquecimiento de la Iglesia también a través de la discusión responsable.

Lo doctrinal, lo pastoral – Tradición y “traducción”

A pesar de advertencias realizadas desde distintas posiciones acerca del riesgo de focalizarse casi solo en la situación de los divorciados y vueltos a casar, o de los homosexuales en la Iglesia y la sociedad, en los hechos está siendo bastante así. Sobre todo con el primero de los ítems. Es el caso del desacuerdo entre Müller por un lado y Marx y Kasper por otro. Ahora bien, en ellos como en otros que discrepan sobre el encare, hay un elemento común: la afirmación de que los aspectos doctrinales no están en cuestión, sino que se trata de revisar la disciplina eclesial, es decir, la respuesta pastoral ante esas y otras realidades.

Tanto en la primera fase de este proceso sinodal como en esta, está siendo muy interesante la discusión sobre esta cuestión que está detrás de las distintas posiciones. ¿Cómo entender la relación entre lo doctrinal y lo pastoral? ¿Hasta dónde puede llegar una revisión de las prácticas pastorales sin tocar la doctrina? Y en lo doctrinal mismo, ¿es posible distinguir entre el núcleo y las maneras en que se ha expresado en la historia? Estas y otras preguntas más, que tienen que ver con aspectos básicos de la teología cristiana y que no es posible encarar aquí de modo más o menos riguroso. Sí en cambio citar algunas opiniones.

Andrea Grillo, en el blog de “Il Regno” dedicado al sínodo: “Ha sido el primer papa ‘hijo del Vaticano II” el que ha interpretado el sínodo de los obispos según una lógica al mismo tiempo nueva y antigua. La confianza en la posibilidad de una necesaria ‘traducción’ de la ‘antigua doctrina’, o sea la certeza de una evolución progresiva de la experiencia eclesial, atraviesa la historia de la Iglesia reciente, pero lo hace de modo no linear, a veces con una marcha ‘accidentada’. Continuidad y novedad. El principio de una ‘continuidad de la tradición’ puede y debe ser conjugado con la exigencia de una continua transformación y adecuación del contenido de la doctrina cristiana en formas siempre nuevas. Es la misma ‘naturaleza de la doctrina’ la que está en juego. En efecto, si una tradición es fuerte sabe siempre traducirse en formas nuevas. Si en cambio es débil, se endurece en una forma estática que de modo gradual pierde la relación con el hombre y sobre todo con Dios […] Una doctrina cristiana que se reduzca a la defensa de la identidad pierde referencia a lo real y se vuelve ‘autorreferencial’. Y para una doctrina, esto es una de las formas peores de crisis. La crisis es muy insidiosa porque no se presenta como negación de la tradición sino como su afirmación, pero distorsionada. Y la distorsión consiste precisamente en perder la referencia a la realidad de la historia del mundo, cerrándose en la pura relación a sí misma. Autorreferencial es una doctrina en que la Iglesia no habla más ni de Dios ni del hombre, sino solo de sí misma y a sí misma […] Las formas autorreferenciales de la doctrina eligen no correr el riesgo de la traducción, ilusionándose con que la tradición comunica ‘por sí misma’. De esa forma cae en la afasia, en la presunción, y en la tentación de ‘excomulgar’ a todos los que no la entienden”.

Grillo compara la cuestión que se plantea ante los desafíos del sínodo con lo que sucede en la reforma litúrgica, que procesó la traducción a las lenguas usadas por la gente, y en la que al mismo tiempo resurgen intentos por mantener literalmente las cosas (cita el asunto del “pro multis”-“por muchos” de la consagración). Y concluye señalando que en el fondo se trata del mismo asunto: “¿Es legítimo traducir la doctrina católica sobre el matrimonio de las categorías medievales a las de hoy? Este ‘hoy’ no tiene que ver simplemente con los llamados ‘casos críticos’ de las ‘familias irregulares’ (o mejor, de las ‘familias heridas’), sino ante todo la manera de comprender la familia en cuanto tal, en su fisiología de comunión, de amor, de generación, de fidelidad. Sería muy hermoso que llamados a comprender mejor la experiencia familiar iniciáramos la elaboración de categorías más adecuadas. Sería en cambio por completo errado y mal encaminado el pretender aplicar también al matrimonio las soluciones autorreferenciales y miopes con las que hasta hace unos años intentamos ‘encerrar en el latín’ la gran tradición celebrativa de la Iglesia”.

Otro aspecto de esta cuestión que enturbia las discusiones es la insistencia de algunos en no valorar adecuadamente lo pastoral, empeñándose en considerarlo inferior a lo doctrinal. Esto está presente en todos los intentos por relativizar la importancia del Vaticano II como concilio pastoral. operativo que sigue presente en nuestros días y que se expresa también en una valoración peyorativa de las figuras de Juan XXIII y ahora Francisco, como “papas pastorales”, a los que habría que ayudar teológicamente (Müller dixit). Más allá de que los teólogos más prestigiosos rechazan este tipo de valoración, es bueno recordar que para el papa Roncalli, lo pastoral es el grado más alto de lo doctrinal, ya que incorpora la condición histórica, la experiencia eclesial y vivida de la fe (una vez más remito a su gran discurso en la apertura del Vaticano II, “Gaudet Mater Ecclesia”. Muy interesante también el artículo de Andrés Torres Queiruga sobre esta cuestión, referido a Francisco: http://iviva.org/el-papa-pastor-frente-al-restauracionismo-preconciliar/).

Abunda el jesuita Batlogg: “La obstinada defensa de la ‘doctrina inmutable’ pierde de vista que existe también una historia del desarrollo de los dogmas. No se trata de ‘escondites pastorales’ o de enrevesadas construcciones teológicas, sino de ayudar a las personas a llevar una ‘buena vida’ como cristianos”.

Necesaria conversión a la misericordia y a un corazón grande

Varios autores, finalmente, recalcan la necesidad de una conversión de todos a la misericordia y a sentir con un corazón grande si es que como Iglesia queremos dar respuestas evangélicas a las familias de nuestro tiempo. Reproduzco algunas líneas de Enzo Bianchi, el prior de Bosè.

“El papa Francisco, con una actitud pastoral auténtica, ha comprendido que hay necesidad de conversión. Tal y como el papa Juan al inicio de su pontificado y solemnemente en la apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962. Se necesita una conversión para ser instrumentos dóciles del Evangelio, para ir al encuentro de hombres y mujeres allí donde están, en la miseria y el cansancio, en el pecado y la marginación, en la salud y la vida buena. Se precisa pues una mirada capaz de ‘makrothymía’, de ver y sentir con grandeza, para leer al hombre, sus historias personales de amor y cansancio, con los ojos de Dios, en particular con su misericordia y compasión […] La profecía de la nupcialidad entre Dios y su pueblo no tiene que ver solo con la familia, sino con toda la peripecia cristiana. ¿Por qué entonces no se tiene misericordia con el matrimonio que se hizo pedazos, mientras no constituye un problema que un religioso, monje o hermano, abandona su comunidad y contradice sus votos? La ruptura del lazo matrimonial es imposible, mientras el abandono de la vida religiosa parece no perturbar, y si el religioso es laico obtiene enseguida y sin problemas la dispensa. Ambas vocaciones, la matrimonial y la religiosa comunitaria, ¿no son semejantes si las vemos a la luz del amor fiel de Cristo por la Iglesia (cf. Ef 5, 25)?”