Hacia la unificación de la persona
El aporte de Anselm Grün

POR Leonardo Vernazza Espiritualidad Sin comentarios

En la Carta pasada abrimos el espacio de reflexión sobre la unificación espiritual de la persona, y recorrimos “a vuelo de pájaro” algunos aportes de varios autores. Nos comprometimos a profundizar en ellos. En esta segunda entrega, veremos el aporte de Anselm Grün, y su libro Una espiritualidad desde abajo.
Pero antes, una aclaración: cito textualmente al autor entre comillas, y no coloco dichas citas, ya que ello haría de esta nota, un texto extenso y aburrido. Lo que me interesa es abrir la puerta al encuentro del pensamiento de este autor para que, quien quiera profundizar, lo haga leyendo su obra.
En este libro, Grün plantea que en la historia de la espiritualidad se pueden distinguir dos movimientos: una espiritualidad desde arriba, que parte de los principios de arriba y desciende a las realidades de abajo; y otra espiritualidad desde abajo, que parte de las realidades de abajo para elevarse a Dios.
El autor no invalida la “espiritualidad desde arriba”, ya que nos ofrece ideales y modelos a seguir. Según su opinión, es de especial utilidad para los jóvenes, ya que necesitan un ideal para luchar y dar lo máximo de sí mismos. También es favorable en el inicio de la fe. “La espiritualidad de arriba brota de la aspiración humana a ser mejor, a superarse, a acercarse cada vez más a Dios. Esta espiritualidad tuvo su representación principal en las corrientes de la teología moral de los tres últimos siglos y en la ascética más común enseñada desde la Ilustración”. Esta espiritualidad ofrece métodos de oración y prácticas espirituales que le hacen creer al sujeto que es capaz de controlar su desarrollo espiritual, lo cual es cierto en parte, pero no en su totalidad, como veremos.
“La psicología moderna se muestra muy escéptica frente a esta forma de espiritualidad por considerarla como un peligro de desintegración interior del sujeto. El que se identifica con su ideal prescinde frecuentemente de su propia realidad si ésta no se acopla a aquél. El resultado es un sujeto interiormente dividido y enfermo”. Según esta concepción, una espiritualidad desde arriba puede producir una dolorosa fragmentación personal.
La espiritualidad desde abajo, por el contrario, ofrece a la persona relacionarse con Dios desde la verdad de su vida, sin esconder nada, porque a Dios no se le puede esconder nada, y si Él nos ama igual, somos nosotros los que debemos dar el paso para amarnos y aceptarnos tal como somos. Afirma que Dios habla en la Biblia y por la Iglesia, pero también por nosotros mismos a través de nuestros pensamientos y sentimientos, por nuestro cuerpo, por nuestros sueños, hasta por nuestras mismas heridas y presuntas flaquezas. “La auténtica oración, dicen los monjes, brota de las profundidades de nuestras miserias y no de las cumbres de nuestras virtudes”.
“La espiritualidad desde abajo prefiere el camino de la humildad. La palabra latina de humildad, humilitas, se relaciona con la palabra humus, tierra. La humildad es reconciliación con nuestra terrenalidad, con el mundo de nuestros impulsos, con todo cuanto de negativo existe en nosotros. Humildad es valor para aceptar la propia verdad. Es el lugar profundo donde puedo encontrarme con el verdadero Dios y donde pueden comenzar a dejarse oír los gemidos de la verdadera oración. Jesús no puso una escala de perfección por la que se sube peldaño tras peldaño hasta llegar a Dios. No, Jesús enseñó un camino de descenso a los fondos de la humildad”.
El autor nos presenta un análisis bíblico y sostiene que: “Los modelos de fe que nos ofrece la Biblia no son nunca tipos humanamente perfectos, sin defectos. Son, por el contrario, hombres con terribles taras de graves culpas a la espalda y que han tenido que clamar a Dios desde lo más profundo del corazón”.
“Si consideramos la manera de hablar y proceder de Jesús, descubrimos siempre una espiritualidad desde abajo. Jesús se dirige intencionadamente a los pecadores y publicanos porque los encuentra abiertos al amor de Dios. Por el contrario, los que se tienen por justos, reducen frecuentemente sus intentos de perfección a un monorrítmico girar en torno a sí mismos. Vemos a un Jesús tierno y misericordioso con los débiles y pecadores, pero aceradamente duro en su crítica contra los fariseos. Estos, efectivamente, encarnan típicamente la espiritualidad desde arriba. Tienen indudablemente aspectos buenos y quieren agradar a Dios en todo lo que hacen: Pero no caen en la cuenta de que en su intento por observar todos los preceptos se están buscando en realidad a sí mismos y no a Dios. Son voluntaristas, creen poder hacerlo todo y solos. Les importa mucho menos encontrarse con el amor de Dios que con el cumplimiento literal de la ley. Quieren hacerlo todo por Dios, pero piensan que no necesitan de Dios. A fuerza de buscar perfección se vacían de dinamismo, de vitalidad, de cordialidad. Ya la encarnación del Hijo de Dios es un ejemplo de espiritualidad desde abajo. Jesús quiere nacer en el corazón de los pobres y en la pobreza del corazón”.
“La clásica expresión de esta espiritualidad desde abajo es el antiquísimo himno citado por Pablo en la carta a los filipenses: Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo encumbró sobre todo (2, 6-9)”.
Luego, el autor nos prueba cómo este tipo de espiritualidad era practicada por los Santos Padres de la primitiva Iglesia, y cómo se continuó en la vida monástica, para posteriormente dar una fundamentación psicológica de esta opción.
“Sólo me es posible vivir en comunidad con los demás humanos cuando estoy dispuesto a asociarme a ellos aceptándome como soy, con mis debilidades y limitaciones. Mientras persista en el intento de encubrir mis puntos débiles, mis sombras, lo negativo, jamás podré establecer con los otros más que contactos superficiales. El corazón quedará intacto”. Esto vale también para nuestra relación con Dios.
A partir de la Encarnación, dice el autor que “es exactamente la carne, puerta de entrada y salida de nuestros afectos y pasiones, la que se convierte en quicio de salvación. Sin ese quicio no es posible el giro de la conversión”.
“La espiritualidad desde arriba pretende a veces llegar a Dios prescindiendo del cuerpo. Considera humillante ver al espíritu sometido y dependiente del cuerpo en trivialidades como pueden ser la sumisión a la materia y a la necesidad de transformarla. Su ideal sería poder ser como los ángeles para elevarse por encima de toda materia. Pero la verdad es que nuestro itinerario hacia Dios pasa por la realidad de la carne”.
Posteriormente, el autor analiza varias fábulas, donde se muestra cómo la represión de nuestros defectos y debilidades los fortalece, y convierte en una fuerza capaz de tumbarnos por el camino. Uno va barriendo debajo de la alfombra esos defectos que llamamos “sombra”. Ésta va creciendo en energía, hasta que se vuelve tan poderosa como para vencer todos nuestros mecanismos de defensa, y provocar el efecto del “perro sin cadena”, muy presente en personas muy estrictas que, aparentemente de la nada, un día nos sorprenden con acciones inusitadamente escandalosas. Otras fábulas muestran cómo a veces para encontrar una respuesta, hay que llegar hasta lo más profundo del pozo, o hasta el final del callejón sin salida, y allí, entregarse a Dios. Como una caricatura que vi hace muchos años, donde el personaje descendía por una viñeta oscura hasta el fondo, y llegado ahí, donde nada cabía esperar, se sale de la viñeta, y se encuentra con el blanco y la luz. “Si alguna vez en nuestra vida nos encontramos en un callejón sin salida, la solución puede estar en desprenderse de todo y ponerse en manos de Dios”.
Todo este movimiento exige confianza, valentía y decisión. Es más fácil mantenernos en la zona de confort que nos ofrece la espiritualidad desde arriba, cerrando los ojos a nuestras debilidades y condenándolas al encierro. “Sólo el que escucha la llamada de la vida y la obedece puede encontrar la fuente de la vida en lo profundo”.
“La espiritualidad desde abajo, quiere afirmar que en todos nuestros movimientos afectivos, en nuestras enfermedades, heridas, traumas, en todo cuanto hacemos y buscamos, en nuestras decepciones cuando comprobamos que las posibilidades humanas tienen un tope, lo que estamos haciendo es buscar a Dios. Es en la profundidad de mí mismo donde puedo ser curado. La experiencia de mi nada me lanza a la totalidad de Dios”.
“Los principios de la espiritualidad desde abajo ponen al sujeto a la escucha de Dios, atento a su voz que se hace sentir y habla por nuestros pensamientos, sentimientos, inquietudes y deseos. Dios nos habla a través de todo. Sólo prestando mucha atención a los matices de su voz podremos descubrir la imagen que él se ha formado de cada uno de nosotros.
No es lícito minusvalorar las emociones o pasiones porque todo está lleno de sentido. Lo importante es lograr captar y descifrar el mensaje que Dios nos manda por medio de ellas. La espiritualidad desde abajo las contempla desde otra perspectiva, no intenta reprimirlas, sino reconciliarse con ellas. Todas, en efecto, pueden contribuir a ayudarnos en el camino hacia Dios. Mi tesoro se esconde en la zona doliente de mi yo.
Henry Nouwen decía: “En el lugar de nuestras heridas, en sus propios agujeros, está el lugar y la puerta para entrar hasta Dios. Decían los griegos antiguos: «Sólo puede curar el médico que ha estado él mismo enfermo».
Nadie puede entrar en mí por mis zonas amuralladas. Dios y los demás pueden entrar en mi interior por las brechas de mis heridas; yo puedo encontrarme allí con mi verdadero yo, tal como soy ante Dios. Por muy golpeados que estemos por la vida existe en el interior de cada uno un espacio sano, el sancta sanctorum o santuario sagrado al que sólo tiene acceso Dios. Allí, en medio de nuestro ser desgarrado, podemos sentir la presencia de un Dios que sana”.
El reconocimiento de nuestra condición de humanos no es sólo una condición previa para la perfecta hominización sino también un presupuesto indispensable para entrar en la experiencia de Dios. Y hay que recordar también que la identificación con el ideal arquetípico lleva a alejarse o hasta a perder de vista la realidad. Me sentiré dividido, interiormente roto, obligado a cerrar los ojos a mi verdad.
El que se ha encontrado con su humanidad ya no encuentra nada humano que le resulte extraño. Está reconciliado con todo lo humano que pueda encontrar, por ejemplo, en los débiles y enfermos, en los imperfectos y resentidos. Todo lo contempla a través del prisma misericordioso de Dios y con la mirada compasiva de Jesús.
Jesús asumió todo lo humano y, al asumirlo, lo redimió. En su humanidad cargó con todas nuestras debilidades y humanidades y las llevó al cielo. Por haber descendido a las profundidades de la tierra pudo también ascender al cielo. De esta manera nos enseñó el camino. Para subir a Dios hay que bajar al fondo de sí mismo. Este es el camino de la libertad, del amor, de la humildad, de la mansedumbre y misericordia, el camino de Jesús y nuestro camino”.
En síntesis: una espiritualidad desde arriba nos ayuda en el inicio del camino espiritual, porque nos ofrece modelos e ideales a seguir; pero es desde una espiritualidad desde abajo, que coherente a la Encarnación, nos ayuda a unificarnos, y a sentirnos existencialmente redimidos por el Salvador. De lo contrario, seguiremos divididos entre lo que el ideal me plantea ser y lo que realmente soy, fractura que se vuelve cada vez más dolorosa, al punto de hacernos capitular. Y un ser fragmentado y dividido construye una sociedad fragmentada. De ahí que, como iniciamos en el artículo anterior, para cumplir con el deseo de Jesús de que seamos Uno a nivel comunitario, estemos llamados a ser uno como persona, es decir, a ser una persona que no rechaza nada de sí, porque Dios nos creó y amó así. Esta experiencia de amor incondicional del Señor se vuelve liberadora, y nos conduce a la construcción de una sociedad que no excluye, sino que integra a todos, porque somos hermanos; porque compartimos la misma condición de ser profunda e incondicionalmente amados, antes que nos atribuyan cualquier etiqueta.

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