¿HACIA UN SISTEMA NACIONAL DE CUIDADOS O HACIA UNA SOCIEDAD DEL CUIDADO?

POR Cecilia Zaffaroni Centrales Sin comentarios

Estas reflexiones no pretenden ser un análisis acabado y mucho menos “académico” del tema. Más bien intentan compartir algunos pensamientos y conexiones que acontecimientos de los últimos meses y semanas han hecho más presentes en mis preocupaciones e inquietudes, y que me gustaría profundizar y reformular a partir del diálogo con otros que puedan compartirlas.

El SNIC y su puesta en marcha

La puesta en marcha de un Sistema Nacional Integrado de Cuidados ha sido definida como una de las líneas prioritarias por el gobierno que acaba de asumir. Hace algunas semanas tuve oportunidad de leer una versión (no sé si la última o alguna preliminar) del Proyecto de Ley sobre su creación.  Por una lado, me resultó alentador que se estén dando pasos para su concreción, por otro, me volvió a plantear algunas interrogantes -que desde hace tiempo me genera esta propuesta- respecto a cuál llegará a ser efectivamente su alcance y cuáles sus efectos.

De acuerdo a lo que he leído, se  apunta a que este Sistema constituya gradualmente otro de los pilares fundamentales de la nueva matriz de protección social que la sociedad uruguaya viene construyendo en el siglo XXI, que se sumaría a los otros tres pilares fundamentales: la educación, la salud y la seguridad social.

La exposición de motivos retoma las principales ideas que vienen manejando, desde hace tiempo, quienes han elaborado diversos estudios tendientes a aportar diagnósticos, insumos, análisis de experiencias en otros países, y elaboración de propuestas que viabilizan hoy la posibilidad de generar avances al respecto.

En general se relacionan con la necesidad de dar respuesta a los cambios sociales y demográficos, en particular los derivados del envejecimiento de la población, la creciente inserción de la mujer en el mercado de trabajo, la natalidad concentrada en particular en las familias con menores recursos y las barreras existentes para una mayor inclusión de las personas con discapacidades que reducen su autonomía en la vida cotidiana.

Parte también de un cuestionamiento al sistema tradicional de brindar estos cuidados: en forma privada, desde el ámbito familiar y fundamentalmente a cargo de las mujeres, y plantea como valores centrales para la construcción de un SNC los derechos humanos  y la equidad de género y generaciones.

Esta propuesta surge en un momento en que otras acciones en el campo de las políticas sociales están permitiendo visualizar resultados favorables en varios sentidos, aunque no tan claros en otras dimensiones.

Interrogantes a partir del  camino recorrido desde las Políticas Sociales

Las políticas de transferencia de recursos, de acceso al empleo, a la educación, a la salud, tendientes a mejorar las condiciones de vida de los sectores de población con menores recursos, han generado resultados palpables en la reducción de los índices de pobreza e indigencia.  Incluso en los últimos años, muestran una disminución de la desigualdad de ingresos medida a través del índice de Gini. (Pasamos de 0.46 en 2006, a 0.38 en 2014. Aunque es bueno no olvidar que en 1957 era del 0.29).

Lo preocupante es que a pesar de estos avances no hemos logrado superar barreras y transformar en forma sustantiva la fragmentación social que vivimos. La segmentación residencial sigue siendo importante, muchos siguen siendo afectados por el aislamiento, la falta de horizontes, de posibilidades de construir por sí mismos y con los demás un futuro distinto en el cual su perspectiva y su voz tengan cabida. Seguimos constatando las dificultades que enfrentan las parejas jóvenes para criar a sus hijos, la infantilización de la pobreza, los desniveles en los resultados educativos en función del nivel socio cultural de las familias y el entorno, los obstáculos para acceder a empleos de calidad, las inequidades de género, el deterioro de la convivencia,  la consolidación de estereotipos, el incremento de la violencia en las relaciones en espacios públicos y privados…

Sabemos que las raíces de los procesos de exclusión social son fuertes, y sus efectos no son solo de carácter económico, que han afectado a varias generaciones y que su reversión requiere tiempo, pero no podemos dejar de preguntarnos si estamos tomando realmente en cuenta la profundidad de las transformaciones necesarias para lograr una sociedad que realmente acorte las brechas, genere puentes y haga posible la integración. En algunos aspectos esas brechas parecen agrandarse y afectan la calidad de vida de todos los miembros de la sociedad y no solo de los que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad.  Por mencionar solo una manifestación de esto, estudios de opinión pública realizados en los últimos tiempos muestran que ha crecido en nuestro país el porcentaje de ciudadanos que cree que los pobres son pobres porque no les gusta trabajar, así como de los que  desconfían de sus vecinos.

La constatación de que sigue habiendo sectores que no son alcanzados adecuadamente  por los servicios de prestación universal (educación, salud, seguridad social) ha llevado a crear en los últimos años diversos programas bajo el supuesto que esta situación podrá revertirse si se brindan apoyos temporales de carácter más personalizado para facilitar el acceso. Sin embargo, se empieza a plantear el interrogante de la efectividad de estos programas en tanto no se logren transformaciones en los servicios y prestaciones universales que los hagan más acogedores y adecuados a estos sectores de población. Si los factores que generaron la expulsión se mantienen incambiados, la integración no se sostiene en el tiempo,  y vuelven a ser expulsados.

Resulta cada vez más claro que para generar una efectiva integración social, se requieren transformaciones, no sólo en los sectores de población más vulnerable sino que, de algún modo, involucren al conjunto de la sociedad. Cambios que tienen que ver con las percepciones mutuas, con la forma en que nos relacionamos, con las prácticas cotidianas, en las que entran en juego dimensiones cognoscitivas, afectivas, relacionadas con los valores y con la visión del mundo y de la sociedad en la que vivimos.

Desde hace varios años, los organismos internacionales comenzaron a incorporar en los estudios sobre desigualdad social indicadores que van más allá de los niveles de ingreso, el acceso a servicios y la satisfacción de ciertas necesidades básicas.  Se habla de dimensiones subjetivas, de expectativas, de desarrollo humano, de capacidades, de condiciones para ser agentes de su propio destino y proyecto de vida, de reconocimiento, de aceptación de la legitimidad del otro como miembro de la sociedad, y hasta de indicadores de felicidad (aportes de Amartya Sen, Estudios de Cepal y PNUD, entre otros). También de condiciones institucionales relacionadas con el fortalecimiento o debilidad de las redes sociales y con el acceso a la participación ciudadana.

El Sistema Nacional de Cuidados implica abrir espacios para que las políticas sociales ingresen en áreas hasta ahora relacionadas con el ámbito privado y familiar, por definición ligadas a relaciones cercanas y personalizadas.

Surge con más fuerza entonces la pregunta respecto a cómo se involucrarán en estos programas las diversas dimensiones en juego, y el grado en que podrán contribuir a profundizar y superar falencias derivadas de visiones a veces restrictivas y parciales que no toman en cuenta la complejidad y hondura en las relaciones afectadas.

La expresión “sociedad del cuidado”

Con estas interrogantes, y buscando respuestas, encontré un documento publicado por el MIDES en su página web. Es de noviembre de 2014 y se titula “Cuidados como sistema: Propuesta para un modelo solidario y corresponsable de cuidados en Uruguay”.

La introducción comienza con un apartado cuyo título llamó mi atención desde el comienzo:

“La sociedad del cuidado”. El mismo termina diciendo: “La sociedad del cuidado que queremos construir trasciende la política pública que hemos dado en llamar, en la experiencia uruguaya, Sistema Nacional Integrado de Cuidados. Requiere de la movilización de múltiples actores y recursos sociales de todo tipo, tras los valores de la solidaridad y la corresponsabilidad como articuladores de nuestra convivencia”.  El documento explicita algunos aspectos relacionados con esta perspectiva: apostar a la corresponsabilidad, pasar de una mirada sectorial a una lógica intersectorial e interinstitucional, la necesidad de una coalición de actores públicos y privados muy diversos, (organismos públicos, familias, trabajadores, empresas, organizaciones de la sociedad civil, voluntariado, etc.).

De algún modo este documento me ayudó a formular mejor el interrogante, no es lo mismo pensar en un Sistema de Cuidados que una Sociedad del Cuidado. El primero puede o no constituir un instrumento para la segunda, dependiendo de la visión que le da fundamento, y de cómo esta se concrete en las modalidades de implementación.

Algunos aportes y propuestas que he visto en relación al tema parecen quedarse meramente en un conjunto de servicios, que complementarán los ya existentes y otros parecen querer ir más allá.

La visita de Leonardo Boff

Con estas preocupaciones presentes, tuve oportunidad de escuchar la exposición que realizó Leonardo Boff, el 16 de marzo en la sala principal de la Intendencia de Montevideo, atiborrada de público.

Muchos de los lectores de esta revista probablemente habrán escuchado su presentación sobre “Ecología y nuevo paradigma civilizatorio”.  Allí sostuvo que la sustentabilidad del mundo y de la sociedad actual no está garantizada si no desarrollamos una ética del cuidado. Desde su perspectiva, el cuidado es la esencia del ser humano. No está –afirma– ni en el espíritu, ni en la creatividad, ni en la libertad, está en el cuidado. Porque es precondición para que sea posible la irrupción de algún ser. Citando a Heidegger decía: todos nosotros somos hijos e hijas del cuidado. Sobrevivimos porque alguien nos acoge, nos alimenta, nos protege.  “Todo lo que amamos cuidamos y todo lo que cuidamos amamos”.

Abundando en esta idea afirmó: “La ética del cuidado es una ética que nace de lo profundo del ser humano”. Es lo que nos lleva a una actitud respetuosa, no agresiva, no destructiva, con los demás seres, con la realidad, a estar junto a ellos no por encima, conviviendo, reconociendo en todos su intrínseco valor. Cuidándolos porque todos, incluso los más débiles tienen algo para decir al pasar por esta tierra, tienen un mensaje del Creador.

No intento reflejar aquí todo el desarrollo de su pensamiento, pero sí destacaría  que relacionó esta visión con los avances de la ciencia moderna, con la importancia que viene siendo asignada desde diversas disciplinas a la inteligencia emocional. “La dimensión más profunda del ser humano no es la razón, es su capacidad de sentir, de afectar, de tener afecto, de tener pasión, de poner valores en las cosas. La razón instrumental es importante, no podemos renunciar a ella, pero el sentido que doy a mi vida no es cuestión de tecnología, es cuestión de lo profundo de cada uno, de su dimensión ética”.  Y más allá aún, mencionó que en la década de los 90 se comienza a hablar de la inteligencia espiritual, como dimensión que pone al hombre en contacto con lo trascendente, con lo que da sentido, y que no es monopolio de las religiones.

Habló de un nuevo paradigma que puede crear las bases de un nuevo tipo de civilización, que implique una relación distinta entre los seres humanos y con la naturaleza. “El gran vacío que produce el sistema de consumismo y producción es que nos hace incapaces de felicidad, siempre necesitamos más. Cuando nos descentramos del yo, descubrimos el nosotros, donde cabe la naturaleza y todos los demás seres vivos como hermanos y hermanas”.

Su planteo se conecta con aportes de otros autores como Adela Cortina y su trabajo sobre la “Razón Cordial” (así lo hizo notar Boff citándola, su mención me llevó a releerla) y con la de otros que nutren esta línea de pensamiento desde diversas perspectivas. Recordé la elaboración  que vienen realizando  los amigos peruanos del Centro de Estudios del Instituto Bartolomé de las Casas (el vínculo con ellos lo mantuvo César a decir verdad, a través de él conocí sus trabajos), y seguramente podríamos sumar a muchos otros que desconozco o no tengo presentes en este momento.

Nuestra visión sobre el sentido de la vida

Todo esto me hizo pensar en que la visión de una sociedad del cuidado, de la corresponsabilidad, del reconocimiento de todos los seres como intrínsecamente valiosos, tiene para quienes compartimos la fe cristiana un fundamento trascendente.  Para eso hemos sido creados por un Dios que es nuestro Padre. Como Jesús nos vino a revelar nos creó por amor y para que nos amemos unos a otros como Él nos ama. No hay un mandamiento mayor, nos dijo, para que no nos quedara duda. Esto da sentido a nuestra vida y nos marca el camino a seguir para alcanzar la felicidad y la plenitud, con otros, junto a otros. Está en nuestro ADN.

En la construcción de las formas de vida y de convivencia más humanas, justas y solidarias seguramente nos encontraremos y trabajaremos codo a codo con muchos que no comparten nuestra fe, pero con quienes coincidimos en muchos aspectos en las transformaciones que buscamos.

Las ansias de humanidad que se expresan de tantas maneras, así como la agresión y la destrucción de la misma, los vacíos existenciales, la búsqueda de la trascendencia por atajos que no permiten encontrarla, parecen decirnos hoy que no podemos seguir poniendo la luz bajo el “celemín” u oscureciéndola por falta de coherencia, o por no encontrar un lenguaje que nos permita comunicarnos de un modo comprensible en el siglo XXI.

El desafío

Se nos plantea el desafío de profundizar en la visión del hombre y de la sociedad inspirada en nuestras creencias, pero en un lenguaje y con una traducción en aportes concretos que pueden ayudar a este proceso de humanización. Sistematizando para poder comunicar las experiencias concretas vividas por tantos hombres y mujeres que han sabido encarar con su vida esta perspectiva del reconocimiento, el cuidado, el respeto y la construcción de una sociedad en que todos tengan su lugar y contribuyan a la construcción colectiva, asumiendo la interdependencia. Buscando integrar enfoques de diversas disciplinas, la antropología, la filosofía, la economía, las ciencias sociales. Profundizando y “aggiornando” nuestra visión teológica.

Escuchando distintas voces, desde diversos lugares y descubriendo como estas visiones pueden aportar a la definición de políticas, de programas, de respuestas, y a nuestras relaciones en la vida cotidiana.

Preguntándonos siempre ante las propuestas que generamos si realmente su implementación integra o fragmenta, para lo cual, los “cómo” hacemos las cosas resultan tan o más importantes que los “qué”. Estando atentos a lo que despierta en los otros, comprendiendo que eso es más relevante que nuestros propósitos e intenciones.

Profundizando, en tanto cristianos, el contacto con la palabra de Jesús y con su persona que nos muestra el camino, nos acompaña, nos da fuerzas para enfrentar las dificultades.

Muchas veces una mala entendida laicidad nos impide explicitar el fundamento de nuestras visiones y creencias. Esto nos inhibe de plantear en forma más abierta y profunda estos temas, y especialmente de expresar lo que en nuestra perspectiva lo fundamenta. Así, terminamos amputando la riqueza de nuestro aporte. ¿Por qué? Si es posible hacerlo respetando otras visiones, no pretendiendo imponer ni invadir, buscando puntos de coincidencia, valorando e integrando diferencias.

En la última semana dos testimonios me llevaron a constatar que esto es posible, que es bueno, que nos enriquece a todos. El de Josefina Plá que al recibir de parte de la Junta Departamental de Montevideo un reconocimiento a una trayectoria de vida signada por la solidaridad, hizo expresa mención a su fe como fundamento de sus opciones y de su camino. Unos días después, el de Fernando Rodríguez que, al asumir como Director del INAU, mencionó las palabras y actitudes de Jesús sobre los niños como orientadoras de sus opciones y su trabajo, y agradeció a Dios por impulsarlo a cumplir esa Misión.

Agradezco a los dos por su testimonio, que de algún modo nos reafirma que tiene sentido explicitar el fundamento de nuestro compromiso y nos alienta a “dar razón de nuestra esperanza”.

Hasta aquí estas reflexiones, tal vez desordenadas, quizá demasiado autorreferidas a un proceso personal, pero a partir de las cuales me gustaría invitar a seguir reflexionando e intercambiando a aquellos en los que estas palabras hayan despertado algún eco.