Jerónimo Bórmida a dos voces

POR Autores Varios Hechos y dichos Sin comentarios

La muerte de Jerónimo Bórmida nos golpeó como a muchos, pero además nos privó de un colaborador muy valioso. Por eso queremos recordarlo con especial cuidado, cosa que hacemos publicando un testimonio personal de alguien muy cercano a él, que con él vivió innumerables y fecundas experiencias: Antonio Coelho. Le agradecemos de corazón.

Pero también reproducimos una semblanza de Jerónimo, obra del Pbro. Eduardo Ojeda, escrita para Umbrales 276, y que también agradecemos poder publicar.

La redacción

Un fraile capuchino, un cura montevideano

Antonio Coelho Pereira

Escribir sobre Jerónimo Bórmida es escribir sobre un fraile capuchino y un cura montevideano. Lo conocí en 1972 en la Parroquia de Punta Carretas. Sus compañeros de comunidad eran Santiago Vitola, Jose Luis Zanin y José Casañas, una fraternidad de frailes jóvenes, muy unidos, apoyados por una comunidad laical muy comprometida con el Evangelio y la Pastoral de Conjunto. Los jóvenes nos sentíamos muy acompañados, los frailes eran nuestros referentes, vivíamos momentos muy duros del  país y peores se avecinaban.

Tipo exigente, profesor incómodo

Pero volviendo a Jerónimo, era dentro de esa comunidad el que menos tiempo estaba con nosotros por su cantidad de actividades como docente y teólogo. Recuerdo de esos tiempos que no solo la comunidad parroquial, sino otras comunidades, trataban de saber qué misas celebraba para escuchar sus homilías. Me tocó tenerlo en el ITU-Laicos como profesor de Teología Fundamental. Fueron momentos dificilísimos para este instituto, se encontraba al lado del Hospital Militar y luego fue expropiado por las FF AA; era un lugar de pensamiento crítico y de resistencia ante los momentos que vivía el país. Pero las clases de Jerónimo personalmente eran las más incómodas, porque no solo había que estudiar, sino fundamentar lo que se aprendía, no había forma de pasar desapercibido. El provocaba continuamente y, por momentos, era tan grande la exigencia que uno deseaba que terminara pronto. Pero luego de finalizada la clase, se sentía la necesidad de contarle a todo el mundo lo aprendido.

Fraile capuchino, cura montevideano

Vuelvo al comienzo, ¿por qué un fraile capuchino y un cura montevideano? Primero dentro de su congregación eran momentos muy tristes por las divisiones: los frailes más jóvenes se sentían identificados con el Concilio Vaticano II y los documentos de los obispos del continente, mientras los más adultos se atrincheraban en el convento de San Antonio y Santa Clara con una postura totalmente contraria a los cambios. Pero también había un redescubrimiento de la figura de Francisco de Asís y de la teología escotista (del beato Juan Duns Scoto, gran teólogo medieval franciscano).

En Jerónimo estaba también el cura montevideano. Además de brillar teológicamente, se confundía como la mayoría de curas con el pueblo, y vivía en la fidelidad a sus compañeros de clero y a su pastor, Don Carlos Parteli. La mayoría de nosotros, los jóvenes que participábamos en las parroquias, sentíamos admiración y orgullo por nuestros curas, estaban cercanos, al lado nuestro, nos acompañaban en nuestras comunidades de base, nos escuchaban y nos protegían; nunca sentí que nos exponían ni que nos manipulaban ni mucho menos jugaban con nosotros. Los recuerdos imborrables de los seminarios de Pastoral de Conjunto, la continua formación para que fuéramos libres y creativos, las concelebraciones en la Catedral llena de pueblo de fieles junto a sus pastores. Experiencias que quedarán marcadas para siempre.

Momentos duros para nuestra Iglesia, el diario El País atacando todos los días con los infames apartados “se dice”, continuamente difamando a Don Carlos y sus comunidades, las provocaciones tanto de la policía de investigaciones como de la derecha fascista, pero la fuerza que daba la comunidad nos ayudaba a superar los miedos. Ahí estaba Jerónimo, con sus aportes teológicos, colaborando desde sus homilías, con lucidez, valentía, siempre cerca.

Responsabilidades en la Orden

Luego fue elegido provincial de la Provincia capuchina del Río de la Plata y a continuación lo llamaron para colaborar con la Curia general capuchina en Roma. De esta etapa en la que no conviví con él guardo solo un relato de algo que me contó. Un día se le aparece en Roma Don Carlos Parteli que acompañaba una excursión. Se ponen a charlar y Jerónimo le mira los zapatos, estaban gastados y viejos. Antes de despedirse, Jerónimo le pide que lo espere un momento y va hablar con el ecónomo de la congregación para solicitarle una colaboración para un obispo del Tercer Mundo; este le contesta cuánto querés, cuatro mil, cinco mil dólares, a lo que Jerónimo responde “estás loco, lo ofendés, es para comprarle un par de zapatos”.

Otra vez en el país

Después nos reencontramos en 1992 cuando regresó al país. Pasó un breve tiempo en la Parroquia de Nuevo París, para luego compartir con los hermanos Felipe y Pedro en comunidad, primero una casa en La Teja y luego en Sayago. No creo que esté de más contar que se ocupaban de todas las tareas de la casa, no tenían personal de servicio, pero tampoco tenían una despensa con alimentos, porque si alguien venía a la puerta a pedir algo y atendía Felipe les daba todo lo que tenían.

En esos tiempos, una tarde, Jerónimo me llama al CIPFE, en los Conventuales, y me comunica que me habían encargado la animación de la Familia Franciscana, le costó mucho convencer que un laico asumiera ese rol, pero como era terco lo logró. Fue ahí donde pasamos a convivir muchos días de la semana, armando cursos, retiros, campamentos, programas de radio, encuentros ecuménicos, visitas a todas las comunidades de hermanos y hermanas de todo el país. Personalmente crecí mucho, trabajar con él era muy exigente, no era hacer cosas por hacer, sino que eran cosas pensadas, planificadas y después evaluadas. Para mí era muy entusiasmante, aunque por momentos me enojaba porque lo veía muy negativo, pero luego me fui dando cuenta de las dificultades que se avecinaban, no solo económicas, sino cambios profundos en la Iglesia que no favorecían nuestros proyectos de formación y animación.

Resistido pero libre y firme

Me fui dando cuenta también de lo resistido que era por su forma de ser, de decir las cosas, de escribir, pero lo más triste era que los que lo combatían no eran frontales, le tenían miedo, entonces lo difamaban. Era radical, por eso transmitir una imagen edulcorada de Jerónimo es traicionarlo. Él detestaba ver un laico revestido en el altar, decía siempre la frase del obispo Casaldáliga “Ay de los laicos con sotana y los curas sin espíritu”. Se retiraba de una reunión sin importarle quien estuviera, si no estaba de acuerdo con lo que se estaba diciendo. Le preocupaba profundamente el poco interés tanto de frailes como de seminaristas por el estudio.

Con algunas personas le sugeríamos que no publicara, que solo diera charlas, porque era inminente que terminaría sancionado por Roma, pero él no solo continuaba. Jerónimo fue efectivamente sancionado, al inicio de un año lectivo no se le renovó la llamada misión canónica para enseñar teología. Recibió sin embargo el apoyo de sus compañeros sacerdotes docentes y pudo solucionar rápidamente el problema escribiendo un artículo sobre el asunto en que era cuestionado y se lo aceptaron. Así que bastante rápido volvió a la docencia con ese estilo tan propio. Nunca se pudo saber de dónde había salido la acusación a la que Roma prestó oídos en un primer tiempo. Indudablemente sufrió, pero mucho más le dolían las traiciones, eso lo llevó a estar un tiempo fuera de su congregación viviendo en una parroquia del clero donde un sacerdote le ofreció un cuarto.

Desde el “lugar del peón”

La muerte de Jerónimo, aparte del dolor que me provoca, me genera una preocupación: son pocos los teólogos con esa valentía, y a su vez seriedad e iniciativa para formar cristianos y cristianas comprometidos y comprometidas con su tiempo. Él no se cansaba de poner sobre la mesa el tema desde qué lugar nos paramos para mirar el mundo, no se cansaba de repetir “es distinto ver la realidad tomando whisky con el patrón que vino con el peón”. Cada uno de nosotros sabrá qué lugar elige, Jerónimo siempre eligió el del peón.

En estas semanas también despedimos al sacerdote Adolfo Chapper, el querido Chino, y es inevitable pensar en los dos y sentir lo mucho que perdemos con ellos. Esa identidad de la Iglesia de Montevideo que muchos compartimos, en la que fuimos formados, una espiritualidad que se encarna en el evangelio de Jesús y nos invita a vivir desde allí nuestra vida cotidiana.

Fray Jerónimo Bórmida, OFMCAP

Eduardo Ojeda

Se llamaba José Ruben Bórmida Rodríguez, nació en la ciudad de Montevideo, en el barrio Atahualpa, el 9 de setiembre de 1939, sus padres fueron María Dildevana Rodríguez Román y José Bórmida Batto. A los 12 años ingresó al seminario menor y liceo de los capuchinos. El inicio del noviciado fue el 12 de febrero de 1956 en San Francisco de Carrasco, profesando los votos simples el 13 de febrero del año siguiente. Esperaron la edad necesaria para que profesara de modo perpetuo, un día después de su cumpleaños, el 10 de setiembre de 1959. La ordenación presbiteral fue el 21 de julio de 1963. Entre la formación del hno. Jerónimo, además de los requeridos eclesialmente, figura el estudio de Bellas Artes en Montevideo, siendo también alumno de Lino Dinetto, y Pintura-escultura en París. Hizo la licenciatura en Teología en Friburgo y el doctorado en Roma. En la Orden colaboró en diversos oficios y servicios, siendo guardián, Ministro provincial, prefecto de estudios, formador y Definidor general entre otros; viviendo en las fraternidades de San Antonio, San Francisco de Carrasco, Minas, Friburgo, Colegio internacional, Curia general, San Francisco de Nuevo París, Sayago, Punta Carretas, Quilmes, Real, La Teja, Curia provincial y Mar del Plata.

En el año 1967 con otros profesores fundó el ITUMS (actual Facultad de Teología del Uruguay). Fue cofundador del Departamento de teología para laicos del ITUMS, profesor en varias materias: teología fundamental, hebreo, teología oriental, introducción a los sacramentos, unción de los enfermos, teología franciscana.

Hermano capaz e inteligente, sumamente original en su elaboración teológica, las clases, su arte, su modo de relacionarse; siempre a la vanguardia en métodos y formas de estudio. Provocador, locuaz e irónico. Su teología era de una real fidelidad creativa a la fe de la Iglesia. Una anécdota lo pinta en su sentido del humor y su creatividad provocativa: en una reunión de presbíteros, le comenta a José Gottardi -en ese entonces, arzobispo de Montevideo-: “Estoy cansado de leer sobre adulterio, asesinatos, incesto, traiciones y violencia”. A lo que el obispo le comentó: “Es cierto ya casi no leo el diario, porque me voy a encontrar con todas estas cosas”, entonces Jerónimo le dice: “No Monseñor, estoy leyendo la Biblia”.

El paso de los años le empezó a pasar factura, se cuentan varias. Sufrió varias intervenciones quirúrgicas y tratamientos. Últimamente con la salud deteriorada se optó por llevarlo desde Montevideo hasta Buenos Aires para atenderse en la clínica San Camilo. Luego de una compleja operación y ya en la sala de cuidados intensivos su cuerpo sufrió una descompensación general y sólo podía mantenerse con asistencia mecánica. La hermana muerte corporal, de quien hablaba con gran elocuencia especialmente en los últimos días, imaginando un posible reencuentro con sus padres y familiares, lo vino a buscar en la tarde del 11 de febrero de 2017.

Jerónimo se destacó por su febril intuición teológica. Llegaba a grandes afirmaciones por ese medio y luego las desarrollaba con profundidad asombrosa. Utilizaba una pedagogía provocadora, con mucha ironía, causando no pocas veces perplejidad en su auditorio. Cuestionaba de tal manera que nunca dejaba indiferente a quienes lo escuchaban. Esa pedagogía de choque, de impacto se conjugaba con una didáctica clarísima. Sus numerosos escritos fueron publicados de forma alternativa por las grandes editoriales, pero además, él mismo los hacía llegar a todos a través de material mimeografiado, fotocopiado, grabado en diskets, videos y CDs, según haya sido el avance de la tecnología. Todo el mundo entendía sus explicaciones, eso mismo despertaba muchas objeciones, ya que como buen profesor de Teología fundamental, ponía en crisis los fundamentos mismos de la fe. Y como apologeta presentaba la fe a la cultura anticlerical propia del Uruguay, desafiando racialmente la racionalidad atea o agnóstica y dialogando con el mismo lenguaje de sus interlocutores. Él mismo se definía como un gran creyente poco practicante.

En el campo del franciscanismo era más autodidacta que lo que se formó al respecto, sin embargo, eso no impidió que llegara a ser un especialista en la materia, sobre todo en hermenéutica de textos primitivos. La familia franciscana de muchos países de América Latina y España se benefició de sus cursos y clases. Muchos de los actuales presbíteros uruguayos fuimos formados por él. Los centros franciscanos de Argentina y Uruguay lo tuvieron entre sus profesores más destacados y significativos.

Tenía muchos seguidores y discípulos fervientes, muchos de ellos recibían sus “divagues teológicos” un nuevo género literario en el que conversaba en voz alta con sus lectores comunicando sus búsquedas e impresiones sobre los distintos desafíos que el Evangelio presenta a nuestra fe. En estos “divagues”, a modo de síntesis teológica espiritual, se refiere al infierno, al cielo, al paraíso, al purgatorio, al pecado, a la gracia, Cristo, el Espíritu, Dios Padre, la Iglesia, etc. Pero bajando a tierra, y con palabras sencillas y profundas. Todo este material seguirá enriqueciendo nuestra vida, y ayudándonos a reflexionar sobre los grandes temas de la fe.

Que las puertas de la morada del Señor se abran para ti, hermano Jerónimo. Ya te imagino tomando mate con San Francisco y conversando sobre las maravillas de Dios.

(Agradecemos la colaboración invalorable del Pbro. José Luis Sereijo, OFMCAP)