La gran Encíclica de Pablo VI
Populorum Progressio en su tiempo y en el presente

POR Felipe Zegarra* Centrales Sin comentarios

En 1947, dos años después de la conclusión de la segunda guerra mundial, comenzó -además de la “guerra fría” de los Estados Unidos y sus aliados contra la Unión Soviética- un intenso y enorme proceso de descolonización. Los primeros países en lograrlo fueron la India, Pakistán, Sri Lanka (entonces Ceylán) y Birmania, todos en Asia, y fueron seguidos en ese continente por varios otros. Pero África no se quedó atrás, ya que hasta 1980 eran casi 50 los países que habían conquistado su independencia. América Latina compartió tal ebullición, pues hasta 1987 fueron tres los países de Centro y Sur, y nueve las islas que consiguieron, al menos en teoría, su autonomía. Naturalmente que hubo países afectados, los hasta entonces colonizadores: Gran Bretaña y Francia, seguidos por Portugal y Bélgica, y de lejos por Italia y España.

Complejos caminos a la independencia…

Pero los caminos seguidos para el logro de la independencia y los acontecimientos posteriores no fueron fáciles. Los movimientos pacifistas, como el de Gandhi en India alcanzaron éxito tras fuertes dificultades y víctimas; otros optaron por el conflicto armado, como Argelia e Indochina, y no faltaron situaciones internas de gran inestabilidad en África y algunos estados de Asia, que degeneraron en guerras civiles y dictaduras. En Cuba, país que era considerado autónomo, se optó por una revolución, que triunfó en enero de 1959, que dos años después se adhirió a la órbita comunista y apoyó procesos similares en Bolivia y en África. Es casi innecesario señalar los gobiernos militares de larga duración en gran parte de América Latina.

Ese proceso, cuya complejidad muchos hoy ignoran, fue quizá el mayor estímulo para que naciera y se agudizara la conciencia de muchos economistas respecto al enorme problema de la pobreza y de la desigualdad. Algunos pensaron –y muchos otros aún lo piensan- que la situación de “subdesarrollo” era algo solo material, explicable por un Producto Nacional Bruto muy bajo y escasez de recursos o utilización de los mismos. Pero muy pronto hubo quienes reaccionaron críticamente ante ese modo de pensar. Fueron economistas como Oswald von Nell-Breunings, J. François Perroux y Colin Clark; pero lo hicieron con mayor agudeza colegas suyos que fueron a vivir y trabajar en países subdesarrollados, entre ellos algunos de América del Sur: Louis-J. Lebret o.p. y el franco-americano Denis Goulet, quien publicó -originalmente en castellano- un libro muy importante sobre la complejidad de la ética en el camino al desarrollo.

La jerarquía de la Iglesia manifestó igualmente su preocupación por la miseria y la desigualdad en dos grandes documentos del magisterio: la encíclica Mater et Magistra (mayo 1961) del papa Juan XXIII, y la Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Moderno del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes (diciembre 1965). Su perspectiva fue muy cercana a la de los especialistas antes nombrados, ya que sus análisis y propuestas fueron más allá de las carencias materiales.

… y al desarrollo de los pueblos del Sur

Esa reacción motivó al papa Pablo VI, siempre atento a la realidad mundial, y figura muy importante en el Concilio Vaticano II, a escribir una encíclica sobre “el desarrollo de los pueblos”, Populorum Progressio, en la Pascua de 1967. Su propuesta frente a la grave situación de muchos países y de la mayoría de los pueblos fue asimismo el de la prioridad de las personas: desarrollo integral –que abarca todas las dimensiones del ser humano- y desarrollo solidario (práctica efectiva de solidaridad, justicia social y fraternidad).

Muchos de los nombrados y otros, entre ellos un gran obispo latinoamericano, D. Manuel Larraín, entonces presidente del CELAM[1], fueron consultados o cumplieron el papel de inspiradores. La Iglesia de este subcontinente se apresuró a asumir responsabilidades: la primera propuesta de la  Teología de la Liberación, por Gustavo Gutiérrez, y la Conferencia Episcopal de Medellín coincidieron (a mediados de 1968) en unir sus voces y aportar sus preocupaciones y perspectivas sobre el subdesarrollo. Se hizo sentir el llamado a una Iglesia pobre y su opción preferencial por los pobres.

Desarrollo integral

Estamos celebrando actualmente 50 años de la Populorum Progressio, dirigida también “a todos los hombres de buena voluntad”, y que F. Perroux llamó “la encíclica de la Resurrección”, no solo por la ocasión en que fue proclamada, el día de Pascua, sino por la importancia del tema y el serio tratamiento que le dio. Es bueno consignar brevemente algunos de sus planteamientos.

El documento empieza constatando la gravedad de quienes viven el subdesarrollo. La miseria, la inseguridad, las carencias en salud y empleo, situaciones de opresión y humillación llevan a desear la libertad, la participación social, la educación, lo que se expresa breve y densamente: “en una palabra, hacer, conocer y tener más para ser más” (n. 6), con lo que se identifica diversas actividades básicas de los seres humanos (ver n. 13), y las ordena a su plena realización. Se señala “la dura realidad de la economía moderna”, cuyo “mecanismo conduce al mundo hacia una agravación (…) en la disparidad de los niveles de vida” (n. 8); se critica al “que considera el provecho como motor esencial del progreso económico”, y considera un “liberalismo sin freno que conduce a la dictadura” y, como Pío XI (1931), denuncia el «imperialismo internacional del dinero» (n. 26). Es que el desarrollismo provoca la inquietud de los pobres y en particular de los campesinos, porque la desigualdad se hace patente: “mientras que en algunas regiones una oligarquía goza de una civilización refinada, el resto de la población, pobre y dispersa” vive en condiciones “indignas de la persona humana” (n. 9), y ello puede conducir a la violencia (ns. 11 y 31s.). Frente a ello, Pablo VI llama a “una acción concreta, en favor del desarrollo integral del hombre y el desarrollo solidario de la humanidad” (n. 5), ya que “el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico debe (…) promover a todos los hombres y a todo el hombre” (n. 14). Se añade que “el verdadero desarrollo (…) es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas” (n. 20), precisando que se tienen en cuenta también las carencias morales y las estructuras opresoras, así como el reconocimiento de la dignidad de cada cual, la cooperación en el bien común, el reconocimiento de los valores supremos y de Dios y la fe (n. 21). Esta propuesta “exige transformaciones audaces, profundamente innovadoras” (n. 32), que implican la responsabilidad del Estado (ns. 33-ss.) y también de la sociedad (ns. 36 y 38 a 40), subraya lo que hoy llamamos la “agencia” de cada uno: “dotado de inteligencia y de libertad, el hombre es responsable de su crecimiento (…) por solo el esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad, cada hombre puede crecer en humanidad, valer más, ser más” (n. 15).

Y desarrollo solidario

En la segunda parte la encíclica versa sobre el desarrollo solidario. El deber de solidaridad no se limita a la ayuda económica de los países ricos[2]  a los países pobres (n. 44), ya que “se trata de construir un mundo donde todo hombre, sin excepción (…) pueda vivir una vida plenamente humana” (47). Respecto al deber de justicia social[3], se dice que “una economía de intercambio no puede seguir descansando sobre la sola ley de la libre concurrencia, que engendra (…) demasiado a menudo una dictadura económica” (n. 59). En cuanto al deber de fraternidad o caridad universal, se postula la hospitalidad a quienes migran (n. 67) y se trata largamente de las misiones de desarrollo, cuyos agentes “se esforzarán sinceramente por descubrir, junto con su historia, los componentes y las riquezas culturales del país que les recibe” (n. 72). Mención aparte merecen la reiterada afirmación de la soberanía delos pueblos (n. 54), por su condición de “artífices de su destino” (n. 65) y de “primeros responsables” de su propio  desarrollo (n. 70), como la propuesta de “instaurar una autoridad mundial que pueda actuar eficazmente en el terreno jurídico y en el de la política” (n. 78).

A los 50 años sigue creciendo la desigualdad

Cincuenta años después de Populorum Progressio, el problema sigue siendo arduo, aún en países que son considerados y se dicen católicos. No se puede desconocer ciertos avances -mayores en unos pocos países y en regiones centrales de otros- pero los datos que nos dan los organismos que conforman las NN.UU. (el PNUD) y hasta el BM, así como dirigentes y empresarios de países privilegiados hacen ver que, aunque la pobreza y pobreza extrema -medidas ellas con criterios economicistas mínimos- han disminuido en diversos lugares, subsiste muy netamente en el África subsahariana y, para abreviar, en las regiones rurales de muchísimos países, y que la desigualdad ha seguido creciendo. Si los informes de OXFAM sobre el 2014 y 2015 fueron tremendos, el que presentó en la reciente asamblea del Foro Económico Mundial fue aplastante: ocho personas, claramente identificadas, poseen en conjunto tantos bienes cuanto la mitad más pobre de la población mundial: 3.600.000.000; es decir, una relación promedio de 450.000.000 a 1.

Ocurre que el capitalismo internacional fue fortalecido por la globalización de los mercados y de la propaganda, por el surgimiento de las transnacionales y la concentración de empresas, la caída de la URSS y el consenso de Washington (ambos en 1989), la hegemonía alcanzada durante tres décadas por el neoliberalismo apoyado por los organismos financieros internacionales. Ese fortalecimiento se produjo no solo en la dirección dada a la economía (extractivismo) sino en el “sentido común” -el menos común de los sentidos- en la opinión de trabajadores y de excluidos. Agréguese que el poder de las nuevas técnicas productivas y comunicativas, y la intensa migración de científicos de pueblos poco desarrollados a los países nórdicos, han impulsado la tecnocracia, o sea el poder casi absoluto de la técnica, y esta ha provocado en gran medida el calentamiento global, como se ha experimentado claramente sentido en los últimos años.A ello se suman, en muchos de los países de Latinoamérica, la atracción de la mayoría de personas y empresas por modelos que están en crisis, la renuncia persistente a la soberanía, la fragilidad de las instituciones, y la notoria irresponsabilidad y hasta la corrupción de muchos gobernantes.

¿Cuál es, entonces, el sentido de nuestra celebración? No se trata de un bello recuerdo, es por el contrario la memoria viva de una responsabilidad, pues el mal subsiste: avances monetarios con indicadores mínimos contra crecimiento de la desigualdad, y desatención notoria a las condiciones humanas más urgentes y profundas.

Aunque ha también señales positivas

Felizmente, hay otros hechos que atraen nuestra atención. Frente a las propuestas “desarrollistas“ del Foro Económico Mundial, que desde 1991 reúne en Davos (Suiza) a representantes de empresarios y gobernantes de los países ricos, y también de la Organización Mundial del Comercio, surgió en Brasil el Foro Social Mundial (2001) con el lema “Otro mundo es posible”. Es así que, años después, ante la anunciada crisis financiera y debilitamiento de los planteamientos neoliberales, las “burbujas financieras” y el crak de conocidos bancos de los EE.UU. en setiembre del 2008, el Consejo Pontificio de Justicia y Paz, hizo pública la creciente concordancia de especialistas sobre los límites del sistema y la imposibilidad de universalizar el modo de desarrollo de los países ricos.

En el mundo académico y político han surgido después de Populorum Progressio nuevas y valiosas propuestas:

* Manfred Max-Neef y su lista de necesidades existenciales y axiológicas en varios niveles complementarios y de los “satisfactores” correspondientes;

* la Economía Solidaria, presente en nuestros países pero también en Canadá y Europa; desde 1990, el Informe anual del PNUD, impulsado en su origen por el economista pakistaní Mahbub Ul Hak (1934-1998), que creó el Índice de Desarrollo Humano (IDH);

* y sobre todo el enfoque de Desarrollo Humano y Capacidades (HDCA, por sus siglas en inglés), que gira en torno a Amartya Sen, Premio Nobel de Economía 1998, con gran apertura interdisciplinaria y particularmente filosófica, y con presencia en los diversos continentes. Este enfoque pretende el desarrollo de las capacidades y libertades, al plantear que “primero es la gente”; reconoce la multidimensionalidad de la pobreza y del bienestar deseado; pone énfasis en los más vulnerables: campesinos y pueblos originarios, personas con capacidades diferentes, refugiados, migrantes, mujeres; y advierte la complejidad de las decisiones éticas.

Populorum Progressio hoy

¿Qué propone para la actualidad una relectura de esta encíclica? Subsiste el llamado a los creyentes, para que no se centren en una “espiritualidad” etérea,  sino que vivan la fe en todos los aspectos de la vida y de la realidad; y también a las personas “de buena voluntad”, que orientan su vida con una perspectiva abierta a la fraternidad. Insta a “conocer, hacer y tener más para ser más”, o sea  a la realización plena de los seres humanos, capaces de elegir, e invita a pasar “a condiciones más humanas”, en las que cada persona tienda a trascenderse a sí misma, por su fuerza interior y su resiliencia. Mueve a trabajar organizada y solidariamente, para contrarrestar la estrechez de miras de personas y países que desatendieron tales llamados durante varias décadas.

Finalmente, Francisco propuso desde el inicio del pontificado una “Iglesia en salida” hacia las peri-ferias. En Laudato si´ (mayo 2015), además de exhortar al cuidado de la “casa común”, hizo una fuerte crítica al poder –también mediático- de la tecnocracia. Ha mostrado un notable estímulo a los Movimientos Populares, y ha creado una congregación vaticana para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, de cuya sección consagrada a refugiados y migrantes ha asumido la responsabilidad ad tempus, coherente con sus frecuentes tomas de posición.

Quiera Dios que no desaprovechemos más el tiempo que nos ha sido dado.

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* Felipe Zegarra es sacerdote de la arquidiócesis de Lima, licenciado en teología y profesor en la misma disciplina en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Párroco en varias parroquias de Lima y El Callao. Ha escrito este artículo especialmente para Carta Obsur, lo que agradecemos.

[1] Ver el n. 32 de la encíclica con la aclaración en la nota 27.

[2] El compromiso de estos países ante las NN.UU. ha sido casi siempre incumplido, salvo alguna excepción.

[3] El inspirador del neoliberalismo, von Hayek, escribió en 1978 un ataque al “atavismo de la justicia social”.

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