La misericordia en Uruguay

POR La Redacción Editorial Sin comentarios

Una breve introducción informativa. Estamos comenzando este 2016 con un mes de atraso en nuestra cita, ya que estamos en abril. Este es entonces el número abril-mayo de este año. La razón de esta demora radica en que hemos hecho un buen esfuerzo para mejorar nuestro soporte informático y esto ha llevado un poco más de tiempo que el pensado. Ya es una realidad, en el marco más amplio de la nueva página de Obsur. Esperamos que les guste.

El objetivo, además de hacer más fácil la edición de nuestra “Carta”, es el de permitir un acceso y consulta más amigable, según la expresión consagrada. Lo que nos estará permitiendo también una interacción directa con ustedes, que nosotros consideramos una forma de colaboración. Nos jugamos a ello con ese propósito que expresamos desde nuestro número inicial de ir construyendo poco a poco y de modo creciente un espacio de reflexión común, plural, libre, sobre todo laical. A nuestra comunidad, a nuestra Iglesia en general, le está faltando que nos animemos mucho más en ese terreno. Estamos convencidos que entre nosotros hay muchas riquezas que solo aguardan ser compartidas. Sin miedos, humildades equivocadas ni perfeccionismos que paralizan. Que el espíritu de libertad y testimonio tan propio de la Pascua del Señor nos estimule y aliente.

* * *

Uno de los riesgos que corremos con el Año de la Misericordia convocado por Francisco es “espiritualizarlo” de tal manera que no signifique cosas concretas para la vida de todos los días, más allá del terreno de las llamadas “prácticas religiosas”. Y no solo para la vida real de los cristianos, sino de todos. No está de más recordar que el propio obispo de Roma expresó en su Bula “El rostro de la misericordia”, su intención de que esta iniciativa llegue mucho más allá del mundo católico. De hecho, en la misma Bula Francisco dice: [Este es un año para] “abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención” (n. 15). Y de manera muy tajante advierte: “La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (n. 10).

Y su brazo derecho, el Secretario de Estado cardenal Parolin invitaba, en los días siguientes a los atentados de París, a que se tratara de hacer participar a los musulmanes del espíritu del Año Santo: “este es más bien el momento justo para lanzar la ofensiva de la misericordia”. Agregando que “el Papa quiere que el Jubileo sirva para que las personas se encuentren, se comprendan y superen su odio”. Deseo compartido por el vice-presidente de la Comunidad islámica de Italia Yahyia Pallavicini (remitimos al artículo “La puerta de la Misericordia”, en nuestra edición pasada).

Conviene también recordar que el motivo central del Papa para iniciar este año especial el 8 de diciembre pasado, fue el hacer coincidir ese comienzo con el 50 aniversario de la clausura del concilio Vaticano II, citando palabras de Juan XXIII y Pablo VI que reclamaban a toda la Iglesia una nueva actitud para con el mundo, hecha de apertura, respeto y justamente misericordia (la “medicina de la misericordia de papa Juan y la “espiritualidad del Buen Samaritano”, según el papa Montini).

Retomando la advertencia del inicio, ¿dejaremos pasar como Iglesia esta ocasión para practicar nosotros mismos la misericordia, anunciarla y buscar caminos para que gane terreno en la actual maltratada convivencia de los uruguayos? ¿Renunciaremos a hacernos en verdad servidores de la misericordia sin esperar otra recompensa que el goce con todos de una nueva manera de relacionarnos? ¿Quedaremos replegados en las prácticas para “ganar la indulgencia” o celebrar jubileos por grupos? Podemos seguir con preguntas similares.

No pretendemos dar lecciones a nadie, pero estamos ante un “tiempo propicio” para intentar esa “Iglesia en salida” que deseamos, solo que por el momento parece que no lo estamos aprovechando en toda su dimensión. Es la misma realidad de la vida de nuestro pueblo que nos invita. ¿O acaso no percibimos todas las voces, aún cuando a veces sean distorsionadas, los anhelos, a menudo expresados de manera medio bruta, por una vida de mayor comprensión, capaz de ir superando todo lo que nos divide, lo que excluye a muchos, lo que nos enfrenta, lo que nos lleva a buscar la salida para cada uno y no el bien de la comunidad? Si fuera el objetivo de estas líneas podríamos empezar a enumerar injusticias y violencias instaladas, discriminaciones y desprecios arraigados, insensibilidades y cegueras tenaces, que nos llevan a vivir angustiados, con miedo, intratables, crispados. No queremos exagerar, pero pensamos que la inmensa mayoría de uruguayos y uruguayas deseamos y necesitamos cambiar, y para usar este lenguaje bien cristiano, experimentar y respirar misericordia (cada uno podrá ponerle el nombre que quiera, para lo más simple, personal y cotidiano hasta lo colectivo y flagrante). Frente a ello podemos seguir engrosando el coro de los lamentos, en una de esas pidiendo más represión, o aumentando el número de los que se repliegan y descreen cada vez más. Eventualmente, rasgarnos las vestiduras por este mundo y este “país que va tan mal”. Pero parecería que el llamado, a nosotros cristianos, es el de hacernos cargo de la misericordia del Padre, esa encarnada en el vivir y la palabra de Jesús, para convertirnos a ella en un servicio a todo nuestro pueblo, y con todos quienes lo deseen o ya lo vivan (hay muchos y muchas). Esta es la alternativa mejor, para nosotros y para todos, que además de ser reclamada por nuestra realidad presente, es la que nos propone la iniciativa de Francisco. Claro, exige perderle el “miedo a la misericordia”, como decíamos en nuestro editorial pasado, animarnos. Aun si pensáramos en términos de provecho para la Iglesia sería esto lo más redituable según esa opinión del Papa que ya citamos: “La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (n. 10).

Sin entrar en esta perspectiva (“ya han tenido su recompensa”, ¿no?), difícil pensar que hubiera algo mejor para ofrecer como discípulos de Jesús a nuestro pueblo, a la convivencia de los orientales. Y pocas cosas tan propias del cristiano, de la misión de la Iglesia, como hacernos “servidores de la reconciliación” (2Cor 5,18), o diríamos de otro modo, testigos y trabajadores de la misericordia.

En lo que a Carta Obsur refiere, nos comprometemos a mantener la atención viva sobre esta oportunidad que nos da el Señor.

La Redacción

Agregamos dos líneas para comunicarles con alegría que nuestra amiga Rosa Ramos se ha agregado a nuestra redacción. Gran adquisición, aunque su integración (ya era colaboradora muy bien dispuesta) se haya visto facilitada por la clausura de ese hermoso emprendimiento que era la revista “Misión”. Duros tiempos para las publicaciones en papel, sobre todo las que no pueden contar con más recursos que el trabajo voluntario y la benevolencia de los lectores. Igual ha sucedido también a fin del 2015 con “Umbrales”. Lástima. No perdemos la motivación. Y, ¡bienvenida Rosa!