LO QUE NOS DEJA EL AÑO DE LA MISERICORDIA

POR Obsur Preguntas y respuestas Sin comentarios

Se va terminando el Año de la Misericordia, ¿qué nos ha dejado?, ¿qué frutos podemos recoger?, ¿qué motivaciones, interrogantes, inquietudes nos ha provocado? Inquietos por conocer opiniones salimos al encuentro de otras voces. Invitamos a cuatro personas a que nos respondieran la siguiente pregunta: ¿Cuál te parece que ha sido el aporte principal de este Año de la Misericordia? A continuación, sus respuestas.

 

Eduardo Ojeda – Cómo estoy viviendo la misericordia.

Sacerdote secular. Parroquia de Comercio. Capellán de colegios

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Es difícil esta respuesta, pues uno podría limitarse a dar una exposición sobre lo que dice la Biblia sobre la misericordia. O podría hacer una exhortación moral sobre la misericordia. También podría responder que ya celebré como penitente el sacramento de la Reconciliación, que me esforcé por hacer un retiro y renové mi devoción por Jesús misericordioso. Eso último no sería del todo cierto, porque no me sentí nunca identificado por esa imagen excesivamente dulzona y femenina de Jesús por la cual no siento devoción alguna. Si, pasé ya dos veces por la puerta santa. Pero…

Lo que menos pienso en este año es en descontar años o meses en el Purgatorio. Lo que en definitiva entiendo es que el año de la misericordia sólo puedo vivirlo en la dimensión de lo cotidiano y con la gente concreta con la cual me relaciono. En primer lugar asumiendo que no sólo soy un pastor y un guía de la comunidad, o un maestro. Más que nada me asumo como cristiano de a pie.

Yo creo que vivir la misericordia es vivir aceptando y comprendiendo a los hermanos concretos con los que me cruzo y comparto mi vida. Misericordia significa que el dolor, la miseria y el pecado de mi hermano me llegan al corazón, me llevan a tener comprensión, y compasión por él y muchas veces, a no guardar rencor y saber perdonar en serio.

En este año, he descubierto que antes que nada debo perdonarme y comprenderme a mí mismo, y aceptarme como soy mirándome con la mirada de compasión, amor y ternura con que me mira el Padre Dios. Sólo desde esta actitud y esta postura vital podré empezar a vivir la misericordia con mis hermanos concretos.

Con la viejita chismosa de la parroquia que me importuna y me cae pesada, sobre todo porque sé que habla mal de mí. Saber que es una pobre mujer, que se siente relegada y me tiene miedo pues puedo quitarle su puesto que es de servicio pero ella se lo ha tomado como un privilegio o un poder.

Aceptar y rezar por el adicto que entra en la Iglesia para pedir plata o manotearle el bolso a una señora. Aunque tenga que pararle el carro, y ponerme un poco duro (cosa que no me cuesta mucho, lamentablemente.)

Tener misericordia es tener paciencia, y escuchar a los que se sienten solos, y me importunan rompiéndome las agendas. Atender con amor a los psiquiátricos que quieren ser centro y te atrapan buscando atención.

Enseñar a dialogar y a escuchar, dando ejemplo (cosa que me cuesta). Jugar y reír con los niños y adolescentes (esto no me cuesta mucho) y escucharles y ayudarles a valorarse a ellos mismos.

Hacer el esfuerzo de vivir el diálogo y renunciar a creer que el diálogo es el arte de convencer a los otros de que tengo razón.

Celebrar los sacramentos con alegría y esperanza y desde la vida y la vida de mis hermanos, tratando de que al terminar la celebración, se lleven con ellos la Buena Noticia del mensaje y la presencia de Jesús.

Renunciar a solazarme con los halagos que recibo sabiendo que no son mérito mío las cosas buenas que puedo llegar a hacer, sino del Señor, que como decía San Pablo vive en mi a pesar de mis pecados.

Abrirme al diálogo con mis compañeros y aceptar a los colegas que piensan distinto pastoralmente a mí, aún cuando me dé bronca ver como a veces los curas nos refugiamos en actitudes clericalistas y autoritarias, creyéndonos dueños de la comunidad. A veces me ponía en la vereda de enfrente como “cura bueno y comprensivo” y miraba con desdén a los que no eran “tan abiertos como yo”, en fin, burradas que uno se manda, con perdón de los burritos, que son animales adorables.

Sobre todo dialogar en el presbiterio zonal, y en los encuentros del clero con mis hermanos. Escuchándoles sin juzgar. Aprendiendo de ellos, pues aunque soy un cura ya veterano, siempre se puede aprender tanto de los más jóvenes como de los más veteranos que yo.

Sobre todo queriendo a Jesús. Haciendo posible desde mi lugar que las comunidades parroquiales y educativas en las que me muevo, estén abiertas a todos los que llegan a ellas, aunque no sean gente “políticamente correcta”

El Papa Francisco y Monseñor Sturla, nos recuerdan que nuestras comunidades deben ser “Iglesia en salida” o sea con espíritu misionero, y cuyos miembros no se queden esperando que venga la gente a ellas. (Algunos siguen viniendo todavía). Yo le pido a Jesús, que no sea por mi culpa que sean comunidades “en salida” a causa de que los laicos se van de ellas porque los escandalizamos, al cerrarnos a la comprensión y al diálogo con ellos, o porque nos creemos dueños de la comunidad.

Pbro. Gregory Núñez – Una experiencia personal de misericordia

Vicario en la Parroquia Ntra. Sra. de la Guardia y San Luis Gonzaga (Pueblo Santiago Vázquez).

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Los invito contemplar el rostro misericordioso del Padre que es el rostro de Jesucristo. Esto significa escuchar su Palabra e identificar en nuestra vida su Amor. De esta manera seremos signo eficaz de misericordia.

En especial en el Evangelio de Mateo encontramos estas palabras: “Porque tuve hambre, y me dieron de comer” (Mt 25, 35). Me surge una pregunta difícil de responder: ¿Cómo ayudar a las personas hambrientas?, o aún más dificultosa: ¿Alguna vez estuve hambriento?

Al recorrer mi historia vocacional reconozco los momentos de dificultad en que quería estudiar, y me lo impedían las dificultades económicas; buscaba trabajo, y no conseguía; mi familia tenía problemas económicos, y yo en el seminario sin que me faltara nada; también me viene el recuerdo de los días en que calmaba mi hambre con café y pan.

No me olvido de los momentos en que Jesús vino en mi auxilio. Él estaba en aquel que me pagó el boleto para ir a estudiar; me dio un trabajo; me alimentó en un merendero; ayudó económicamente a mi familia.

Estas son acciones caritativas que me llaman a tener fe y me reintegran a la barca donde todos nos reconocemos hijos de Dios en el Hijo del Padre, y  experimentamos  que “Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia” (Sal 103,3-4).

Entonces veo mi miseria y ahora quiero ser “Misericordioso como el Padre”. Me pongo en camino para salir al encuentro de los demás, y le pido fortaleza y paciencia para ser signo de su misericordia. Su exigencia evangélica radical nos indica el camino diciendo: “No juzguen y Dios no los juzgará; no condenen, y Dios no los condenará; perdonen, y Dios los perdonará. Den, y Dios les dará. Les darán una buena medida, apretada, repleta, rebosante; porque con la medida con que midan, Dios los medirá a ustedes” (Lc 6,37-38).

Quien ha mirado su miseria es agradecido con Dios y es generoso para ayudar a su prójimo. Porque el amor transformador que lo sacó de su miseria es el mismo que lo impulsa a salir de sus seguridades para ir al encuentro de los otros y del Otro.

Pedimos a María, Madre de la misericordia, que nos mire con dulzura. Que nos acompañe en este Año Santo para que se fortalezcan nuestros vínculos y seamos una gran familia. Le damos gracias por decir “Sí” a la voluntad de Dios y plasmar la presencia de la misericordia hecha carne. Que nos ayude a contemplar a su Hijo Jesús y salgamos renovados en su Amor.

Rosa Ramos – Mirar(nos) como Dios nos mira

Docente y teóloga. Integra el Equipo de Redacción de Carta OBSUR.

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Respondo esta pregunta, amplia, abierta, como laica, y como montevideana, pero también desde la experiencia un tanto extraña de haber atravesado muchas “puertas santas”, en Italia durante el mes de julio acompañando a gente de fe, en su modo de vivir este Año de la Misericordia.

Tengo el recuerdo, un tanto vago de otros Años Santos, los ubico como tiempos especiales que la Iglesia nos regala a fin de “volver”. Y entiendo este volver como oportunidad, sobre todo de ubicarnos tras las huellas de Jesús. Pero no sé si es la idea más difundida; me temo que tantas veces no se capta este sentido profundo.

En este año me han pedido y he dado unas cuantas charlas y talleres sobre el Año de la Misericordia, también aquí, y en ambiente “cuasi eclesiales”, me han preguntado muchas veces sobre el sentido, pero más sobre las prácticas, sobre los rituales y los requisitos “para la indulgencia plenaria”, como ese de cruzar puertas santas.

¿Qué he visto de diferente en este tiempo?

En Montevideo, por ejemplo actividades, encuentros, espacios abiertos con motivo del Año Santo. También he percibido interés, o quizá “curiosidad”, por el tema. Afiches, el oficial, y otros, representaciones plásticas de diverso tipo, que aluden al tema que el Papa Francisco eligió para este Año: la Misericordia.

También se han visto los templos de la capital abiertos en un horario que no es solamente el de la misa diaria. ¿Se acercó más gente a rezar? ¿Se acercó más gente al sacramento de la reconciliación como se ha estimulado? Eso lo responderán los párrocos. Me pregunto también y quisiera saber si la gente que se acercó a los templos abiertos encontró a alguien que la acogiera con alegría y con respeto, le diera la bienvenida, a la vez que escuchara su situación y/o la dejara rezar en silencio, según sus necesidades.

En Italia, en las grandes ciudades, en los grandes templos, y también reconocidos santuarios de ciudades más pequeñas -además de hacer largas colas y pasar por revisaciones como en los aeropuertos- en algunos sitios percibí ambientes de silencio y oración, contemplé la fe de muchos, así como la diversidad étnica que hace referencia a la universalidad de la fe. En otros casos lo que percibí fue un “paseo” por el templo, o un “cumplí”, “pasé por la puerta santa”… vale decir un “turismo religioso”. En los pueblos más pequeños, percibí aún ese ambiente de devoción y ritualismo.

En ese sentido, mi visión de ese mes en Italia es un tanto negativa, o pobre, “no dio la talla”. Me cuestiono si el Año de la Misericordia no quedó en muchos casos en una oportunidad para que el individualista “salve su alma”, aproveche el Año de la Misericordia para arreglar sus cuentas con Dios (o con la Iglesia). No dudo en la buena fe de mucha gente, pero creo haber percibido que se vivió como rémoras del tiempo de cristiandad.

¿Dónde poner el acento de este Año dedicado a la Misericordia?

Ha sido o es aún una oportunidad para “airear” nuestra fe, para alivianarla también, y para quedarnos con lo esencial, como tantas veces dice el Papa Francisco. Es una oportunidad de conversión, que siempre necesitamos todos, una y otra vez, conversión y vuelta a optar por Jesús y por la forma de reinado por él anunciado. Descuento que los cristianos confiamos en la misericordia divina. Pondría entonces el acento en la Misericordia hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Esta última sería el fiel de la balanza que realmente mida los efectos del Año Santo. ¿Nos hemos reconciliado con familiares y compañeros con los que llevábamos tiempo distanciados? ¿Nos hemos abierto a los demás y sus necesidades? ¿Hemos escuchado más, cuidado más, defendido más a los otros, especialmente a los “diferentes”? ¿Nos hemos descentrado al menos un poquito para hacer espacio al “otro”?

Si el Año Santo de la Misericordia realmente pasó por nosotros, y no sólo nosotros pasamos por puertas santas y rituales más o menos formales, la sociedad mundial, uruguaya, montevideana, barrial… sería la que diera cuenta, la que hiciera visible el acontecimiento, o más bien el proceso de conversión.

Por otra parte, creo que este Año Santo de la Misericordia, vale si es una oportunidad de reconciliación de cada uno consigo mismo. Mirarnos como nos mira Dios, perdonarnos como nos perdona Dios, abrirnos a su acción continua –creadora y salvadora- también en nosotros… Y florecer, o volver a florecer, desde el sueño de Dios para cada uno, con nuestro color y perfume propios… Y este fruto del Año Santo, ¿cómo se mediría?, en mayor “salud”, en mayor alegría y esperanza, y algo así como en una “luminosidad” que provoca, convoca, entusiasma.

En este sentido, si así lo vivimos, qué bueno haber acogido la oportunidad de redescubrirnos hijos, hijas, bien amados de Dios, y desde ahí siempre aprendices del bien amar a los demás, con entrañas de misericordia y gozo de fraternidad.

Elena Lasida – ¿Qué nos ha dejado este año de la Misericordia?

Economista y teóloga. Vive en París. Es docente de la Universidad y apoya desde su cátedra el Comercio Justo

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Un acontecimiento mayor que precedió y marcó el año de la Misericordia fue la publicación de la encíclica Laudato Si. Varias razones explican su carácter singular e histórico.

El tema: primera encíclica dedicada a la cuestión ecológica. El medio ambiente deja de ser un marco exterior y aparece como un elemento central de la creación y totalmente interdependiente de la vida humana. El medio ambiente somos nosotros.

El momento: su publicación se realiza unos meses antes de la COP21, dando así un argumento de peso a los negociadores que buscaban llegar a un acuerdo realmente universal. El acuerdo logrado fue en ese sentido histórico. Laudato Si llegó en el “momento oportuno”.

Su dimensión antropológica: la naturaleza y la vida humana aparecen como dos dimensiones intrínsecamente relacionadas. La naturaleza no es materia prima al servicio de la vida humana, sino que tiene un “valor propio”. La encíclica nos invita a salir de un “antropocentrismo desviado” y a establecer una relación de comunión y de alianza con todos los seres vivientes de la creación.

Su dimensión política: concebir la tierra como una “casa común” supone crear las condiciones para que cada ser viviente pueda encontrar su lugar en el mundo. Un lugar desde dónde aportar su singularidad y recibir el aporte de los otros habitantes de la casa común. Para ello es necesario definir de una manera diferente lo que se entiende por progreso y las condiciones políticas para lograrlo. Más importante que el bienestar material es la calidad de la vida en común. El progreso debe medirse en términos de fraternidad universal más que de cantidad de bienes producidos. Para ello es necesario pensar un nuevo paradigma de la vida en común y de su organización política, económica y social.

Su dimensión espiritual: la relación con la naturaleza tiene una dimensión espiritual que toca el sentido mismo de la vida y no sólo sus condiciones materiales. La naturaleza nos ayuda a situarnos bien en la creación: no como sus propietarios y controladores sino como receptores de un don gratuito que no nos pertenece. La naturaleza nos recuerda que hay algo mucho más grande que nosotros mismos y que sobrepasa la eficacidad histórica de nuestra acción. La naturaleza nos inscribe en una realidad que no se reduce al resultado de la sola capacidad humana.

Por todas estas razones podemos decir que Laudato Si dio al año de la Misericordia un impulso transformador, un horizonte de vida nueva y razones de esperar. La crisis ecológica es consecuencia de un modelo de desarrollo que llevó a una sobre-explotación desmedida de la naturaleza. En el mensaje del día mundial de la Creación (1/9/2016), el Papa invita a pedir perdón a la tierra por la degradación ocasionada e inscribe directamente el cuidado de la tierra en una dinámica de “misericordia”. Laudato Si, nos da la clave para vivir esa dinámica: no como culpabilización por el daño ocasionado sino como capacidad de establecer una relación nueva con la naturaleza, una relación de “comunión” que sea base de una nueva creación.

En un mundo que parece desintegrarse a través de múltiples guerras intestinas, como un navío perdido en medio del diluvio, Laudato Si aparece como el arco-iris con el cual Dios selló la alianza con Noé: como una promesa de vida nueva. Todo resta por hacer pero Laudato Si nos dice que “otro mundo es posible” y que está a nuestro alcance el hacerlo realidad.