Por una iglesia que sea señal y testimonio del Espíritu en la sociedad

POR Manoel Godoy - Presbítero de la Arquidiócesis de San Pablo Magister en Teología Pastoral Miembro de Amerindia Centrales Sin comentarios

Cuando intentamos entender la Iglesia de hoy nos brota un sentimiento extraño. Si seguimos de cerca las instrucciones del Papa Francisco, nos invade una gran esperanza. Sus gestos y palabras nos indican una frescura evangélica, algo así como una fuerte invitación que suena en nuestros oídos y en nuestros corazones diciendo: vuelvan al Evangelio, vuelvan a Jesús y a su proyecto. ¡El Reino es más importante que la institución! Como él mismo dice: “Siempre que procuramos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, aparecen nuevos caminos, métodos creativos, nuevas formas de expresión, señales más elocuentes, palabras llenas de renovado significado para el mundo actual.” (EG 11). Sin embargo, cuando ponemos los pies en nuestra realidad, nos encontramos con la vieja estructura, que quiere siempre todo igual, insistiendo en mantenerse cerrada dentro de hábitos que no responden a las nuevas necesidades, que impiden ver la realidad con trasparencia.

En el fondo, se trata de la vieja oposición de paradigmas: por un lado el paradigma lateranense-tridentino, sacramentalista y clerical, centrípeto y de ojos cerrados a las señales de los tiempos; por otro, el paradigma Vaticano II-franciscano: alegre y centrado en Jesús y en su Palabra, centrífugo y ligero, misericordioso y ecológico: el de la Iglesia pobre para los pobres.

El péndulo histórico continúa inclinándose bien a un lado, bien al otro. Sin embargo, lo que hoy nos aporta esperanza es ver que la sensibilidad en la cabeza de la Iglesia avanza, ve lejos, siente el olor de las ovejas, escucha el clamor de los descartados de la historia, saborea la Palabra de Jesús pronunciada por la boca de los pobres, incluso cuando todavía muchos hacen que ella parezca un cuerpo que insiste en permanecer sentado, estático, como esperando que la historia vaya pasando, sordo a los clamores de los pequeños, ciego a las necesidades reales de nuestro tiempo, con un discurso que ya se tornó anacrónico. Con todo respeto a los hermanos y hermanas que todavía no perciben las nuevas necesidades de la evangelización, es posible comparar la Iglesia de hoy con quien padece hidrocefalia, que tiene una cabeza grande en un cuerpo atrofiado. Y es que Francisco, como cabeza, quiere ir adelante, pero la estructura montada en las últimas décadas se presenta excesivamente pesada,casi impidiéndole dar los pasos para una Iglesia en salida (Cf. EG 46).

La Iglesia de Jesús en las huellas de Francisco

Una señal fuerte de la Iglesia anunciada y querida por el Papa Francisco es la porciúncula: pobre y para los pobres. Una Iglesia que reencuentra en el Evangelio la alegría de vivir y testimoniar la presencia del Espíritu en la historia. Nada triunfal, sino algo pequeño, como el fermento que desaparece en la masa, pero la fermenta toda, devolviéndole el sabor de ser querida por el Padre, en el seno de la Trinidad que es comunión de uno en la diversidad de los tres. Deseosa de una unidad sin uniformidad. Tres días después de haber sido elegido Papa, en una conversación con periodistas de todo el mundo, después de explicar por qué había escogido el nombre de Francisco, resumió: “Francisco es el hombre que nos da un espíritu de paz, el hombre pobre… “Ah, ¡cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”.

Esta Iglesia pobre y en salida, embarrada en el lodo de la historia de los pobres y en sus luchas, rescatando a todos los caídos en las márgenes, en las más diversas periferias existenciales es, como en la parábola del buen samaritano -que paga de sus deudas con el verdadero dueño de la hospedería y comprometida con las futuras deudas, que por ventura se puedan contraer a lo largo de esa estancia- sellada por lo paradójico de las angustias y esperanzas, tristezas y alegrías, que marcan nuestro caminar histórico.

Veamos algunas indicaciones prácticas de esa Iglesia en salida, que nos dan señales indiscutibles de la presencia del Espíritu entre nosotros.

1. En la perspectiva del proyecto de restauración de los dos pontificados que antecedieran al Papa Francisco, también conocido como “Nueva Evangelización”, fuimos edificando una Iglesia centralizada en el clero, aunque se hablase del protagonismo de los laicos; sacramentalista y poco creativa en las iniciativas pastorales más proféticas; permaneció, aunque no siempre se percibiese, un anhelo de tener, con prioridad, una institución poderosa, con todo muy bien definido y uniformemente prescrito en un código de leyes y en un catecismo universal. Ahora estamos buscando un nuevo rumbo: una Iglesia pobre entre los pobres, despojada, promotora de la cultura de la proximidad y del encuentro. Surge la expectativa de una Iglesia discípula y no sólo maestra, capaz de aprender también a través del diálogo, en vez de dedicarse sólo a dictar normas y reglas.

2. Hemos recorrido un camino demasiado lleno de exclusiones, donde los temas morales llenan la pauta eclesial de un modo que deja de lado las condiciones de las personas marginadas. Necesitamos cuidar de las necesidades reales de los pobres, los migrantes, los excluidos y descartados por la sociedad neoliberal consumista y que vive en la idolatría del lucro y del Dios mamona. Con la Iglesia en salida volvemos al pozo de Sicar para un diálogo con las samaritanas de la vida; entramos otra vez en casa de los publicanos, provocando conversiones; vamos a los márgenes para acoger a los refugiados que sobreviven a las duras travesías de un océano de tormentas que separa el mundo pobre del rico; nos atrevemos a sentarnos a las puertas de quienes osan banquetear, al son de músicas estridentes que les dificultan escuchar los ladridos de los perros que nos lamen las heridas. Y lo más significativo de todo eso es testimoniar el Evangelio con alegría, como verdadera buena noticia también para los pobres y los pecadores.

3. La misericordia volvió a ser palabra de orden, a ser bandera desplegada sin temor, siguiendo a Jesús que dijo: “No son los sanos quienes necesitan médico sino los enfermos. Vayan pues a aprender lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9,12-13). Francisco afirma: “Necesitamos contemplar siempre el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, serenidad y paz. Es condición de nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la santísima Trinidad: es el acto último y supremo por el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando ve con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia es el camino que une a Dios y al hombre, porque nos abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre a pesar de la limitación de nuestro pecado” (MV 2). En ese prisma se puede afirmar que la Iglesia no es una institución aduanera, montada para excluir precisamente a aquellos por los que nuestro Señor se hizo carne y plantó su tienda en nuestra historia. “Muchas veces actuamos como controladores de la gracia, y no como facilitadores. La Iglesia, sin embrago, no es una aduana, sino la casa paterna, donde hay sitio para que todos puedan reposar de su fatigosa vida.” (EG 47). Por tanto, acercarse a los sacramentos no es un “premio para los perfectos, sino una medicina generosa para los débiles” (EG 47); y una fuerza para la práctica de la solidaridad, de la acogida y de la lucha contra las injusticias.

4. En vez del narcisismo de una Iglesia autorreferencial y centralizada, buscamos concretamente la colegialidad, tan querida y propagada por el Vaticano II. Dice Francisco: “No conviene que el Papa sustituya a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que surgen en sus territorios. En este sentido, siento la necesidad de proceder a una saludable descentralización” (EG 16). Y además: “… las conferencias episcopales pueden aportar una contribución múltiple y fecunda para que el sentimiento colegial lleve a aplicaciones concretas. Una centralización excesiva en vez de ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera” (EG 32). En esa perspectiva de colegialidad, tuvimos un Sínodo en dos etapas, con un cuestionario amplio e integral, con apertura compartida, donde cada pastor fue llamado a ejercer el ministerio de la escucha, guiado por el discernimiento y la inclusión. En la Exhortación post-sinodal Amoris Laetitia el Papa convocó a los pastores a asumir una postura guiada por los gesto de acompañar, discernir e integrar la fragilidad, refiriéndose a las parejas de uniones irregulares (Cf. AL 298ss.); una llamada a los obispos para que dejen de lado la psicología de príncipes y valoricen el hacer colegial por medio de las Conferencias Episcopales (Discurso a la Directiva del CELAM, JMJ Rio/julio de 2013). Y así caminamos hacia una Iglesia de consulta amplia a los diversos sectores de la sociedad, aprendiendo a hacer referencias que van más allá de sus fronteras.

5. Es una Iglesia que se asume a sí misma en el mundo como socia de todas las criaturas que buscan un espacio de sobrevivencia y la superación de una lucha estrechada por la búsqueda de ventajas personales, que quieren construir un mundo mejor. Además de eso, promueve la biodiversidad como forma de reconocer la interdependencia universal. Resalta el destino común de todos los seres que respiran y componen este planeta envilecido por el humo del desarrollo irresponsable y generador de desigualdades sociales sin precedentes en la historia. El Papa Francisco, trató el problema ecológico valientemente, sin ningún temor, apuntando proféticamente a la raíz humana de la crisis ecológica y denunciando que no tiene futuro nuestro planeta si se rige sólo por el paradigma tecnocrático. Si no frenamos la mentalidad consumista en que dicho paradigma nos involucró, estaremos comprometiendo gravemente la calidad de vida de toda la humanidad. Propone un nuevo paradigma centrado en la ecología integral, que tenga en cuenta la ecología ambiental, económica, social y cultural, que contemple las cuestiones ecológicas de la vida cotidiana, teniendo como base el principio del bien común y el de la justicia intergeneracional (Cf. LS 137-162). Apela a una conversión ecológica, donde sólo la sobriedad, vivida libre y conscientemente, puede liberarnos de la lucha desenfrenada por el consumo, como si ahí se redujese nuestra posibilidad de ser felices (Cf. LS 223).

Con esas características, emerge una eclesiología verdaderamente del Pueblo de Dios, comunidad de comunidades y ya no protagonizada por movimientos restauracionistas y propagadores de una mundanización espiritual, donde en vez de la sencillez se propaga la teología de la abundancia de recursos y de los grandes templos. En lugar de liturgias próximas del frescor eucarístico de la última cena, están los que se pierden en detalles sin sentir la mayor alegría de estar en la presencia de Jesús. Expresión fuerte del papa Francisco es el mundo espiritual, que él denuncia en diversas actitudes existentes de miembros de la Iglesia. “El mundo espiritual que se esconde detrás de las apariencias de religiosidad y hasta incluso, de amor a la Iglesia, y busca la gloria humana y el bienestar personal en vez de buscar la gloria del Señor” (EV 93). Además identifica el mundo espiritual con cierta “fascinación del gnosticismo, una fe cerrada en el subjetivismo” y “el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quien, en el fondo, sólo confía en sus propias fuerzas y se siente superior a los otros por cumplir determinadas normas o por ser irreductiblemente fiel a un cierto estilo católico propio del pasado” (EG 94). Tal opción católica resulta en un comportamiento de “supuesta seguridad doctrinal o disciplinar que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, en que en vez de evangelizar, se analiza y clasifica a los demás y, en vez de facilitar el acceso a la gracia, se consumen las energías en controlar” (EG 94). Dentro de esos, el Papa Francisco destaca aún que “en algunos hay un cuidado exhibicionista de la liturgia, de la doctrina o del prestigio de la Iglesia” (EG 95). En otros tal mundo se manifiesta al “traducir las varias formas de presentarse a sí mismo, envuelto en una densa vida social, llena de viajes, reuniones, comidas, recepciones” (EG 95). Otros aún sustituyen la dialéctica de cruz y resurrección por una pastoral de prodigios de Dios todopoderoso, más próximo al mago de la chistera que al propio Jesús, que siendo de condición divina se hizo pequeño y servidor de todos. En todos, afirma el Papa, “ya no hay ardor evangélico, sino gozo espurio de una autocomplacencia egocéntrica” (EG 95).Y concluye de manera no menos contundente: “¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo vestimentas espirituales o pastorales! Ese mundo asfixiante se cura saboreando el aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de quedarnos centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios” (EG 97).

Repercusiones de ese escenario eclesial

Desde el 13 de marzo de 2013 hasta el día de hoy, hemos recorrido un gigantesco camino rumbo a una Iglesia más orientada a Jesús y a su Evangelio. Los gestos, las orientaciones y las palabras del Papa Francisco han ido inundando las mentes y corazones, tal vez de manera más contundente fuera de la Iglesia que dentro. Tuvimos la reacción de un grupo de cardenales durante el Sínodo, manifestando sus preocupaciones con la postura más abierta del Papa; seminaristas norteamericanos dejaron clara su insatisfacción con el ministerio de Francisco; un grupo de teólogos está intentado probar que la Exhortación que emergió de los Sínodos de la Familia tenía puntos que se oponían a la doctrina de la Iglesia, sugiriendo hasta una deslegitimación del Pontificado de Francisco.

El profesor lusitano de filosofía, Anselmo Borges reunió en un único artículo varios relatos que atestiguan la resistencia al Papa Francisco, que creció, sobre todo, después de la publicación de la Exhortación sobre el Amor en la Familia. Comenzó narrando las controversias de Francisco con el Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, el cardenal G.L. Müller. En abril de 2016, el Papa Francisco visitó durante seis horas la isla de Lesbos, en Grecia, donde se concentran millares de refugiados. En su viaje de vuelta, interrogado sobre si después de los dos Sínodos de la Familia cambió algo sobre la posibilidad de comulgar para los divorciados vueltos a casar, respondió corto y rápido: “Puedo decir que sí. Punto”. Müller lo corrigió también enseguida, diciendo que los divorciados vueltos a casar no pueden, en ningún caso, acercarse a la comunión y a lo máximo que pueden aspirar, después de la confesión, es a vivir “en castidad total, como hermanos”.

No es la primera vez que el Prefecto de la Doctrina de la Fe se opone al Papa, revelando que sí hay una oposición a él dentro de la Curia Romana. En otra ocasión, cuando el teólogo Hans Küng reveló, en un artículo en el que se dirigiera al Papa personalmente como querido hermano, manifestando apertura a un debate libre en la Iglesia sobre el dogma de la infalibilidad, Müller aseguró que es un hereje, que “no cree en la divinidad de Cristo ni en la Trinidad”.

El cardenal Walter Kasper, en una entrevista, declaró que fuera de la Iglesia hay enorme cantidad de personas fascinadas con este Papa, pero que en la Curia hay una oposición resistente. Según Kasper tal rechazo se debe al estilo del papa Francisco, que está intentando cambiar la mentalidad de la jerarquía católica, por creer que así otras cosas también se podrán cambiar. Pero agregó que la Curia es una institución antigua donde se cultivan carreras y hábitos, haciéndola poco susceptible a los cambios.

El teólogo gallego Andrés Torres Queiruga, comentando sobre la Exhortación Amoris Laetitia, afirmó que “nunca, en la historia del pontificado, ningún Papa tuvo una oposición tan abierta”. Sin embargo, más contundente fue el teólogo vasco, Xabier Pikaza: “estamos asistiendo a un asalto orquestado por cardenales de la Curia y otras voces que comienzan a decir cosas como éstas; que este papa no sabe teología (¡sabe el Evangelio!), que quiere romper con la Ley natural (la que ellos creen ¡en su naturaleza!), que quiere destruir la Iglesia, de modo que hay que esperar a que muera… Éste es un asalto que proviene de la ley del miedo, propia de quienes no creen de verdad en el evangelio de la conversión, de la nueva forma de pensar y de actuar de Jesús. Un asalto de los que tienen miedo a su propia libertad, a su responsabilidad personal. Para liberarse de su miedo (sin conseguirlo), imponen duras obligaciones legales a los otros, cargas que ellos mismos son incapaces de cargar. Temiendo ellos, los “controladores de la Iglesia” perder su función, quedándose en la calle, buscan la ley del “corral” cerrado, controlado, pues temen que los cristianos sean libres y “exploren de verdad la vida según el Evangelio”.
La resistencia a Francisco tiende a aumentar porque instituyó una comisión para estudiar la posibilidad de ordenar mujeres como diaconisas. El cardenal Kasper ya previno que muchos se opondrían. “Creo que ahora se abrirá una discusión feroz. Sobre este tema la Iglesia está dividida entre los que piensan que el diaconado permanente femenino es un regreso a la Iglesia primitiva y los que creen que es un primer paso para las mujeres sacerdotes y que, por eso, no puede ser posible”.

Otra voz que alerta sobre la oposición al Papa Francisco es la del teólogo checo Tomás Halík, autor del bellísimo libro “La noche del confesor”. Dice: “Estoy profundamente convencido de que el Papa Francisco inicia un nuevo capítulo en la historia del cristianismo. Tuvo el coraje de decir que las tentativas de reducir el cristianismo a la moralidad sexual, a la criminalización del aborto y a la demonización de los gays y de los preservativos fueron una obsesión neurótica. Todos sabemos que la defensa de los que están por nacer y la de la familia tradicional es importante, pero esta agenda no debe ofuscar valores aún más importantes como el amor misericordioso, el perdón, la justicia social, la solidaridad con los pobres, la responsabilidad ambiental, la paz, el diálogo amistoso entre personas de culturas, naciones, razas y religiones diferentes. El Papa es una personalidad profundamente espiritual con un mensaje profético que sobrepasa las fronteras entre Iglesias, religiones, cristianos y humanistas.”

Sin embargo lo que parece ser más fuerte es la resistencia sorda de quienes no se oponen pero tampoco cambian nada. Siguen su vida defendiendo la rutina a la que están acostumbrados, y no dan un paso rumbo a la superación de las estructuras caducas, como ya nos indicaba la Conferencia de Aparecida.

Proyectos como la reforma de la Curia Romana, de las Nunciaturas, de las Conferencias, de la estructura ministerial, de la relación entre las Iglesias Particulares y la Vida Consagrada, de mayor autonomía y responsabilidad de las Iglesias Locales, del empoderamiento de laicos y laicas, sobre todo de los jóvenes, mujeres y otros, todavía encuentra muchas resistencias en el interior de la Institución. Se tiene la sensación de que una parcela de la Institución vive en compás de espera, diciéndose para sí: ¡Esto pasará!

Creemos, sin embargo, que las indicaciones del Papa Francisco a favor de una Iglesia en salida permanecerán como profecía, de la misma manera que permanece la frescura del Evangelio, que continua soplando en la historia haciendo emerger un batallón de seguidores de Jesús y propagadores de su proyecto en el día a día de la historia.

Recordemos también que Francisco siempre habla del Evangelio como fuente de alegría. Indudablemente, si vivimos la solidaridad, la caridad, la misericordia, de la manera como Jesús nos pidió y siguiendo su ejemplo, en espíritu de servicio, ciertamente habrá mucha más alegría en la vida de cada uno, en la Iglesia y en el planeta, casa común de la gran familia de los hijos de Dios.

Dice al Ángel a la Iglesia de Montevideo

Conozco lo que has sido y lo que eres, que te mantienes firme en las dificultades y que escondes y no muestras tus virtudes, tienes que confiar en mí y abandonar los temores al futuro. Te has lamentado de ser pobre y no sabes que esa es tu riqueza y que también eres rica espiritualmente a causa de la misión por la que naciste y que te hizo crecer. NO temas rechazar el mal ni el sufrimiento por el desprecio que te rodea, pero purifícate de tus culpas y errores, son esos los que te debilitan y te apartan de mí. Tienes que crecer en fidelidad y amarme para obedecerme y realizar las obras que yo espero de ti. Abre tu corazón y ama y sirve a tus hermanos, mira a los que están heridos, abandonados sin amor ni ternura, lava los pies de los más pobres y escucha la palabra de los que te desafían. Arrepiéntente de mirarte demasiado y de preocuparte por tus vestidos y tus posesiones, nada de eso te pertenece, no confíes en esas cosas, en cambio ocúpate por servir al Señor en aquellos que me buscan sin saberlo, los que están perdidos en el dolor del sinsentido. Acuérdate siempre que eres pobre, que tus ojos no ven lo que yo veo y necesita el colirio de la esperanza, que arrastras tantos pecados y miserias que no enfrentas con valentía. Acepta que en tantas circunstancias estás desnuda y que solo en mí puedes encontrar la fortaleza para cumplir la tarea que he puesto en tus manos. Hay una multitud del pueblo en el que vives que me pertenece y tú tienes que darle el testimonio de mi amor, escucha mi palabra, haz que tus hijos maduren en la fe en mí y sean testigos de mi misericordia por la acción de su amor en esta sociedad fragmentada y ciega. No tiembles ante ellos ni trates de imponerte: sé servicial y humilde y yo haré resplandeciente en mi Reino.

Pbro. Adolfo Chapper