Los uruguayos: ¿somos racistas? Síntesis de un estudio sobre el racismo en nuestro país

POR Elba Núñez 1 Centrales Sin comentarios

 

Este trabajo surge del impacto producido por la desmitificación del Uruguay no racista. Es decir, siempre creímos que en Uruguay “naides es más que naides”, como dice el dicho popular. Sin embargo, el análisis que hace el equipo de Ana Frega, Carla Chagas, Óscar Montaño y Natalia Stalla, echa por tierra esa afirmación, revelando una realidad muy distinta a la que genera la frase “como el Uruguay no hay”.

 

Desde esta perspectiva, el estudio busca romper con el uso del concepto “raza”, y sustituirlo por el de “etnia”. Analiza la llegada de los afrodescendientes al Río de La Plata; la abolición de la esclavitud; la inserción de la población “liberta” desde todos los aspectos; y qué es lo que nos muestran las estadísticas actuales sobre la población afrodescendiente; con el interés último de buscar juntos el mejoramiento de su calidad de vida. En este artículo nos concentraremos en el último punto.

 

Los datos del Instituto Nacional de Estadística (Cabella, Nathan, Tenenbaum, 2011) revelan que: según el censo de 2011, el 8,1% de la población cree tener ascendencia afro o negra, y se distribuye en el territorio de la siguiente manera:

 

El promedio nacional de 8,1% esconde una realidad geográfica muy heterogénea: Los departamentos con mayor proporción de afrodescendientes se ubican al norte del país, en la frontera con Brasil: Artigas (17,1%) y Rivera (17,3%).

 

En Montevideo, existe una fuerte concentración de afrodescendientes en zonas de la periferia urbana. La proporción de población afrodescendiente es sistemáticamente menor a 5% en los barrios costeros (Carrasco, Punta Gorda, Pocitos, Punta Carretas, etcétera), en los que reside la población de ingresos medios y altos; y alcanza a ser entre un quinto y un séptimo en algunos barrios ubicados en el cinturón de pobreza de la capital (Casavalle, Casabó, Punta Rieles, La Paloma, Nuevo París y Pajas Blancas, entre otros).

 

Respecto a la fecundidad, las mujeres afro presentan un ingreso precoz a la vida reproductiva, registrándose una fuerte concentración de la edad al primer hijo entre los 15 y 19 años. (Bucheli y Cabella, 2007, p.34). Al acercarse al final de la vida reproductiva (45 años), las mujeres con ascendencia principal «afro o negra» superan los tres hijos, casi un hijo más en promedio que las mujeres no afrodescendientes.

 

Respecto a la situación de pareja, el porcentaje de mujeres que se encuentran en algún tipo de unión antes de los 25 años alcanza casi el 22,8% entre las mujeres afrodescendientes. Considerando que los hombres se unen más tarde que las mujeres, para el análisis de las uniones de los varones se considera jóvenes a los menores de 29. En ese grupo de edad, el porcentaje de varones en algún tipo de unión es 22,5% entre los afrodescendientes (p. 43).

 

Respecto a la conformación del hogar, y considerando como hogar afrodescendiente aquel en el que el jefe/a de hogar o su cónyuge declararon tener ascendencia «afro o negra», se alcanza un 8,5% de hogares afrodescendientes (p. 45). Los hogares unipersonales afrodescendientes (17,3%) son notoriamente menos que los unipersonales no afrodescendientes (22,9%). Los hogares afrodescendientes tienen un promedio de 3,4 personas por hogar, mientras que el resto de los hogares alcanzan 2,8 personas.

 

En el terreno educativo se nota que, a pesar de que las sucesivas generaciones de uruguayos logran acumular más años de estudio, las brechas entre blancos y negros permanecen estables o experimentan mejoras de muy baja magnitud (Cabella, Porzecanski, 2008). Asimismo, el promedio de años aprobados en el sistema educativo en las personas con ascendencia afro o negra está por debajo del observado entre las personas de ascendencia blanca en todas las edades mayores a 15 años. Bucheli y Porzecanski atribuyen buena parte de las desigualdades salariales entre personas afrodescendientes y no afrodescendientes a las diferencias en el capital humano que logra acumular una y otra subpoblación (p. 52).

 

En materia de analfabetismo, a pesar del bajo porcentaje de personas que no saben leer y escribir en Uruguay, los datos del Censo 2011 muestran que los afrodescendientes exhiben tasas mayores a las del resto de la población en todos los departamentos del país (p. 52). La brecha se amplía en la población adulta y se agudiza entre los que presentan ascendencia principal afro. La tasa de analfabetismo entre los afrodescendientes oscila entre el 1% y 2% hasta el grupo 35-39 años y luego experimenta un aumento abrupto, llegando a ubicarse en valores superiores al 10% entre las personas de 75 y más años con ascendencia afro principal (p.53). El porcentaje de personas que no asisten a un establecimiento educativo revela los problemas de deserción temprana que presenta la población afrodescendiente (p. 54).

 

A partir de los doce años la proporción de personas que asisten a un establecimiento educativo comienza su curva descendente y paralelamente se empieza a ampliar la brecha entre afrodescendientes y el resto de la población. Uno de cada dos jóvenes de 18 años dejó de asistir a la educación formal; entre los afrodescendientes esta proporción asciende a dos de cada tres jóvenes. En las edades correspondientes a la educación terciaria (21 y más años) la asistencia cae por debajo del 20% entre los jóvenes afrodescendientes. Este fenómeno de abandono escolar precoz por parte de la población afrodescendiente se vuelve un condicionante para su posterior inserción en el mercado laboral y los coloca en una situación de clara desventaja con relación al resto de la población (p. 54).

 

En consecuencia, nos sorprende que la participación de los afrodescendientes en la educación terciaria sea sensiblemente menor a la de la población no afrodescendiente. En total, una de cada diez personas entre 20-24 años de esta subpoblación cursa estudios en la universidad (7,7%), magisterio o profesorado (1,4%) o centros de educación terciaria no universitaria (1,5%). Casi uno de cada cuatro no afrodescendientes de esa edad se encuentra estudiando en alguno de los establecimientos de formación terciaria. En ambos casos, las mujeres presentan una participación mayor a la de los hombres (p. 55).

 

Por cada niño o niña afrodescendiente que asiste a un establecimiento privado de enseñanza primaria hay trece niños y niñas que asisten a un establecimiento público, mientras que entre los no afrodescendientes por cada persona que asiste a un establecimiento privado, hay cuatro que lo hacen a uno público. Entre los 13 y 18 años, por cada afrodescendiente que está cursando en un establecimiento privado hay quince que asisten a uno público, entre los adolescentes no afrodescendientes la relación es de cinco en uno (p. 56).

 

Los problemas de rezago y abandono escolar constatados entre los afrodescendientes inciden en los bajos niveles de escolarización por esta población. Entre los mayores de 24 años de edad, el porcentaje de afrodescendientes que alcanzó el bachillerato es de 15,3% y solo uno de cada diez llegó a cursar educación terciaria. En comparación con la población afrodescendiente, los no afrodescendientes presentan un tercio más de su población con bachillerato y el doble con nivel terciario (p. 56).

En su trabajo de 2007, Bucheli y Cabella mencionan algunas de las razones de la persistencia de las desigualdades educativas entre afrodescendientes y el resto de la población. Primero, al ubicarse en hogares de bajos ingresos, los jóvenes afrodescendientes se verían empujados a abandonar el sistema de enseñanza e ingresar tempranamente al mercado laboral. Un segundo argumento posible es la discriminación que sufre la población afrodescendiente en el mercado de trabajo, lo que hace que alcanzar niveles mayores de educación no sea tan rentable como para los grupos no discriminados, lo que determina a su vez menos incentivos para permanecer en el sistema educativo. La tercera fuente de diferencias puede ubicarse en el campo de las políticas educativas. En este sentido, las autoras afirman que las dificultades de los afrodescendientes para acceder a una oferta de establecimientos educativos de buena calidad afectaría negativamente el desempeño escolar, y alentarían el abandono del sistema educativo (p. 57).

 

Respecto al trabajo, la mayor participación de los afrodescendientes en el mercado de trabajo no va acompañada de un mayor nivel de empleo; a la inversa, la tasa de desempleo es mayor entre la población afrodescendiente femenina y masculina. En especial, se observa una situación particularmente desfavorable para las mujeres afrodescendientes (p. 58).

 

Al estudiar la distribución de la población de acuerdo al grado de satisfacción de carencias críticas se observan diferencias importantes entre los afrodescendientes y el resto de la población… los afrodescendientes con al menos una NBI representan el 51,3% del total de personas con esta ascendencia, colocándose 19 puntos porcentuales por encima del porcentaje de personas con NBI entre los no afrodescendientes (32,2%). La información relativa a la distribución de la población según la cantidad de NBI permite confirmar que los afrodescendientes se encuentran en clara desventaja con relación al resto de la población. En particular, interesa señalar que la proporción de afrodescendientes que vive en hogares con dos o más carencias críticas duplica el valor observado entre los no afrodescendientes (p. 61).

 

Aun cuando en los últimos años la caída de la pobreza ha beneficiado a toda la población, este proceso no ha sido acompañado por una reducción de la brecha racial: la tasa de pobreza de la población afrodescendiente continúa siendo más del doble que la del resto de la población (p.  61).

 

A modo de conclusión

 

Partimos de la pregunta de si los uruguayos somos racistas. Los trabajos estudiados demuestran que la respuesta es afirmativa y contundente. El censo permitió visibilizar esta situación, al preguntar a la población cómo se auto percibe y despertó la conciencia de una identidad.

 

Cuando los afrodescendientes fueron traídos a estas tierras eran tratados como objetos de consumo, no como personas. Desde su liberación, hasta la actualidad, ni siquiera en este Uruguay de la sensibilidad por la diversidad, no se le ha permitido una verdadera integración al entramado social.

 

Desde el punto de vista del espacio habitado, la población afrodescendiente se encuentra en los márgenes, esto es, en la periferia de la capital, y especialmente al norte del país, y en la frontera con Brasil. Esto también genera una percepción de marginación social. En los hechos, la sociedad se muestra con un predominio de visión blanca y eurocentrista.

 

Se ha legislado buscando una mejor integración de los afrodescendientes, sin embargo, los datos revelan que hay mucho camino aún por recorrer.

 

Creo que, como sociedad, deberíamos tomar conciencia de esta situación, no para golpearnos el pecho, sino para buscar una integración verdadera, y esto será posible en la medida en que “aterricemos” esta reflexión a los lugares que habitamos, con los vecinos, con la persona concreta con la que nos encontramos día a día.

 

Referencias

 

Cabella W. Nathan, M. Tenenbaum, M. Atlas Sociodemográfico y de la desigualdad en el Uruguay. La población afrouruguaya en el censo de 2011.

 

 

 

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