OSCAR ARNULFO ROMERO, MÁRTIR

POR La Redacción Hechos y dichos Sin comentarios

Estas páginas son nuestra adhesión a la beatificación de Monseñor Romero este 23 de mayo. Ante todo hemos traducido para nuestros lectores una nota de lectura, tomada del “Corriere della Sera” del 12 de abril, de autoría del historiador Alberto Melloni. Es su presentación del libro “La Chiesa non può stare zitta” (“La Iglesia no puede estar callada”), publicado recientemente en Italia, que recoge la correspondencia del obispo mártir en los años 1977-1980, ordenada y comentada por quien fuera su secretario, el P. Jesús Delgado. El título del artículo de Melloni es “Il superstite racconta il martire: l’urlo, la fede e le lacrime di Romero” (“El sobreviviente habla del mártir: el grito, la fe, y las lágrimas de Romero”).

Reproducimos también un hermoso testimonio de un empresario salvadoreño, José Jorge Simán Jacir, perteneciente a una de las grandes familias del país, de origen palestino, pero que fue gran amigo y colaborador del obispo mártir, quien le correspondía su amistad. A este testimonio escrito a los 34 años del asesinato de Romero, o sea el 24/3/2014, agregamos el link a otro más largo y sabroso, grabado al parecer este año por la televisión católica de la arquidiócesis de San Salvador (TVCA). Vale realmente la pena. Lo encuentran aquí: http://www.untestimonioderomero.com/

Y finalmente agregamos otro link, esta vez a un escrito imperdible, lleno de vida e inspirador del teólogo jesuita Jon Sobrino, titulado “Mi recuerdo de Monseñor Romero”:

http://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/1111/1/RLT-1989-016-A.pdf

La Redacción

 

El lugar inubicable de las lágrimas

Alberto Melloni

Hay un punto preciso, en la plaza de San Pedro que es imposible encontrar. Es allí donde cayeron las lágrimas de Oscar Arnulfo Romero, al salir destruido de la audiencia del 11 de mayo de 1979 en la que había tratado en vano explicar a Juan Pablo II lo que estaba sucediendo con su pueblo. Y lo que él había vivido en un dramático camino de conversión marcada por el martirio de sus pobres y de sus sacerdotes, asesinados por cristianos que defendían una ideología de cristiandad.

Eran los años de Puebla y de la teología de la liberación, como se la llamará con un singular peligroso. Un singular que servía a algunos de sus protagonistas que imaginaba que ella debía convertirse en una nueva escolástica regional y no en una forma de la vida cristiana que hoy goza la Iglesia entera en la persona del papa Francisco. Pero que convenía también a quien desde Roma no veía en ella otra cosa que una puerta abierta al análisis marxista y a la ideología revolucionaria, que era necesario reprimir de manera despiadada. En realidad y hablando con propiedad, no hubo una condena de esa teología (lo ha reconocido hasta el prefecto cardenal Müller, que en un cómico impulso de paternalismo subversivo publicado por “La Croix”, garantiza que sabrá “estructurar teológicamente” al papa latinoamericano…). Pero pasó algo peor. El extenderse de un manto de sospecha y la fabricación de etiquetas denigratorias –Francisco recuerda a menudo la de “comunista”- con las que aislaban a sus enemigos y los exponían a un fin violento.

Alguno se salvó, como Gustavo Gutiérrez, que ya de mayor y antes de ser liquidado, entró a la provincia dominica de Francia. Otros lograron zafar de casualidad, como Jon Sobrino, autor de una biografía de Romero llena de pathos teológico (traducida ahora al italiano), único sobreviviente de los jesuitas de la católica de San Salvador asesinados en noviembre de 1989. Alguno murió, como Romero, fusilado en el altar, durante el ofertorio, el 24 de marzo de 1980, por un sicario armado por las grandes familias terratenientes, que custodiaban con el terror los propios privilegios y la tranquilidad del departamento de Estado reaganiano. Un martirio perpetrado por cristianos cazadores de “intrusos”. Una ejecución sin discusión, sin dudas y que dejaba un mártir preparado al martirio justamente por la incomprensión radical de la Iglesia. La misma que impedirá después reconocerlo como tal. Por otra parte, ya desde 1983, en El Salvador, ante el culto del pueblo, Wojtyla gritó fuera de programa en el micrófono abierto “Romero es nuestro”. Reivindicaba el derecho exclusivo de Roma a la interpretación de la vida y la muerte de Romero. Así, cuando al fin de los 90, la historiografía entró en la causa romana, con un libro de Roberto Morozzo della Rocca en apoyo del trabajo del postulador Vincenzo Paglia, hubo quien se afanó por “defender” a Romero de la memoria del pueblo, mostrándolo como perfecto sacerdote y obispo “romano”, irritado por la politización de las comunidades de base. Como si concediera a los negadores de un martirio de insólita y patente claridad el derecho a quejarse. Derecho que usaron muchas veces para desautorizar a quien osó llamar a Romero “testigo”, en los ejercicios espirituales predicados al Papa. También para quitar el nombre de Romero de la lista de los mártires leída en el Coliseo en el año del Jubileo (nombre vuelto a poner por Andrea Riccardi en una oración del Papa). Para frenar una causa que no avanzó ni siquiera después que en 2002 un Juan Pablo II ya anciano reconoció ante el sucesor de Romero, mons. Fernando Sáenz Lacalle, que “Romero era un mártir”. La llegada de un Papa latinoamericano ha resuelto lo que esas astucias volvían impracticable y ha mostrado que para beatificar a Romero no servía de nada encontrarle un doctorado romano póstumo en teología conservadora, sino la capacidad de escucha del sentido de la fe del pueblo y de la voz diáfana de los hechos. Así pues, la beatificación se llevará a cabo el 23 de mayo en San Salvador, lo que permite o tal vez impone releer a Romero. A partir de las cartas escritas entre 1977 y 1980, prologadas por Vincenzo Paglia, que Jesús Delgado, su secretario, publica en italiano con el título “La Chiesa non può stare zitta” (“La Iglesia no puede estar callada”). Es una expresión que recuerda los dilemas del papado en la edad del fascismo, pero que para Romero tiene un significado muy diverso. Se trata en efecto de un hablar no en el lenguaje de la política, lo que Wojtyla aconsejaba en 1979, sino en el del evangelio de los pobres acogido como un llamado a obedecer a la vida de los asesinados y al dolor de los sobrevivientes. El tiempo de la pacificación del continente y el final de las dictaduras hacen que hoy sean menos evidentes las referencias históricas de la predicación de un obispo que para ser catequista de un pueblo martirizado no evitó el martirio. Pero esa lección sobre el martirio como “asunto serio” de la vida cristiana habla todavía a la comunión de los santos y en ella.

“Testigo de Cristo y defensor del pueblo”

Testimonio de José Jorge Simán

Mi mensaje, este día, no es desde una perspectiva canónica, teológica, filosófica o histórica. No podría serlo. Mi mensaje es un pequeño y humilde testimonio sobre un santo que se avecina con la fuerza y la pureza de un hombre que entendió y amó a su tiempo, que desde su sencilla fe en Jesús llegó a engrandecer su voz ante la perversidad del poder humano en defensa de los derechos de los más débiles y de los más pobres de nuestra tierra. Quiero dar mi testimonio sobre ciertos momentos que Monseñor Romero, que ya es un santo de todos los días para nosotros, compartió conmigo y mi familia, y que me hacen un ser inmensamente dichoso porque siento que fui un privilegiado al acompañarlo, aunque en muy breves instantes, en la ruta de su entrega a los pobres que marcó con el precio de su propia vida y de su sangre. Nunca podré agradecerle a nuestro Señor el haberme otorgado el privilegio de ser amigo de Monseñor Romero. Su vida fue un sacrificio por los pobres que, aunque negado en los primeros años de su muerte, es ahora un “modelo para toda la iglesia”.

Al respecto, permítanme leerles dos frases, llenas de fe y carisma, con las que quiero iniciar mi testimonio. La primera de la frases es: “¡Como me gustaría una iglesia pobre y para los pobres!”. La segunda dice: “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres”. Me dirán que ambas son de Monseñor Romero, ¿son inconfundibles, verdad? Pues miren, la primera frase es de Jorge Mario Bergoglio, dicha cuando recién fue elegido Papa, es decir apenas hace doce meses. La segunda frase es la de Romero, dicha hace más de treinta años.

Es impresionante este encuentro de ideas y esta identificación de pensamientos, en el correr de los tiempos, sobre lo que debe ser la iglesia; una fue dicha desde un país pobre y sufrido, en el siglo XX, la otra desde el mismísimo centro estratégico, y desde el cargo más alto, de la fe cristiana, en el siglo XXI. Y no es solo Francisco quien ahora aboga por Romero en el Vaticano, también lo hacen otros altos funcionarios, como el arzobispo Gerhard Ludwig Müller, prefecto de la Congregación de laDoctrina de la Fe  –la que fue la antigua Santa Inquisición – quien nos ha anunciado que “el proceso de canonización de Monseñor Romero va mucho más rápido”. Müller, entrevistado por La Stampa, dijo que “el semáforo verde” para la beatificación de monseñor Romero se encendió durante el papado de Benedicto XVI, pero que ha sido el papa Francisco quien ha dado un gran espaldarazo a la causa. Y añadió algo que hace 30 años no hubiésemos creído que la Iglesia podría decir, Müller afirmó: “Considero a Óscar Arnulfo Romero un gran testigo de la fe y de la sed de justicia social. Su testimonio se expresaba en las homilías en las que hablaba de las trágicas condiciones de vida que entonces sufría su pueblo”.

Y miren como son las cosas, en esta fase de la beatificación de Monseñor Romero, Padre Gustavo Gutiérrez, por primera vez, fue invitado a ser relator, ante un auditorio en el propio Vaticano, del libro “Pobre y para los pobres”, que contiene textos suyos, que es coordinado por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Monseñor Gerhard Ludwig Müller y tiene una presentación de Francisco. Un libro del Vaticano sobre los pobres con textos de la Teología de la Liberación que fue perseguida por políticos, militares y miembros del mismo Vaticano e iglesias jerárquicas de América Latina. El Salvador fue también un lugar muy importante para la Teología de la Liberación y para la Filosofía de la Liberación. Recordemos los trabajos de Ellacuría y Jon Sobrino y la labor de la UCA. Romero conoció estas tendencias a las cuales respetaba mucho. Igual que a Monseñor Romero, muchos han querido hacer desaparecer a la Teología de la Liberación, sin éxito. Gutiérrez ha dicho en Roma: “La gente me dice: ‘la Teología de la Liberación ha muerto’. Les respondo: ‘Puede ser que haya muerto, pero a mí no me invitaron al entierro’. La teología no es lo decisivo, lo son las personas”. Todos estos cambios en la iglesia a nivel mundial son también parte de la vida de nuestro san Romero de América de los pobres. Y son parte de mi testimonio. Todo esto es muy cercano a mi vida, pues Romero es parte integral de mi vida. Hace unos meses la sentí mucho más fuerte cuando junto a Márgara, mi esposa y fiel partícipe de ese dialogo con Monseñor, tuvimos la gran oportunidad de saludar y conversar con su Santidad Francisco en una Audiencia General, en Roma. Un buen amigo, Manuel López, embajador de El Salvador ante la Santa Sede, nos ayudó a gestionar nuestra participación y, con mucha suerte, logramos estar en primera fila en esa reunión. Tuve la oportunidad de entregarle personalmente a Francisco mi “Testimonio” escrito sobre el Obispo Mártir. Con el papa Francisco hablamos sobre Monseñor Romero y constaté que conocía a profundidad su vida y su ejemplo, como también la del jesuita mártir Rutilio Grande, por quien ahora –ya lo hizo público –nuestra Iglesia ha iniciado el proceso hacia su beatificación. Nos habló de la agilización del proceso de beatificación y de cómo Monseñor será un horizonte para el camino de la nueva iglesia de su pontificado. Siempre lo había pensado así. Siempre he pensado la figura de Monseñor Romero como el horizonte de los salvadoreños – y ahora de muchísimos ciudadanos del mundo entero –como la esperanza que cuestiona el presente… es esperanza y crítica del presente…pero también nos señala un camino…el futuro. El día siguiente del encuentro con Francisco me reuní con Monseñor Paglia, el defensor de la causa de Romero, a quien había conocido hace algunos años en El Salvador, cuando trajo una escultura a Catedral. Conversamos unos 40 minutos, colgaba de su cuello un crucifijo que usaba Monseñor Romero y hablaba con gran profundidad del martirio y de la humanidad de Monseñor, a pesar que no lo conoció en vida. Al escucharlo, me quebré y rodaron las lágrimas en mi rostro emocionado. A pocas personas he conocido que entiendan y proyecten el espíritu del Obispo Mártir con tanta pasión y compasión. Paglia me comentó, entonces, cómo el proceso de beatificación se había acelerado a instancias del papa Francisco y de nuestra Madre Iglesia. El Cardenal Madariaga, el Cardenal Jaime Ortega, cubano, mostraron, en diferentes momentos, su admiración por nuestro Obispo y me di cuenta que los fieles, en las iglesias, cuando escuchan el nombre de Monseñor Romero aplauden con emoción y esperanza. Me entristece también cómo unos grupos lo han querido manipular y otros desaparecer y enterrar, para siempre. A Monseñor Romero hay que seguirlo no usarlo. Si algo lo distinguía era seguir a Jesús y sentir con la iglesia, como decía su lema episcopal. Hablar de Monseñor Romero y no hablar de su espiritualidad y su continua oración es no hablar de él.

Para terminar, como en todas mis exposiciones sobre Monseñor, haré referencia a su forma de actuar que dicen mucho de su personalidad y su forma de razonar. En una oportunidad, Monseñor se reunió con varios especialistas en cuestiones de teología y derecho canónico. Romero les hizo muchas preguntas y tomaba muy atareado notas sobre las casi disertaciones con que le respondían. Al terminar la sesión, Monseñor se acercó a una persona muy humilde que pedía ayuda a la salida del edificio y, créanmelo ustedes, le hizo las mismas preguntas que a sus doctos invitados. “Así es como él escuchaba a la gente en la que veía a la Iglesia. Así era para él la Iglesia”, dice otro de sus grandes amigos. Monseñor Romero tenía como costumbre, ante las complejidades de nuestros problemas y ante la sencillez de muchos de nuestros actos de todos los días, hablar con todos, revisar cada espacio del acontecer para comprender y dimensionar los hechos; para disfrutar de cada contacto, de cada vínculo con la gente. La palabra como vehículo de la verdad, la confianza y el amor. Su costumbre era hablar con todos: con el Subsecretario de Estados Unidos, con el investigador de la Santa Sede, con las personas angustiadas, llorosas y humildes que venían a pedirle interceder por ellos… con Dios.

Creo que su amor al prójimo, siguiendo a Jesús, lo llevó a buscar la justicia basada en la verdad y en decir la verdad para cambiar las muchas desigualdades y la situación de injusticia. Era incesante su preocupación por comprobar con exactitud lo que pasaba. Antes de su prédica se exigía a sí mismo y a sus colaboradores ir más allá de los medios de comunicación y de los rumores. Recuerdo cómo encargaba al Padre Rafael Moreno a realizar investigaciones exhaustivas, objetivas y transparentes. Por eso, sus homilías llenas de verdad y compasión lo transformaron en el árbitro de la gente y de nuestros conflictos. A todos ustedes, les pido que conversen espiritualmente y con mucha intensidad con Monseñor Romero, de quien dentro de tres años estaremos celebrando el centenario de su nacimiento. El nació en agosto de 1917 y nunca sus detractores y asesinos lograrán matarlo. Nunca podrán. Sus sabias palabras aún resuenan en todos nuestros espacios de vida: «A mí me podrán matar, pero a la voz de la justicia ya nadie la puede matar» Mis oraciones y mi renovado compromiso para con Monseñor Oscar Arnulfo Romero, para ese inmensurable obispo del optimismo que ha vencido la oscuridad y el miedo y se ha convertido en un infatigable «testigo de Cristo y defensor del pueblo» para toda la eternidad.