Para no descender de los infiernos

POR Josep M. Carbonell* Hechos y dichos Sin comentarios

Publicamos esta nota de un amigo catalán, aparecida en La Vanguardia el pasado 20/XI, que nos ha parecido serena y con respuestas sensatas para salir del actual atolladero. La muy cercana celebración de elecciones (21/12) replantea la atención sobre el escenario catalán.

La Redacción

He tomada prestada de Ian Kershaw la frase “descender a los infiernos”, título de su aterrador libro sobre la historia de Europa de los primeros cincuenta años del siglo XX. Si no ponemos remedio y no salimos de las trincheras, este escenario es posible.

Todos hemos cometido muchos errores, unos quizás más que otros, y siempre unos pensarán que los otros son culpables. Además, como ha dicho Manuel Castells, el problema es que “no creemos en otra democracia que la que nos conviene”. Estos años los he vivido con dolor, incredulidad, sorpresa y una gran preocupación. He visto cómo las amistades se han roto, las familias han puesto líneas rojas en sus encuentros para evitar hablar de política y no romperse, he visto a mucha gente gritando tener razón y otros callando perplejos, he visto y oído televisiones y radios convocando manifestaciones, fomentando el relato hegemónico de la verdad catalana, he visto y oído televisiones y radios fomentando el odio a un país por envidia.

La envidia y un odio sordo por los catalanes han sido la base del relato de unos. Sí, la envidia para un país como el nuestro, con su bonanza, orden, paisaje y su gente con apariencia culta, austera y distante. Los predicadores del odio de determinados medios durante años se han centrado obsesivamente contra los catalanes, y un partido político que ahora está en el poder [Partido Popular (PP). NdR] ha utilizado y reforzado este relato para ganar las elecciones. Este relato ha entrado en muchos hogares. Ante este relato, los catalanes han callado demasiado. Lo iban interiorizando, creando una herida muy honda. Esta herida iba forjando una desafección y una fatiga cada día mayores con respecto al resto del Estado. El relato de los otros empieza aquí y se multiplica con la sentencia del Tribunal Constitucional del año 2010 sobre el nuevo Estatut d’ Autonomia [aprobado por las Cortes españolas y un referéndum en Cataluña en 2006, pero recortado por iniciativa del PP en 2010. NdR].

Ahora bien, los otros, ante este relato catalanofóbico, han prometido demasiadas Ítacas de acceso inmediato, relatos de poseedores de la verdad y la felicidad. Han insistido hasta la obsesión de que el derecho a decidir era universal sin darse cuenta de que los derechos y deberes en un Estado de derecho están regulados en los marcos constitucionales. Han querido crear una narrativa de unos buenos patriotas ante unos traidores autoritarios, incultos y recién llegados. Han insistido que España no era un Estado de derecho cuando el mundo lo reconoce como tal.

Unos y otros han desplegado la estrategia de la confrontación. En Catalunya, sin embargo, entre los unos y los otros, hay un segmento amplio de población que no se identifica con ningún sector. Y estos somos muchos más de los que parece. Eso se tiene que acabar, tenemos que recuperar el juicio y el consenso como país. Propongo cinco objetivos para no descender a los infiernos:

Primero. La excarcelación inmediata de los Jordis [Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, líderes sociales independentistas. NdR] y los miembros del Govern. El encarcelamiento es inaceptable. Probablemente, no han respetado las leyes y normas constitucionales. Han intentado bordearlas para conseguir su objetivo, que, por otra parte, estaba en su programa electoral. Siempre tenemos que respetar las decisiones judiciales, pero también podemos intentar cambiarlas.

Segundo. Al mismo tiempo, tenemos que acabar con la ficción de un Govern legítimo exiliado. Tenemos que aceptar la realidad y acabar con los engaños a la población. El Govern está destituido en virtud del artículo 155 de la Constitución. Algunos confunden la situación actual con el franquismo, con su régimen autoritario. España es un Estado de derecho como lo pueden ser Francia, Bélgica o Italia, y en un Estado de derecho se tienen que aceptar las normas, si no, caeríamos en el caos.

Tercero. Hay que ir a por todas en unas elecciones con las máximas garantías. Eso es posible y necesario. Es la mejor decisión de Mariano Rajoy en muchos años. Vayamos todos, vayamos, pero con claridad. Pueden ser unas elecciones plebiscitarias auténticas. Además de elegir un Govern legítimo de la Generalitat, estas elecciones tienen que servir para conocer verdaderamente las posiciones de los catalanes sobre la independencia. Ya es hora. Puede ser la consulta legal que han querido siempre los soberanistas. Pero esta vez no valen las mentiras. Si es un referéndum, lo que cuenta es el voto popular, y no el número de escaños. Con los escaños, se escoge un gobierno; con el voto popular, se sabrá qué quiere el pueblo catalán.

Cuarto. Se tienen que respetar los resultados. El Govern tendrá que ser el objeto de las mayorías y minorías del Parlament. Con relación a la cuestión independentista, el voto popular tiene que ser decisivo. Si hay una mayoría independentista con más del cincuenta por ciento de los votos, se abre una nueva etapa, una etapa que no será nada fácil, que tendrá que seguir los caminos de la negociación, siempre en el marco legal, que puede durar años, sabiendo que, sin un acuerdo con el Estado, la independencia no será posible. Si no se produce la mayoría independentista, la lógica tiene que ser otra, buscando un enfoque bien diferente a las aspiraciones del soberanismo. Con todo, mi percepción es que los unos y los otros pueden ganar por márgenes muy estrechos, y si una mayoría aplica su victoria sobre la otra, la tensión y la fractura sociales seguirán siendo cada día mayores. Mi propuesta es que, si la victoria es por la mínima, se abra un proceso en el Parlament para buscar un nuevo consenso catalanista, que, como mínimo, abrace a dos tercios de los diputados, y con esta mayoría y su legitimidad, se negocie con el resto del Estado.

Quinto. Estos años han sido muy duros para los unos y los otros, para todos. Las emociones han sustituido en muchas ocasiones la razón y el discernimiento. Hay que reducir la tensión en la sociedad. Si Catalunya ha sido fuerte en los últimos 40 años y si hemos sabido construir un país próspero e inclusivo, ha sido gracias a su unidad civil y a la decidida voluntad de mantener un solo pueblo. Nos hará falta una etapa de reconciliación, de encuentro, de respeto, de afecto. Las heridas tardarán años en cicatrizar, pero no podemos renunciar a buscar la unidad en lugar de la división.

Si volvemos a ser un solo pueblo, lo podremos todo.

_______________________

* Josep María Carbonell (Pipo), además de amigo, es un militante católico catalán, laico muy activo en la Iglesia local de Barcelona. Casado, dos hijos, 60 años, es licenciado en Filosofía y doctor en Comunicación. Ha sido diputado del Parlamento catalán por el Partido Socialista de Cataluña de 1995 a 2004, así como presidente del Consejo del Audiovisual de la misma comunidad autónoma. Fue miembro activo del Movimiento de Universitarios y Estudiantes Cristianos (MUEC). Entre 1978 y 1982 participó del Equipo Internacional del MIEC-Pax Romana. Creador del portal CatalunyaReligió.cat (red de más de 20 grupos católicos catalanes). Es el primer laico en presidir la Fundación Joan Maragall, dedicada al diálogo cristianismo y cultura, y decano de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales Blanquerna (Universidad Ramón Llull). Miembro activo del Movimiento de Profesionales Católicos (MIIC-Pax Romana). Hemos agregado entre [ ] algunas breves aclaraciones a referencias muy locales.

Escribe un comentario