Perfil Sacerdotal del Padre Cacho

POR La Redacción Hechos y dichos 3 comentarios

El pasado 2 de agosto, en el Seminario Interdiocesano, en la noche, dos sacerdotes uruguayos, Daniel Bazzano del clero secular de Montevideo y José García, del presbiterio también secular de Salto, compartieron con sus oyentes, sacerdotes y seminaristas, su visión de Cacho Alonso como cura.

Daniel Bazzano, además de ser el postulador de la causa de beatificación, compartió con Cacho el tiempo que pasó en la parroquia de los Sagrados Corazones (Possolo) antes de irse a vivir al cantegril para estar con los pobres y volver a descubrir entre ellos a Cristo (“para encontrarlo de nuevo a Él”, citando sus palabras exactas). Daniel continuó luego su relación con él hasta su muerte, de modo que es alguien que nos puede hablar con pertinencia de la manera en que Cacho vivió su condición y misión sacerdotal en el seno de la realidad y la gente que él adoptó en el último tramo de su vida.

José García, más joven, conoció y trabajó con el Padre Cacho en su juventud, en el nacimiento de la Pastoral Juvenil de la diócesis de Salto. En su proceso de muchacho comprometido con el Reino descubrió el llamado al ministerio presbiteral. Nunca dejó de frecuentar a ese cura, más allá de la distancia, con quien lo unió una amistad de esas que nacen en esa etapa de la vida. También él es un buen y cercano testigo de Cacho Alonso, primero en su vida de presbítero salesiano y luego en el clero secular, primero en Rivera y luego en la capital, en los barrios que eligió.

Importa desentrañar qué tipo de cura fue Cacho, porque algunos aspectos de su camino pueden desconcertar con relación a las imágenes más clásicas, a veces estereotipadas de la vida y misión del sacerdote católico. No por acaso, ha habido y hay católicos y católicas de Montevideo y más allá, que piensan que al irse “a vivir a un barrio de pobres” (otra vez sus palabras), al no querer ir “tampoco como un ‘Padre’ despachador de sacramentos, sino como alguien que va a hacer junto a ellos una vivencia de fe, un camino compartido”, han pensado que durante unos años puso como un paréntesis a su ministerio presbiteral. Convirtiéndose en un “activista” o “trabajador social”, o en alguien muy solidario pero que de hecho no evangelizaba.

El aporte de José García y Daniel Bazzano fue una verdadera joyita, partiendo de una serie de hechos de la vida de Cacho, ubicando los rasgos más salientes de su “caridad pastoral”, expresión con la que el Concilio Vaticano II caracteriza la espiritualidad del clero. Imposible reproducir o resumir por el momento las dos ponencias. Ya vendrá, esperamos, el tiempo de hacerlo, una vez que sus autores las pongan por escrito. Ya hablamos con ellos para que así pueda ser.

Por ahora, y como adelanto, reproducimos dos textos breves del mismo Cacho que nos ofreció Bazzano por escrito. El más largo, es de 1984, una charla que Alonso dio en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma (residencia de seminaristas y sacerdotes de nuestra región que hacen estudios en la capital de Italia), invitado por el mismo Daniel que estaba realizando su licenciatura en historia de la Iglesia. El otro parece ser anterior, de los inicios de su vida en el barrio, pero sin fecha cierta. Ambos hablan de la Eucaristía y muestran la evolución de la manera de encarar las cosas en ese tema por parte de Cacho, a medida que iba compartiendo y comprendiendo a la gente con la que vivía. Daniel Bazzano nos apuntó, con mucha razón que podíamos comprobar en esas líneas un ejemplo de lo que llamamos “conversión pastoral”, tan necesaria para nosotros, y tan esquiva salvo que estemos dispuestos a aceptar las exigencias de una verdadera encarnación. Y de escuchar realmente a la gente.

Cacho, por estar allí, compartir y escuchar, con sus buenas ideas de que era necesaria una preparación adecuada para la Eucaristía, en una vivencia comunitaria, en un proceso catecumenal, descubrió que la gente del barrio, con preparación cero, estaba pronta para celebrarla porque estaba viviendo una pascua propia y veía en ella el medio mejor para dar gracias y sentir que tal vez su vida con los demás se transformaba, se volvía mejor. Y así encontró, con ellos, un nuevo “día del Señor”…

Palabras vivas de Cacho

Aquí van entonces los textos, sin comentario, ambos sobre la Eucaristía, pero de hecho mucho más:

Hoja de papel manuscrita, encontrada en la caja de zapatos con el ya famoso texto “Siento la imperiosa necesidad…”, sobre su llamado a vivir en un barrio de pobres, como ellos.

“La urgencia que tenemos por dar Sacramentos demuestra que existe en nuestro subconsciente un concepto mágico de su eficacia. La Eucaristía es el plato fuerte de quien se ha hecho adulto en la fe en medio de la comunidad.

Debemos respetar el ritmo progresivo, que no da saltos, de la acción de la gracia.

No hay maduración en la fe fuera de la vida comunitaria.

Preparamos para el Bautismo y para el Matrimonio, ¿por qué no hacerlo para la Misa? Se supone que se les ha preparado cuando lo hicieron para la 1ª Comunión, pero suponemos mal.

Preparar para la vida en comunidad”.

De la charla en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma.

“Se acaban las casitas, cuatro, cinco o seis casitas, se ocupan, se hace una fiesta… Se trataba de imaginar la fiesta. Y en plena asamblea del barrio una vecina dice: ‘Padre, ¿por qué no acabamos la fiesta de la ocupación de las primeras casitas con una misa?’ Y yo me resistía porque el Obispo quería que esa zona tenga una pastoral diferente, que no sea algo impuesto, sino un ir acompañando muy lentamente a la gente y respetando ese proceso. Entonces yo me imaginaba un catecumenado, un ir caminando pero al paso de ellos, que lo imaginaba lento. Entonces, cuando esta vecina sale con la misa, yo me resistí, puse argumentos… pero insistieron y solo la que había propuesto la misa había participado en una misa una vez en su vida, los demás nunca.

[…]

Entonces yo me afirmaba más en la negativa. Y por ahí salieron argumentos que acabaron por convencerme, por ejemplo: yo les preguntaba, ‘Bueno, ¿qué es la misa para ustedes’?, y me dicen: ‘Y, Padre, debe ser lo mejor que hay para agradecerle a Dios’. Y otro por allá: ‘Padre, a lo mejor comenzamos a querernos más, a respetarnos más’.

Entonces tuvimos la primera misa la noche en que ocuparon las primeras casitas, en el Centro Comunitario, centro donde hay fiesta, hay danzas, hay comedor obrero de noche, hay merienda de tarde para los niños, es escuela de adultos, es costurero… Eso se abre de mañana y permanece hasta la noche abierto, con cantidad de actividades, pero siempre de barrio; es bien la ‘Casa del Barrio’.

Y la primera misa, bueno, fue muy espontánea. Yo le contaba a Daniel [Bazzano] que vinieron así como están en el barrio, algunos descalzos, otros calzados, vestidos como están siempre y… hasta me interrumpieron en las palabras de la consagración, entre la consagración del pan y del vino, para preguntarme esto o lo otro… y ese estilo se ha mantenido.

Y también una eucaristía sin comunión a mí me parecía que era incompleta, así que traté de sondear y de hacer una breve catequesis sobre el sentido completo de la misa y hubo comuniones, primeras comuniones. Sobre todo me impresionaron los hombres, porque en el Uruguay pareciera que el laicismo le hubiera metido al hombre un machismo mal entendido; aun el católico se mantiene al margen de los sacramentos; generalmente la que se acerca a la comunión es la mujer.

En mi barrio, bueno, desde ese día comenzamos a tener misa todos los miércoles de noche, porque después que pasó ese primer momento, la asamblea de barrio la tenemos una vez a la semana todos los jueves de noche [ruido que no permite oir]… sin que ellos lo sientan, lo conozcan, y… sin embargo no fue así; dicen: ‘Queremos misa todos los miércoles para recordar la misa que tuvimos el primer día, el día de la fiesta’; ‘Bueno, entonces vamos a hacerla los domingos’; y ellos: ‘¡No, queremos los miércoles!’; entonces empecé a explicarles el día del Señor, el domingo…; ‘no, queremos los miércoles’. Entonces recién ahí me di cuenta: era porque había sido un miércoles el día en que los primeros pasaron de los ranchos a las casitas nuevas, y abiertamente diciéndome que por fin habían dejado los ranchos, y que los demás esperaban también dejar esa situación que los obliga a vivir la vivienda precaria. Entonces yo veía en eso todo un sentido pascual de la cosa, y seguimos teniendo misa los miércoles de tarde”.

3 comentarios

  • Genial post. Gracias por compartirlo…Espero màs…

    Saludos

  • Mirta Acebedo dice:

    Cacho Alonso tenía un corazón abierto a todo lo que manifestara su comunidad; por eso actuaba con libertad. Su Vida siguió las palabras de Jesús con amor y autenticidad.

  • horacio gabriel Queirolo h dice:

    Excelente. Extraordinario. Esa es la Iglesia que queremos por y junto a la gente, los pobres, los preferidos del Evangelio. Por que no escuchamos mas a la gente como lo hacia el P. Cacho ?

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