PRIMERA RECEPCIÓN DE LA “AMORIS LAETITIA”
o dos maneras de vivir la fe y la Iglesia hoy

POR Pablo Dabezies Hechos y dichos Sin comentarios

Habrá todavía mucho que reflexionar, compartir, discutir, sobre la exhortación “La alegría del amor” del papa Francisco, en ese proceso eclesial que llamamos recepción, del que nos hemos vuelto a hacer más conscientes al influjo del Vaticano II. Y que no solo nos va abriendo ventanas sobre el mismo documento sino que también nos desvela imágenes sobre la Iglesia que lo recibe y asimila (o rechaza).

Lo que esta nota pretende es buscar algún hilo conductor que permita leer no solo la exhortación misma, sino también, a partir de los modos en que está siendo más o menos recibida, intentar una lectura del momento actual de la Iglesia católica, sus principales tensiones, bloqueos y líneas de crecimiento. Es evidente que la pretensión tiene conciencia de sus límites y por eso no busca más que servir como un estímulo a la reflexión y a la discusión.

Una imagen que surge

El intento nace de la lectura de muchas de esas primeras reacciones a Amoris laetitia (AL), desde su aparición hasta nuestros días, es decir unos seis meses. En su gran mayoría pertenecen a las Iglesias de Europa y América del Norte, cosa que sucedió también con la preparación y celebración de los dos últimos sínodos (octubre de 2014 y 2015) y en general con las discusiones que provocó el proceso abierto desde 2013. Que por otra parte hemos tratado de seguir lo más de cerca posible en Carta Obsur. A pesar de esa procedencia, igual parecen reflejar problemáticas sentidas entre nosotros y actitudes de suficiente universalidad. Y en la medida en que aciertan, se tornan en desafíos para todas las iglesias locales que dan la impresión de estar tardando bastante en sintonizar la novedad de este momento eclesial.

De la lectura y seguimiento de esas reacciones que se van agregando, articulando y entrelazando brotan como dos grandes modos de recibir la enseñanza del proceso sinodal y del mismo Francisco. Que además permiten integrar en ellos muchos otros gestos y palabras del obispo de Roma en sus ya más de tres años de ministerio. Y que expresan, una vez más, el pasaje de una manera de ser Iglesia, de pensarla y vivirla, a otra, al interior de un proceso de muy larga duración que está conociendo una fase de aceleración con la trabajosa y ahora renovada recepción del Vaticano II.

Recordemos que al final del mismo hubo varios analistas y observadores, algunos teólogos de relieve (por ejemplo M-D. Chenu), que lo señalaron como un mojón clave en la “salida de la era constantiniana”. O dicho de otro modo, de la época de cristiandad, marcada por la “autorreferencialidad” y un ejercicio de la autoridad y el poder verticales. Sin embargo, ese proceso ya largo pero muy intensificado por el Concilio, volvió a quedar bastante trabado en las décadas más recientes de su recepción. Aunque ahora, con Francisco ha recobrado nueva vitalidad. Son varios los autores que han marcado el hecho de que Bergoglio es en realidad el primer papa que no participó del Concilio como obispo (Ratzinger lo hizo como perito). Y que por lo mismo es más “receptor” que protagonista, lo que se evidencia en su manera de asumirlo y citarlo, no como algo que hay que explicar o de lo que es preciso convencer, sino como realidad ya presente en la vida eclesial de nuestros días (aun con todas las resistencias que persisten).

Allí están sus textos principales para mostrarlo. Y ante todo, levantando señales que se irán desplegando, su Evangelii gaudium (E.G.). Es bien interesante ver cómo en ese, su primer documento de importancia, se pueden ir encontrando como los anuncios de una serie de palabras y decisiones que han seguido hasta hoy. A este respecto es revelador que uno de los mejores conocedores del “estilo Bergoglio”, el jesuita Antonio Spadaro, en un post en el que analiza los que para él son los cinco rasgos que marcan este pontificado, dice que Francisco “no tiene una ‘hoja de ruta’ escrita a priori en base a ideas o conceptos. Siempre se refiere a ‘tiempos, lugares y gente’… y por tanto no a abstracciones ideológicas. Esa visión interior no se impone a la historia, buscando organizarla según las propias coordenadas, sino que dialoga con la realidad, se sitúa dentro de la historia de hombres y mujeres y se desarrolla en el tiempo” (este post está en inglés en el blog de Spadaro: http://www.cyberteologia.it/2016/06/for-pope-francis-the-world-is-always-in-movement-5-traits-of-his-pontificate/).

En busca de un hilo rojo

Ha sido frecuente, y lo es todavía (en algunos casos con malicia) argumentar que Francisco habla muy lindo pero hace poco. O que sus gestos son muy simpáticos, caen muy bien, en especial a los no cristianos, pero no se traducen en reformas en serio de la Iglesia. Y esto se sigue diciendo, desde diversas tiendas, tratando de quitar mordiente al ministerio del actual obispo de Roma.

Pero más bien que hay cosas de fondo. Una mirada atenta, que no se satisfaga con una especie de “farandulización” de este pontificado sino que busque situar los gestos y palabras en perspectiva, relacionándolos entre sí y no solo festejándolos o criticándolos puntualmente, lleva a advertir un proceso de tránsito convulso, contradictorio, sufrido, es cierto, pero no menos real, de un modo de ser Iglesia a otro. Y no solo de esa manera como subterránea, característica de los procesos históricos de larga duración, sino también con un protagonismo muy especial, consciente, deliberado, del papa Francisco. Empujando, estimulando, insistiendo, tomando decisiones a veces sorprendentes, otras sin demasiado relieve, que sin embargo muestran de a poco su fecundidad con el paso del tiempo. Es el caso de la AL, que parece haber catalizado esa propuesta de Iglesia, dejándola sin embargo abierta, con mucho camino por hacer, con Espíritu para seguir. Y expuesta a muchas resistencias y ataques.

Ahora bien, es muy importante poder preguntarnos qué es lo que da unidad a este proceso que vivimos de nuevo como Iglesia desde la elección de Francisco. Y más ampliamente desde el anuncio del Concilio en aquel enero de 1959, sin olvidar los vaivenes que ha conocido. Esa especie de hilo rojo, presente de forma notable en la AL, parece cada vez con más claridad que hay que identificarlo con la búsqueda de una Iglesia de la sinodalidad y el discernimiento, toda ella. Subrayando que la insistencia no está puesta ante todo en las formas que adopte (necesarias e importantes, pero relativas), sino en un espíritu que todo lo inspire, hecho de fraternidad, confianza, respeto, corresponsabilidad, diálogo, apertura, libertad, en la búsqueda por leer los signos de los tiempos. Una Iglesia que se acepta polarizada al servicio del Reino de Dios, del que es sacramento.

 Si esta forma de ver es correcta, es posible apreciar hoy mucho mejor el alcance de una decisión de Francisco al mes de comenzar su servicio en Roma, el 13 de abril de 2013, cuando instituyó el “grupo de consejo”, conocido rápidamente como G8 (luego convertido en G9 con la integración del nuevo Secretario de Estado). Un conocido historiador del cristianismo y agudo analista de la Iglesia, Alberto Melloni, escribía al día siguiente: “lo anunciado ayer por el papa Francisco es el paso más importante en la Iglesia de los últimos diez siglos [!] y en el proceso de 50 años de recepción del Vaticano II. Desde el siglo XI el papado asumió una fisonomía monárquica, y lo que parecía una mera analogía se volvió una ideología del poder pontificio y un sistema […] Nadie había llevado a la práctica la decisión del Vaticano II que a los ojos de los padres conciliares era la reforma de la Iglesia [la doctrina sobre el episcopado y la colegialidad]. Hasta ahora, con Francisco, que crea de hecho un órgano sinodal, de obispos, que deberá experimentar el ejercicio del consilium. En efecto, no será un contra-poder democratizado, sino una expresión de las iglesias y de los continentes para ayudar al obispo de Roma en su tarea de animar la comunión del colegio episcopal y la de las iglesias en la unidad de la fe”. Nos olvidamos un poco, tal vez, que el G9 sigue trabajando sin pausas, acompañando al obispo de Roma en su tarea universal, dando pasos en la reforma eclesial, sobre todo en lo que tiene que ver con el gobierno central.

Frente a la valoración del historiador italiano se podría objetar que no es para tanto, que se trata de una iniciativa de Francisco sobrevalorada. Habrá que verlo con más perspectiva. Pero no es descabellado considerarlo, en el comienzo mismo de su ministerio, como el primer gesto de un camino que ya estaba imaginado y querido, al menos como intuición.

Intento una comparación, salvadas las distancias, con la decisión igualmente imprevista y sorpresiva de Juan XXIII, al anunciar la celebración de un concilio a los tres meses de su elección. Sabemos ahora que esa iniciativa (“flor espontánea de una imprevista primavera”, según el mismo Roncalli) fue incubando en él por muchas experiencias vividas y convicciones alimentadas. Me atrevo a leer la creación del G8 como algo parecido en Bergoglio. No quiero extrapolar, pero cuando uno relee la conocida entrevista de Spadaro (10/2013), Francisco confiesa que aprendió mucho de sus errores de joven provincial jesuita argentino, su personalismo y autoritarismo. E insiste varias veces en la búsqueda común, la riqueza de la consulta, la sinodalidad, como algo muy presente en las reuniones pre-cónclave de los cardenales. Eso sí, no creo equivocarme si percibo saliendo de la misma fuente la iniciativa por el momento más decisiva de este papado, el desencadenamiento del camino sinodal desde 2013, con su forma nueva, llena de futuro, aún abierto, como lo muestra la AL.

Siguiendo con esta interpretación, estamos pues en la continuación de una etapa nueva en la vida multisecular de la Iglesia, que conoció un punto de partida de un simbolismo y realidad claves el 25 de enero de 1959 y que en nuestros días encuentra nuevos empujes. Como creemos, es el Espíritu quien está inspirándola, haciendo de este tiempo un “kairós” (tiempo oportuno) como muchos afirman, experiencia de pentecostés desde hace ya más de 50 años (¡con qué renovada perspectiva podemos mirar ese lapso que se consideró de invierno y que en realidad era de trabajosa e inacabada maduración…!). El mismo tiempo irá diciendo si esta lectura es exagerada o pertinente. Tiempo, con idas y venidas, en que se desata y va consolidando la misma experiencia y convicción de las semanas iniciales del Concilio: no se trataba, como muchos pensaban, de ir a votar textos de la Curia romana, o en la mejor de las hipótesis del Papa, sino a buscar y delinear juntos una nueva fidelidad al Espíritu en la historia.

Dos maneras de vivir la Iglesia…

Sería muy importante tener el espacio para enumerar tantos hechos y palabras de Francisco que abonan la impresión compartida en las líneas precedentes y que haría más rigurosa esta presentación. Pero es necesario pasar a la descripción de esos dos modos de vivir y concebir la Iglesia que revela esta primera recepción de la AL, como planteado en el título.

Advierto, por las dudas, que como sucede siempre que uno intenta tipificar, los riesgos de caricaturizar, o de acentuar de modo exagerado las diferencias, son considerables. Espero comprensión para ciertas posibles rigideces. Y también para lo rápido de la caracterización, con poca posibilidad de detenerme en muchos otros hechos y palabras. O, en una de esas, para la descripción muy difícilmente neutral de las dos maneras.

1. Una Iglesia del primado de la autoridad central y de la doctrina, de la norma objetiva y universal.

Por un lado, de forma clara pero con diversas manifestaciones, una manera que pone el énfasis central en el valor de los principios, de la doctrina, de la norma objetiva y su alcance universal, con una autoridad central que las define y dicta. El conjunto aparece como un “paquete cerrado”, siempre claro, siempre igual a sí mismo, que congela una conclusión doctrinal, una instancia normativa, como algo invariable que no puede contemplar contingencia alguna. Es un intento por aprisionar la eternidad, la perfección, lo escatológico, el fin, en un momento único, que no se inscribe en una duración y por eso mismo no puede variar ni aceptar crecimiento.

Así se procede, por ejemplo con el matrimonio: en cada momento de la vida de la pareja debe verificarse el ideal (amarse como Dios ama a su pueblo, Cristo a la Iglesia) y de manera íntegra. Y por eso, si eso no se verifica, no habrá sacramentos. No existe entonces la posibilidad de crecimiento, de historia, de camino, y por tanto la búsqueda del ideal se convierte en una especie de tormento sin fin. O desemboca en el desaliento y la frustración. O peor aún, en un cierto cinismo.

No está de más recordar que un número muy alto de católicos y católicas han sido educados en esa mentalidad y la han interiorizado, por lo que pasar a otra no resulta evidente. De hecho, en el primer post-concilio se verificó un movimiento en el sentido contrario, volviendo a dar protagonismo a los procesos, a la realidad de las personas, la conciencia, la subjetividad, en la apreciación de la calidad del seguimiento de Jesús. Más, con Pablo VI se hizo lugar a los discernimientos comunitarios. Ahí está la Octogesima adveniens (OA, 1971), atribuyendo a las Iglesias locales el determinar cómo la doctrina universal en lo social debía ser releída en cada contexto. Pero eso no duró demasiado, no se extendió por ejemplo al campo de la sexualidad, del matrimonio, y en cambio llegó un fuerte frenazo con la encíclica “El esplendor de la Verdad” (1993), de Juan Pablo II, por lo que hasta muy recientemente hemos vivido inmersos en esta manera de encarar la vida cristiana y de valorarla.

Por citar una manifestación paradigmática: la exaltación, hasta final de 2012, de los llamados “principios (o también “valores”) no negociables”. Recordemos lo que eso significó entre nosotros cuando las discusiones sobre la despenalización del aborto. Con reacciones que quedaron en el terreno de lo doctrinal-intemporal-sin contexto y su secuela de palabras gruesas, calificaciones extremas, sin prestar casi atención a lo propio de la realidad del caso uruguayo. La cuestión es mantener claro el principio, siendo inflexibles con él. Lo demás cuenta poco. El contraste con el discernimiento de la CEU, inspirada por la OA en la coyuntura de las elecciones de 1971 es evidente. En la AL Francisco compara de manera gráfica y dura esta actitud: “Por ello, un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones ‘irregulares’, como si fueran piedras que se lanzan sobre la vida de las personas” (n. 305; pero hay varias otras expresiones en ese sentido).

En las reacciones de este primer tiempo a la exhortación apostólica post-sinodal, como ya había pasado con el mismo proceso que llevó a ella, existen varias formas en que esta mentalidad se manifiesta. Una de las más conocidas es la del cardenal Raymond Burke, quien en ambos sínodos no se retuvo a la hora de marcar públicamente su oposición a toda posible evolución en cuanto a la disciplina sacramental para los divorciados en nueva unión. Burke ha sido coherente y 4 días después de la publicación de AL escribió un artículo afirmando: “Mientras que el Romano Pontífice tiene reflexiones personales que son interesantes y pueden ser fuente de inspiración, la Iglesia debe estar siempre atenta a señalar que su publicación es un acto personal y no un ejercicio del magisterio papal”. Según lo cual, la AL sería un hermoso librito de consejos del sucesor de Pedro. O los últimos sínodos un lindo recreo, un tiempo de “diversión” de unos cuantos obispos antes de que alguien toque la campana y cierre el paréntesis. Pero Francisco no lo ha hecho, y entonces, desconcierto, decepción.

Muy ilustrativo de una visión de lo que es magisterio, dominada por el juridicismo. Si no manda y/o prohíbe, no parece ser magisterio. Si no cierra la cuestión, si no mantiene exactamente y en todos sus términos lo enseñado hasta hoy… Como el documento no es claro en algunas partes (dice), o prefiere no zanjar, no solo no obliga, sino que hay que recordar que sigue vigente todo y solo lo que se sostuvo hasta ahora. O en versión más “refinada”: es un acto de magisterio del papa salvo el capítulo 8 (“Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”). Ahora bien, no es magisterio pero sí centro de todos los ataques y alarmas, pronósticos de cismas y cataclismos por venir. No deja de ser paradojal, pero basta con visitar algunas páginas “tradicionalistas” para ver que justamente lo que se denuncia, ataca, descalifica y rechaza es esa decisión papal de no ejercer en solitario, por sí y ante sí, su magisterio claro y distinto sobre cada asunto, que no deje dudas ni posibilidad de interpretaciones diversas, ni más búsquedas.

2. Una Iglesia del primado de la sinodalidad, de las personas, de los procesos, de la misericordia.

Por otro lado (pero otra vez, ojo que estas maneras no se dan en estado puro, estamos en transición y en tensión, siempre), una concepción y vivencia de la Iglesia que pone en el centro la vida de cada una y de todas las personas, y que se acerca a ellas en una historia concreta, para acompañar su camino (“¿de qué van hablando mientras caminan?” Cf Lc 24).

Acostumbrados a la seguridad que da la norma para todos y siempre igual, a una pereza obediente, no es fácil embocar esta senda y estilo, por más que sea tan antiguo como la Iglesia. La historia del cristianismo, por otra parte, muestra que no se llegó a definir los contenidos fundamentales de la fe sin procesos de búsqueda comunitarios, largos y en general muy agitados, en los que la voluntad de Dios no aparecía con claridad en un momento. Lo que sucede es que como esos contenidos los hemos recibido ya elaborados, pensamos de modo medio inconsciente que la tarea de descubrirlos y expresarlos pertenece a otra época, que nosotros solo heredamos y repetimos. Pero, como sabemos, el tiempo de la tradición es también hoy, y es esta Iglesia de ahora quien la lleva en sus manos para entregarla viva, no como un códice antiguo. Y quien está llamada a buscarle modos de expresión contemporáneos, entendibles.

No es necesario, en los límites de esta nota, abundar en citas de textos papales. Pero mirando la AL y las reacciones que va suscitando, son los numerales introductorios (1 a 7) y el capítulo 8 (291-312) los momentos de la exhortación más elocuentes en la propuesta de esta manera de ser Iglesia, que por otra parte se hace eco repetidamente de la EG. Esa visión y vivencia de la Iglesia que el Espíritu Santo reinauguró en el Vaticano II y sigue impulsando por ministerio de Francisco y una ancha porción del Pueblo de Dios que se siente de nuevo convocada y animada, con espacio y libertad, por una autoridad que “autoriza” a poner en ejercicio el sentido de la fe. El P. Antonio Spadaro sj sugiere en el post citado que una de las características principales del pontificado actual es la práctica del discernimiento y el “pensamiento incompleto”, como el mismo Bergoglio lo llama de manera reiterada. Y que supone, entre varias cosas, salir del encierro de esperar los pronunciamientos para ver quién ganó, si los progresistas o los conservadores. La invitación es a entrar en otra lógica, a un nivel más profundo y comprometido, que exige involucrarse y arriesgar.

Oigamos cómo lo plantea a la Iglesia en Italia, respondiendo tal vez por elevación a los reclamos explícitos e implícitos que se le hacían para que definiera más las cosas, que diera directivas más concretas: “Pero entonces ustedes me preguntarán ¿qué tenemos que hacer, padre? ¿Qué nos está pidiendo el Papa? Corresponde a ustedes decidir: pueblo y pastores juntos. Yo hoy sencillamente los invito a levantar la cabeza y contemplar una vez más el Ecce Homo que tenemos sobre nosotros […] Jesús que está aquí representado como Juez universal. ¿Qué sucederá cuando ‘venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él, y se sentará en el trono de su gloria’ (Mt 25, 31)? ¿Qué nos dice Jesús?” Y el Papa continúa reflexionando con Mt 25 (Florencia, noviembre 2015, Congreso Nacional de la Iglesia italiana).

Podría ir explicitando una serie de cuestiones (realidades) de la vida eclesial que quedan reformuladas en la medida que se sigue este camino que está re-proponiendo Francisco, y que, una vez más lo recuerdo, ya estaba abierto por el Vaticano II. Por el solo hecho de reunirse, el Concilio significó superar, o mejor, poner en el marco apostólico una autoridad caída en la tentación de la soledad. Lo que resultó en darle una riqueza que ya casi no se sospechaba. No por nada la reacción de muchos obispos ante la convocatoria fue un desconcertado “pero ¿cómo? ¿El Papa no es infalible? ¿Para qué necesita de un Concilio? ¿Qué es lo que vamos a hacer en Roma?”. Pero la intuición de Juan XXIII tenía un plus que parece necesario resaltar cuando se habla de sínodo, de caminar juntos, como es el ejercicio del discernimiento. Roncalli lo planteó invitando a interpretar los “signos de los tiempos”. En esta senda estamos otra vez.

Y entonces, es necesario ejercer de otra manera el magisterio, recobrar la colegialidad episcopal, y a todos los niveles (ver el “manifiesto sinodal” de Francisco en el último sínodo, el 17/10/2015: w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2015/october/documents/papa-francesco_20151017_50-anniversario-sinodo.html). Pensar de otra forma la unidad de tal modo que integre, no que solo soporte la diversidad; por tanto, reencarar el ecumenismo y el diálogo con las otras religiones, y con la secularidad. Revisar la práctica de la teología, de la enseñanza moral, del lugar de los sacramentos en la vida cristiana. En fin, por señalar una cosa más, redefinir el ser y quehacer de los laicos dejando de lado para siempre la imagen de “hermanos menores”, solo llamados a acatar y obedecer. No está de más celebrar el haber dejado atrás el discurso de los “principios no negociables” con el que de hecho se estaba haciendo de los laicos marionetas a la orden de obispos y sacerdotes.

En fin, todo un nuevo panorama se va abriendo ante nosotros de modo medio inesperado. Se están haciendo de nuevo posibles muchos deseos que parecían postergados sin plazo. La hora convoca a volverse protagonistas, cada uno en su lugar y desde lo que puede. Cada voz que falte, cada pereza o miedo que nos detenga, estará quitando riqueza a la apasionante tarea de testimoniar hoy la alegría del evangelio.