Reflexiones sobre la migración y la construcción de identidad

POR Ana María Llano Alzate 1 Centrales Sin comentarios

Hay muchos tipos de migraciones. Como hecho concreto, es un cuerpo que se mueve con la intención de establecerse en otro lugar por un periodo de tiempo, temporal y/o indefinido. Podemos migrar de barrio, de ciudad, de país o continente. Cuando decidimos o nos vemos forzados a migrar, pensamos en este hecho concreto, el de los cuerpos que se desplazan, pero poco se nos advierte o prevemos que este movimiento es también un cambio de pensamiento y una vez que haces ese salto comienzas a ser el OTRO2.

Soy colombiana, de una ciudad de tamaño mediano para un país con 46 millones de habitantes. Se llama Pereira y allí viven alrededor de 500 mil personas. Históricamente ha sido una ciudad de paso entre la costa del Océano Pacífico hacia el centro del país. Desde entonces hasta la actualidad recibe migraciones de muchos departamentos. Llegan allí buscando trabajo o estudio, también víctimas del desplazamiento forzado. Es una ciudad atractiva por su tamaño, porque tiene muchas universidades y su clima agradable. Aun así, es una ciudad de la que se van muchas personas, teniendo una de las tasas más altas de migración del país.

Volviendo a mi historia. Me formé como licenciada en Artes Plásticas en la universidad pública de mi ciudad, y un día a pesar de tener un trabajo exitoso mudé mi vida a Bogotá. Esta decisión ya la había tomado tiempo atrás, aún antes de haberme graduado. Durante la segunda visita a esta ciudad supe que iba a vivir allí, era la primera vez que vivía Bogotá sin mi familia. Amé el anonimato, el poder que sentí de estar en un lugar en el que nadie te conocía, el sentir que allí tenía todo por hacer y mientras estaba sentada tomando un café sola, sentí que iba a vivir allí. En los siguientes años seguí visitando la ciudad solo para reafirmarlo. Hasta que un día dejé todo y enfrenté el desafío.

Viví dos años muy intensos, trabajé, estudié, aprendí, me enamoré y lloré, en fin, viví. Luego de ese tiempo comencé a sentirme ajena, el caos de la ciudad me estaba transformando en una persona que no quería, desconfiada y sin empatía. Poco a poco me di cuenta que no quería seguir avanzando hacía aquello así que busqué irme.

Por trabajo había conocido Buenos Aires, y al igual que me pasó con Bogotá cuando fui la primera vez sentí que iba a vivir allí y así fue. Un año después estaba llegando con dos valijas a estudiar una Maestría, la estadía que inicialmente era por dos años, se convirtió en un documento de identidad que decía que era residente permanente y fue así que, sin planear demasiado, terminé viviendo seis años en Capital Federal.

Ahora vivo aquí hace cuatro años, y Montevideo se convirtió en mi hogar. Luego de tantos años desde que salí de mi núcleo, descubro que mi identidad e identificación tienen límites difusos. Frecuentemente me pregunto qué me sigue haciendo colombiana. ¿Mi documento de identidad? ¿mi forma de hablar? ¿mi cuerpo? ¿mis memorias? Ahora me siento una mezcla de todo, tengo muchas costumbres del Río de la Plata, desayuno con café y luego me hago el mate, no me gusta la torta frita y la morcilla dulce me parece una aberración, pero amo el tanat y el malbec.

He cambiado mi forma de pensar desde lo social y político. Cuando llegué a Bogotá amaba el anonimato, ahora extraño que me conozcan, (los que son de ciudades pequeñas o pueblos seguro me van a entender). Extraño no tener que estar demostrando todo el tiempo lo que sé, que puedo aportar y no tener que pagar derecho de piso todos los días de mi vida. Quisiera que cada vez que abro mi boca no me trataran como turista por mi tono. Desearía no tener que estar explicando por qué elegí vivir aquí, por qué no volví a Colombia y si algún día pienso en volver (pregunta difícil). También extraño a mi familia y a esos amigos de infancia y juventud, extraño comidas y extraño que no me hagan sentir diferente. Al mismo tiempo, extraño Buenos Aires y esa familia que formé allá. Pero también sé que ya soy otra y mis afectos también son otros, y que lo que extraño no es más que el espejismo de mi pasado. Es por eso que cuando regreso a Pereira, o incluso a Buenos Aires, me siento en casa y al mismo tiempo ajena.

La condición del migrante es estar extrañando siempre. El aquí y el allá es una construcción y deconstrucción constante. Es vivir casi en un No Lugar, es siempre ser el OTRO.

Cuando expreso una costumbre o pensamiento diferente inmediatamente me dicen: “es porque eres colombiana” o “ustedes los caribeños”. Pero yo creo que es imposible que la construcción de mi pensamiento y mi identidad esté resuelta de manera tan simple. Además, como nota al pie, soy una mujer de montaña, mi ciudad está ubicada en la Cordillera central con clima primaveral, no soy de la zona del Caribe y eso dentro de mi país tiene marcadas diferencias.

La migración es mutar, cambiar la mirada y cambiar miradas. El relacionamiento con los OTROS representa una apertura a nuevas cosmovisiones, descubrir cosas del OTRO es descubrir cosas de uno mismo. Es enfrentarnos a nuestros prejuicios más íntimos. Estar dispuesto a conocer a ese OTRO es entonces estar dispuestos a conocernos. Es una invitación a un debate interno sobre nuestra posición frente a diversos temas. Y este ejercicio de debate interviene directamente en la construcción de la identidad como proceso social y en la identificación como proceso íntimo.

Los procesos identitarios se van construyendo y deconstruyendo a partir de la mirada del otro. En paralelo se va construyendo la identificación a partir de la interacción de nuestras subjetividades. Es un proceso en cadena y constante.

Para pensar en estos temas identitarios, me gusta usar a la comida y los ingredientes como metáfora. ¿Qué hace a la identidad de una comida? ¿Las instrucciones? ¿los ingredientes? ¿Quién la ejecuta? ¿el lugar donde se cocine? Por ejemplo: si yo colombiana viviendo en Uruguay cocino comida India –Chana masala– con garbanzos canadienses, ¿en realidad de dónde es la comida? Además, si analizamos este hecho en un contexto histórico, esta receta tan típica de la India, en algún momento fue una innovación, una ruptura para lo que en ese momento fue la comida tradicional. Esta receta contiene tomates y chiles, ingredientes llevados de América en la época de la colonia. Este ejemplo derrumbaría lo que pensamos como tradicional o típico que hace a una cultura… ¿Qué es entonces lo local en términos históricos? Esta comida que estoy preparando yo aquí, sería entonces una comida sin aura según Walter Benjamin. ¿Sería un simulacro de comida india?

Evidentemente lo que llamamos local, tradicional, típico, son construcciones culturales que me separan y diferencian del otro en el ahora, pero que en un análisis más amplio nos une a toda la humanidad, como grupo social móvil con intercambios culturales desde hace miles de años.

Es por esto que pienso y siento que definir a las personas por su nacionalidad es hacer un corte violento, así como también los que insisten en hacer tajantes cortes en cuestiones de identidad de género o étnico raciales. El pensamiento colonial señala y separa al diferente, hace escalas de los más o menos importantes en función de sus intereses hegemónicos y patriarcales, estructura nuestro pensamiento en cajitas organizando nuestro contexto. Armamos mapas mentales que nos ayuden a traducir lo que nos pasa, con estructuras útiles que resuelven nuestro día a día simplificando la razón, pero que nos limitan a la hora de entender el mundo. Lakkoff nombra estas estructuras mentales desde la lingüística como metáforas cognitivas.

Es por eso que intento -e invito- al ejercicio diario, no solo desde la académica, sino como seres humanos a tener en cuenta al individuo desde una concepción holística, integrando actores históricos, genealógicos, culturales, sociales, etc, evitando juzgar a priori, aplicando el pensamiento crítico, analizando no solo al otro, sino mi posición frente al otro con una mirada introspectiva y empática. Porque estamos en constante cambio, hagamos de esto un ejercicio consciente, como dicen Ana María Araujo y Jorge Barceló (1997) la identidad implica un proceso social dinámico, “no somos, sino que vamos siendo”.

Referencias

Araujo, A.M. (Coordinadora) y Barceló, J. (1997). Montevideanos: distancias visibles e invisibles: habitus psico-socio-culturales de la sociedad Montevideana. Roca Viva Editorial. Montevideo, Uruguay.

Benjamin, W. (2011). La obra de arte en la era de su reproducción técnica. Buenos Aires: Ed. Cuenco de Plata.

Lakoff, g. y Mark j. (1980). Metaphors We Live By, Chicago: The University of Chicago Press. Versión en castellano de Carmen González Marín, Metáforas de la vida cotidiana, Madrid: Cátedra, 2000.

1 A.M. Llano Alzate es licenciada en Artes Plásticas (UTP-Col.), Magíster en Comunicación Audiovisual (UCA-Arg.) y especialista en Afrodescendencia y Políticas Públicas (UdelaR). Realizadora y editora audiovisual, artista y feminista.

2 Para el desarrollo de este artículo al nombrar al OTRO, se está teniendo en cuenta el concepto filosófico de La Otredad. Un término usado también en los estudios antropológicos durante el siglo XX.

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