Un barrio, un obispo y una cruz

POR José Lima Hechos y dichos Sin comentarios

En la zona de Montevideo que desde hace mucho tiempo todos conocemos como La Cruz o La Cruz de Carrasco, han pasado y pasan muchas cosas; pero creo que si buscáramos un común denominador para las historias del barrio, de los hombres, mujeres y niños que lo han ido construyendo, literal y biográficamente hablando, ese denominador común sería el comienzo de una etapa nueva, la búsqueda de concretar proyectos cargados de esperanzas y sueños.

El nombre proviene de una Cruz que, plantada por los misioneros cuando era zona de quintas, en la unión de Camino Carrasco y Bolivia, anunciaba a todos los que pasaban por allí, que algunos vecinos de esa esquina del Montevideo rural estaban formando una comunidad de seguidores de Jesús; el nazareno crucificado que, al dar la vida por amor, transformó un signo de tortura en un signo de liberación.

Sin que los primeros pudieran imaginarlo, esa Cruz también sería signo de las muchas cruces que en el correr del tiempo se irían levantando en el barrio, a medida que las crisis económicas, políticas y humanas iban castigando y quebrando a muchos vecinos que ya estaban y a otros que irían llegando.

Grupos de inmigrantes, cooperativistas, obreros y obreras de cuando el sueldo daba para vivir y hasta para ahorrar, familias buscando un pedacito de tierra donde levantar su ranchito, trabajadores en la clasificación de basura, gente expulsada de barrios donde los pobres afean el paisaje… Una nube heterogénea de hombres mujeres y niños persiguiendo sueños o escapando del dolor, fueron formando una enorme columna de peregrinos que encontraron aquí su lugar.

Se fue armando la historia, un andar personal y colectivo que sabe de solidaridad, trabajo conjunto, lucha por la vida y por encima de toda superación de dificultades, buscando dignidad y horizontes en una realidad que quiere ser nueva y se hace día a día.

También hay entre nosotros pobreza, marginación, violencia y tráfico, pero esas miserias no definen ni a la zona, ni a las personas que la habitan, en todo caso muestran las peores consecuencias que años de injusticia y degradación institucionalizada han acarreado a algunos de nuestros vecinos y por extensión a todos.

Aquel grupo que se fue formando en torno a la cruz misionera, también en el tiempo fue alcanzando cohesión, madurez y hasta estatuto jurídico eclesial, con el liderazgo de un cura que tocaba el acordeón en la Iglesia y en los boliches, es decir entre los vecinos, se transformó en comunidad parroquial.

Vale decir que Don Roberto Cáceres, “el cura del acordeón”, fue uno de los padres conciliares del Vaticano II y es uno de los pocos obispos protagonistas de la renovación eclesial, que aún tenemos con nosotros.

Una parroquia, una comunidad de cristianos, una Iglesia, que creció en medio del barrio, y que hasta ahora no olvida su vocación de servicio a los vecinos. No es que siempre haya sido fiel y no se haya equivocado; al contrario, las personas y las comunidades siempre están a medio hacer y, por lo tanto, el error es parte de la historia.

Respondiendo al pedido de Pio XII, el papa en tiempos de la segunda guerra mundial, la Iglesia diocesana de Montevideo edificó varios templos votivos por la paz dedicados a la Virgen María, el de esta Iglesia de la Cruz se puso bajo la protección de María en su advocación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, como si ya desde este hecho fundante, la comunidad parroquial recibiera la consigna de estar siempre dispuesta a ayudar, a socorrer, para ser fieles hijos de una madre que nunca deja de hacerlo.

A pesar de las limitaciones y las dificultades, con heridas y cicatrices, con caídas y levantadas, pero con mucho espíritu de fraternidad, fiesta y acogida… leyendo los signos de Dios en nuestra historia concreta, discerniendo caminos, elaborando proyectos y concreciones; la comunidad fue encontrando su identidad, los rasgos propios que hacen que esté siendo como es, viviendo el seguimiento de Jesús como mejor creemos y podemos, articulando comunión y diversidad, como ha sido desde los primeros tiempos de la Iglesia.

El encuentro con Romero

En el camino de estas búsquedas en cada semana santa tratamos de profundizar en la vida y el mensaje de testigos fieles de Jesús y su Buena Noticia, los mártires de Latinoamérica en primer lugar.

Conocíamos a Mons. Romero de lejos, como alguien a quien se admira, pero sin amistad, sin familiaridad. Una decisión comunitaria nos llevó a entrar a fondo en su historia, su testimonio y su mensaje… Y nos sacudió, ilumino, desafió.

Con Ellacuría sentimos que conocer a Romero, encontrarse con él dejándolo hablar, dejándose seducir por su persona y su vivir, es inevitablemente hacer experiencia de Dios, con Romero Dios pasa por la vida de quien lo deja entrar en ella.

Sentimos que como comunidad de discípulos y discípulas, como Iglesia de Cristo que peregrina en este barrio de La Cruz necesitábamos su cercanía, tenerlo como referencia, estar bajo su protección, para que nos hable de Jesús y nos enseñe.

Nos enseña como participar y aprender de la sabiduría de los sencillos, como denunciar sin atropellar, como enfrentar sin dejar de amar, como defender sin atacar, como tener miedo sin renunciar.

Parroquia “Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Oscar Romero de América”, la madre, la primera discípula y el primer santo de la Iglesia que surge del Concilio de la primavera del Espíritu. Tenemos nuevo nombre, y con este gesto nos llamamos a más compromiso, en la renovación eclesial y en la transformación de la realidad.

San Oscar Romero es el primer santo del Vaticano II y de Medellín, un pastor santo hecho en las entrañas del pueblo sufriente de América Latina, profeta y mártir de los humildes. Con la Iglesia universal celebramos el 14 de octubre el reconocimiento institucional de su santidad. Superando años, demasiados, de oscurantismo y mentiras, el papa Francisco proclamó que Romero era un ejemplo a seguir, un modelo de discípulo de Jesús a imitar, un santo mártir de la fe, al menos formalmente se terminó el tiempo de los que querían seguir matando al profeta. Y como me dijo, con mucha sabiduría, un cantor del pueblo, apóstol a su modo, “también los pobres tenemos derecho alguna vez a mirar al sol de frente”… Y entonces hubo fiesta y hubo música y se nos llenó la cara de risas.

Como en otro tiempo hicieron los que nos precedieron, quisimos poner a la vista del barrio un signo que exprese lo que creemos y queremos vivir, siguiendo a Jesús. San Oscar Romero es una brújula en estos tiempos de confusión y fe light que nos ayuda a ver por dónde va el Maestro y por dónde pasan los caminos de Dios, por eso desde el 14 de octubre su imagen enriquece el templo parroquial.

Para redoblar la esperanza, volver a creer que hay un futuro mejor alcanzable, que el corazón del barrio sigue siendo un corazón de pionero, y que la última palabra no la tienen ni la miseria ni la muerte, nos hemos comprometido a seguir a Jesús a lo Romero, con la gracia de Dios y sin otra seguridad que su Providencia.

Amerindia y Obsur aceptaron la invitación y construyeron con la comunidad el festejo y el itinerario para llegar a él. El embajador y otros amigos de la embajada de El Salvador en nuestro país también participaron, ayudaron y compartieron un pensar y un decir que mostró cuánto tenemos en común. Vinieron hermanos, hermanas, compañeros y compañeras de distintos lugares y territorios, cada uno trajo su emoción, su compromiso y su esperanza para hacer la fiesta.

A todos nos sostiene la certeza que en tiempos de alegría como éste que vivimos, pero también en tiempos de lucha y sufrimiento crece silenciosa, desde abajo y desde los pequeños, la semilla chiquita que será un árbol frondoso para que en sus ramas vengan a anidar todos los pájaros del cielo.

¡San Oscar Romero de América, ruega por nosotros!

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