XXV ENCUENTRO NACIONAL DE LAICOS. Desde el Evangelio “vivir la cultura del encuentro”

POR Cecilia Zaffaroni Hechos y dichos Sin comentarios

Cuando me pidieron que escribiera sobre el Encuentro Nacional de Laicos para la Carta Obsur, no sabía por dónde empezar… Decidí comenzar por el principio, y compartir al final algunas reflexiones que hoy, con la distancia del mes transcurrido, intento formular.

¿Cómo llegamos hasta allí?

Durante las tres reuniones plenarias del DELAI (Departamento de Laicos) realizadas en el correr de este año fuimos preparando este Encuentro, y acordando lo que nos proponíamos generar: dar un nuevo paso en el camino que veníamos recorriendo en los últimos años, apostando a un mayor involucramiento de todos, tratando de vivir como comunidad lo que proclamamos.

En el 2014, el Encuentro Nacional bajo el Lema: “El laico en misión: salir a la periferia” partió de las Orientaciones pastorales de la CEU para el período 2014 – 2019, buscando profundizar en la perspectiva de Iglesia en salida y el papel del laico. En el 2016 intentamos ahondar en el análisis y la comprensión de los procesos de fragmentación de la sociedad uruguaya y cómo contribuir a transformarla construyendo fraternidad, desde la convocatoria: “En el año de la Misericordia: Construyamos fraternidad en una sociedad fragmentada”.

La propuesta para el 2018 fue descubrir juntos cómo los laicos estamos llevando a la práctica, haciendo vida, una Iglesia en salida, que construye fraternidad. A partir la exhortación del Papa Francisco a generar una “cultura del encuentro”, nos planteamos compartir nuestras experiencias, con sus luces y sus sombras, sus virtudes y limitaciones, reflexionar juntos y buscar luz para profundizar el encuentro con Jesús y con nuestros hermanos.

Asumimos colectivamente que la posibilidad de lograr lo propuesto dependía de que al menos unos cuántos grupos y comunidades estuvieran dispuestos a compartir experiencias, a buscar la forma adecuada de comunicar sus vivencias, búsquedas e interrogantes. Comprender que no se trataba de “mostrar lo bueno que hacemos”, sino de compartir los encuentros cotidianos, y los que salimos a buscar expresamente, lo que los motiva, cómo nos cuestionan, cómo nos transforman. Requería, asimismo, encarar un proceso que nos permitiera llegar en condiciones de hacerlo en los tiempos disponibles y dando cabida a todos los que quisieran brindar su aporte, buscando hacer presentes diversidad de realidades, situaciones, carismas.

Del mismo modo como ocurre en el encuentro interpersonal, se requería confiar en el otro, estar abiertos a su propuesta, a escuchar con expectativa y dejarnos sorprender e interpelar por lo que a veces no entendemos o no vemos de la misma manera. Asumir la incertidumbre que esto genera. No pensarla como una instancia en la que se implementa un proyecto definido de antemano, donde los parámetros han sido definidos por algunos, sino como una construcción colectiva, en el marco de algunos criterios acordados, donde tiene cabida la pluralidad de enfoques y modalidades.

Y se produjo: ¡vivimos el encuentro!

La mañana del sábado 29 de setiembre, llovía intensamente, por momentos diluviaba… y aun así fueron llegando más de 340 laicos y laicas al Colegio Maturana, desde las Diócesis de Salto,Maldonado- Rocha, Mercedes, Florida, San José, Canelones, de más de treinta parroquias de diversos barrios de Montevideo, y unos 25 Movimientos y Asociaciones Laicales.
Las experiencias compartidas durante el Plenario de la mañana, con generosidad y apertura, nos hicieron vivir “encuentros” a través del testimonio, con hombres y mujeres privadas de libertad; con jóvenes afectados por la dependencia a adicciones; con familias que acogieron en sus hogares a niños recién nacidos mientras sus familias de origen lograban superar su vulnerabilidad y fragilidad para hacerse cargo de ellos; con miembros de familias que apoyaron y fueron apoyadas por otras en momentos de dificultad y de separación para recuperar la esperanza; con comunidades parroquiales insertas y abiertas a su barrio, impulsando junto con otros el cuidado del medio ambiente y la “casa común”; con jóvenes integrados a una comunidad viviendo temporalmente en un hogar de niños y adolescentes, compartiendo con ellos su vida y su proceso de crecimiento.

Fue llamativo como muchos de los participantes de estas experiencias decidieron más tarde hacer por otros lo que alguien hizo por ellos, o expresaban como deseo, como aspiración, hacerlo una vez que lograran recuperar la libertad, superar la adicción, recomponer su situación familiar…

Durante la tarde, en los grupos, otras y muy diversas situaciones fueron compartidas: Encuentros con niños y jóvenes creciendo en situación de vulnerabilidad, con familias frágiles, con personas en situación de calle, con migrantes necesitados de acogida, con mujeres desprotegidas, con hermanos heridos por la violencia, la discriminación.

También encuentros para buscar juntos como sostener el acceso de niños y jóvenes a la educación y la construcción de proyectos de vida, para encarar procesos de perdón y reconciliación, brindar apoyo mutuo entre comunidades para vivir el compromiso en diversos ámbitos y compartir su vida y su fe, para asumir junto con otros nuestra responsabilidad por el medio ambiente. En síntesis: descubrir a Dios en el otro… y en la creación.

También fue un momento para hacernos preguntas y profundizar nuestra comprensión de lo que implica el encuentro con los otros. En el intercambio de la tarde se integraron elementos planteados por los expositores de la mañana.

A modo de ejemplo: Las preguntas de Luis Arocha sobre ¿cuándo y cómo salir al encuentro de los que no piensan como nosotros para construir fraternidad? Iluminados por la experiencia del encuentro con Jesús ¿cómo encarar el encuentro no como una estrategia sino como un fin en sí mismo? Las reflexiones de Mercedes Clara sobre el encuentro como acontecimiento siempre nuevo, único y transformador en sí, en la medida en que nos permita vaciarnos de nosotros mismos y abrirnos al misterio del otro. A través de sus palabras volvimos a dejarnos interpelar por el testimonio del Padre Cacho, por su búsqueda por encontrar a Dios en sus vecinos, en el barrio y abrir la oportunidad de la generación de un nuevo “nosotros”.

Los aportes de Facundo Ponce de León sobre la empatía, lo que implica como cercanía pero también como distancia que permita respetar el espacio del otro, su misterio, su inconmensurabilidad. Su referencia a la cultura del encuentro como “cultivo”, y su relación con la paciencia, con la atención expectante, con la espera y el respeto de los tiempos. Su mención a la necesidad de protocolos que orienten el cuidado sin perder la calidez y la personalización.

La Misa al mediodía, concelebrada por obispos de varias diócesis, fue un momento central del Encuentro. Varios lo mencionaron en la pauta de evaluación. Uno de ellos, expresó ese espíritu y escribió: “Me encantó la Santa Misa, vi la universalidad de la Iglesia con tantos cristianos de diferentes realidades de vida y de vocación”.Las evaluaciones dan cuenta de que se logró el encuentro deseado entre los participantes. Se valoró muy positivamente la instancia, más allá de que siempre hay aspectos de funcionamiento para mejorar. Muchas de las palabras incluidas expresan sentimientos: “reconfortado”, “enriquecido”, “esperanzada”, “agradecida”. Se destacó la importancia de la diversidad de experiencias presentadas, porque: “se conocen distintas realidades y se rompen “mitos negativos”, “nos confirma la necesidad de nuestro interior de este tipo de encuentros”, “nos han hecho reafirmar nuestro ser laicos en la Iglesia”, “pudimos descubrir y conocer experiencias que nos dan esperanza”, “es importante para tomar fuerzas en lo que cada uno hace”, “vimos el Evangelio en la práctica”.

Se percibe en otras expresiones la vivencia de pertenencia eclesial. “La felicidad de haber participado en este encuentro. Sentir que el Espíritu sopla en la Iglesia uruguaya”. “Tenemos una Iglesia en crisis pero ¡con vida!” “Me voy con la convicción de que somos una Iglesia viva, a pesar de sus imperfecciones Cristo está presente en ella.”

El sentido de pertenencia y compromiso también quedó expresado en la carta que un grupo de laicos hizo llegar a la Mesa y que se leyó al mediodía haciéndose eco del Mensaje del Papa Francisco al Pueblo de Dios ante los acontecimientos referidos a abusos sexuales, e invitando a que “cada uno desde nuestros movimientos, diócesis, parroquias, comunidades, los laicos asumamos el compromiso de participar activamente en la construcción de respuestas sanas y profundas, buscando discernir la mirada y el camino que Dios espera recorramos en las circunstancias que nos toca vivir”.

Así mismo se manifestó en la carta de la Mesa del DELAI dirigida al Papa Francisco que se leyó al finalizar el Encuentro expresándole la cercanía, cariño y adhesión de los laicos uruguayos y que le fue entregada personalmente por el Cardenal Sturla que asistió al Sínodo sobre la Juventud recientemente realizado.

Algunas reflexiones

Al cabo de algunas semanas, cabe analizar con un poco más de distancia, lo que en esa jornada ocurrió. Estas reflexiones son personales, el Departamento se reunirá el 17 de noviembre para evaluar el encuentro y el trabajo del año.

Que haya sido posible que esta instancia generara en buena medida lo que acordamos intentar, se explica, a mi modo de ver, porque todos los que respondieron a la convocatoria pusieron generosamente su aporte -sus panes, sus peces- y Él los multiplicó. Por eso creo que salimos ese día con el corazón agradecido. No hubiera sido posible de otra forma. Me refiero principalmente a los 25 que presentaron experiencias, pero también a los que compartieron aportes como expositores, a los que coordinaron grupos y colaboraron en diversas tareas.

Cuando es posible generar un proyecto y encarar su implementación como tarea colectiva, el proceso suele ser más complejo, pero el resultado siempre va más allá de lo que hubiera sido posible de otra manera. Cuando se genera un “nosotros”, como mencionaba Mercedes al hablar de los frutos del encuentro, el resultado siempre nos sorprende. Pero no se trata de procesos fáciles, son laboriosos y sus resultados dependen de muchos factores que no es posible controlar, es necesario compatibilizar visiones distintas, y hay que confiar.

El proceso vivido, me recuerda uno de los pasajes de la Evangelii Gaudium que me resulta particularmente inspirador y al que he recurrido más de una vez. Me refiero a aquel en el queplantea “cuatro principios que orientan el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común” (EG 221).

Comienzo por el último que menciona: “El todo es superior a la parte y también es más que la suma de ellas”. “Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano pero con una perspectiva más amplia”.
Nos ayuda a ver la tarea de cada uno como una contribución que se suma a otras, aunque no necesariamente estén siempre orientadas con idénticos parámetros y criterios.

Eso se explicita cuando dice “el modelo no es la esfera que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros”. “El modelo es el poliedro que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno”.

Un segundo principio, relacionado con este, es “que la unidad prevalece sobre el conflicto”. Nos habla de unidad en la diversidad. Nos cuesta muchas veces integrar y sentirnos uno con quienes tenemos diversidad de opciones en lo pastoral y en otros campos. Pero él nos dice: “No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna”.

Los otros dos principios también vienen al caso: “la realidad es más importante que la idea”, enfatizando la importancia de la encarnación de la Palabra. “No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo”. A veces en la puesta en práctica encontramos más puntos en común de lo que esperábamos. Como dijo uno de los asistentes al Encuentro: conocer diversas experiencias puede ayudar a “romper mitos negativos”.

Por último, el principio que Francisco menciona en primer lugar: “El tiempo es superior al espacio”. “Darle prioridad al tiempo, afirma, es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios”. Sin duda, nuestros tiempos no son los tiempos de Dios, y muchas veces perdemos esto de vista, cuando nos ponemos en el centro y queremos ver los frutos ya, tal vez para sentir que somos quienes los hemos generado.

Muchos desafíos quedan planteados respecto a cómo seguir avanzando y cómo fortalecer la presencia y el aporte de los laicos en nuestra Iglesia y en la sociedad, como cuerpo que vive la unidad en la diversidad. Cómo generar condiciones para hacer posible la construcción colectiva que optimiza aportes, genera pertenencia y coherencia entre lo proclamado y lo vivido.

El Encuentro comenzó con una alocución de Francisco invitándonos a generar una cultura del encuentro (video). En la homilía de la Misa final del último Sínodo de Obispos, el 28 de octubre, el Papa Francisco se refiere una vez más al encuentro al predicar sobre el Evangelio de Marcos donde narra el encuentro de Jesús con Bartimeo.

“La fe pasa por la vida. Cuando la fe se concentra exclusivamente en las formulaciones doctrinales, se corre el riesgo de hablar sólo a la cabeza, sin tocar el corazón. Y cuando se concentra sólo en el hacer, corre el riesgo de convertirse en moralismo y de reducirse a lo social”.
“La fe, en cambio, es vida: es vivir el amor de Dios que ha cambiado nuestra existencia. No podemos ser doctrinalistas o activistas; estamos llamados a realizar la obra de Dios al modo deDios, en la proximidad: unidos a él, en comunión entre nosotros, cercanos a nuestros hermanos”.

¿Cómo seguir? ¿Cómo aportar como laicos en las actuales circunstancias en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad? No hay respuestas hechas, y las que se van construyendo no son válidas de una vez para siempre, menos aún en un mundo tan cambiante. Nadie puede responder en lugar nuestro, y la respuesta de cada uno desde su lugar, su circunstancia, por pequeña que sea, es esencial para el conjunto.

Solo nos queda, entonces, pedir a Dios la gracia de poder recrear y renovar cada día nuestro discernimiento, conversión y compromiso. Como nos propone Francisco: unidos a Él, en comunión entre nosotros, cercanos a nuestros hermanos.

 

 

 

 

 

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