Breve reseña de la Sociedad del Cansancio y no tan breve comentario a partir de su lectura

POR Rosa Ramos Leyendo y webeando 2 comentarios

La sociedad del cansancio es un breve ensayo de Byung-Chul Han, nacido en Corea del Sur en 1959, quien a los 26 años sin conocer el idioma se fue a Alemania a estudiar Letras, acabó estudiando también Filosofía y Teología en Friburgo y Münich. Actualmente es docente en Berlín. Ha escrito varios ensayos críticos sobre la sociedad actual, el cuasi culto impuesto por los medios masivos de comunicación a la “transparencia” que no es más que exhibicionismo (léase Gran Hermano), y “la sociedad del rendimiento” cuya patología propia es el cansancio y la frustración.

Este pequeño ensayo se publicó en Alemania en el 2010 y la traducción española en el 2012, pero fue el año pasado que alcanzó difusión en Montevideo y es objeto de discusión en ciertos ambientes como el IPA. A mi juicio hay tesis correctas y otras no, claro que realizando un juicio desde el sur, que también existe, y no tan claro, porque este sur tiene su primer mundo coexistiendo con su tercero, y hasta cuarto y quinto. El planteo de Han creo que expresa bien las subjetividades “quemadas”, ese agotamiento y depresión que campea en el primer mundo, se halle el mismo ubicado allá o acá. Porque la globalización ha borrado algunas fronteras, -en tanto ha construido otras hasta con muros físicos-, sobre todo a nivel de subjetividades y patologías contemporáneas.

Primero lo primero: el contenido. Este ensayo está publicado por Herder, pero está accesible en internet, junto con otros del autor. Los capítulos son los que enumero, también muy breves: La violencia neuronal; Más allá de la sociedad disciplinaria; El aburrimiento profundo; Vita activa; Pedagogía del mirar; El caso Bartleby; La sociedad del cansancio.

En el prólogo a la sexta edición, la editorial se retoma y recrea un viejo mito. Me permito copiar parte del planteo “El Prometeo cansado”, pues creo que es muy ilustrativo:

El mito de Prometeo puede reinterpretarse considerándolo una escena del aparato psíquico del sujeto de rendimiento contemporáneo, que se violenta a sí mismo, que está en guerra consigo mismo. En realidad, el sujeto de rendimiento, que se cree en libertad, se haya encadenado como Prometeo. El águila que devora su hígado en constante crecimiento es su álter ego, con el cual está en guerra. Así visto, la relación de Prometeo y el águila es una relación consigo mismo, una relación de autoexplotación. El dolor del hígado, que en sí es indoloro, es el cansancio…

Una de las tesis de Byung Chul Han es que hemos pasado de luchar contra otros (ya sean lobos bacterias o virus) con técnicas y campañas inmunológicas, para luchar contra nosotros mismos y nuestros límites, empujándonos al agotamiento, la frustración y la depresión, en virtud de un rendimiento que nos autoexigimos en esta sociedad que ya no es disciplinaria como la que denunció Foucault, sino una sociedad del rendimiento. Obviamente éste es exigido por la globalización neoliberal, pero el modelo está tan interiorizado que es el propio sujeto su verdugo, explotador, victimario y víctima, claro. Pero no inocente -esto lo digo yo-.

Como señalara hace ya unos cuantos años, José Luis Rebellato, fallecido en 1999, un modelo sólo puede imponerse en la medida en que coloniza las conciencias y domina desde dentro creando nuevas subjetividades; en el caso del paradigma dominante se trata de nuevas subjetividades construidas bajo el modelo de la violencia, decía. Rebellato como uruguayo y defensor de la dignidad de los últimos, veía que lo terrible de este modelo es que las propias víctimas interiorizaban los rasgos dominantes, reproduciendo la violencia, de ahí la necesidad de construir dignidad desde abajo, desde la educación y los movimientos populares.

La inquietudes de Han no hacen foco como Rebellato y tantos teólogos latinoamericanos en las “no-personas” invisibles, o nadies, ninguneados sistemáticamente, en los millones de mujeres y de varones que viven a diario la violencia ejercida sobre sus cuerpos, sus vidas amputadas, y se les niega hasta el derecho de soñar. Quizá por eso -porque mi mirada es desde ese, este, suelo- es que no comparto la tesis de Han acerca de que ya “no hay reacción inmunológica” en la sociedad actual porque no hay enemigos afuera a los que enfrentar (los pobres sin duda tienen enemigos objetivos, afuera, más allá de su subjetividad).

Sin embargo, otras tesis del autor coreano alemán me parecen sí de recibo y me han inquietado desde hace meses, porque en las subjetividades de la clase media e intelectual de nuestro país percibo esa frustración, ese agotamiento que él describe y afirma como efectos de esta sociedad del rendimiento, diferente a la sociedad disciplinaria. Si bien ambas coexisten, y vaya que lo hacen, en estos Uruguay tan distintos en que hemos devenido.

El capítulo “Más allá de la sociedad disciplinaria” me parece particularmente esclarecedor. Afirma que la sociedad de rendimiento del siglo XXI es de “positividad”. Dice Han: “La sociedad de rendimiento se caracteriza por el verbo modal positivo poder sin límites”. Se expresa en la premisa: “Yes, we can”. La sociedad disciplinaria (de los panópticos de Foucault) que limitaba con los “no” y la vigilancia,  generaba -y luego aislaba- locos y criminales; en cambio, sostiene Han: “La sociedad del rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados”. Provoca el síndrome de “un alma agotada, quemada”.

Lo que ha cambiado no es la exigencia de rendimiento y producción entre ambas sociedades, sino que el modelo trasladó de un modo terrible la responsabilidad y la vigilancia al interior de las personas para maximizar el rendimiento. Los sujetos hoy han de ser emprendedores de sí mismos y llegan a la depresión por esa exigencia continua de iniciativa personal productiva, de superarse a sí mismos -además de a otros-. Alain Ehrenberg citado por Han, publicó La fatiga de ser uno mismo, título bien sugerente para ilustrar esa responsabilidad que agobia.

Han agrega otros factores para explicar la depresión que campea muchas veces camuflada en las personas exitosas de los primeros mundos, como la carencia de vínculos auténticos fruto de la progresiva fragmentación y atomización social, y sobre todo insiste en la presión por el rendimiento como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna.

Al nuevo tipo de hombre, indefenso y desprotegido frente al exceso de positividad le falta toda soberanía. El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, a saber: voluntariamente, sin coacción externa. Él es, al mismo tiempo, verdugo y víctima… La depresión se desata en el momento en que el sujeto de rendimiento ya no puede poder más.

Realmente me impacta y remueve esta afirmación: el depresivo ¡ya no puede poder más! He ahí el alma quemada que acaba renunciando, queriéndose bajar del mundo como Mafalda, y no pocas veces renunciando incluso a vivir. En suma, este coreano, ahora alemán, nos viene a decir que hay demasiados perdedores en esta historia, podremos poner el acento en unos u otros, según desde dónde miremos o desde el propio suelo, pero lo cierto es que los ganadores también son perdedores, y esto es lo de recibo, para nuestra reflexión.

Podemos poner el acento -y creo que aquí debemos hacerlo- en los perdedores materiales, la legión de refugiados, esa legión de migrantes hambrientos y sedientes de una tierra prometida; la otra legión de los que ya ni pueden moverse, que mueren deshumanizados y famélicos en sus propios territorios -no sólo en África, Medio Oriente o Haití, mucho más cerca también-; los ancianos abandonados; las víctimas de trata de personas para la prostitución y otras yerbas… Pero es necesario también prestar atención a lo que está sucediendo en nuestras subjetividades, a fin de advertir a los jóvenes que están mamando esta cultura del rendimiento autoimpuesto en los sectores medios y altos, en las universidades y empresas, también -si fuera posible- para revertir esta cultura de frustración y muerte.

Junto con las enfermedades autoinmunes, los infartos, y otras causas de muerte relevadas como las principales entre los sectores menos pobres, la depresión lleva la delantera en las enfermedades psicológicas, y es la primera causa de los suicidios.

Este libro y otros de autores contemporáneos poniendo la mirada en Europa, EEUU, y los primeros mundos que conforman pequeñas islas de sobreabundancia en los diferentes países, nos están advirtiendo sobre la locura de un modelo que nos va conduciendo -persuasiva y eficazmente- no hacia la vida abundante para todos, sino a la destrucción del planeta y de millones de vidas por una parte; y a la depresión de otros tantos, por otra.

Quisiera decir una palabras sobre otros tópicos del libro de Han, como su crítica al exceso de estímulos, así como al sobrevalorado “multitasking”, y su elogio al aburrimiento (¡sic! Igual que Pascal hace siglos) como un estado necesario para la auténtica creación de lo nuevo y no seguir produciendo más de lo mismo. También cuestiona la “vita activa” (propuesta por Hannah Arendt -no estoy segura si no hay allí una interpretación forzada)- para proponer el recogimiento, la contemplación y en suma la “vita contemplativa” con una pedagogía del mirar para alcanzar una auténtica libertad que pasa por decir “no”. Aquí recordé la definición de libertad que da Albert Camus, citada en la reseña de El primer hombre, publicada en Carta Obsur en un número anterior, y pensando en Camus precisamente, suscribo, y no descarto la vida activa y heroica exigida por Arendt. No veo la razón de oponerla a la vida contemplativa; ¡ambas son necesarias!

El último capítulo es complejo, no basta una primera lectura, y da un giro que sorprende porque recién allí, y al final, dirá a qué se refiere con la sociedad del cansancio del título del ensayo. Empieza planteando que la sociedad activa se está convirtiendo en sociedad del dopaje para poder seguir rindiendo y funcionando sin alteraciones.

A partir de la referencia al Ensayo sobre el cansancio de Handke, va discurriendo sobre dos modos de cansancio -uno mudo que aísla, divide, aniquila al otro y al mundo; y otro cansancio elocuente, dice, que mira, reconcilia, que da confianza en el mundo, dando lugar a un sosiego especial, receptivo y cordial-. Byund Chul Han acaba haciendo un elogio a ese “cansancio fundamental que inspira y deja surgir el espíritu” -de pronto, a mi juicio extrañamente-, hace referencia a la comunidad de Pentecostés recibiendo al Espíritu Santo-.

Hay que seguirle el hilo para entender la oración con la que cierra el ensayo y donde aparece por primera vez el título. La silencio, para generar expectativa e invitar a leer y hacer su propia reflexión sobre este librito. Inquietudes varias, y unas pocas pistas, he compartido ya.

2 comentarios

  • Smithe744 dice:

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