Dejarse querer

POR María Dutto Espiritualidad Sin comentarios

Recibir con agradecimiento el amor que se nos da es igual o más difícil que amar. Este texto trata sobre tres obstáculos que nos dificultan recibir de corazón y disfrutar plenamente de lo que se nos regala: la desnudez, el merecimiento y la deuda. 

 

La desnudez 

Mis pies son toscos y fríos: un mapa de callos, arrugas, llagas, cortes, cicatrices y restos de ampollas viejas. Ni mi mujer a la noche dejaba que la rozara con mis pies ásperos y percudidos por la tierra del camino.

Cada una de mis marcas tiene una historia que contar, pero en general si alguien se detuviera a mirar mis pies solo vería una masa cubierta de polvo.

Jesús aquel jueves cuando comíamos la Pascua insistió en tocarme los pies y lavarlos. No lo entendí. Es cierto que no había ningún esclavo en la casa, pero podía lavármelos solo. En algunas de las casas que visitamos me habían lavado los pies como gesto de hospitalidad y la verdad es que también me había sentido incómodo, pero esto era el colmo. ¿Cómo voy a dejar que mi maestro se rebaje así y palpe mi mugre y mis durezas?

La negación de Pedro a que Jesús le lavara los pies en la última cena (Jn. 13, 2-9) me trae a la memoria la típica frase que empiezan a decir los niños cuando están aprendiendo a hacer algo: “Yo puedo solo”. Y es que el amor de los otros a veces nos hace sentir inútiles, dependientes. Quisiéramos poder solos con todo y nos duele reconocer que necesitamos de los otros, bajarnos del pedestal de la autosuficiencia.

Luego de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les explica que si él que es el maestro les lavó los pies fue para mostrarles que deben lavarse los pies los unos a los otros. He mirado siempre esta recomendación de Jesús como una invitación al servicio, a dar más, pero nunca había reparado en que si nos debemos lavar los unos a los otros también nos toca aprender a “ser lavados”.

Entonces me pregunto qué me pasa a mí cuando me toca estar del lado del que es servido. ¿Cuál sería mi reacción si me tocara vivir una enfermedad que me hiciera depender de otros para cubrir mis necesidades más básicas? ¿Qué sentiría si me quedara sin trabajo y algún amigo compasivo me ofreciera techo y comida? O simplemente, ¿qué me pasa cuando alguien elige compartir su vida conmigo y en esa cercanía palpa todas mis asperezas y suciedades?

Mi sensación es que no es tan fácil “dejarse querer”, porque nos obliga a aceptar nuestra vulnerabilidad y a reconocer que el otro tiene algo que nosotros no tenemos. Nos hace encontrarnos con ese lugar interno y tapado en donde nos sentimos inútiles, desvalidos, impotentes.

La frase de los Hechos de los Apóstoles «hay mayor alegría en dar que en recibir» (Hch. 20,35) supongo que refleja un poco la dificultad de recibir con alegría que tenemos a veces. Cuando damos nos sentimos útiles, hasta importantes. ¿Pero cuando recibimos? Félix González[1] sostiene que bien entendida la frase nos invita tanto a dar como a recibir, porque al recibir hacemos posible que el otro viva la alegría de dar.

Reconocer que el otro tiene algo que nosotros no, no implica desvalorizarnos, sino aceptar que la riqueza está en la diversidad, que nos complementamos y que unas veces nos toca el lugar de dar y otras el de recibir. Podemos disfrutar de los dos roles.

Uno podría pensar que en la relación con Dios eso es más fácil, porque es obvio que Él es el que tiene y nosotros los que no. Pero también nos ponemos murallas frente a Dios. Dejarnos lavar por Él es reconocer que Dios es Dios y nosotros somos solo puntos en la inmensidad del universo.

 

El merecimiento 

Mirame, nadie me reconocería. Todo sucio, con olor a puerco, muerto de hambre, descalzo… me lo merezco por idiota. Tenía todo y elegí irme. Y encima que mi padre accedió a darme mi parte de la herencia, me la quemé toda. Podría haber invertido la plata en algo decente, pero no, se me fue como agua entre los dedos. ¿Y todo para qué? ¿Dónde están las noches que gocé? Mirame. Fui un verdadero idiota.

Me da vergüenza volver a la casa de mi padre en este estado, pero no tengo otra opción. No puedo seguir así como estoy. Él me va a poder dar trabajo en el campo y al menos no voy a pasar hambre como ahora. No sé cómo voy a mirarlo a la cara, porque no merezco que me dirija la palabra. Soy una vergüenza para la familia, no merezco ser su hijo.

¿Qué hubiera pasado si el hermano menor de la parábola del hijo pródigo (Lc. 15, 11-32) se hubiera quedado trancado en el “no merezco ser llamado hijo tuyo” cuando volvió a la casa de su padre? ¿Si hubiera rechazado el vestido, el anillo y el calzado y no se hubiera sentido digno de la fiesta de recibimiento que su padre le preparó? ¿Si no hubiera aceptado su perdón por no sentirse merecedor?

Lo mismo podría haber pasado con los trabajadores que fueron contratados a última hora en la viña (Mt. 20, 1-16). ¿Qué pasaría si hubieran dicho “no es justo que me pagues el jornal entero, no lo merezco, solo trabajé una hora” y hubieran devuelto casi todo el dinero?

En realidad, parecería que solo se concreta realmente el acto de dar cuando el destinatario lo recibe. Hasta que eso no pase está la disposición, pero no se da del todo la acción. Henri Nouwen en su libro With open hands dice: “en última instancia, los regalos se convierten en regalos solo cuando son aceptados”. Está en nosotros la libertad de elegir recibir o no. Podemos quedarnos en la vereda del que no se siente merecedor y rechazar el amor que se nos da gratuitamente, o podemos aceptar que si bien no lo merecemos somos afortunados por encontrarnos con personas generosas.

El hecho de que Dios nos ame así, como somos, es algo que a veces cuesta creer. Pensamos que tendríamos que ser perfectos para que nos quiera. Servir más, dar más, parecernos más a Él. Y quizás sea cierto que no tenemos mérito suficiente para que Dios nos ame y no lo vamos a tener nunca, pero Él lo hace igual. La lógica de amor es muy distinta de la del mérito.

Recibir su amor es reconocer que Dios es Dios, darle su lugar. No es por merecimiento nuestro que se nos regala la vida sino por su grandeza. Dios es generoso, pero está en nosotros aceptar o no esa generosidad, disfrutar de que “no nos trata según nuestros pecados ni nos paga según nuestras ofensas” (Salmo 103, 10).

 

La deuda 

No sé cómo llegué a deberle tanto… ¿en qué gasté el dinero que me prestó? Hace tanto que vengo arrastrando esto que ya ni me acuerdo. Y digo arrastrando porque esa es la sensación: llevo con todo mi cuerpo algo que pesa y es de nunca acabar. Ahora por lo menos me dio un tiempo más…

Él dice que me la perdona, pero yo se lo voy a pagar todo, soy un hombre de palabra, tengo que defender mi honor. Seguro consigo plata de algún lado, algo se me tiene que ocurrir… Un poco de acá y otro de allá. Primero tendría que recuperar lo que yo mismo presté, no es mucho, pero algo es algo, por ahí un poco puedo amortizar.

El hombre le debía al rey diez mil monedas de oro y no tenía con qué pagarle. Era una deuda tan grande que aún si él fuera vendido como esclavo junto a su mujer y sus hijos y diera todas sus pertenencias, eso ni siquiera cubría todo (Mt. 18, 21-35).

El rey se compadeció y le perdonó la deuda. Más allá de la mezquindad que luego el hombre tiene con su compañero, su actitud en primer lugar muestra que no entendió la reacción del rey para con él. Si se hubiera sentido realmente perdonado, incluso si hubiera comprendido que su deuda era totalmente impagable y que quisiera o no estaba a merced del rey, hubiera seguramente perdonado él a su compañero. Pero no lo entiende, no puede salirse de la incomodidad de no poder devolver. Quiere recuperar algo de lo que le deben a él, quizás para amortizar su propia deuda, que aún siente que tiene.

La lógica del amor es muy distinta de la lógica del comercio. Si bien es cierto que en las relaciones sanas todas las partes dan y reciben, no se trata de una ecuación de equivalencias. Quizás sea porque los dones auténticos, los que salen del corazón, no se pueden medir ni comparar.

A Dios nunca le vamos a poder devolver lo que nos dio, empezando por la vida. A nuestros padres quizás tampoco podremos devolverles todo lo que hicieron por nosotros desde que nacimos. A los que nos hospedan en sus casas quién sabe. A los que nos perdonaron cuando los lastimamos tampoco podemos indemnizarlos por el daño que les hicimos. Entonces, si lo miramos con una lógica comercial, ya tenemos una deuda impagable… Pero podemos responder con amor al amor que recibimos y confiar en que al que nos dio, Dios le va devolver más. El que da mucho, mucho recibe. Quizás no sea de nosotros, pero seguro va a recibir porque el amor circula. Además, el que da de corazón no espera nada a cambio y lo que más quiere es que lo recibamos con alegría. Por eso nuestra respuesta al amor no tiene que ser desde la obligación o la culpa.

 

Dejarse querer

Dejarse querer: dejar que nos laven los pies, aceptar que nos perdonen la deuda, que nos reciban con los brazos abiertos cuando nos equivocamos, que nos paguen el jornal entero aunque hayamos trabajado poco.

Jesús nos da el ejemplo, porque supo recibir el cariño de su gente. Lo hizo con María de Betania cuando le ungió los pies con perfume de nardo (Jn. 12, 3) y defendió su gesto ante la protesta de Judas. Lo hizo en casa del fariseo Simón con la mujer conocida como pecadora que le lavó los pies con sus lágrimas (Lc. 7, 36-50). Aceptó también la hospitalidad que le brindaba la gente de los pueblos y que él como peregrino sabía que no iba a poder devolver. Dios está ahí para abrazarnos, para donarse, siempre y de mil maneras. Es nuestra decisión dejarnos querer. Somos totalmente libres en eso. Dejarse querer implica bajar la guardia, confiar.

El amor mueve todo si lo dejamos entrar. El poder de la voluntad individual es muy pobre comparado con la fuerza transformadora que tiene el amor. Dejarse querer implica dejarse transformar. Porque el que realmente recibe en su corazón, no hay forma de que quede igual. El amor mueve montañas, derrite témpanos de hielo, lava, sana, ablanda las rigideces, derrumba nuestras murallas.

Vale la pena dejarse querer.

_____

[1]     González, F (2015)  “Hay más felicidad en dar que en recibir” En 21. La revista cristiana de hoy. Blog de los sagrados corazones. Disponible en: http://blogs.21rs.es/corazones/2015/06/20/hay-mas-felicidad-en-dar-que-en-recibir/  Consulta: 4/10/2017

Escribe un comentario