El primer hombre – Albert Camus
“Los hombres sin historia, son la Historia” Silvio Rodríguez

POR Rosa Ramos Leyendo y webeando Sin comentarios

La historia no es tal mientras no existe la palabra que hilvana hechos -por sí mismos mudos o aislados-, los significa, los resignifica interpretándolos, y los comunica.

Los escritores como Albert Camus (Argelia 1913, Francia 1960), sin ser historiadores, son constructores de Historia, en tanto capaces de nombrar, cuestionar, cargar de sentimiento aquello que simplemente acontece, sobre todo aquello que se repite una y otra vez (nacer, trabajar sin descanso, morir, o ser muerto prematuramente; la pobreza, la guerra….)  y se hunde en la tierra muda y anónimamente.

Los hombres no mueren mientras sean recordados, y revisitadas sus obras.

Los escritores viven en tanto sus libros son leídos por las nuevas generaciones.

Ciertos creadores no pierden vigencia –lamentablemente a veces cae sobre ellos el olvido de unos y la ignorancia de muchos-; pueden y deben ser leídos en distintas épocas, por distintas generaciones, porque por su sensibilidad a lo humano una y otra vez se hacen prójimos nuestros, y, generosamente, nos prestan sus herramientas para ahondar en el misterio de la humanidad.

En el caso de Albert Camus, especialmente en el misterio de la humanidad doliente.

“…había un misterio en ese hombre, un misterio que él siempre había querido penetrar. Pero al fin el único misterio era el de la pobreza, que hace de los hombres seres sin nombre y sin pasado, que los devuelve al inmenso tropel de los muertos anónimos que han construido el mundo, desapareciendo para siempre…”

Hoy, aquí, y en todo el planeta, sigue habiendo mucho sufrimiento irredento.

O por redimir, y antes, por conocer, aceptar y asumir. Por cargar y encargarse.

Este libro puede ayudarnos a beber ese cáliz amargo del silencio de los pobres –de ayer y de hoy-, y descubrir no obstante, allí mismo, la dulzura que cuesta expresar, la fuerza vital, la alegría de los niños, sus juegos y su capacidad de resiliencia –en términos actuales-, de abrirse camino si los sostiene un amor y los anima un maestro.

El primer hombre, es novela autobiográfica inconclusa por la muerte (causada por un accidente cuando aún no había cumplido 47 años). Tras su muerte fue encontrado el manuscrito con una parte bastante completa y otra aún por concluir, a juzgar por las muchas “notas y proyectos”. Su hija se ocupa de la publicación póstuma y en algunas ediciones se incluyen como apéndices esas notas que el autor no llegó a insertar en su obra. La edición que he leído incluye además dos cartas significativas: del autor a su maestro y la respuesta de éste.

Albert Camus relata su vida, su orfandad, la pobreza de su familia y de su barrio, la apertura a otros barrios y mundos, pero la necesidad de volver del hombre que ya con 40 años ha regresado una y otra vez a descubrir sus raíces esquivas, los secretos familiares, aunque con escaso éxito, pues el destino de los pobres es la muerte y el anonimato, el desaparecer sin dejar huellas, en la tierra del polvo, aún en sus familias.

La obra nos sumerge en la Argelia de hace un siglo, un país colonizado por Francia, con muchos colonos de orígenes diferentes, de personas elementales que viven para trabajar:

“El trabajo en aquel barrio no era una virtud, sino una necesidad que, para asegurar la vida, conducía a la muerte”.

La vida cotidiana, los valores “naturales”, y simultáneamente la ausencia de planteos morales o religiosos explícitos, son resaltados en El primer hombre, así como la resistencia -en unos, callada, en otros, rebelde, insumisa- ante el oscuro destino. Como ejemplo de resistencia silenciosa propone a su madre, y de resistencia rebelde a sí mismo, dice, contraponiéndose a ella:

“Había tratado de escapar al anonimato, a la vida pobre, ignorante, obstinada, incapaz de vivir al nivel de esa paciencia ciega, sin frases, sin otro proyecto que lo inmediato…”

Y en una nota (para insertar o corregir lo dicho) lo expresa de otro modo:

“La verdad es que pese a todo mi amor, yo no pude vivir con esa paciencia ciega, sin frases, sin proyectos. No pude vivir su vida ignorante.”

La novela nos revela -o más bien insinúa para que lo descubramos- el misterio humano y el misterio de este hombre concreto que fuera reconocido por su obra literaria con el Premio Nobel de Literatura tres años antes de su muerte.

Sin siquiera tener ni poder hallar un recuerdo del padre muerto en la guerra; amando entrañablemente la madre sorda y analfabeta; sufriendo los castigos de la dura abuela -reconociendo más tarde en su brutalidad una forma de resistencia-; compartiendo el primitivismo de su tío -y los placeres sencillos de él, como las salidas de cacería-; viviendo en esa economía de guerra del barrio pobre de Argel; pero sobre todo en esa casa oscura, oyendo las palabras mínimas que indicaban acciones –no pensamientos ni sentimientos-: en ese hogar sin letras y sin libros, creció este escritor. Creció el niño que sería el hombre letrado y sensible ante tanto sufrimiento humano inexplicable.

Su propia historia es la materia de esta novela, marcada por la desgracia, la ignorancia familiar, y la pobreza. Pero también la porfiada búsqueda, tan feliz como angustiosa, de una vida diferente, plena, digna, libre, que tanto se descubre en la amistad con otros niños, jugando al futbol en los campitos (soportando luego las palizas de la abuela), ya en el invento de juegos y riesgos, como en las clases del maestro, en la biblioteca, y luego en el liceo.

El primer hombre muestra la pasión por la vida, el deslumbramiento ante los libros y la realidad de “más allá” de las estrechas y polvorientas calles de su barrio marginal. Tantos misterios por conocer, despertados por un maestro especial.

A dicho maestro dedicará Camus su premio Nobel, y no dejará nunca de visitar.

Fue la puerta hacia un mundo nuevo, amplio, que luego exploró y degustó, pero desde donde también pudo comprender mejor aquel mundo tan acotado de su infancia.

. “… ya se habían hecho a ello (estrechez, pobreza) y también a una desconfianza resignada con respecto a la vida, que amaban animalmente, pero de la que sabían por experiencia que pare regularmente la desgracia sin haber dado señales de estar preñada.”

“… vivían cerca de la muerte, es decir, siempre en el presente.”

Y atravesando todo el relato, el amor a la madre. Un amor mutuo que no obstante no logran expresarse por pudor de él, por falta de palabras, o por esa “lejanía o ausencia” que la caracterizaba a ella. Pero sin duda esa relación fue la más significativa para el niño, Jaques en la novela, Albert, en la realidad.

Por ella volvía una y otra vez desde París y el gran mundo a su Argelia y su barrio oscuro de la infancia, a contemplarla y pretender adivinar en sus silencios el misterio de la humanidad sufriente.

En las notas y proyectos señala que una posibilidad sería escribir toda la novela dirigida a ella y al final decir que no podría jamás leerla por ser analfabeta.

Camus relata con pasión, y con prisa. La lectura se vuelve por momentos vertiginosa, a la vez hay capítulos en los que ese vértigo plasma descripciones tan detalladas que parecen contradecir la prisa, pero simultáneamente aumentan el vértigo. A la vez evidencian la riqueza poética y gusto por el lenguaje descriptivo de quien viviera -infancia y adolescencia- entre iletrados y casi mudos.

El manuscrito tenía un final, que es el de la obra publicada. Pero en las “notas y proyectos” aparecen otros posibles. Y entre ellos este con el que concluyo. Algunos se preguntarán por qué “quemo” la novela si estoy invitando a leerla, pues no la quemo, muestro algunas de sus perlas finas para que, a semejanza del hombre de la parábola, se animen a venderlo todo y comprar el campo.

Como dije al inicio, esta es una obra para revisitar y un autor para no olvidar.

        “Y exclamó mirando a su madre y después a los otros: ‘Devolved la tierra. Dad toda la tierra a los pobres, a los que no tienen nada y que son tan pobres que ni siquiera han deseado jamás tener y poseer, a los que son como ella en este país, la inmensa tropa de los miserables, casi todos árabes, y algunos franceses que viven o sobreviven aquí por obstinación y aguante, con el único honor en el mundo que vale, el de los pobres, dadles la tierra como se da lo que es sagrado a los que son sagrados, y entonces yo, de nuevo y por fin arrojado al peor exilio en el extremo del mundo, sonreiré y moriré contento, sabiendo que por fin están reunidos bajo el sol de mi nacimiento la tierra que tanto he amado y aquellos y aquella a los que he reverenciado. Entonces el gran anonimato será fecundo y me cubrirá también – Volveré a ese país’.”