ENTREVISTA A LEONEL NARVÁEZ.
EL DESAFÍO: PERDÓN Y RECONCILIACIÓN

POR Agustina Marques y Laura Moreira Preguntas y respuestas Sin comentarios

Como expresa la página de la organización que creó Fundación para la Reconciliación, Leonel Narváez Gámez es filósofo, teólogo de la Universidad de San Buenaventura en Bogotá y sociólogo con posgrados en la Universidad de Cambridge en Inglaterra y Universidad de Harvard en Estados Unidos. Es sacerdote religioso de los Misioneros de la Consolata, comunidad fundada en Turín, Italia.

Leonel trabajó sus primeros diez años como coordinador de desarrollo social de la Diócesis de Marsabit, Kenya, privilegiando su trabajo con las tribus nómadas en el desierto del Chalbi en los límites entre Kenya, Sudan y Etiopía, región cercana a lo que se considera hoy día la cuna de la humanidad. Utilizando el método de Educación Liberadora de Paulo Freire organizó una extensa campaña de alfabetización y liberación socio-económica y cultural con grupos indígenas en la que el tema de los derechos humanos jugó un papel principal.

De 1990 al año 2000, trabajó en Colombia en el Vicariato de San Vicente del Caguán y Puerto Leguízamo. Fue responsable de la Oficina de Desarrollo Social desde donde implementó programas de apoyo socio-económico en los departamentos de Caquetá y Putumayo, a través del proyecto Grafam (Granjas Amazónicas). Fue fundador del Centro de Investigación y Formación Amazónica (CIFISAM). Durante el tiempo del despeje (1999-2001), facilitó los diálogos entre el Gobierno y la FARC. Hizo parte del Comité Temático de la Negociación y colaboró para que los primeros contactos de los representantes del Gobierno se  hicieran realidad. Además de ser promotor incansable de los Derechos Humanos, incluyendo los derechos de la naturaleza, participó en forma efectiva para la liberación de decenas de secuestrados.

Actualmente, es el presidente de la Fundación para la Reconciliación, de la que es fundador. Ha extendido exitosamente las Escuelas de Perdón y Reconciliación -ESPERE- en la ciudad de Bogotá y en varias ciudades de quince países de la Américas y Europa, en donde viene promoviendo el perdón como un derecho humano y como virtud política.

En el mes de abril, Uruguay recibió a Leonel Narváez en el marco de su charla en el paraninfo de la Universidad de la República “Pedagogía del cuidado: Un nuevo paradigma educativo ante el problema de la violencia”, entre otras actividades. Junto con la revista Ciudad Nueva, Obsur tuvo la oportunidad de entrevistar a un cansado, por varias jornadas de actividad, pero muy satisfecho y amable Leonel, que nos habló de este tema central para la convivencia entre los seres humanos.

En el pasado, usted participó en conversaciones de paz entre guerrillas colombianas y el gobierno que, en su momento, no tuvieron éxito. A diferencia de aquellas, ¿por qué las que se están desarrollando ahora en Cuba están avanzando?

Después de analizar qué falló en las negociaciones anteriores, que fueron en los años 1999-2001, mi tesis es que, además de las “necesidades externas” (o sea, las de la paz), no se tuvieron en cuenta las que yo llamo las “necesidades internas” de las personas involucradas. Las negociaciones se hicieron muy difíciles cuando los negociadores de ambas partes se dejaron llevar por la emocionalidad, es decir, por la rabia, el rencor y la impaciencia.  Había que atender también las necesidades subjetivas, emocionales.

Su formación es sociológica y espiritual, y en su obra se conjugan ambos aspectos. ¿La propuesta de perdón y reconciliación que presenta es tanto espiritual como social?

Yo diría que lo más espiritual es lo más social, y lo más social es lo más espiritual. No hago ninguna diferencia entre los dos aspectos, y pienso que la espiritualidad está sobre todo en una relación amable, cariñosa, compasiva, feliz con el otro. Pienso que en el fondo es lo mismo.

En procesos post-conflictos, como los que se dieron en dictadura, la palabra “perdón” no está bien vista porque se la suele considerar como antagónica a la justicia. ¿Cómo se concilian ambas posturas?

Ese es un concepto equivocado de perdón. Más que un regalo para el otro, el perdón es un regalo para mí mismo. Lo que yo realmente estoy haciendo con el perdón es negar la venganza. Si perdono elijo no aceptar la represalia en mi vida. Freno la venganza y también la rabia y el rencor que, si los aplicara, en realidad, no dañaría tanto al otro cuanto me haría daño a mí. Entonces el perdón es un remedio que le sirve al otro, pero sobre todo me sirve a mí mismo. ¿Por qué? Porque me da mi realización personal. Yo nací para ser un don. Si perdono, mi vida, aún en medio de una ofensa, gana sentido, gana paz, gana serenidad. Sobre todo yo hago lo que llamo un ascenso evolucionario, porque paso de mi cerebro cavernario, que cultiva la venganza, al cerebro evolucionado, que es el más evolucionado del ser humano y está caracterizado por la compasión y la bondad.

Lo hemos oído afirmar: “Se perdona lo imperdonable”. ¿Nos explicaría mejor este concepto?

El tema de perdonar siempre está presente en el cristianismo, de perdonar setenta veces siete, incluso va más allá. Es que a nosotros nos toca no solamente perdonar lo imperdonable, sino que ofrecernos como corderos que quitan el pecado de los demás, que cargan con los pecados de los demás. Y eso es lo más profundo del cristianismo, pero yo lo digo también porque viví con tribus nómadas de culturas milenarias: el sacrificio o la capacidad de darse es la realización más perfecta del ser humano. El ser humano que se volvió una ofrenda, un sacrificio, un “cordero ofrecido” es el significado más profundo de la existencia humana. Y es por eso que llamamos “cultura ciudadana” a la “cultura política del perdón”.

La sociedad uruguaya parece estar viviendo un tiempo de mayor polarización, inseguridad, conflicto, con mucha desesperanza. Usted pasó una semana en el país. Con su sensibilidad, ¿qué pudo percibir al respecto?

He venido a Uruguay en anteriores oportunidades y lo que encuentro hoy, desde mi percepción, que es muy personal, es una sensación de que está aumentando la violencia, en varios aspectos. Me impresionó mucho -y es lo que pasa cuando aumenta la violencia- que los ánimos comienzan a encrisparse, y se comienza a generar la idea de que hay que responder con más violencia. Fue impresionante porque yo llegué un domingo y el lunes ya en los periódicos aparecía anunciado “Montevideo tendrá mil policías más”. Y es como que el síntoma se hace enfermedad, que a la violencia se le quiera responder con más violencia. Hay países donde las muertes por mano de la Policía son casi iguales en número a los asesinatos de los criminales. E incluso muertes injustas. La represión y las armas no son la única solución.

En una reciente entrevista, usted enfatizó que la violencia y la inseguridad no son un tema exclusivamente policial, pues se originan a partir de la pobreza y de la falta de educación adecuada. ¿Cómo prevenir eficazmente en vez de lamentar?

Si se enfrentan esas problemáticas únicamente desde el enfoque policial y jurídico, una primera consecuencia es el enorme gasto en dinero vertido en el aparato policial, en el represivo, en el aparato carcelario y en los juzgados, lo que implica un enorme costo para la humanidad en detrimento de temas como la salud, la educación, la infraestructura. Es preciso cambiar el concepto de que la violencia hay que reprimirla con más violencia. En Colombia nos hemos dado cuenta de que las armas no han servido. Sesenta años de guerra y de armas y nos damos cuenta de que no sirven, de que sirve más dialogar.

Yo llego a pensar que habrá un día en la humanidad en que los que cuidan la seguridad de un pueblo irán a hablar y a negociar con los criminales en lugar de pensar que los crímenes se resuelven solo con armas. Ganaría mucho, la humanidad, si nosotros, en lugar de estar reprimiendo las bandas criminales, lográramos ponernos -por ridículo que pueda parecer- a dialogar con ellas.

Hace más de diez años que se están implementando muchas políticas sociales para combatir la pobreza y algunos problemas sociales llamados “de núcleo duro” permanecen. Algunos de los equipos de intervención que apuntan a la proximidad con los beneficiarios hablan de una falta de herramientas para trabajar. ¿Cree que en ese ámbito su propuesta puede ayudar?

Sí, claro. Nuestro trabajo intenta precisamente dar respuesta a estas situaciones. La estrategia es especialmente tratar de resolver el problema de la violencia en el lugar donde está, o sea, en el corazón humano. Normalmente la policía no logra llegar hasta allá. Las cárceles tampoco. Y muchas veces, las políticas socioeconómicas -que son importantes- olvidan que los seres humanos necesitamos resolver un problemita que está en nuestro cerebro y en el arquetipo más original de nuestra existencia, que es la violencia. La violencia hay que resolverla desde adentro. Y con estos ejercicios que vamos aprendiendo (con la metodología del Perdón y la Reconciliación, NdR) los seres humanos logramos pasar del cerebro animal, reptil, al cerebro de la compasión, de la bondad, de la generosidad, del perdón, del cuidado. Es un tema cultural, básicamente, y es por eso que no es un tema policial.