Esta carta de 1967 no se puso amarilla
50 años de la Pastoral de Adviento de Parteli y su Presbiterio

POR Pablo Dabezies Hechos y dichos Sin comentarios

Ese 1 de diciembre no alentaba mucha esperanza en el pueblo uruguayo, a pesar de que casi terminaba la primavera, el verano estaba a las puertas y el Adviento encendía la primera vela de su corona.
La elección un año atrás del Gral. (r) Óscar Gestido había sin embargo dado un cierto respiro y algo de ánimo a un país que venía en franco declive. Estábamos acostumbrados a auto calificarnos como la “Suiza de América”, afirmábamos con bastante conformismo “como el Uruguay no hay” y mirábamos por encima del hombro a los demás latinoamericanos. Pero desde los años 50 habíamos comenzado a caer de ese pedestal, poco a poco pero de manera sostenida. El despertar estaba siendo trabajoso. Podemos no recordarlo hoy, pero a 1965 se le llamó el “año terrible” (annus horribilis, sí, así, en latín y todo), crisis bancaria, para variar, y fuertes conflictos sindicales mediante. Seguramente sin imaginar lo que vendría…
En nuestra Iglesia, en cambio, la esperanza, los sueños, estaban a la orden del día. El soplo fresco y poderoso del Vaticano II impulsaba la renovación, la búsqueda de nuevos caminos para la misión, empujaba a la apertura, a meterse de nuevo en el corazón de la vida de los uruguayos. En Montevideo, sobre todo, donde estaban aún muy cercanos los años difíciles de la administración de Mons. Corso, la llegada de Mons. Carlos Parteli y sus primeros pasos llenaban de ilusión y ganas de comprometerse en ese aggiornamento a la mayoría de los católicos.
En este panorama, tan sucintamente evocado, ese 1 de diciembre de 1967, Mons. Carlos Parteli publicó una Carta Pastoral para el Adviento firmada también por los 21 sacerdotes de su novel Consejo del Presbiterio*. Fuera de quienes colaboraron en la redacción con el obispo, pocos imaginaron que a partir de ese día y por muchos años, esa carta se convirtió familiarmente en LA Pastoral de Adviento, sin más. Es que releída 50 años después, y con los descuentos que hay que hacerle por la diferencia de coyunturas, su pertinencia sigue intacta. Como se dice en el título, no se ha puesto amarilla, como tal vez sí estén los folletitos en que fue publicada, difíciles de encontrar hoy día. Pienso que puede ser una buena lectura para este Adviento (vean el link al final), sobre todo como alimento de esperanza. Es lo que se busca con esta evocación. Pero volvamos un poco a aquel momento.
El país: remando contra la crisis
Héctor Borrat, aquel periodista de cuestiones religiosas fuera de lo común, fue uno de los que en el semanario Marcha hablaba de un “año terrible”. Porque después de la esperanza-Gestido (la persistente confianza en un hombre fuerte… que no lo era, de hecho), el primer año de su gobierno no aportaba un mejor clima.
Ya el año 1966, marcado por la coyuntura electoral y la discusión sobre los diversos proyectos de reforma constitucional, asistió al agravarse de la situación económica, con índices de tres cifras en la inflación, las consiguientes devaluaciones del peso y la caída del salario real (en 1966 había perdido la quinta parte de su poder adquisitivo con respecto a diez años atrás).
Las expectativas no duraron mucho tiempo, ya que la política económica del gobierno de Gestido (que durante unos cien días de 1967 intentó reeditar el viejo modelo batllista, apartándose de los lineamientos del Fondo Monetario Internacional) volvió a alinearse rápidamente con las directivas fondomonetaristas, lo que provocó una crisis interna en el gobierno, del cual se alejaron algunos ministros del área económica. Al decretarse en octubre de 1967 las «Medidas Prontas de Seguridad» para intentar contrarrestar fuertes movilizaciones sociales, otros secretarios de estado, los más progresistas (Zelmar Michelini entre ellos), también rompieron con el presidente.
Por si algo faltara para jaquear las buenas expectativas, a partir de diciembre del año anterior habían comenzado las primeras acciones armadas, con muertos, del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros).
Golpe final, el porfiado pero tímido rebrote de esperanzas terminó de oscurecerse con el repentino fallecimiento del presidente, el 6 de diciembre de 1967, cinco días después de publicada la Carta pastoral.
Iglesia: gente en obra de renovación
Como ya dije, por más que la comunidad católica sintiera como todos los uruguayos el peso de la situación, no se podía ocultar el sentimiento de entusiasmo y alegría, las ganas de involucrarse en el camino de renovación conciliar. Y dentro de ella, un capítulo central era la búsqueda de una nueva forma de presencia de nuestra Iglesia en la sociedad uruguaya, bien inserta en ella, dejando atrás esa especie de paralelismo que había practicado desde la separación Iglesia-Estado de inicios del siglo. Una presencia encarnada, solidaria, abierta, dialogante, servidora, con la marca del Concilio, y que por la situación complicada de la sociedad se fue volviendo rápidamente crítica, porque el sufrimiento de la gente, de los pobres sobre todo, cuestionaba la fe y la misión (“el Reino de Dios está caracterizado por una especial solicitud por los más pobres y necesitados”, n. 7 de la Carta).
Héctor Borrat, en pleno caos del 65, denunciaba en la misma nota «una omisión, un prolongado silencio del episcopado que dejó transcurrir todo el año del gran sacudón nacional sin decir palabra, sin entregarnos una sola pastoral de la crisis que nos llame a nuestra responsabilidad cristiana en medio de ella» (Marcha, 31/12/1965). Los obispos estaban recién llegados de Roma, de la IV Sesión del Vaticano II, clausurado el 8 de diciembre de ese año. Significativamente sí habían pensado (en noviembre) en una carta de esas características. Y decidido escribirla como primera e inmediata señal de comienzo de una nueva etapa, cuando estaban aún en la Ciudad Eterna. Después pensaron que era mejor esperar un poco, regresar al país, informarse mejor y entonces hablar. Luego, esa preparación y otras urgencias hicieron que lo que pensaron que fuera Carta de Adviento de 1966 de la Conferencia Episcopal (CEU), se convirtiera en pastoral de Cuaresma (marzo) de 1967. Le pusieron por título “Sobre algunos problemas sociales actuales”. Con ella, los obispos uruguayos volvían a hablar, después de medio siglo, de la realidad del país, en defensa de los más necesitados, criticando las estructuras injustas y proponiendo caminos de transformación. Las comunidades y la opinión pública recibieron esa palabra con mucho aprecio. El annus horribilis tenía su mirada en la fe. Y en la esperanza, ya que la CEU compartía la que esa mirada animaba y quería contagiar.
En obras estaban también la fe y la misión eclesial: renovación de la liturgia, de la pastoral sacramental, de la catequesis, inicios de la pastoral de conjunto, grupos de reflexión, comunidades, reencare de las parroquias, zonas, consejos de participación…
Más allá de nuestras fronteras, la Iglesia universal también, y muy hondamente la latinoamericana, vibraba y se dejaba sacudir de sus modorras y conformismos por palabras que venían de Roma: hace poco recordamos y agradecimos los 50 años de la Populorum progressio de Pablo VI (mayo de 1967). Muchísimos agrandábamos el deseo y los trabajos por un desarrollo humano integral. Querido por Dios, en el camino del Reino.
¿Qué Adviento en tiempos turbulentos?
Como ya está dicho, la situación compleja y desafiante que vivía nuestra sociedad toda, y a su manera la Iglesia, hacía nacer nuevas problemáticas, interrogantes, inquietudes, adhesiones y rechazos. En esos momentos de crisis, de confusión, de bastante angustia por el futuro, ¿era posible mantener la esperanza? ¿Cómo vivir el Adviento, ese Adviento, sin que fuera nada más que un recuerdo navideño medio romántico, sensiblero, o de pronto solo “espiritual”, en esas condiciones bastante desusadas para los uruguayos? La Carta pastoral quiso ofrecer una mirada de fe y con ella pistas, sugerencias, apuestas, y sobre todo esperanza. Tratar de expresar para esos días el contenido de los “¡estén prevenidos!”, “¡tengan ánimo, levanten la cabeza!” de Jesús.
A cuenta de una lectura, que sería muy provechosa, aquí va una muy escueta presentación.
“Nos ha parecido conveniente aprovechar este tiempo litúrgico, para dirigirnos a todos los católicos de nuestra arquidiócesis con el fin de reflexionar juntos sobre nuestra misión de Iglesia en las presentes condiciones que vive el pueblo de nuestro país” (n. 3). Porque “el adviento ilumina el dinamismo de la humanidad y de la historia, da sentido al peregrinar de la Iglesia, nos abre a las inconmensurables dimensiones del futuro y alienta nuestra esperanza en el retorno del Señor” (n. 2).
La realidad que habla de parte de Dios
A mi juicio, y dejando de lado otros aspectos muy valiosos, la Carta tiene dos grandes aportes: ante todo, el de asumir la realidad de la crisis y sus turbulencias de frente, sin desviar la mirada o dirigirla al cielo. En la línea de la Gaudium et spes, o sea, relevando los signos de los tiempos del momento para discernirlos. Continuando y profundizando la Carta de Cuaresma de la CEU, con mucha mayor agudeza y capacidad de análisis.
Dos párrafos, del acápite “Justicia y paz de Cristo en nuestra sociedad” (nn. 17 a 40), nos permiten ver bien los acentos y el estilo: “Una mirada objetiva y serena a nuestro alrededor nos hace comprobar: un creciente deterioro de la situación de los pobres y necesitados, de muchos trabajadores y empleados, que ven subir los precios y disminuir su poder adquisitivo, que soportan en numerosos casos la desocupación, el despido y la violación de contratos de trabajo en cuanto a horas de labor y remuneración suficiente; de la gran mayoría de pasivos con pensiones y jubilaciones insignificantes; de familias sin vivienda digna y de novios sin posibilidades de encarar, por la misma razón, su futuro matrimonio; de niños, algunos sin escuela, y otros muchos imposibilitados de acceder a los grados superiores de la cultura; de enfermos mal atendidos e incluso, en algunos casos, a pesar de pagar sus cuotas a las sociedades pertinentes” (n. 32).
Ante lo cual, “Tan inoperante es atribuir los males presentes a consignas foráneas y a los sindicatos, como pretender resolverlos con llamados a la democracia, a la libertad y a la paz social. No aprovechemos las dificultades para privar a los trabajadores de los medios legítimos que tienen para defender sus derechos, cuando la mayor parte de las consecuencias de la crisis recaen precisamente sobre las espaldas de los más necesitados” (n. 30).
Por otra parte, en la identificación de las causas que han llevado a ese estado de crisis, el análisis combina muy bien las de tipo estructural con las más personales o grupales, de modo que interpela de manera bien concreta las responsabilidades individuales y colectivas.
Con el corazón puesto en el Reino
Uno de los más valiosos aportes del Vaticano II fue el rescate del Reino de Dios que durante los siglos de cristiandad había sido como secuestrado por la Iglesia, pretendiendo que se identificaba con ella. Así, la dimensión escatológica de la fe y la existencia cristiana quedó encogida en una referencia a la vida futura por completo cortada de la histórica, a un “después” que estaba arriba (o abajo, según) de este mundo, el cielo (el infierno): “Al cielo, al cielo”, cantábamos con fervor, el mismo que poníamos para separarnos de “este valle de lágrimas”, de este “destierro”. Pero en el ya clásico n. 39 de la Gaudium et spes (citado por la Pastoral) los Padres conciliares nos habían advertido que “la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana”.
La Carta de Adviento tomó esta perspectiva con vigor (cf. nn. 6-10, 40, 65, 66, 77), y este es el segundo gran aporte. Así liberó su mirada, su juicio, su horizonte, su deseo de un país, el pueblo de los uruguayos, nuevo: “Quiérase o no, aquellas reformas estructurales han de venir porque la historia es irreversible. Nosotros no sólo no podemos resistirlas, sino al contrario, debemos ser sus impulsores, incluso colaborando con todos aquellos hombres de buena voluntad que, trabajan –en diversos órdenes de la acción- por la instauración de un nuevo orden centrado en el hombre, y la promoción de todos sus valores, que en definitiva son valores evangélicos” (n. 35). De ese modo superó lo que el papa Francisco llama hoy “autorreferencialidad”, es decir, cuando la Iglesia se mira a sí misma antes que al bien del pueblo, antes que al Reino, que es más grande que ella, a cuyo servicio debe estar para no leer la historia desde sus intereses.
El horizonte del Reino de Dios, esa pasión de Jesús, da a la Pastoral un vuelo que por ejemplo falta a la Carta de la CEU de unos meses antes, a pesar de todo lo interesante e innovadora que es. Esa es la base para enfrentar con claridad y sin temor realidades y cuestiones nada fáciles que estaba planteando la coyuntura del país y la Iglesia: las causas de las injusticias, los comportamientos sociales egoístas de personas y grupos, los enfrentamientos, la violencia del sistema (“pensemos en la gran dosis de violencia que dicha situación comporta”, n. 33) y la insurreccional, las divisiones en la comunidad católica y el deber de unidad, las oposiciones a las reformas y el cambiar por cambiar, la relación entre comunidad cristiana y grupo político, entre el cambio personal y el estructural, la exigencia de la pobreza evangélica, la articulación entre lucha por la justicia y evangelización, el valor crístico de la acción de las personas de buena voluntad, incluso marxistas… Todo eso está presente en la Pastoral. Y no se puede dejar de pensar que en varias de esas temáticas, que se van a agudizar en los años siguientes y marcarán la agenda y búsquedas de nuestras Iglesias, ella se adelanta a Medellín, tanto en su tono como en su contenido.
El análisis podría ser mucho más detenido y minucioso porque es grande la riqueza y vigencia de muchos aportes del documento (por ejemplo, la reintroducción de la dimensión de la “Patria Grande latinoamericana” para aumentar la conciencia histórica de los uruguayos; cf. nn. 36s). Pero quedo por aquí para decir algo más sobre la fuerza esperanzadora de su mensaje, tal vez no suficientemente destacada en su momento por la impresión causada en el tratamiento de las cuestiones que agitaban nuestra sociedad.
Como debe ser, Adviento de esperanza
Esperanza: ese es a mi juicio el llamado fundamental de la Pastoral de Adviento. Y no podía ser de otro modo si quería hablar para su tiempo y lugar. Ahora bien, para ello, para despertar y alimentar la segunda virtud teologal no se puede recorrer cualquier camino. Hay uno muy antiguo pero siempre nuevo, el de los profetas que leemos en este tiempo litúrgico, el de Jesús, según testimonian los evangelios. Que no es muchas veces el más transitado por los cristianos, como no lo era hace cincuenta años, cuando como queda dicho se preferían las invocaciones a la otra vida, al cielo, sin tener en cuenta que la vida según Jesucristo tiene que estar polarizada y atraída por su siempre futura venida, por la manifestación acabada de su Reino. Y por tanto por toda realidad y proyecto histórico que lo anticipe. No hay esperanza teologal (es decir que tenga a Dios por objeto) que, por esas paradojas de la fe, no acepte recorrer el camino de la historia. La esperanza que trasunta, propone e invita a vivir la Carta Pastoral de Adviento es la propia de quien no tiene miedo de mirar la vida tal cual es, sufrirla, hacerla propia y movilizarse por ella.
Nos sigue enseñando que la esperanza, la honda, la que Dios quiere, la del Reino, nace en el abajamiento, en el compartir máximo, en el de hundirse en la realidad. Porque solo así es posible negar en ella todo lo que contradice al Reino y desear, imaginar y asumir la propuesta del Señor de darnos cielos y tierra nuevos, en que more la justicia (cf. 2Pedro 3, 13) y tratar entonces, juntos con todos, de ponerse al servicio de su necesaria y paulatina concreción en la vida humana. Porque nosotros no creemos que el amor del Padre resucitó a Jesús porque había muerto: creemos que el amor del Padre resucitó a quien había entregado su vida por los demás, a quien fue ninguneado, rechazado, maltratado y ejecutado como un bandido. Por eso es que el Señor resucitado es para nosotros la puerta y la razón, la posibilidad misma de alentar esperanza en medio de las situaciones más comprometidas. Esa por la que somos empujados animamos a emprender con pasión y paciencia la transformación de todo, la de las actitudes y formas de vida junto con la de la vida en sociedad.
Por eso fue que la Carta, muy bien recibida por una gran parte de la opinión pública (fue ingresada oficialmente en la Cámara de Diputados) y sobre todo eclesial, molestó a otros, dentro y fuera de la Iglesia, y sirvió de excusa para redoblar los ataques a Monseñor Parteli y sus colaboradores. Acusaciones de desvíos de la misión de la Iglesia (cf. nn. 8-14), de “meterse en política” (cf. nn. 24, 39, 41-44, 52), de dejarse “infiltrar por el marxismo” (cf. nn. 54-64), etc.
Ante ellas, ya en ese momento, el Arzobispo y su Consejo de Presbiterio dirigen, con palabras lúcidas y sinceras, este interrogante que hace bien escuchar cincuenta años después: “Nos preguntamos qué concepto de la espiritualidad, de la vida cristiana y de la misión sacerdotal suponen aquellas críticas dichas en forma tan general. ¿No será que se busca una espiritualidad cómoda, puramente devocional, que no baje al campo de lo concreto en donde con el esfuerzo de todos y de cada uno, debe realizarse el plan de Dios, el desarrollo de la humanidad con todos sus valores espirituales, sociales y económicos? ¿No será que se sigue añorando una concepción religiosa sin compromiso, que no cuestiona el desorden en la organización de la sociedad, y permite compaginar la vida cristiana con una fácil situación de privilegio sin responsabilidades?”

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* Los sacerdotes integrantes del Consejo del Presbiterio y firmantes de la Carta fueron: Haroldo Ponce de León (Vicario general); el P. Andrés Rubio, salesiano (Vicario episcopal para religiosos y educación); Vicente Petingi (Pro-Vicario general); Raúl Sastre (Secretario-Canciller y Asesor Arquidiocesano de la A. C.); Orlando Romero (Vicario de pastoral); Silvano Berlanda (Rector del Seminario); Juan Lodeiro, capuchino (Responsable de Zona 1); Roberto Demarco, de Don Orione (Resp. de Zona 2); Conrado Montpetit, redentorista (Resp. de Zona 3); Miguel Brito (Resp. de Zona 4); Arnaldo Spadaccino (Respon. de Zona 5); Silvio Frugone (Resp. de Zona 6); Marcelo Sandoval (Resp. de Zona 7); José Girotti, lazarista (Resp. de Zona 8); Juan Sessolo, servita (Resp. de Zona 9); Juan Avendaño, pasionista (Resp. de Zona 10), Bosco Salvia (Asesor Arq. de J.U.C.), Uberfil Monzón (Asesor Arq. de J.E.C); Francisco Berdiñas (Asesor Arq. de J.O.C.); Martín Gortázar (Asesor Arq. de A.C.I.); Pedro Richards, pasionista (Asesor del M.F.C).

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