Homilía en los 500 años de la Reforma

POR Mons. Sturla Hechos y dichos Sin comentarios

Agradezco al Pastor Jerónimo Granados la invitación para tener estas palabras en esta conmemoración de los 500 años de la Reforma. Saludo a las autoridades y a todos los hermanos cristianos o no cristianos que hoy aquí nos hemos reunido.
Queridos amigos y hermanos:
“Porque Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único…” así comienza el versículo 16 del capítulo 3 del Evangelio según san Juan. Y este amor inmenso de Dios ha sido y es el fundamento absoluto de toda la fe y la esperanza cristianas, y por supuesto, la fuente de nuestro amor.
Esta certeza…
Esta certeza ha hecho de los cristianos de todos los tiempos constructores de civilización, nos ha llevado a comprometernos radicalmente con la historia y con nuestros pueblos en general y con cada ser humano en particular. Sobre todo con los pequeños, los pobres, los que nos muestran con mayor transparencia el rostro de ese Hijo entregado a nosotros por Dios… y por nosotros crucificado.
Esta certeza es tan fuerte que, a veces, nos ha llevado a olvidar que, si bien estamos en el mundo, no somos del mundo… y el mundo y sus criterios se nos han pegoteado, invirtiéndose el consejo del apóstol Pablo: “No se conformen a la mentalidad de este mundo, antes bien transfórmense mediante la renovación de su mente, de forma que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.» (Rom 12,2)
Pero esta realidad constatable de la Iglesia, y lo digo de la Iglesia una, la que nace del costado de Cristo y realiza en la historia el Misterio de salvación pensado por Dios desde la eternidad; más allá de sus concreciones históricas, no escapa a su ser ni al proyecto de Dios, más aún es su vía de posibilidad. ¿Cómo ser posibilidad de salvación si no tiene cabida en ella el límite y la caída; si lo imperfecto está excluido de ella? Nunca fuimos, ni seremos, club de perfectos…
Por eso, desde siempre y mientras exista el tiempo, la Iglesia se encontrará necesitada de purificación, está en su esencia ser, según el dicho latino “Semper renovanda, semper purificanda”. Esa necesidad de purificación y de renovación se hace particularmente nítida en los momentos cruciales de la historia. Y el Espíritu de Dios ha provisto siempre a esa necesidad de purificación y reforma con respuestas, que siempre han renovado a la Iglesia, hermoseando, rejuveneciendo y actualizando al “cuerpo de Cristo”, para actualizar en ella a “la esposa embellecida del Cordero” sin mancha ni arruga. Respuestas que son mediadas por hombres carismáticos que han encarnado la purificación y la reforma que proponían. Antonio, Basilio, Pacomio, Benito, Cirilo, Metodio, Francisco, Domingo… son los grandes reformadores reconocidos. Pero hay más muchos más, unos con más suerte en su tarea, otros con menos. Algunos más conocidos, otros con fama más pequeña… todos regalo de Dios para renovar a Su Pueblo.
Pero hay nudos en la historia, arrugas, que no se entregan fácilmente a la plancha o al “lifting”, momentos o circunstancias tan hondamente enraizados en nuestra limitada humanidad que no resisten sin desgarrarse.

El pasaje del siglo XV al XVI
Uno de esos nudos lo encontramos en el pasaje del siglo XV al XVI. El Sacro Imperio Romano-Germánico, asistía a una consolidación que hacía pensar que la paz sería posible después de decenas de años de guerra. La población aumentaba después de la purga de la Peste Negra. Las ciudades recuperaban su vigencia, así como la burguesía y su creciente riqueza comercial se afianzaba como cuerpo social, en un proceso que había comenzado en el S. XII.
España había ya vivido su “Renacimiento” particular con la Reconquista y el diálogo cultural que provocó, en medio de muchas contradicciones y tragedias, así como estaba encajando el enorme sacudón que, para la mentalidad eurocentrista, significó el emerger a su conciencia un continente entero, desconocido. La dinastía de los Absburgo o Austria, impondrá su hegemonía sobre España, América, el Sacroimperio, Flandes y el Franco-Condado; pero a costa de enormes rivalidades políticas que llevarán a múltiples conflictos bélicos.
La imprenta de tipos móviles aceleró y multiplicó, abaratándolo, el acceso al libro. La Palabra de Dios, siempre presente en la vida de la Iglesia, aunque desde soportes que compensaban el analfabetismo generalizado de los fieles, encuentra un nuevo soporte que permitirá el acceso a la Sagrada Escritura. Nacen así las grandes Biblias impresas, como la Políglota Complutense o la de Gutenberg o el Nuevo Testamento de Erasmo.
Por otra parte el desarrollo tecnológico dará al campesinado y la burguesía el tiempo necesario para aprender a leer.
Desde la aparición de las Universidades comienza a gestarse un proceso que culminará en la concepción humanista.
Toda esta situación marca una paulatina ruptura con el mundo medieval y su Teocentrismo y un descubrimiento de la grandeza del Hombre, de su individualidad, de su importancia y sus capacidades.
Si usamos como parangón para explicar este proceso las catedrales góticas, mientras la edad Media veía la Gloria de Dios merecedor de cualquier sacrificio y homenaje; el humanismo verá el logro del hombre y su inteligencia y capacidad de construir esas maravillas y, más adelante, el renacimiento y la Ilustración verán en ello el despropósito de la superstición que gasta en Dios los mejores recursos del hombre.
La búsqueda y el ansia de Martín Lutero
Es en la encrucijada de este proceso que logramos entender la búsqueda y el ansia de Martín Lutero, que su compatriota Joseph Ratzinger, ya Papa Benedicto XVI, resumía en su discurso a los representantes de la “Iglesia Evangélica de Alemania”, en el antiguo Convento Agustino de Erfurt del 23 de setiembre de 2011.
Como Obispo de Roma, es para mí un momento de profunda emoción encontrarlos aquí, en el antiguo convento agustino de Erfurt. Hemos escuchado que aquí, Lutero estudió teología. Aquí celebró su primera Misa. Contra los deseos de su padre, no continuó los estudios de derecho, sino que estudió teología y se encaminó hacia el sacerdocio en la Orden de San Agustín. Y en este camino, no le interesaba esto o aquello. Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y de todo su camino. “¿Cómo puedo concebir un Dios misericordioso?”: Esta pregunta le penetraba el corazón y estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha interior. Para Lutero, la teología no era una cuestión académica, sino una lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre Dios y con Dios.
“¿Cómo puedo concebir un Dios misericordioso?” No deja de sorprenderme en el corazón que esta pregunta haya sido la fuerza motora de su camino. ¿Quién se ocupa actualmente de esta cuestión, incluso entre los cristianos? ¿Qué significa la cuestión de Dios en nuestra vida, en nuestro anuncio? La mayor parte de la gente, también de los cristianos, da hoy por descontado que, en último término, Dios no se interesa por nuestros pecados y virtudes. Él sabe, en efecto, que todos somos solamente carne. Si hoy se cree aún en un más allá y en un juicio de Dios, en la práctica, casi todos presuponemos que Dios deba ser generoso y, al final, en su misericordia, no tendrá en cuenta nuestras pequeñas faltas. La cuestión ya no nos preocupa. Pero, ¿son verdaderamente tan pequeñas nuestras faltas? ¿Acaso no se destruye el mundo a causa de la corrupción de los grandes, pero también de los pequeños, que sólo piensan en su propio beneficio? ¿No se destruye a causa del poder de la droga que se nutre, por una parte, del ansia de vida y de dinero, y por otra, de la avidez de placer de quienes son adictos a ella? ¿Acaso no está amenazado por la creciente tendencia a la violencia que se enmascara a menudo con la apariencia de una religiosidad? Si fuese más vivo en nosotros el amor de Dios, y a partir de Él, el amor por el prójimo, por las creaturas de Dios, por los hombres, ¿podrían el hambre y la pobreza devastar zonas enteras del mundo? Y las preguntas en ese sentido podrían continuar. No, el mal no es una nimiedad. No podría ser tan poderoso, si nosotros pusiéramos a Dios realmente en el centro de nuestra vida. La pregunta: ¿Cómo se sitúa Dios respecto a mí, cómo me posiciono yo ante Dios? Esta pregunta candente de Lutero debe convertirse otra vez, y ciertamente de un modo nuevo, también en una pregunta nuestra, no académica, sino concreta. Pienso que esto es la primera cuestión que nos interpela al encontrarnos con Martín Lutero.
Y después es importante: Dios, el único Dios, el Creador del cielo y de la tierra, es algo distinto de una hipótesis filosófica sobre el origen del cosmos. Este Dios tiene un rostro y nos ha hablado, en Jesucristo hecho hombre, se hizo uno de nosotros; Dios verdadero y verdadero hombre a la vez. El pensamiento de Lutero y toda su espiritualidad eran completamente cristocéntricos. Para Lutero, el criterio hermenéutico decisivo en la interpretación de la Sagrada Escritura era: “Lo que conduce a la causa de Cristo”. Sin embargo, esto presupone que Jesucristo sea el centro de nuestra espiritualidad y que el amor a Él, la intimidad con Él, oriente nuestra vida.
La respuesta de Lutero fue una síntesis…
He aquí el corazón de las búsquedas de Lutero, el origen de su búsqueda y su Reforma, el ansia de un centro perdido; la pérdida del Centralismo de Dios, en aras de una apoteosis de lo humano que lo desproporcionaba y que no cuadraba con la experiencia del límite humano, propio o ajeno; pero también la búsqueda de la auténtica medida del Hombre, objeto del Amor y la Misericordia de Dios. Y su respuesta fue una síntesis que salva ambas partes y que sigue vigente hoy, generando y sosteniendo muchas otras respuestas personales.
Respuesta que puso de manifiesto, una vez más, la plasticidad del Evangelio para adquirir nuevas formas y ser respuesta a todas las épocas y a todos los rostros de lo humano, a generar cultura y transformar la historia y su capacidad de redefinirse tomando de lo antiguo y resignificándolo para responder a los nuevos desafíos.
Pero, al mismo tiempo, esa respuesta, como todas las que podemos dar los seres humanos, no era inmune a “pegoteos” de los criterios del mundo y de la época y estaba expuesta a las tensiones, odios, intereses individuales, económicos o de poder de los hombres de su tiempo, a los que se encontraron expuestas otras respuestas que se dieron en ese o en otros momentos de la Historia. Algunos configuraron esa misma respuesta, por ejemplo en la primacía del vínculo personal con Dios sobre el colectivo, la búsqueda de un nexo sin mediaciones, la prioridad de lo conceptual sobre lo simbólico. Otros, deformaron la intención original y la desviaron a intereses más mundanos.
Estos “pegoteos” explican muchos aspectos del momento de la Reforma, de sus realizaciones y del fracaso de muchos de los esfuerzos para evitar su final en ruptura. Explican también 500 años de separación y contraposición, pero no pueden, y no tienen por qué hacerlo, explicar que esa ruptura nos impida reconocer que es más lo que nos une que lo que nos separa, y no sólo ahora por la evolución que han tenido nuestras confesiones; sino también en el mismo momento en que surgían los hechos originales. La única actitud que hace justicia a los acontecimientos de hace 500 años es, a mi parecer, la que citaba Papa Francisco en la Catedral Luterana de Lund, el 31 de octubre del año pasado:
“Contar esta historia de manera diferente”
También nosotros debemos mirar con amor y honestidad a nuestro pasado y reconocer el error y pedir perdón: solamente Dios es el juez. Se tiene que reconocer con la misma honestidad y amor que nuestra división se alejaba de la intuición originaria del pueblo de Dios, que anhela naturalmente estar unido, y ha sido perpetuada históricamente por hombres de poder de este mundo más que por la voluntad del pueblo fiel, que siempre y en todo lugar necesita estar guiado con seguridad y ternura por su Buen Pastor. Sin embargo, había una voluntad sincera por ambas partes de profesar y defender la verdadera fe, pero también somos conscientes que nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente. El Papa Juan Pablo II decía: «No podemos dejarnos guiar por el deseo de erigirnos en jueces de la historia, sino únicamente por el de comprender mejor los acontecimientos y llegar a ser portadores de la verdad» (Mensaje al cardenal Johannes Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unidad de los cristianos, 31 octubre 1983). Dios es el dueño de la viña, que con amor inmenso la cuida y protege; dejémonos conmover por la mirada de Dios; lo único que desea es que permanezcamos como sarmientos vivos unidos a su Hijo Jesús. Con esta nueva mirada al pasado no pretendemos realizar una inviable corrección de lo que pasó, sino «contar esa historia de manera diferente» (Comisión Luterano-Católico Romana sobre la Unidad, Del conflicto a la comunión, 17 junio 2013, 16).
Que el Señor de la Historia, que “amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”, nos permita testimoniar juntos la Salvación y la Gracia que de Él recibimos. Que así sea.
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* Esta homilía fue pronunciada por Mons. Sturla en la celebración de los 500 años de la Reforma protestante en el templo de la Congregación Evangélica Luterana de Montevideo, el 31 de octubre de este año. Sturla copresidió el culto con el Pastor Jerónimo Granados y compartió la prédica con el Pastor Gerhard Duncker de la Iglesia de Westfalia, Alemania.

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