Nada de lo humano nos puede ser ajeno
Nosotros y el género

En nuestra actual y bastante frívola sociedad de la información muchas cosas, aun importantes, pasan rápido pero no por ello pierden importancia. Es lo que parece haber sucedido con las polémicas que agitaron el comienzo del año con relación a la actitud de pastores de nuestra Iglesia con la (mal) llamada ideología de género. Y viceversa.

Recordemos. Ya habían existido otras escaramuzas, que retomaron fuerza cuando algunas líderes del feminismo local criticaron con dureza unas palabras del cardenal Sturla al final de enero en una nueva concentración para rezar el rosario en la rambla del Buceo. Y finalmente, pasando por el 8 de Marzo, con el encuentro de Sturla y algunos de sus cercanos colaboradores con esas mujeres, cosa que produjo, al menos, una clarificación de las posiciones mutuas y algo más de comprensión recíproca.

En este primer número de 2018, que se nos ha demorado un poco, hemos querido contribuir con algunos elementos a una necesaria reflexión sobre la cuestión del género (algunos prefieren usar el término inglés gender) y a la actitud de los cristianos ante ella. Conscientes, como siempre, de que no está a nuestro alcance ni nos proponemos ofrecer un pensamiento más o menos acabado sino estímulos para avanzar en el conocimiento en vistas a formarnos una opinión lo más personal y ubicada posible.

Como se sabe esta corriente de pensamiento es muy nueva, aunque según los aspectos que se subrayen tienen una historia más o menos larga, pero que no va más allá del siglo pasado. La mayoría de los estudios nos dicen que más bien hay que referirse a mediados de ese siglo para rastrear los orígenes relevantes de esa perspectiva. Y no ir más allá de los años 90, aún tan cercanos, para constatar que el género se convierte ya en una categoría analítica manejada ampliamente. Hay una especie de consenso en afirmar que la expresión clara de ello fue el uso que de ella hizo la Cuarta Conferencia sobre la Mujer, de la ONU, celebrada en Pekín en 1995.

Como todos los fenómenos nuevos y expansivos, con su fuerza cultural, este también significó y sigue significando un desafío importante para los cristianos. Frente al cual no podemos cerrar los ojos ni mucho menos reducirlo a una especie de bulto sin contornos precisos que nos ataca, al que tratamos de pegarle por las dudas, con todas las armas a mano. Actitud igualmente irresponsable sería la de acogerlo en nombre de una especie de novelería por lo último del mercado.

Francamente nos parece que entre los cristianos, en lo concreto desde las jerarquías de la Iglesia pero no solo, lo que predomina es ese rechazo indiscriminado, a la defensiva, sin explicar razones y casi sin describir el contenido del peligro. Eso se traduce en la famosa y muy controvertida etiqueta ideología de género. Que en el mundo católico tiene un sentido peyorativo, de amenaza, cuando no de gran conspiración. Cosa que de ninguna manera contribuye a mirar la realidad con ojos cristianos que normalmente deberían poder identificar lo bueno y lo malo de toda búsqueda humana.

Por otra parte, desde el campo de los adeptos y promotores de dicha perspectiva existe también mucha ignorancia y prejuicios o ideas recibidas sobre los contenidos de la fe cristiana y las posiciones de la Iglesia en este terreno como en otros, por ejemplo la sexualidad o determinadas cuestiones que tocan a la condición de la mujer y su lugar y misión en la sociedad y en la Iglesia.

Por lo cual se cristaliza una especie de diálogo de sordos, en el cual ambos bandos pelean bastante a ciegas, pegando a quienes desean pegar, pero castigando a otros que no tienen nada que ver. O muy poco. Fruto de esto es ese malentendido (no entramos a juzgarlo) que llevó al arzobispo de Montevideo a tener que aclarar a las líderes feministas, en el encuentro aludido, que la Iglesia está a favor de la defensa y promoción de la mujer, a la búsqueda de la equidad entre ella y el varón y sobre todo en contra de toda violencia de género. Y seguramente, no lo sabemos pero lo imaginamos, que condujo a esas mujeres a mostrar que no buscan corromper a los niños o cosas por el estilo. Porque hay que ver las imágenes que tienen algunos cristianos sobre quienes promueven la perspectiva de género. Solo un pequeño ejemplo, de hace poco más de un año, de un sacerdote que tiene una alta responsabilidad en la curia: “Por otro lado la mayoría de los que influyen en la opinión pública, están alineados con la corriente ideológica dominante, conocida como ideología de género, que en la práctica se traduce en apoyo al aborto, al ‘matrimonio igualitario’ y a la legalización de la droga. Se reconoce esta postura como un progreso, tanto por la izquierda como por la derecha, quedando en la oposición únicamente la Iglesia como un bastión acorralado”. Más que elocuente.

¿Cómo salir de esta encerrona, de esta polarización sin luces y sin corazón que no puede más que hacernos mal a todos? ¿Cómo llegar a instaurar en la Iglesia y en todos los espacios concernidos por estas cuestiones, un estado de diálogo, de interés genuino por los que piensan diferente sin renunciar a las propias convicciones? ¿Cómo reducir el impacto de enfrentamiento y ruptura entre gente que busca por diferentes caminos el bien de los demás, el progreso de la humanidad? Sin angelismos, como si no existiera el mal entre los seres humanos, pero también y sobre todo sin descalificar a los otros como si fueran enemigos.

La sabiduría antigua, esa misma que recoge la Biblia, nos marca un camino ineludible. Publio Terencio Africano, en el siglo II antes de Cristo, acuñó una frase llena de esa sabiduría: “Nada de lo humano lo considero ajeno a mí”. El concilio Vaticano II nos dejó su versión contemporánea en la introducción (n. 1) de la Gaudium et spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. Lo citamos a menudo, lo deberíamos vivir más.

Recordamos también a san Pablo a los Tesalonicenses: (1ª, 5, 21): “Examínenlo todo y quédense con lo bueno”. Es cierto que el género como fenómeno de época, como cultura, lleva en sí una enorme heterogeneidad, lo surcan cantidad de corrientes diversas que no es fácil apreciar en su complejidad, diferencias y evoluciones. Lo que no facilita la tarea de conocerlo y discernir sobre él, pero ciertamente no la excusa. Hay una sensibilidad cristiana de siempre que consiste en distinguir, en situarse ante los fenómenos humanos, complejos porque llenos de vida, de búsquedas, de gozosos aciertos y de tristes errores, con la curiosidad y la pasión propias de quienes creen en la encarnación del Hijo de Dios. Nunca deberíamos olvidar que debajo de lo que rápida y descalificadoramente llamamos ideología de género hay enormes sufrimientos humanos, desprecio por los “raros”, exclusión y crucifixión de los “anormales”.

Nos hemos extendido más de lo habitual y la cuestión ameritaría mucha más reflexión (como por ejemplo, por no citar que una cosa, los usos muy poco rigurosos del término ideología). Volveremos, seguramente, porque creemos que en este terreno tan sensible y en el que sí se juegan tantas cosas, hay mucho por desbrozar, conocer, aclarar, sopesar. Mientras tanto habría que aflojar un poco con ese espíritu guerrero que no parece muy propio de los discípulos de Jesucristo.



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