Visita Ad Limina medio secreta

POR Pablo Dabezies Hechos y dichos Sin comentarios

Entre el 14 y el 22 de noviembre, los Obispos del Uruguay realizaron su visita ad limina Apostolorum, que todos los obispos diocesanos de la Iglesia católica deben cumplir cada cinco años. En realidad, lo que deben hacer con esa periodicidad es presentar un informe quinquenal de la realidad y la marcha de la Iglesia que tienen a su cuidado. Así lo dispone el canon 399. Y el 400 agrega que ese mismo año cada obispo visite Roma “para venerar los sepulcros de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y presentarse al Romano Pontífice”. Veamos la escasa información que se nos ha transmitido, con el agregado de algunos breves comentarios.
Para revitalizarse con el testimonio apostólico
Ad limina apostolorum (del latín limen, umbral, también en español), significa de hecho a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, que como sabemos se hallan en Roma. Evidentemente no por las tumbas en sí, sino por lo que ellas significan sobre el testimonio de los apóstoles en que se asienta la Iglesia.
Se discute acerca de los orígenes de esta costumbre, pero en general se los sitúa en la muy antigua práctica de reunir concilios provinciales, también llamados sínodos locales, de los obispos pertenecientes a la provincia que presidía el obispo de Roma. Esa costumbre se fue extendiendo y en 1585 encontramos su primera codificación con la Constitución Romanus Pontifex del papa Sixto V. Ese documento estuvo vigente por más de trescientos años y determinaba el período en que debía realizar la visita el obispo de cada parte del mundo y los ítems del informe a presentar. La reglamentación sixtina, fruto de la reforma del concilio de Trento, estableció bien claramente la obligatoriedad de la presentación de los informes, el viaje a Roma y demás detalles.
Después del concilio Vaticano II, la práctica de Pablo VI y la institución generalizada de las conferencias episcopales, la visita ad limina se comenzó a hacer del modo actual, es decir colegialmente, o por regiones de un mismo país en los casos de episcopados muy numerosos. Para quienes estén interesados en tener más elementos tanto teológicos como históricos de este aspecto muy importante de la vida y misión episcopal, pueden consultar con provecho el último documento romano referido a ello, del año 1988, que se encuentra en: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cbishops/documents/rc_con_cbishops_doc_19880629_visita-ad-limina_sp.html.
Además del encuentro con el obispo de Roma, los obispos recorren los distintos dicasterios de la Curia romana, en los que intercambian acerca de las realidades de sus Iglesias en las diferentes áreas de que son responsables esas oficinas. Y también, normalmente, celebran juntos la eucaristía en las basílicas patriarcales de los apóstoles Pedro y Pablo, así como también en las otras dos mayores, san Juan de Letrán y Santa María Mayor. Así lo hicieron los obispos del Uruguay, y también, como ya es tradición, en la basílica de los XII Apóstoles, en donde están las tumbas de Felipe y Santiago, y desde hace algunos años la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres. En esa celebración, como en ocasiones anteriores, participaron sacerdotes que se encuentran en Roma por estudio u otras razones, así como miembros de la “colonia” uruguaya en la Ciudad Eterna.
“Subí a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días” (Gál. 1, 18)
Como es natural, el momento central de la visita es el encuentro con el sucesor de Pedro, en este caso Francisco. Como quedó dicho, es una de las finalidades principales de la visita y constituye una señal muy concreta de la comunión de las Iglesias locales con la Iglesia de Roma, que preside en la caridad. En los documentos que se refieren a esta tradición, se cita en general la ida de Pablo a encontrarse con Pedro en Jerusalén, unos pocos años después de su conversión, como lo dice él mismo en su carta a los Gálatas: “Tres años más tarde, subí desde allí [Damasco] a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días” (Gál. 1, 18). Y lo volvió a hacer más tarde, según testimonia en la misma carta, con el objetivo de hallar confirmación para su misión con los gentiles: “expuse el Evangelio que predico entre los paganos, en particular a los dirigentes, para asegurarme que no corría o no había corrido en vano” (2, 2). Comunión que no le impidió al mismo Pablo enfrentar duramente a Pedro porque en Antioquía había estado remiso en la aceptación de los no judíos (cf. 2, 11-14).
Pero en nuestro caso no hubo nada de eso, sino un clima caluroso y distendido entre Francisco y los obispos del Uruguay. Y abierto y sincero: “Acá no hay discursos ni protocolos, pueden hablar de lo que quieran”, les dijo Bergoglio, según contó Mons. Troccoli a Radio Carve. En lo que sigue reproducimos la síntesis del encuentro que dio la misma Conferencia Episcopal a los medios.
“Sentados en rueda con Francisco a la cabecera, sostuvieron un diálogo sin protocolos. Le transmitieron el saludo y el deseo de gran parte del pueblo uruguayo de recibir su visita.
El Papa les manifestó a los 14 obispos presentes su deseo de, ante todo, escucharlos. Preguntó sobre la situación del país, la vida de la Iglesia, los jóvenes, los sacerdotes, las religiosas y las vocaciones.
Los obispos dialogaron sobre el esfuerzo de evangelización que la Iglesia realiza en una sociedad marcada por un proceso secularizador de largo tiempo, junto con los sacerdotes, laicos, religiosos y diáconos. Le presentaron la problemática causada por la fragmentación social, el bajo crecimiento demográfico del país, y el auge de la ideología de género.
En un diálogo que duró más de dos horas, el Papa manifestó su cariño por el Uruguay, les manifestó su deseo de visitar el país cuando le sea posible, y les dejó algunas recomendaciones: dar valor a las raíces -evocando a la figura de Artigas-, de modo de armonizar pasado, presente y futuro en la construcción de un pueblo; enseñar la verdad sobre la familia formada a partir de la unión del hombre y de la mujer creados a imagen de Dios, proponer a los jóvenes actividades concretas, especialmente de servicio, como forma de iniciar un acercamiento que pueda llevar al encuentro con Cristo. También los invitó a seguir valorando la vida religiosa femenina; ser cercanos a los sacerdotes y cuidar las vocaciones, tanto en la selección como en el acompañamiento y la formación.
Después de este encuentro con el Papa Francisco los obispos salieron renovados e invitados a seguir con el camino invitando a vivir un encuentro personal con Jesucristo en su Iglesia” (http://iglesiacatolica.org.uy/noticeu/el-papa-francisco-se-reunio-con-los-obispos-uruguayos/)
Con gusto a poco
Lo muy escueto de la comunicación nos deja con ganas de saber más, para poder superar la impresión de que la visita ad limina es una especie de asunto privado entre los obispos y el Papa. No se trata de no reconocer la normal reserva sobre algunas cuestiones, sino de desear que lo que tiene que ver con la vida de cada Iglesia local sea compartido en su seno. Porque es entre todos que vivimos, gozamos, sufrimos, constituimos y tratamos de construir cada Iglesia diocesana y la de todo el Uruguay. Y seguro que a muchos nos interesa conocer y poder opinar sobre la visión y el análisis del presente de nuestras comunidades que hace cada uno de nuestros obispos y la Conferencia Episcopal en su conjunto. Nos resulta muy poco enterarnos tan solo de los títulos, por más que sobre algunos de ellos conozcamos algo más por otras comunicaciones.
Lamentablemente, la lectura de las demás notas de prensa referidas a la visita tienen el mismo gusto a poco. Por poner un solo ejemplo: en la cita con el Dicasterio para el Desarrollo humano integral, se dice que se habló sobre “la situación de los migrantes en la actualidad, especialmente los provenientes de Venezuela y República Dominicana”. Hubiera sido bueno conocer un poco más del contenido de esa conversación, porque se trata de un gran desafío para toda nuestra Iglesia, sobre todo la de Montevideo, frente al cual tal vez no estamos respondiendo como el propio Francisco llama a cada comunidad a hacerlo, como si su insistencia estuviera solo dirigida a las Iglesias de Europa. ¿Cómo reaccionó ante ese planteo? Y así con muchas otras cosas, solo aludidas, nombradas, ni qué decir con esas dos horas de charla fraternal y franca con Bergoglio. Casi estaríamos inclinados a pensar que fue una lástima que él haya adoptado este estilo, normalmente mucho más adaptado, y no haya elegido el discurso tradicional. Con ese instrumento se conocía qué era lo que desde Roma parecía importante aportar a las Iglesias locales. Claro que es mucho mejor este estilo. Ahora bien, debería poderse acceder al contenido del intercambio, al menos aquello que tiene que ver con las inquietudes y esfuerzos de todos.
Algunos detalles más
Leyendo la versión, con muy poquita carne más, que dan algunos obispos, siempre con la base de lo reproducido más arriba, podemos conocer algún otro detalle.
Así, el cardenal Sturla, en nota al Decos Montevideo, abundó algo sobre el diagnóstico que presentaron al Papa: “Sobre los temas presentados al Papa Francisco, el Arzobispo de Montevideo mencionó que ‘nos preocupa la fragmentación social, cómo en un país de cercanías como el Uruguay, la brecha se ahonda con un grupo de personas que está viviendo una situación de pobreza muy dura, de la cual parece que se hace muy difícil salir. Otro tema que nos preocupa es el del sentido de la vida, continuó el prelado, que para nosotros está unido a dos situaciones sintomáticas, la alta tasa de suicidio juvenil y la baja tasa de natalidad. El Uruguay no ama la vida de forma de vivirla con más sentido, fuerza y alegría’, agregó. Después se abordó el tema de la evangelización: ‘el Papa conoce nuestra situación particular en América Latina, un país con una fuerte secularización’, dijo.
Insistió en que el Santo Padre ‘no ha querido dar muchos consejos, sino más bien atender nuestra realidad’. Particularmente ‘ha quedado también muy preocupado por la ideología de género tal como se está viviendo en nuestra sociedad. Le preocupa mucho porque sabe que hay intereses económicos detrás de esta ideología, que se quiere imponer’, advirtió el obispo”.
Por su parte, Monseñor Bodeant es el único que refirió que también plantearon “la inquietud por la conservación del acuífero guaraní”. Y Mons. Troccoli contó a Carve que “respecto a los archivos vinculados a la dictadura militar, los obispos dieron el aval para investigar los que se encuentran en el Vaticano ya que en los archivos de las curias no había nada”.
A observadores lejanos aunque concernidos, y con tan poca información, nos queda la impresión de que Francisco, sobre todo con los episcopados que conoce más y tiene mayor confianza, desea que el estilo de estas visitas, no solo en el encuentro con él, sino en las citas en todos los dicasterios, sea más franco y estimulante para los obispos. Con el objetivo de hacer de ellas un verdadero encuentro en la comunión y que por el contacto con el centro en que convergen todos los intentos de los católicos por ser fieles a Jesús en el hoy de la historia humana, potencie a cada Iglesia local en la fidelidad a su realidad y la ayude a mirar lejos y ancho. Pero si esa dinámica y estímulo, que debería incluir también la preparación de los informes, queda como encerrada en el círculo episcopal, no pasará al Pueblo de Dios sino muy limitadamente. En una palabra: en estos tiempos de sinodalidad tan rescatada y afirmada por el obispo de Roma, sería muy bueno que el instrumento “visita ad limina” pudiera ser vivido en nuestras Iglesias de una forma mucho más participada por todo el Pueblo de Dios, con verdadero estilo sinodal.

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