Por más de 20 años Chile fue considerado uno de los países que más avanzaron en procesos de desarrollo económico, en solidez del régimen político y en una fuerte institucionalidad en América Latina. Sin embargo, estos procesos vinieron acompañados de una constante pérdida de mecanismos democráticos, desde una privatización de los derechos a una desafección política bastante propagada en la sociedad. Sin embargo, el 18 de octubre del 2019, nuestra realidad y status quo cambió ¿será duradero? ¿será un nuevo pacto social?

Hay muchas cosas que se me vienen a la mente al pensar en Chile y democracia. Acá en Chile se valora el régimen democrático con bastante fervor, puesto que durante 17 años tuvimos una dictadura que cambió el pacto entre política y ciudadanos. Se escribió e impuso una constitución que en general vela por los derechos de los privados y restringe y frena la inmersión del Estado en temas que conciernen a los y las ciudadanas. Se impuso, además, un sistema económico que nos moldeó no sólo en lo económico, sino que también en el tipo de derechos sociales y en la forma de relacionarnos entre nosotras y nosotros (individualismo). Estos dos cambios importantes y grandes, hicieron que las políticas sociales adoptaran un estilo subsidiario, es decir, restringiendo el papel del estado en derechos como salud, educación y previsiones, impulsando la inversión privada.

Pero ¿qué nos hizo tener tanto “éxito” y estabilidad por más de 20 años? A mi parecer, sumado a lo anterior, el pueblo chileno se sumergió en un silencio, poco cuestionamiento y miedo a dar su opinión. Si bien, en los primeros años después de la transición a la democracia los partidos gozaron de una gran popularidad, con el paso de los años las personas cada vez menos se identificaban con un partido. Es más, de acuerdo con datos del Centro de Estudios Públicos, mientras a principios de los años noventa el 69,2% de la ciudadanía se identificaba positivamente con un partido, hoy, sólo el 19%. Esto deja bastante en el tablero, si consideramos que los principales canalizadores de las demandas sociales son los partidos políticos. La ciudadanía, por lo tanto, dejó de lado el deber de pedir rendiciones de cuenta, de incluir demandas de alguna u otra manera al Sistema Político y de valorar su participación en el régimen democrático.

El primer gran levantamiento social desde el retorno a la democracia se dio en el año 2006, cuando los estudiantes secundarios se tomaron sus liceos para protestar en contra de la Ley que regía hasta ese entonces en la educación pública. Yo era pequeña pero recuerdo ese momento histórico, lo recuerdo como uno de los primeros hechos en que empecé a entender que la democracia la construimos todas y todos, y que es un deber introducir demandas al Sistema Político. Luego, el 2011 fue uno de los años más simbólicos en lo que concierne a los movimientos sociales. De la mano de estudiantes, también, pero esta vez universitarios y universitarias. Ellos y ellas exigieron rebajas en los aranceles de las carreras universitarias, y repensar el Crédito con Aval del Estado (CAE), un crédito que le permite a los y las estudiantes que no tienen los medios suficientes para acceder a la educación superior, puedan hacerlo por medio de un crédito. Esto debido a que en Chile no existe la educación gratuita, ni las universidades públicas. Sumado al movimiento estudiantil, varios movimientos de la sociedad civil como No+AFP, un movimiento en contra del sistema de previsión y a favor de reformar este, movimientos de pueblos originarios, entre otros, se alzaron durante todo ese año. Hay quienes afirman que en el 2011 cada día y medio había una movilización. Esto nos da otro elemento, en Chile a pesar de tener una ciudadanía bastante insatisfecha con la política, existía una politización en torno a los temas de políticas sociales, a decir, educación, previsión social y salud.

Pero el hecho más importante ocurrió el año pasado. El 18 de octubre del 2019 comenzó el conocido “Estallido Social” chileno, como una suerte de olla a presión que estuvo por años aguantando, la ciudadanía salió a las calles de Santiago y luego de todo el país. ¿La razón? Bueno, la razón inmediata fue que el metro subió 30 pesos, la razón histórica 30 años de pocos beneficios sociales, una gran desigualdad y una liberalización económica que ha permeado todos los aspectos de nuestra vida. A pesar de que el 18 de octubre es el día memorable, todo comenzó días antes cuando nuevamente los estudiantes de liceos y colegios a modo de protesta realizaron varias evasiones al metro debido al alza que había sufrido el pasaje. Los y las estudiantes nos dieron el aliento que necesitábamos para volver a apropiarnos de nuestra política. Ha sido un tiempo histórico e intenso, los cacerolazos son parte de nuestros días, es una respuesta inmediata ante cualquier descontento. Pero sobre todo, salir a las calles, juntamos centenares e incluso más de un millón de personas a protestar y reencontrarnos.

Como un discurso, desde el 18 de octubre se comenzaron a desencadenar y entrelazar demandas que, si bien, siempre han estado empezaron a ser evidentes en ese momento. El gobierno como nunca antes estaba con los oídos abiertos escuchando y reaccionando hacia el levantamiento del pueblo. La reacción fue sacar a las calles a las fuerzas armadas, represión desmedida en las movilizaciones y promulgación de leyes para calmar el fervor de la ciudadanía. Pero eso tampoco funcionó y las movilizaciones siguieron.

Muchas cosas han cambiado en estos meses, el gobierno ha tenido que lidiar con el levantamiento popular más grande que hemos tenido, ha tenido que promulgar leyes en desmedro de las AFP permitiéndole a los usuarios/as poder retirar un 10% de sus ahorros previsionales y ha tenido que combatir con una pandemia. Esto ha demostrado que hay cambios que, sí se pudieron haber dado previamente, pero no hubo voluntades políticas. Sin duda, la firma de paz que tuvo lugar el año pasado- en medio de semanas de manifestaciones- por gran parte de los partidos políticos tanto de izquierda como de derecha ha sido algo histórico. En ese acuerdo se determinó empezar con un proceso constituyente, que comienza oficialmente este 25 de octubre. Esta sin duda, es una de las votaciones más importantes de nuestra democracia. Por primera vez en nuestra historia como país podemos decidir si queremos o no una nueva constitución y el mecanismo que pueda redactar esa nueva constitución. Para mi este es uno de los actos más importantes en la definición de democracia y en cómo la vivimos.

Votar es el mecanismo que como ciudadanas y ciudadanos tenemos para elegir a nuestros y nuestras representantes y en este caso para decidir sobre las reglas más importantes que nos rigen como sociedad. En ese sentido, me gustaría volver a uno de los autores más destacados en ciencia política, Robert Dahl quien define democracia de una manera minimalista mediante dos atributos, representación y participación. Yo hoy veo esa definición en las calles y en la politización de nuestras posturas en torno a las políticas sociales. Nos estamos haciendo cargo de nuestro sistema político y entendiendo que el cambio se puede dar si participamos, y elegimos a representantes que velen por nuestros derechos. Estamos dándole sentido a la democracia y su definición.

Lo que hoy está pasando en Chile, es volver a tener fe, a tener fe que las cosas sí pueden cambiar, que la sociedad puede ser más igualitaria para todos y todas. Por muchos años le perdimos la fe a la política, a la justicia e incluso a nosotros/as mismas, pero eso está cambiando. Este 25 de octubre tenemos la oportunidad de demostrar que el régimen político es de nosotros/as y para nosotros/as. Tenemos la oportunidad de redactar una constitución 100% escrita por la ciudadanía y paritaria (50% mujeres, 50% hombres). Volver a tener fe y esperanza, ha sido bastante duro, también, el proceso ha sido doloroso. Hay compañeros y compañeras que han perdido la vista por el abuso de fuerza de las policías, se nos ha reprimido el derecho a manifestarnos, se nos ha condenado por creer y querer un Chile mejor. Sin embargo, la esperanza está intacta, y tengo fe de que la política puede volver a funcionar, que la democracia se puede reconstruir y definir en las calles y que podemos soñar con esa sociedad en que todos y todas tengamos las mismas oportunidades.

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Sobre la autora: Camila Díaz, Politóloga, Universidad Diego Portales. CVX Jóvenes Chile

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