«Nos interpela la fragmentación”
Algunos apuntes sobre la Carta Pastoral de la CEU

No sé si lo advirtieron, pienso que no, pero ¡qué fecha para dar a conocer la última Carta Pastoral de los obispos uruguayos! 14 de abril, cuando 36 años atrás se desató lo que se consideró “guerra interna”, día de sangre y angustia, de otra fragmentación que la actual, con otra radicalidad, que todavía condiciona nuestra convivencia.

Pero estamos en otro momento, y es la actual situación la que llevó a la Conferencia Episcopal (CEU) a publicar el texto “Construyamos puentes de fraternidad en una sociedad fragmentada”. Aunque en el primer momento tampoco yo advertí la coincidencia, pudiera haber sido muy interesante tratar de analizar las influencias posibles de aquel abril y lo que siguió para este presente, desde el momento que la tan deseada “reconciliación nacional” todavía está en veremos, por la imposibilidad de hacer justicia, de abrir caminos al perdón y de comprometernos en el tan necesario “¡nunca más!”

Por eso, tal vez, sea importante volver sobre la Carta, que conoció unos días de considerable repercusión, no por su contenido propio, sino por un cierto escándalo que se quiso instalar, ya que desde hace más de un mes ha caído en la práctica del use y tire de nuestros medios de (in)comunicación. La nota que sigue pretende ante todo, junto con nuestra Carta Obsur que se ha ocupado de ella varias veces, no dejar caer la problemática crucial levantada por los Obispos, continuando la reflexión acerca de esa realidad.

Lo que intento son dos cosas: por un lado hacer una valoración de la pertinencia y estilo del documento; por el otro, ubicarlo en el camino de la enseñanza del episcopado uruguayo en las últimas décadas en materia social y política. Pero antes, algunos apuntes iniciales.

Apuntes para comenzar

Ante todo, el tema me parece muy relevante, pertinente y, aunque de pronto formulado de otras formas, de gran actualidad en las preocupaciones de los uruguayos. Más adelante mostraré que se trata también de una cuestión a la que nuestros obispos están prestando atención y que les preocupa desde hace ya un buen tiempo

Me resulta importante señalar la claridad en el uso de la ya tradicional, sobre todo en América Latina, metodología inductiva del Ver, Juzgar y Actuar. Para mí no es indiferente que el deseo de la CEU por acercarse a una realidad concreta para discernir su relación con el Reino vaya acompañado por una mayor claridad metodológica.

Quiero resaltar los párrafos de la breve introducción que manifiestan una cercanía e implicación calurosas con los destinatarios, con todos los uruguayos y uruguayas, más allá de eventuales entredichos recientes con algunos grupos. El dar “gracias a Dios por la tierra en la que hemos nacido y la patria que hemos formado”, manifestar la alegría de ser uruguayos (“¡qué lindo ser orientales!”) con tanta sencillez, me parece un acierto no solo formal, sino sobre todo un mostrarse consubstanciados con los demás integrantes de este pueblo. La Carta de los obispos tiene ese tono, no de manera uniforme pero sí constatable. Por algo invocan el n. 1 de la Gaudium et spes (“Los gozos y…”). Esta cercanía es fundamental cuando desde la Iglesia se quiere hablar a un pueblo como el nuestro. Sin embargo, creo que una cierta complacencia al hablar de la misma Iglesia uruguaya frente a las cuestiones analizadas, no va en ese sentido.

Es muy acertada la forma en que se plantea desde el inicio el ángulo de inserción de la CEU en este documento de tipo social: queriendo ofrecer “un aporte” al “imprescindible diálogo social” en una “sociedad plural”, en la que la Iglesia se entiende y se siente “parte”.

Por último, considero de extrema relevancia que los obispos adopten como la óptica más constante para su Carta la de una atención preferencial por los pobres (que son llamados en general “los menos favorecidos”, “los más carenciados”, “los sectores más vulnerables”), y categorías como las mujeres y los niños, ¡también los inmigrantes, qué acierto! No era últimamente tan clara esta mirada en los análisis de la CEU.

Este conjunto de notas, y en particular la última, es lo que de hecho da contenido al muchas veces enfatizado en el texto, y con razón, carácter “pastoral”, “como pastores”, del aporte episcopal. Con la conveniente explicitación de que lo que se busca en el discernimiento es identificar “el llamado de Dios para nuestra patria”.

Antecedentes recientes del tema en la reflexión de la CEU

Dije más arriba que el tema de la fragmentación, “dura realidad” de nuestra sociedad (otros prefieren hablar mejor de “segmentación socio-territorial”) es algo que “preocupa”, “afecta”, “inquieta”, “duele”, “interpela” a la CEU, y la ocupa, desde hace ya buen tiempo. Sin alargarme mucho, comparto algunos datos que tal vez no conocemos o no recordamos.

Para no ir muy atrás, ya en el texto de las Orientaciones Pastorales de la CEU para 2008-2013, “Recomenzar desde Emaús”, III, 2, sobre los “Principales desafíos pastorales…”, el primero de ellos dice, negrita incluida: “Fragmentación de los espacios sociales y humanos: disgregación del tejido social, confrontación sistemática de los grupos y sectores de la sociedad; el vivir para satisfacer los intereses y deseos propios o de grupos (corporativismo)…” (p.10). Como se ve, en síntesis, la misma inquietud de la Carta de este año. En el 2011, en la Pastoral sobre el Bicentenario “Nuestra Patria: gratitud y esperanza” también se apunta a las desigualdades en la sociedad, y el texto es severo, sobre todo cuando se refiere a las carencias que padecen muchos habitantes y familias del campo (cf. p. 22. Nótese la diferencia de encare con relación al texto del pasado abril sobre las relaciones campo-ciudad). Y también las vigentes Orientaciones Pastorales 2014-2019, “Jesús fuente de agua viva”, en las que se retoman preocupaciones similares en el n. 4 “Desafíos pastorales de nuestro tiempo” (pp. 27-29).

Más cerca, en marzo de 2014, el documento “Un aporte a la reflexión del tiempo electoral” apuesta a parecida problemática como aspecto fundamental, el primero, a atender en las prioridades políticas: “La desintegración social afecta de lleno la sociedad abierta e integradora, ‘en la que es difícil sentirse extranjero’, país de cercanías, que fuimos y aspiramos a ser nuevamente. Junto a la ruptura del tejido social, incluso de orden geográfico, -que se hace notoria con la existencia de los numerosos asentamientos y en la marginación cultural-, se da la pérdida de valores consensuados”. Por último, en el comunicado que sintetiza la asamblea ordinaria de la CEU de noviembre de 2016, existe un largo párrafo (punto 14) dando cuenta de la reflexión de los obispos sobre esta temática, con pasajes que encontramos casi de manera literal en la Carta, sin que aparezca explícita la determinación de escribir sobre el asunto. Puedo agregar, como dato que conozco de una conversación con Mons. Milton Troccoli, actual Secretario de la CEU, que la intención era la de publicar el texto con ocasión de la asamblea de noviembre de 2017 (incluso ya se había manejado el título), cosa que no sucedió porque entre tanto desde Roma fijaron a los obispos uruguayos la visita ad limina para esos días.

Agrego un elemento más que juzgo ha tenido su qué ver en la atención de la CEU sobre este tema, y es la celebración, en mayo de 2016, del XXXIV Encuentro Nacional de Laicos, que tuvo como lema: “En el año de la misericordia, construyamos fraternidad en una sociedad fragmentada”. Los contenidos me parecen más ricos que los de la Carta, con aportes teóricos de peso, pero también experienciales, referidos en varios casos a los mismos aspectos que trata el reciente texto. Para quienes deseen conocer esa reflexión laical, la encuentran en la página de la CEU: https://iglesiacatolica.org.uy/departamento-de-laicos/ Por lo menos en el caso de Montevideo, pero creo que no solo, el evento, su preparación y resultados dejaron su huella. Y seguramente otros actores de nuestra Iglesia podrán dar cuenta de otras influencias o antecedentes que no están planteados aquí.

La Carta en la reciente historia de la enseñanza social de la CEU

Para entrar más de lleno en la valoración y pertinencia de la Carta, me parece útil ubicarla en el proceso que ha seguido en mi opinión el magisterio social de la CEU.

Comienzo desde el final del Concilio, por más que haya un ejemplo anterior, el primero de un nuevo estilo, la Carta de Parteli sobre el agro (1961). Repito brevemente algo que he analizado de manera pormenorizada: todavía en Roma, a fines de 1965, los obispos deciden escribir un documento sobre la situación ya de crisis del Uruguay (el 65 fue un año emblemático en ese sentido). El texto se demoró sobre todo por una razón muy concreta, la de procurarse mejor información, con expertos, sobre la situación real del país. Esto es muy significativo, porque desde esa Carta “Sobre algunos problemas sociales” (Cuaresma de 1967), la CEU fue en un crescendo en su acercamiento y comprensión de esa realidad, con sus más y sus menos, empujada aun por Medellín, y hasta las vísperas del golpe de Estado (junio de 1972).

Luego, por decisiones tomadas en esa víspera, a raíz del enfrentamiento con Bordaberry por las torturas generalizadas, y ratificadas en la primera asamblea post golpe, los obispos optaron por tomar distancia de una realidad tan conflictiva, que había creado fuertes tensiones en el mismo seno de la Conferencia. Hasta el final de la dictadura, aquel estilo y preocupación por mirar de frente y hacerse cargo de la realidad social, económica y política del país no volvió sino limitadamente. Y sin haber estudiado tanto el período que va del fin de la dictadura hasta este presente, mi juicio es que, salvo algún momento aislado, no hemos vuelto a conocer un acercamiento, un estar “consubstanciados”, como el de aquellos años fermentales. ¿Qué decir entonces de este documento, cómo ubicarlo en este proceso?

Mi parecer es que resulta un avance con respecto a los años más inmediatamente anteriores, por una razón principal: el hecho de animarse a elegir un aspecto polémico de la realidad nacional para profundizar en él desde una visión de fe que no se ahorre seriedad y fundamentación. Me hace acordar, por ejemplo, a los análisis sobre la violencia a que se arriesgaron los obispos en los años pre 73, que por cierto tuvieron un eco mucho mayor que lo que conocimos ahora, sobre todo por parte de los sectores más conservadores, pero también de otros, dentro y fuera de la comunidad católica. Lo dicho no prejuzga sobre el resultado final del intento, sino que trata de valorar el intento mismo. Por eso hablo de “animarse”, de “arriesgar” una palabra comprometida y empática con una realidad que se siente como propia y al mismo tiempo dolorosa para todos los uruguayos. Convocando además a tratar de revertirla con el esfuerzo de todos (“responsabilidad de todos”), tal cual se hace en la última parte. Bienvenido avance, entonces, pero a mi juicio todavía inseguro, por pasajes no muy claro. Bienvenido aporte lanzado como servicio, sin ánimo de dar lecciones, sino de contribuir a sensibilizar y buscar salidas para el actual deterioro de nuestra convivencia. Bienvenidas también las reacciones sinceras, más allá de posibles errores de forma, porque por mi parte opino que estamos ante una cuestión de gravedad y consecuencias enormes, que además toca en el centro mismo del mensaje y la misión de la Iglesia, aunque parece que no lo advirtiéramos en toda su dimensión. Malvenidas, por el contrario, las reacciones interesadas en la utilización política del texto, con escándalo incluido (por las dudas, no estoy hablando del comentario de Juan Andrés Roballo, pertinente por más que se pueda discutir el instrumento usado), que apenas advirtieron que no había demasiada tela para ello, bajaron la cortina sobre todo el asunto, Carta y problemática incluida. Una maniobra típica para no dejarse cuestionar por lo que dicen obispos.

Algunas observaciones críticas sobre la pertinencia del análisis

Con lo que sigue no pretendo un análisis del contenido de la Carta. Me identifico bastante con los comentarios hechos por dos católicos militantes, el economista Pablo Martínez, que publicamos también en esta edición y el sociólogo Pablo Guerra, en la hermana revista Umbrales (consultar en: https://umbrales.edu.uy/2018/04/27/opinion-documento-de-la-ceu-y-la-polemica-desatada/#more-5264). Creo que el texto y la problemática que trata, merecía y merece más atención. Y en concreto en la comunidad eclesial. Así lo pensamos en Carta Obsur y por eso hemos dedicado bastante espacio (y lo seguiremos haciendo) a lo que tiene que ver con la desigualdad, las rupturas sociales que ella engendra y la misión que debería encarar mucho más de frente nuestra Iglesia al respecto. Pero queda la sensación de que el aporte de la CEU sobre una cuestión muy candente ya ha quedado bastante bien archivado en algún rinconcito de nuestra enorme capacidad de consumir y tirar, sin digerir.

Vengo a lo del subtítulo. Confieso que desde la primera lectura apresurada, el documento me dejó la sensación de que funcionaba en dos planos diferentes, entre los que fluctuaba, por más que también había uno que predominaba claramente. Me explico y comparto una hipótesis que es discutible y quizás aventurada. Mirando los antecedentes y el mismo texto, tengo la impresión de que la inquietud sobre el tema tal cual ingresó y fue caminando en el seno de la CEU está reflejada sobre todo en la tercera parte (el Actuar) y no tanto en la primera (el Ver), que por otra parte ha sido la más cuestionada. Y que sería lo primero en quedar claro. Tercera parte, “Tender puentes y construir fraternidad”, que tiene un encare en clave sobre todo de actitudes personales, si exceptuamos las referencias de paso al Estado, a “nuestra clase política” y la necesidad de “actuar sobre los procesos que generan la exclusión y no solo sobre sus efectos”.

El “estamos invitados a renovar nuestra mentalidad y nuestro corazón” con que inician las “Conclusiones” me parece ser una expresión gráfica del mensaje, y tipo de reflexión, de los obispos en su Carta: frente a la fragmentación, lo que es necesario hacer por parte de todos es cambiar una serie de actitudes equivocadas con las que nos estamos relacionando (más bien enfrentando) para aprender a “cambiar la mirada y ver a todos nuestros compatriotas como hermanos” (así sigue la frase recién citada). Cosa indiscutible, de una importancia muchas veces no valorada por actores políticos y sociales, y a menudo valorada unilateralmente en documentos eclesiales. Es decir, poniendo entre paréntesis la dimensión más estructural de los problemas así como los caminos de solución.

Estamos aquí ante una ya clásica cuestión, muy presente en los primeros lustros del post-concilio: en la búsqueda de los cambios, ¿qué debe ser priorizado en los aportes de los cristianos, el cambio del corazón o las transformaciones estructurales? En la reflexión que se dio en aquellos años, como en tantos otros de la historia eclesial, se llegó a una conclusión que no acepta quedarse en la disyuntiva: ambas perspectivas no son solo importantes sino imprescindibles en toda transformación que quiera dar a luz algo “más humano”, que pertenezca al “ser más”. Hay que mantener ambas, siempre en ese equilibrio precario que hace de ciertas tensiones una fuente de riqueza posible y que por eso mismo necesita redefinirse siempre en función de cada contexto histórico concreto. Pero como tantas otras cosas de los procesos vividos en los últimos 50 años, esa conclusión que para los obispos uruguayos llevó tiempo, tanteos y dudas, parece haber quedado en entredicho en la actualidad. Estamos asistiendo a una especie de repliegue sobre lo interpersonal, las actitudes, una forma de caridad sobre todo asistencial, o mejor, persona-a-persona, con mucha dificultad de valorar y asumir la dimensión más estructural, cosa que siempre le ha costado a la Iglesia, sobre la que ha tenido una cierta desconfianza y temor de entrar en terrenos minados (ver la casi caricatura del compromiso social laical sobre todo juvenil que “valoramos y alentamos” en la Carta: “misiones, apostolados, etc.” !!!???). Al pasar, recordemos que uno de los aportes capitales de Medellín hace 50 años fue la decisión valiente de entrar con decisión a ese nivel de análisis de la realidad, aun teniendo en cuenta los riesgos que eso significaba. Porque así se ingresa en la discusión pública, en lo opinable, pero es la manera de tener pertinencia en el propio aporte. Quedar sobre todo en el nivel de las actitudes es mucho más seguro y casi indiscutible. En este sentido, creo que la Carta quedó bastante atrás del aporte que pudiera haber tenido si hubiera integrado con mayor claridad los dos niveles de que vengo hablando. Estamos ante un buen desafío en este campo.

Porque, por otra parte, así se dejó medio en el aire la mirada más estructural, aunque imprecisa, de la primera parte (el Ver, “Nuestra mirada sobre la realidad”). Que me da toda la sensación de haber sido pensada y elaborada después de ese núcleo que considero el central en la inquietud de la CEU. Tengo una información, no del todo precisa, como que lo que se estuvo revisando hasta último momento fue este capítulo inicial, sobre todo en lo que tiene que ver con los datos del INE. Pero aún así, resultó como de otro documento, ya que también el discernimiento de la segunda parte, rico en sí mismo, camina en especial a ese nivel de valoraciones y actitudes, capitales, pero con poco mordiente sobre las realidades más sociales evocadas en el Ver. Pienso que ello ha dejado un flanco más abierto a algunas críticas, que me parecen en general justas (ver los trabajos de Guerra y Martínez) porque no se profundizó en esa mirada a los factores más sociales, y se pasó a desarrollar la óptica que considero predominante.

También por eso queda a mi juicio distorsionado, poco claro, el aporte de los últimos gobiernos en cuanto a la reducción de las desigualdades: los datos más oficiales de las grandes organizaciones internacionales, públicas y no, muestran que Uruguay es el único país de América Latina que ha bajado al mismo tiempo la pobreza y la inequidad. Lo que no quiere decir que no haya más que hacer. Recomiendo un breve pero esclarecedor artículo del economista e investigador uruguayo Andrés Dean, que hace ver las dificultades que va a tener el país en seguir bajando la desigualdad si no se pasa a actuar sobre los activos, y no solo sobre los ingresos. Es decir, la inequidad más estructural que surge de las grandes diferencias en la posesión de la tierra, el capital, el acceso a la vivienda, a la educación, etc. Eventualidad que todos sabemos provocaría enseguida reacciones violentas que no se pueden superar solo con llamados a cambiar el corazón, sino que deben pasar al mismo tiempo por decisiones estructurales, políticas (en https://ladiaria.com.uy/articulo/2018/4/la-igualdad-estancada/). Para aportar sobre lo que hemos ido logrando como país, ver una entrevista reciente a Michael Green director de la agencia que elabora el Índice de Progreso Social sobre el caso del Uruguay al respecto: https://www.elpais.com.uy/economia-y-mercado/uruguay-eficiente-promedio-progreso-social.html.

Esta complejidad es la que aparece muy poco en la Carta y evidente que no es misión de la Iglesia encarar, pero sí tener en cuenta a la hora de hacer propuestas. También en este terreno se echa de menos una mayor exigencia de parte de los obispos a quienes tienen altos niveles de vida, estándares de consumo casi sin frenos, sobre todo si son católicos (no parece suficiente decir que “reconocemos y pedimos perdón a Dios por la participación de cristianos en estructuras sociales injustas”; como dice el catecismo sobre la confesión, para ser perdonados los interesados deben reparar…). En ese sentido, el llamado a todos para superar la fragmentación podría haber sido menos general y con más atención a los diversos sectores sociales que no tienen iguales responsabilidades y posibilidades, como lo hace muchas veces el magisterio social.

Hay que seguirla

Estas reflexiones se me han ido un poco de la mano. Para concluir, deseo sobre todo volver a encomiar el aporte que significa que nuestros obispos hayan decidido escribir este documento salido de su corazón, como lo dicen de variadas formas (“nos duele”, sobre todo). Que los reparos y eventuales críticas no nos oculten este valor. Que aumenta si tenemos en cuenta la importancia del tema, o mejor de la realidad de que se trata, más allá de cómo se la designe y describa. Todos, o la gran mayoría, la sufrimos y nos interpela porque quisiéramos gozar de una mucho mejor convivencia.

La gran cuestión es ver cómo la seguimos, cómo no permitimos que este alerta haya quedado en una pasajera ocasión de un cierto alboroto. ¿Por qué, muy poco después de su publicación y esos ruidos de alguna prensa, ha caído en el olvido o así parece? Como lo hemos dicho más de una vez, en Carta Obsur vamos a seguir, con Carta de la CEU o sin ella. Nos parece una cuestión clave para la misión de nuestra Iglesia en nuestra realidad. No como algo agregado, de pastoral social ocasional. No repito aquí las ideas que hemos lanzado al respecto en otras ocasiones, pero es preciso explorar caminos de contribución de la comunidad en este terreno, rescatando y articulando todo lo que ya hacemos, apreciando y apoyando lo que distintos grupos de la sociedad civil también realizan. Todo esfuerzo que busca crear respeto, comprensión y fraternidad ya es del Reino y se integra a la obra más propia de Jesús, la reconciliación de los hombres entre sí y con Dios. De la que la Iglesia está llamada a ser sacramento (L G 1), nada menos.

Y como final, un acuerdo muy fuerte para que este compromiso ineludible sea encarado en unión con las “diversas comunidades religiosas”, en particular las cristianas. ¿Por qué no?

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