“Que sean uno” (Jn. 17,21)
El antídoto para la fragmentación

Cuando hablamos de fragmentación social corremos el riesgo de abstraer tanto la realidad, al punto de convertirla en un concepto lejano, que no me da la posibilidad de buscar un cambio. Creo que para evitar la abstracción que no me involucra es preciso tomar conciencia de algo: la fragmentación social la producen las personas y es, en realidad, la expresión exterior de una realidad más dolorosa y profunda: la fragmentación personal.

Cuando hablo de fragmentación personal, me refiero a la constatación de que las personas se encuentran como divididas en su interior: entre lo que fuimos y lo que somos; entre nuestro Yo real y el Yo ideal; entre nuestro presente y lo que quisiéramos ser; entre nuestras opciones religiosas y políticas. Podemos hacerlo concreto imaginando a una persona que se comporta piadosamente dentro de la Iglesia, luego va a un comercio y se queda con el vuelto si es que le dieron de más, luego va a la cancha y saca toda la violencia acumulada en la semana, va al trabajo y trata de cumplir con lo mínimo, pero quiere aparentar con sus amigos que lo que hace es imprescindible, y así podríamos seguir.

Esta experiencia la palpé cuando ingresé al seminario. Me sentía feliz como maestro, y era un animador capaz de hacer saltar a doscientos niños, pero tenía desde los quince años la inquietud por el sacerdocio. Ingresé a los veintisiete, y al traspasar aquella puerta mi mundo se derrumbó: no me encontraba, ni encontraba a Dios. Todo lo que hacía antes, donde vivía a Dios, no lo podía hacer ahora. Luego vino la devolución del psicodiagnóstico, obligatorio para ingresar al Seminario, y éste reveló que luego de la separación de mis padres, inconscientemente había asumido roles que habían subyugado mi propia personalidad. Vivía desanimado, y me preguntaba cuál era mi Yo real: si el maestro y animador exitoso y alegre, o este seminarista desanimado. Y durante cuatro años viví dividido entre lo que había discernido como el proyecto de Dios para mi vida -el sacerdocio- o el proyecto alternativo, volver a ser maestro, ser padre de familia, etc. Hasta que un día, vino al Seminario, un equipo a predicar un retiro, entre quienes se encontraba Mary Larrosa. En el acompañamiento junto a ella, descubrí el llamado a ser uno; de ahí el título de este artículo.

En el contexto inmediato del Evangelio, el pedido de Jesús al Padre de que “sean uno” es un llamado a la comunión, pero en la realidad que yo vivía descubrí otro llamado: ser uno también como persona, no estar dividido.

Luego vino el P. Amedeo Cencini a dar un curso de Pastoral Vocacional, y nos regaló la clave para la unificación: la Cruz, entendida como Cruz y Resurrección. Él lo presentó como manera de vivir la castidad: así como el ejercicio de la sexualidad involucra muchas dimensiones de la persona, para quien elige la castidad debe “poner en ese lugar” la Cruz, como signo de ese Amor que lo concentra todo, ese Amor que es el Único que puede hacernos sentir plenos. Prometo dedicar un artículo sólo a esta propuesta que me iluminó mucho, al punto que mi lema de ordenación es una frase de San Pablo a los Gálatas: “Dios me libre gloriarme de otra cosa que no sea la Cruz de Cristo”.

En mi búsqueda espiritual me encontré con otro libro: Una espiritualidad desde abajo, de Anselm Grün, que me ayudó a comprender que Dios nos ama tal como somos. Al igual que Cencini, el autor habla de cómo la propuesta espiritual, hasta prácticamente el Vaticano II, era la de “ser perfectos”. Eso implicaba ensalzar las virtudes y luchar contra los defectos. Pero como muchas veces estos defectos tienen que ver con heridas afectivas profundas, no se logran vencer a base de voluntarismo, por lo que la persona optaba por esconderlos. Aquí valoré el aporte psicológico de Jung, que aunque me advirtieron, no responde a una antropología cristiana, me ayudó a entender el concepto de “sombra”, que es todo aquello que no queremos que los demás vean y escondemos. Cuando no integramos la sombra, que es energía reprimida, ésta se va potenciando y buscando salidas de escape, produciendo el efecto conocido popularmente como “perro sin cadena”, donde una persona muy estricta consigo y con los demás, un día aparece cometiendo un acto inusitadamente escandaloso.

Como se ve, hablamos “a vuelo de pájaro” de muchos conceptos que merecen un tratamiento aparte, por eso, nos comprometemos a abordarlos en próximos números. En síntesis: la persona se percibe dividida, y esto se traduce en su vida cotidiana y en todas sus relaciones. La sanación viene por la unificación, o la integración espiritual: esto es, reconocernos heridos, pero también tomar conciencia que Dios nos ama y acepta tal como somos. Que no debemos rechazar nuestros defectos, sino integrarlos y canalizar su energía afectiva hacia lo que construye, y para esto, nada mejor que poner la Cruz en el centro de nuestra vida, es decir, poner el eje de nuestra existencia en ese Amor que se entrega hasta la última gota para sanarnos y salvarnos; ese Amor que reconcilia los extremos; ese Amor que es el Único que puede hacernos sentir plenos.

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