Autor: La redacción

Comenzamos un nuevo año de Carta Obsur, el undécimo. Toda una novedad, en nuestra década de vida ya que nunca antes habíamos salido en enero. En nuestra intención, como regalo de Reyes. En todo caso, quiere ser una señal de nuestra esperanza por mantener en vida y hacer crecer esta publicación (este tipo de) que seguimos creyendo de mucha necesidad e importancia para nuestra vida eclesial y más allá. Esto sin dejar de ser conscientes de nuestras actuales limitaciones y dificultades, no debidas ante todo a la pandemia sino a nosotros mismos, aunque en la mayoría de los casos sin poder evitarlas. Valga como ejemplo muy significativo, que nos produce orgullo y alegría por un lado y preocupación por otro en tanto equipo de redacción: la designación de nuestra cofundadora y miembro constante de nuestra redacción, Mercedes Clara, para una estratégica dirección en el Gobierno departamental de Montevideo. Conservamos igual nuestra confianza en que al menos de vez en cuando ella pueda alegrarnos con alguna contribución. Valga también este ejemplo como motivo elocuente para volver a invitar a todas y todos quienes sientan que algo como lo que pretende ser Carta Obsur es necesario en nuestra Iglesia para que se pregunten si no podrían colaborar en esta tarea de una manera más cercana y activa. O también regalarnos sugerencias acerca de cómo poder revitalizar este proyecto.

Pero vayamos a lo que indicamos en el título. Esta edición, como ven, está dedicada a poner sobre la mesa elementos, materiales, que nos puedan ayudar a reflexionar sobre la democracia en estos tiempos que corren. Mirando ante todo a nuestro Uruguay, pero también al continente del que somos parte. Creemos que todos somos conscientes de los desafíos que estamos viviendo desde hace ya algunos años en este terreno, sin descartar a nuestro país. Muy instalados en nuestra buena conciencia de ser una de las pocas “democracias totales” del mundo, parece que no estamos prestando la debida atención a que, como la mayoría de las cosas de la vida humana, la democracia requiere una atención, cuidado y construcción continua para mantenerse en buenas condiciones y crecer. O mejor, necesita profundizarse y crecer para poder mantenerse. Por otra parte, la pandemia ha puesto a todos los pueblos que aprecian este tipo de convivencia frente a nuevos desafíos, lo mismo que a sus gobiernos, y estos experimentan la tentación de aumentar y concentrar su poder en desmedro de la participación popular.

Es esta una cuestión que nos parece medular, la de la presencia activa del “demos”, porque en este tiempo de crisis y mucha incertidumbre no faltan “invitaciones” para que desde los gobiernos se actúe sin escuchar casi a sus pueblos, acentuando formas de paternalismo y cierto mesianismo, apelando a los gobernados a tener una especie de confianza ciega y dificultando o deslegitimando, en nombre de la emergencia, las expresiones de la ciudadanía cuando reclama por sus derechos y necesidades. Y para que desde el pueblo se caiga en diversas formas de pasividad y conformismo, delegando casi totalmente las responsabilidades en manos de los dirigentes, tendencias que sabemos no construyen democracia, es decir el gobierno del pueblo, sino todo lo contrario.

Es el caso de las voces de sectores dirigentes y empresariales, y quienes los siguen sin pensar dos veces, cuando buscan demonizar las movilizaciones de distintas organizaciones sociales y del mundo del trabajo al constatar que sus reclamos no son atendidos sin demasiadas explicaciones y con argumentaciones del estilo “en esta situación de crisis no podemos hacer otra cosa”, “los recursos no dan para más”. Todavía en estos días en que escribimos se insiste, por parte de miembros eminentes de la coalición de gobierno que el fuerte crecimiento de los contagios se debe a manifestaciones de sectores sindicales o de la intersocial, sin pruebas concretas, contradiciendo los criterios de análisis varias veces repetidos por el mundo científico. Desde nuestra pequeña tribuna y sin pretender decir que todo lo hecho ha sido lo más acertado, queremos manifestar nuestro apoyo a los sectores populares organizados que son casi los únicos que mantienen activa la participación social y hacen presente en el espacio público la voz de quienes han visto gravemente afectadas sus condiciones de vida y no están siendo atendidos debidamente por los gobernantes. Y no solo protestando y reclamando, sino sobre todo ocupándose por ejemplo de la alimentación de los más pobres en las ollas populares. Sin estas expresiones de participación del pueblo no hay democracia, como lo estamos viendo desgraciadamente en demasiados países del continente (y no solo), generando así la eclosión de levantamientos populares con fuertes cuotas de espontaneísmo, violencia, desorganización y rechazo de la política, como también lo hemos constatado. Creemos que la ausencia de esos fenómenos entre nosotros se debe en gran medida a la presencia sólida, continuada y autónoma de estas organizaciones en nuestra sociedad, así como a la capacidad de diálogo y negociación que aún mantiene nuestro sistema político (bastaría con comparar la transición entre gobiernos de distinto signo en Uruguay y en EE UU…).

Precisamente, esta comparación nos ayuda a referirnos a otra cuestión que nos importa, muy ligada a nuestra preocupación central. Se trata del ejercicio de la verdad en tiempos de fake news y manipulaciones de la información. Nos preocupa la instalación o tal vez agudización en nuestra sociedad de la progresiva utilización de “relatos”, como se les dice, que buscan casi solamente construir una “realidad” que se corresponde muy poco con la realidad misma, más allá de que todos sepamos que no hay una verdad objetiva, aséptica. Pero llama mucho la atención de que quienes insisten más en decir que “no tienen ideología” están entre los que más practican esa “fabricación ideológica” de la realidad. Queremos referirnos de forma concreta a toda esa insistencia, desde hace ya algunos años, en presentar la situación del país como catastrófica en casi todos los rubros, cosa que ha tenido su correlato en el pasado 2020 en la afirmación reiterada, por múltiples actores de relevancia política, sobre una especie de “herencia maldita” que, entre otras cosas, impediría atender muchos de los reclamos actuales de los sectores más postergados (lo más grotesco ha sido el intento por negar las bondades del sistema de salud uruguayo, construido durante décadas, incluidas de forma notoria las últimas, y reconocido internacionalmente por organismos especializados). A ello responde a veces, como una especie de “contrarrelato”, la versión que insiste casi solo en el elenco de los logros alcanzados en los últimos años. En medio queda la gran mayoría de la ciudadanía que al no poder o saber tener acceso a otros análisis que existen, reacciona en la lógica de la hinchada, alegrándose más por los errores y fracasos de los “adversarios” que por los logros propios. Muchos intercambios en las redes sociales son por desgracia una triste muestra de ello, y no hacen más que acentuar un tipo de polarización peligroso que no conocíamos con esa virulencia. En este terreno no podemos olvidar la influencia de poderosos medios de comunicación que no contribuyen en nada a una información y análisis que aporte a la construcción del bien común. No queremos cargar las tintas sino solo alertar, como otros muchos ya lo están haciendo, sobre el daño que estas prácticas extendidas causan a la convivencia democrática, como nos lo ha mostrado en estos días de manera dramática la proliferación de la falsa información desde los más altos niveles de gobierno en los EE. UU., acoplada además al uso de la descalificación y el insulto de manera generalizada. Gracias a Dios no estamos todavía allí, pero por cierto que ya hemos iniciado el mal camino. Solo la verdad y la transparencia construyen democracia, solo ellas engendran la confianza tan necesaria en la vida de una sociedad, esa que tantas veces se invoca en vano. Esto nos llevaría a decir algo sobre esa especie de abuso del principio de la representatividad que lleva también a tratar de reducir la participación de los ciudadanos a los tiempos electorales y a buscar una justificación tramposa en un frecuente y muy practicado entre nosotros “lo anunciamos en la campaña y la gente nos votó…” Ni siquiera un estado de emergencia como el actual puede excusar estos reduccionismos. Pero este editorial ya está saliendo muy largo y nos queda algo importante por compartir, así que lo dejamos solo apuntado.

Lo que nos queda aún por compartir son algunas apreciaciones sobre la vida de nuestra comunidad cristiana en estos tiempos que corren, en concreto desde esta óptica de la presencia del “demos” en ella. Ante todo, no olvidemos que la Iglesia es “demos”, pueblo, por voluntad del mismo Jesucristo, Pueblo de Dios en el que todas y todos tienen una misma dignidad, derechos y misión por el bautismo. Por si lo hubiéramos olvidado y porque fue dejado en la sombra por demasiado tiempo, el Vaticano II nos lo recuerda con mucha fuerza a quienes vivimos en la segunda mitad del siglo XX y la primera del XXI. Con el Papa Francisco, además, está adquiriendo fuerte relevancia ese modo de ser Iglesia que llamamos “sinodalidad”, es decir, colegialidad, participación, diálogo, consulta y búsqueda del consenso a todos los niveles, ya que como dice el mismo Concilio y recuerda frecuentemente el obispo de Roma, todos y todas en el Pueblo de Dios estamos habitados por el Espíritu y poseedores por tanto del sensus fidei, el sentido de la fe que nos permite identificar el camino de la voluntad de Dios en la historia. Todos y todas necesarios en este discernimiento (cfr. Lumen Gentium 12).

Desde esta perspectiva tenemos que decir que no estamos felices ante nuestra situación actual. Advertimos una dosis considerable de confusión en nuestras comunidades, incluyendo numerosos sacerdotes y diáconos. Nos parece necesario decir, ante todo, que vemos a nuestros obispos (hablamos de una impresión general que puede ser injusta con alguno en particular) demasiado dedicados a cuestiones intraeclesiales, mucho más preocupados por el derecho de la Iglesia a determinar si las misas son presenciales o menos que de las vivencias reales de cristianos y cristianas en este tiempo de pandemia. Nos llama mucho la atención la distancia que percibimos entre las preocupaciones, actitudes y prioridades del Papa Francisco en su acción y su palabra con la de nuestros obispos. ¿Dónde podríamos encontrar algo similar a la sensibilidad de la Fratelli tutti, o el continuo abogar y sacar la cara por los más castigados y dejados de lado de esta situación dramática que vive el mundo? En este registro de sentido evangélico es difícil encontrar un signo más elocuente, y poco comprendido en la Iglesia, pensamos, que el mensaje pascual de Bergoglio a los movimientos populares. ¡Qué lejos estamos de esto! Y si nos quedáramos en el registro del espacio eclesial, ¿por qué no estar aprovechando este tiempo de restricciones, de incertidumbres y tantos interrogantes para la experiencia de fe, personal y comunitaria, como el actual, para reflexionar y ayudar a hacerlo sobre el sentido de la sacramentalidad en general y en particular de la eucaristía, en el conjunto de la vida cristiana? ¿Por qué no sacarle el jugo a la riqueza de la Palabra de Dios en la celebración de la fe, en las variadas formas de la presencia real del Señor que siempre ha guardado la tradición cristiana? ¿Y qué decir del valor de la Iglesia doméstica y la necesidad de que ante la revalorización forzada de ese espacio sepamos leer en ella una preciosa oportunidad de vivencia creyente y eclesial? El nuevo secretario del Sínodo de Obispos, el cardenal Mario Grech, en una entrevista muy difundida, ha alertado sobre el riesgo de no ser capaces como Iglesia de dejarnos interrogar a fondo por esta y otras realidades de este tiempo imprevisto que vivimos. Podríamos seguir con muchos otros interrogantes que sabemos están surgiendo en el corazón mismo de nuestras comunidades. Uno más: ¿estamos poniendo la atención debida a las tentaciones (no solo) de re-clericalización que la pandemia, con sus limitaciones a ciertos tipos de participación laical, está provocando?; ¿nos interrogamos sobre ciertas prácticas que amparadas en consideraciones muy piadosas y espirituales están volviendo a hacer del presbítero el sin-mí-no-hay-nada valioso de nuestras comunidades?

Repetimos, nuestra sensación, que no pretende ser la verdadera pero que sí es muy honda, es que estamos desperdiciando una ocasión de maduración preciosa, dura sí, pero preciosa. Que no podemos vivir mirando al pasado y esperando un futuro que no sería afectado por esta etapa y que solamente consistiera en retomar lo que se nos interrumpió con la pandemia. En ese sentido consideramos de máxima necesidad escuchar lo que nuestras comunidades tienen para decirnos desde su sentido de la fe, buscar medios para que su voz nos hable de las realidades más candentes y urgentes de la vida de todos los días y de su experiencia creyente. Y dejar de lado esos sentimientos que asoman aquí y allá de que hay gente mala en el país que nos acosa y busca destruirnos o algo por el estilo. La apologética está muy bien para dar cuenta de nuestra fe, “dar razón de nuestra esperanza”, como nos pide san Pedro, pero no para vivir a la defensiva (¿Iglesia en salida, decimos?) ilusionándonos de que con nuestras crispaciones estamos custodiando los derechos de Dios.

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