Autor: María Dutto

Para los que estamos convencidos de que solo amando en libertad vamos a ser plenamente felices, reconocer, como el apóstol Pablo, que una y otra vez hacemos el mal que no queremos es muy doloroso e incluso difícil de aceptar totalmente. Nuestro lado oscuro puede ser bastante aterrador y hasta parecer indomable.

Escribo esto desde la parte más fea de mi casa. Las baldosas están manchadas con restos de pintura y cemento que no sale; la reja oxidada y salpicada aquí y allá con excrementos de pájaro. Los baldes, las palas, los productos de limpieza se acumulan en un rincón, junto con cosas medio rotas que nadie quiere ver todos los días, descoloridas por el sol, quebradas. Más allá los cuatro tachos de basura y ropa colgada en todas las cuerdas porque es fin de semana y no dan lluvia.

Me cuesta estar acá, traerme una silla, instalarme. Sería mucho mejor escribir en el sillón, al lado de la ventana, mirando las plantas. Algo parecido me pasa conmigo: hay una parte que prefiero ver lo menos posible, y que no se parece en nada a lo que pregono y deseo para mi vida. Pero está, es innegable.

Eso que me pasa a mí creo que es una experiencia compartida. Nuestro amor a veces es pobre, y la invitación de Jesús es más profunda de lo que muchos de nosotros alcanzamos a vivir. Pero queremos seguir de verdad sus enseñanzas. Intuimos que hay algo grande ahí. Nos convencen sus palabras. Nos mueven, nos cuestionan. Esa confianza y libertad, esa carga ligera, ese amor hasta el extremo.

Tratamos de amar más y mejor, y en ese camino la oscuridad adentro nuestro se hace patente. Como Pablo, nos sorprenden nuestras contradicciones: «No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto.» (Romanos, 7, 15) Nos pescamos haciendo las mismas cosas que condenamos, que nos molestan de los demás. Pablo (Romanos, 7, 22-23) reconoce dentro de sí dos pulsiones: la «ley de Dios» con la que está muy de acuerdo y la «ley del pecado» de la que se siente esclavo. En otras palabras, está convencido de seguir el mandamiento del amor, pero encuentra adentro suyo otra pulsión que va en sentido contrario.

Muchos de nosotros nos podemos ver reflejados en la experiencia de Pablo. Con frecuencia nos sentimos esclavos del ego, actuando de manera casi compulsiva según sus «necesidades», respondiendo a nuestras heridas infantiles. Pregonamos la libertad del amor y al mismo tiempo nos domina la esclavitud del pecado, las mezquindades de nuestro ego.

¿Qué hacer? Conocerse es sin duda una parte importante de este camino. A medida en que avanzamos en ese conocimiento, nos vamos encontrando con nuestros aspectos luminosos y también con los sombríos. Una de las posibles reacciones frente al reconocimiento de la oscuridad es tratar de destruirla, esforzarnos por moldear el carácter, haciendo exámenes, propósitos… Mucha energía y atención puesta en nuestras conductas, pensamientos y sentimientos, en lo que nos falta para amar de verdad. No quiero generalizar, pero en mi experiencia, esta actitud no ha tenido un gran efecto sobre las cosas que pretendía cambiar.

Quizás la razón tenga que ver con aquella parábola del trigo y la cizaña (Mateo, 13, 24-30). Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero junto con el trigo creció también la cizaña. Al verla los obreros se preocuparon y quisieron arrancarla, pero el patrón se los prohibió, porque al quitar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Si ponemos toda nuestra energía en arrancar de nuestra vida lo que no nos gusta, corremos el riesgo de descuidar o sacar también lo que da frutos verdaderos. Creo que la invitación de la parábola es a poner toda la energía en el amor, en la luz, en el tesoro que llevamos dentro, en alimentar lo que hay de bueno, bello y verdadero en nosotros y fuera de nosotros. En otras palabras, a partir del reconocimiento de nuestra oscuridad, la invitación es a tomar el camino de la aceptación de que es nuestra realidad, pero yendo más allá: salir de nosotros mismos y poner nuestra atención en Dios; confiar en que al final lo que quedará es el amor.

Esto que aplica a uno mismo, aplica también a la relación con otros, porque el amor es indisociable. ¿Cómo puedo aceptar a los demás como son si no me acepto yo con estas sombras oscuras? Además, reconocer la propia oscuridad y tenerla presente, ayuda a no mirar la paja en el ojo ajeno cuando tenemos una viga en el nuestro.

Como dice Jalics, en su libro Ejercicios de Contemplación: «No es necesario destruir la oscuridad. Basta encender la luz.» Dejar de mirarnos a nosotros mismos, de intentar ser perfectos, de pelearnos con nuestros propios demonios y en cambio ir hacia la luz, como las plantas, con toda nuestra atención. Reconocer a Dios en nosotros y en la realidad, dejar que Dios sea Dios. No es necesario ser perfecto para ser instrumento de amor sino abrirse, confiar, rendirse, mantenerse prendido a la vid.

Cabe acá traer la conversación entre Francisco de Asís y el fraile León que relata Eloi Leclerc en su libro Sabiduría de un pobre y que también cita Jalics en su mencionado texto. León está triste por no poder tener la pureza del agua. Para él, la pureza del corazón es «no tener ninguna falta que reprocharse». Francisco le responde: «No te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento humano, demasiado humano.»

Más adelante, sigue Francisco de Asís explicando que la santidad «Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud.» No se obtiene luchando ni poniéndose en tensión. «Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aún esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar espacio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aún el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta.»

No hay nada que agregar a estas palabras. Aceptar nuestra pobreza. Renunciar a las cargas pesadas, rendirse, dejar las armas. Vaciarse y dirigir la mirada hacia Dios. Dejarse irradiar por quien nos amó primero y está siempre presente amorosamente en nuestra realidad. Dios basta.

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